01. 02. 2009

Islandia coge la sartén por el mango

Protestas en Reikiavik el 24 de enero de 2009

Los pacíficos islandeses han recuperado su embroncado carácter vikingo y han echado a sartenazos al gobierno que llevó su país a la bancarrota. Dieciséis intensas semanas de protestas han sacudido Reikiavik. Por primera vez la izquierda llega al poder de la arruinada isla y el Presidente de la República y los ciudadanos piden una nueva constitución, quieren refundar el país.

REIKIAVIK (Islandia). | Daniel Burgui Iguzkiza

“¡Viva la revolución!” decía con una gran sonrisa y en un atragantado español Grétar Eiríksson de 39 años mientras aporreaba una cacerola frente al parlamento islandés el pasado lunes. “He venido aquí a celebrar que por fin el gobierno ha caído” aseguraba. No importaba que estuviera lloviznando. En la plaza tiraban cohetes, petardos y fuegos artificiales. El Gobierno de Islandia se convertía así en el primero en ser tumbado por la crisis. Y las masivas protestas han sido su estocada mortal. Para los patrones políticos del que en 2008 era el país más desarrollado y pacífico del planeta las últimas semanas han sido, de hecho, una revolución: las manifestaciones masivas, los primeros disturbios y cargas policiales desde 1949, un gobierno conservador que dimite en pleno, los anarquistas prenden hogueras y coronan el parlamento con la bandera de una cadena de supermercados, una Primer Ministra abiertamente gay toma las riendas de la nación y por primera vez en la historia de la república la izquierda-verde llega al poder. Los islandeses han descubierto la presión social que pueden ejercer y han decidido coger la sartén por el mango.

Grétar Eiríksson, que ha visto reducida su jornada laboral a tan sólo cuatro horas y vive solo con sus dos hijas de 11 y 15 años, lleva 16 semanas acudiendo con rigurosa devoción a las manifestaciones que se han organizado en el centro de Reikiavik desde que en octubre el país sufriese el peor terremoto de su historia, no geológico sino económico. “Ahora tengo mucho tiempo libre”, comentaba Eiríksson con ironía. “No lo estoy pasando bien, no tenía grandes deudas pero tengo dos niñas que alimentar”. Le acompañaba su madre, una rechoncha jubilada islandesa afectada también por el azote bancario en las pensiones.

Hörður Torfasson recuerda que a las primeras manifestaciones frente al Parlamento apenas acudían 15 personas. Éste artista y escritor islandés es el cabecilla del movimiento ciudadano que organiza las manifestaciones. En aquellos primeros días de octubre la gente se paraba y les preguntaba qué estaban haciendo, cuál era el motivo de las protestas. “Es increíble pero hemos tenido que enseñar a los islandeses a manifestarse. No estaban acostumbrados” relata Hörður que es conocido por su activismo y militancia en el movimiento gay y que ha vivido gran parte de su vida en Dinamarca e Inglaterra. “Crear las primeras asociaciones gay en Islandia me costó más de cuatro años, organizar manifestaciones de verdad con la crisis ha costado un par de meses, no está mal para Islandia”, comenta jocoso.

Conforme pasaban las semanas y llegaban las facturas a las protestas comenzaba a acudir más gente. A los empleados de las sucursales cercanas, al lado del parlamento tiene sus oficinas Landsbankinn –uno de los tres bancos en quiebra-, les repartieron tapones para los oídos para que aguantasen el tipo. Los islandeses llamaron a sus protestas “la revolución de la sartén”. “Me recuerda a las caceroladas que hubo en Buenos Aires” comenta María Eugenia, una argentina que desde el año 2000 un poco antes del colapso de la economía en su país llegó a Islandia a estudiar, conoció a un islandés y se quedó. Estas Navidades ha sido su madre la que se ha acercado hasta Islandia. “Y gracias a sus billetes de avión hemos podido cambiar algunas coronas a dólares, si no muestras un billete de avión no te permiten cambiar la divisa. Es casi como lo que vivimos en Argentina cuando me casé y no pudimos sacar el dinerito que mi familia nos quería regalar”, relata.

El 10 de noviembre marcó el cambio del curso de las manifestaciones en Reikiavik cuando un joven anarquista trepó hasta el tejado del Alþingi (el parlamento islandés) quitó la bandera del país del mástil y la sustituyó por la enseña de la cadena de supermercados Bonus, los más económicos: una bandera amarilla con cerdo-hucha rosado sonriente presidía la fachada del parlamento más antiguo del mundo. La imagen noqueó a los islandeses. “Los políticos nos decían que no ocurría nada, que no era hora de buscar responsables, que era el momento de estar unidos y salir adelante. Al principio la gente les creyó, pero no podían lavarse las manos eternamente. Son los responsables de esto. Me dijeron personalmente que por mucho ruido que hiciésemos, eso no iba a mejorar nada”, cuenta indignado Hörður Torfasson.

Y de momento… hasta aquí puedo leer.

Es un trocito de parte del material que he elaborado y estoy elaborando sobre la crisis islandesa. La foto es de las masivas manifestaciones del sábado 24 de enero de 2009. Aterricé el 23 de enero viernes y me econtré con este panorama. Sin duda, una semana que forma parte ya de la historia de la joven república de Islandia y de la anquitísima colonia vikinga.

28. 01. 2009

Cuatro imágenes para la historia islandesa

Reykjavik en 1912

Foto 1: Bahía de Reykjavik 1912. Un alfombra de lomos de bacalao preparados para ser salados cuando antes. Islandia es una escasa colonia danesa de miserables pescadores y ganaderos.

Foto 2: Islandia se independiza en 1944 de Dinamarca y en 50 años pasa de ser la nación más pobre de Europa a la más rica, pujante y desarrollada. La población de Reykjavik y de todo el país se dispara y comienzan a levantar más y más edificios y a alimentar el negocio del ladrillo.

Foto 3: La corona islandesa se convierte en una de las monedas más fuertes y seguras del planeta. El dinero corre a raudales y los islandeses compran los mejores coches del mundo, se van de compras a Paris, cenan una noche en Viena, pasean por Nueva York cualquier fin de semana y se compran casas en la costa española cuando les viene en gana. El dinero brota de la nada como los géisers, los volcanes, las aguas termales y la energía térmica islandesa. El país se convierte en el emblema de la gloria del capitalismo, todo se liberaliza y desregula. Todo el mundo es feliz. Pero nadie se pregunta de dónde sale el dinero: Islandia ni vende energía, ni se hace rica a costa del bacalao como antaño. Los bancos fabrican literalmente el dinero.

Foto 4: En 2008 la economía de Islandia cae como un castillo de naipes. Tal como vino el dinero, desaparece. Se lo traga la tierra. Deja de existir. El gobierno hace un llamamiento a la traquilidad, el país se va al garete pero se llama a la unidad nacional, dicen que no es hora de buscar responsables. Sin embargo, conforme pasan los días y la situación empeora más y más, la gente comienza tomar conciencia de la magnitud de la situación. El país vuelve a aprender cómo levantar la voz, después de 60 años sin organizar prácticamente ninguna manifestación. A las primeras manifestaciones asisten 15 personas, a la última más de 6.000 y consiguen tumbar el gobierno.

En menos de una semana se pasa de las declaraciones perseverantes y bravuconas del Primer Ministro diciendo que aguantará en el poder hasta 2011 a la completa y total dimisión del Gobierno. El presidente de la nación acepta la dimisión del gobierno y de su Primer Ministro. Charla con todos los partidos previendo un posible gobierno de unidad nacional. El Presidente da un golpe de efecto y asegura que uno de los compromisos que desea para el país es una reforma de la Constitución. Se habla de refundar el país. Ésta era una de las propuestas de los manifestantes y los grupos de oposición. Una semana para la historia de Islandia, que todavía continúa en incógnita.

Este es un simple aperitivo fotográfico. Acabo de llegar a Inglaterra con mucho material y exhausto. Muy cansado. Han sido días duros. Todas las fotos están sacadas o en mayo de 2008 o esta semana. La última foto es de la multitudinaria manifestación del pasado sábado.

22. 01. 2009

Retorno a Reykjavik

Este blog tiene una etiqueta que dice “Islandia y Groenlandia 2008”. Muy correcta. No tenía ni la más mínima sospecha ni intención de volver a rozar la imaginaria línea que en los 66 grados norte traza el círculo polar ártico en mucho tiempo. Pues bien, nada más y nada menos que siete meses después y contradiciéndome a mi mismo, regreso a Reykjavik. Estaré allí el viernes mismo, en pleno enero y plena oscuridad. ¿Por qué?

La economía islandesa respira a trompicones, como un enfermo terminal. En octubre la remota isla ártica sufrió el terremoto más desastroso de su historia y no fue geológico. Los tres bancos principales fueron nacionalizados y se declararon en bancarrota, la bolsa de Reykjavik suspendió su actividad cuando sus valores dibujaron el diagrama de un seísmo y se hundió más de un 70%, la corona islandesa perdió más de la mitad de su valor y se convirtió para el resto de naciones en una caricatura de divisa, que dejaron incluso de cambiarla durante casi 20 días porque casi sólo podía hacer paridad con la del Monopoli.

Ahora Islandia es un pozo sin fondo, su deuda es nueve veces su Producto Interior Bruto y ha quedado a merced del Fondo Monetario Internacional. Su economía se ensambla mejor al lado de algunas de estados atravesados por la línea del Ecuador o el Trópico más que por el círculo polar ártico. La periodista islandesa Iris Erlingsdottir bautizó la semana pasada a su país como el “Zimbabwe nórdico”.

Se puede decir que Islandia murió de éxito: pasó de ser una isla habitada por pescadores testarudos que hicieron literalmente del bacalao su bandera (desde el s. XVII hasta 1904 fue la enseña nacional) y que cuando plantaban nabos estos aparecían ya cocidos debido a las calenturas de la negra y tostada tierra volcánica, a ser en 2008 el lugar donde Mercedes-Benz se jactaba de haber vendido más coches de lujo, donde el índice de desarrollo humano era casi extraterrestre y los recién licenciados no querían hacer prácticas en Europa porque en su país ganaban 6.000 euros al mes frente al mileurismo continental. La agresiva liberalización del mercado, inversiones de alto riesgo, la privatización masiva, una inflación que crecía cada año a un ritmo trepidante (un 14% en 2008) fueron algunos de los ingredientes que lanzaron a esta nación pedregosa, geológicamente violenta y vikinga, al éxito y que luego la han hundido.

Y humillado: el pequeño y arruinado país fue incluido por el gobierno británico en la lista de países terroristas para poder de este modo, aplicando la ley antiterrorista, congelar los movimientos de los bancos islandeses e intentar recuperar el billón de libras esterlinas que los británicos y más de 100 entidades inglesas guardaron allí. El dinero simplemente se lo ha tragado la tierra.

Pero a Estrella Björt Rodríguez todo esto le da igual. Ella tiene un año y medio, un puñado de flamantes y nuevos dientes de leche, unos padres que la quieren una barbaridad y amigos con los que jugar. Porque aunque le pese a la periodista islandesa, y por fortuna, Islandia no es Zimbabwe. Estrella Björt no lo sabe pero ella es el emblema del éxito de una nueva generación de islandeses. Unos islandeses del sur de los Pirineos. Forjada y nacida en Reykjavik, Estrella Björt (que en islandés significa “luminosa”) no lleva genes vikingos sino vizcaínos y castellanos.


Sus padres, Miguel y Lorena emigraron hace unos años hasta Islandia buscando un futuro más brillante que en España y allí tuvieron a Estrella. Ahora están en un aprieto. Sus ahorros mermados y sus deudas multiplicadas. La vida nunca ha sido fácil en la isla ártica, ya que sólo las condiciones climáticas hacen que no sea el lugar más amable para vivir. Lorena decía en mayo que si tenían otro niño/a quería que naciese en Islandia, las ayudas a la maternidad y excedencias eran asombrosas. Ahora todas estas ayudas se tambalean. Miguel, Lorena y Estrella comparten suerte con una completa saga hispano-islandesa: el hermano de Miguel, casado con una chica islandesa; Xavi, un abogado catalán; Elvira, una profesora en la Universidad de Reykjavik; Atxón, un curtido biólogo al servicio del gobierno y cazador de ballenas y otros que con sus historias, sus manos y brazos están contribuyendo a la historia de un país forjado en la testarudez por salir adelante.

¿Cómo lo llevarán? ¿Qué está ocurriendo dentro de la isla? ¿A qué mayores dificultades se encaran estas familias que además no son islandesas? ¿Cuál es la suerte de los inmigrantes españoles en este país que antes no conocía el paro y ahora se piensa si entrar en el euro o emigrar al directamente continente?

La mejor forma de contestar a todas estas preguntas parece que es ir a Reykjavik y comprobarlo yo mismo con mis ojos. También es lo que Miguel y Lorena, con su paciencia y generosidad infinita, me recomendaron y a los que me alegrará terriblemente saludar de nuevo. A ellos y a toda la gente que vive allí, que ya vaya el barco viento en popa o haya naufragado, siempre acogen con extrema bondad y generosidad a un polizón como yo. Así que si todo va bien el viernes 23 de enero volveré a pisar la capital más norteña del planeta.

Me voy a hacer un poco más pobre aún yo también y voy a pasar bastante frío. Me dicen que en enero, cuando casi todo el día es ocuridad, es cuando Islandia muestra su carácter más auténtico. No hay apenas turistas, sólo el frío y los islandeses resistiendo. Espero repescar buenas historias en mi regreso a Reykjavik.

P.D.: Algunas fotos del anterior viaje, aquí.

20. 01. 2009

Ya está

America's remake

Y digo yo… después de tanto fuego artificial… ¿empezará a currar algún día? Venga, al tajo.

19. 01. 2009

Encontrarse

“Es una suerte que haya emprendido este viaje, de otra forma no me habría conocido jamás”.

Joseph Roth (1894-1939), durante su periplo por la recién instaurada URSS como periodista y cronista en aquel nuevo e inmenso país.

26. 12. 2008

De jabalí

La cuesta del Palacio es una microcalle, apenas una pequeña rampa. Una callejuela recóndita poco transitada. Hacia la mitad de la cuesta, dubitativo, con un jersey de punto rojo, y con la mano en la nuca había un hombrico. Rumiaba algo. Intenté no prestarle mucha atención, pero él no quería dejarme pasar de largo. Se acercó rápidamente hacia mí.

“¿Oye, mozo, no me podrás hacer un favor?”. Ya me había enganchado. Me rodeó y me puso la mano tan rápido como pudo en el hombro, mientras con la otra se agarraba la barbilla. “Bueeeeno… Depende de lo que sea…”, le contesté. La verdad es que no me apetecía mucho pararme con este hombre. ¿Por qué tanto ímpetu? “¿O tenías prisa?”, me dijo. “Bueno, un poquillo sí, pero…”. Era mentira. Tenía toda la mañana libre, pero son ese tipo de cosas que dice uno para guardarse las espaldas, por si acaso te piden algo muy raro con la excusa puedas desaparecer en un pispás. “Bueno, entonces nada, nada, vete”. “No, hombre, no, tranquilo, dígame qué quería y a ver si le puedo ayudar…”. “Pues… ¿No me ayudarás a subir un televisor a mi casa? Es que en estas casas no hay ascensor y uno solo…”. “Sí, hombre, sí”, contesté envalentonado.

“Puedes dejar ahí en el portal las cosas y luego las recoges”. Pensé quién me manda a mí ayudar a nadie. ¡Que hoy en día no te puedes fiar ni de tu sombra! ¿Y si me querían robar? ¿Y si era una mafia del este de esas que extorsionan y secuestran gente? ¿Y si era todo mentira? Y si… La verdad que el hombre parecía majete. Dejé la carpeta y la chaqueta en las escaleras del diminuto portal. El hombre abrió el maletero del coche, donde supuestamente estaba el televisor. Deseé que el televisor fuese… ¡Cagüen la leche, qué pedazo de televisor! Pocas veces he visto un televisor tan grande. Hubo que hacer un par de intentos hasta poder amararlo bien entre los dos. Llegamos como pudimos hasta el portal. El hombre llamó al timbre de su casa. “Bien, primer piso”, pensé. No abrían. Volvió a llamar. Otra vez y nada. Alguien abrió el portal por el automático, total que ya estaba abierto. Arremetió a gritos: “¡Cagüen la sota de bastos! Esta mujer… Oyeeee que la puerta ya está abierta, que me abras la de casa, copón. Que subo la tele con un mozo”. “Vale, vale”, contesto una vocecilla por el automático.

Creo que ha sido la vez que más me ha costado subir a un primer piso, el televisor pesaba una barbaridad, se me resbalaba, se me estaba cargando el brazo. Y el hombre también estaba sufriendo. Llegamos a la puerta de casa. Me tranquilizó mucho ver a la mujer, y ver que era una casa típica pamplonesa, ya saben: el salón decorado con la biblioteca de libros del Diario de Navarra, las figuras de los gigantes y los kilikis de Pamplona, y fotos de los nietos, algunos de ellos vestidos de ‘pamplonicas’. No me esperaba ninguna mafia descuartizadora. “¿Quieres beber algo, mozo: vino, cerveza, agua?”, me dijo la anciana. “No, muchas gracias, señora”. Me pregunté dónde estarían los nietos o los hijos en ese momento. Quizás, la mayor compañía durante el día era el televisor y por eso tenían tanta prisa por devolverlo a su sitio. Habíamos subido el aparato hasta la mesa del comedor. “Si quiere lo ponemos ya en su lugar”, les dije. Dicho y hecho. “Muchísimas gracias”, me dijo él. Ella fue corriendo a la cocina me dio algo envuelto en papel de plata: “Mira, majo, aquí tienes una longaniza de jabalí, la descongelas en tu casa y ya verás qué rica. Es casera.” “No, señora de verdad, no hace falta…”

Nunca había probado una longaniza de jabalí, ni la probé. La guardé durante un tiempo como un trofeo. Fue la mejor propina que me habían dado nunca, en esta ciudad ya no se hacen chistorras de jabalí caseras.

P.D.: Acabo de volver a casa por Navidad. Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, una primavera hace un par de años, es real y es un homenaje a esta ciudad, Pamplona (Iruña para los amigos) y sus gentes. Da gusto volver a estar en casa, después de tres meses sin pisar ni un adoquín ni recorrer ni una callejuela de esta ciudad bimilenaria. Gente de acento cantarín, que dentro de lo humanamente posible intentan que todas las palabras acaban en -ico, mezclan palabros en castellano, en euskera y otros inventados y a veces pagan los favores con un pintxo en lo viejo o una longaniza de jabalí.

01. 12. 2008

La chufla del tiempo inglés

Uy, el tiempo inglés, qué miedo me daba a mi el tiempo inglés.

La gente me aborda y me dice por mail o por teléfono: “¿Pero qué tal por aquellas frías tierras? Buf, qué depresión debe ser aquello… ¿todo el día lloviendo, verdad?”.

Totalmente en desacuerdo. Os confirmo que el mal afamado tiempo inglés es una broma, una chufla. Mirad, mirad. Es el ejemplo de hoy 1 de diciembre, pero otros días también suele ser así. En Lewes, sol; y en Pamplona, lloviendo o jarreando, depende.

Lunes, 1 de diciembre de 2008. 13:45 horas GMT:


Lunes, 1 de diciembre de 2008. 18:15 horas GMT:

¿Y bien?

27. 11. 2008

Un día que Frederik celebrará

Lars Peter, el director de la escuela, nos dijo que nos atendería en un momento, mientras podíamos echar un ojo y merodear por la escuelita de Kulusuk, donde entre los 70 alumnos y los 15 empleados casi se concentra un tercio de la población de la localidad, que tiene 300 habitantes. En este rato tuvimos oportunidad de conocer a Frederik, un enorme esquimal de 45 años que trabaja como profesor. Frederik (el que aparece en la foto) nos recibió como en las películas del Oeste suelen hacer los jefes indios a los “pieles pálidas”. Su hospitalidad, calidez, sinceridad y ganas de explicar su país nos la hizo notar con el primer apretón de manos, que fue fuerte, cálido y contundente. Sus primeras palabras fueron: “Hoy es un día muy importante para mi país, tenemos un papel que nos da más independencia de Dinamarca”. Estaba especialmente risueño con la oportunidad de contarnos esto.

Era el 6 de mayo de 2008, ese mismo día en la capital de la isla ártica, Nuuk, el primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen acababa de pronunciar algo muy similar (“Este es un día histórico para Groenlandia” ) junto al primer ministro groenlandés Hans Enoksen. El líder esquimal había entregado el borrador del nuevo estatuto de autonomía al danés y ambos lo habían firmado. Este borrador de nuevo estatuto contenía un fundamento esencial: reconocía al pueblo Inuit como auténtico dueño, señor y soberano sobre la tierra (y el hielo, que cubre el 85% de esa tierra) de Groenlandia. Reconocía la soberanía del pueblo esquimal, su derecho de autodeterminación y de explotación de recursos. “Nos reconocen como propietarios de nuestra propia patria” decía Frederik aquella mañana levantado el dedo índice como un curtido político. “Kalaalit Nunnat” como llaman los inuit a Groenlandia significa simplemente “Nuestra Tierra”.

Ayer, martes 25 de noviembre de 2008, unos 40.000 groenlandeses de los 57.000 que habitan la isla más grande del mundo fueron a las urnas para votar en referéndum el nuevo estatuto. Un 75% dio el “sí, quiero” a una mayor emancipación de la metrópoli danesa, como penúltimo paso para la independencia. “Es posible, pero muy difícil. No obstante, lo conseguiremos”, nos convencía Frederik emocionado en primavera. “Será duro y difícil ser independientes porque somos muy pocos habitantes en un país enorme y todo es muy caro, pero no estamos solos, con ayuda de EE.UU., Canadá o Islandia lo conseguiremos”. Y añadía: “Es lo más conveniente, tenemos nuestra propia tierra, debemos tener nuestras propias leyes y gobierno”. En cambio Lars Peter el director de la escuela, un danés de 67 años con aires de Santaclaus y jugador de baloncesto retirado, tiene una visión bien distinta y paternalista del asunto. “Los políticos groenlandeses hablan de problemas que no son problemas para ganarse a los votantes, son políticos no instruidos y son los que manejan el sistema. La independencia de Dinamarca no es realista, no tiene fundamento ni futuro”. Lars Peter lleva desde 1993 dedicando su vida, salud y esfuerzos a mejorar la educación en la costa este de Groenlandia. Hay que tener mucha ilusión para pasarse 15 años viendo el mismo paisaje ártico.

Frederik reconoce no obstante que los daneses no lo hacían tan mal “intentan hacer leyes buenas para Groenlandia desde Dinamarca, algunas decisiones se toman en Copenhague, pero muchas se toman aquí”. Ayer mismo el gobierno groenlandés hizo pública una carta agradeciendo al primer ministro danés su compresión, apertura, amistad y reconociendo su lugar en la historia de Groenlandia. Desde 1978 y hasta ayer la congelada patria de los esquimales contaba con un amplio autogobierno y de hecho se convirtió en el primer territorio de un estado miembro de la Unión Europea que permanecía al margen de la UE y sus restricciones de mercado, desde luego por necesidades evidentes: Groenlandia necesitaba mercadear con sus vecinos más cercanos, Canadá e Islandia. El mayor problema de esta tierra es la nada. La ausencia y carencia de absolutamente todo. La imagen de Groenlandia como una enorme mancha blanca en el mapamundi se asemeja bastante a la realidad, si los inuit han sobrevivido milenios en este lugar es por ser—junto con los tuaregs del Sahara—la nación más austera del planeta. La tierra sólo les proporciona caza, pesca y frío. Nada más.

Ni siquiera brota ni un miserable árbol en todo el país. Todo se importa. De hecho, todas las viviendas de madera de colorines y los edificios groenlandeses se importan prefabricados desde Dinamarca y muchos pueblos como la isla de Kulusuk reciben en un barco que abastece al supermercado con todos los alimentos para un año entero. Si una máquina quitanieves se estropea es más fácil comprar otra que repararla. Los otros problemas derivan de la ausencia de todo: hace cien años según nos contó Frederik los inuit “vivían en la edad de piedra” cazaban y vivían con lo que podían en casuchas de piedra y musgo o en iglús. Ahora tres generaciones más tarde los jóvenes comen fast food (en el supermercado en que el reponedor trabaja una vez al año) y ven películas de Hollywood. Se crean nuevas necesidades y la ruptura con las generaciones anteriores es total. La vida tradicional se hunde. Tampoco hay trabajo. Las familias se desestructuran y las horas se matan bebiendo, alcoholizándose. Y los chavales pese a ver películas no conocen más mundo que su pueblo. La profesión de moda en Kulusuk, la que todos los chavales quieren ser de mayor es empleado del aeropuerto. Eso nos cuenta Frederik, también.

La esperanza groenlandesa está bajo tierra, esperan encontrar algo negro debajo de lo blanco: estiman que en el suelo groenlandés, escondidas debajo de tres kilómetros de hielo, hay unas reservas de petróleo similares a la mitad de las de Arabia Saudita. En el nuevo tratado, Dinamarca da carta blanca a los inuit a aprovechar su suelo, eso sí, dejará de ayudarles e invertir los cientos de millones de euros (unos 7.000 u 8.000 euros por cada groenlandés) que envía para facilitar la vida allí. Un dinero que ni siquiera se atreven a decir en Copenhague cuánto es. Pero el dilema es ¿cómo extraer ese petróleo en un país en que ni una sola carretera une un pueblo con otro? Un país en el que uno debe desplazarse en avión, helicóptero, barco o en alguno de los 29.000 trineos de perros que hay, dependiendo siempre del clima.

Frederik no cree que el futuro de su país sean sólo las minas y el petróleo. Su mayor satisfacción confesada es ver a “un alumno completar su educación”, cosa que no muchos hacen. Esa es su mayor esperanza. “Necesitamos más profesionales, más médicos, más profesores… Así iremos a mejor y habrá más trabajo. En el colegio intentamos que los chicos estén preparados para el mundo de afuera”. Lo cierto es que Josu Iztueta, que estuvo hace 20 años allí y regresó este año, apreció que el país había avanzado terriblemente desde 1988. Groenlandia vive más bien su camino hacia la independencia más como un proceso fraternal de emancipación que un divorcio, la realidad es que los daneses han sabido comprender la situación y los groenlandeses saben esperar y leer el tiempo. Muchos de los daneses que viven en el ártico no se irán jamás. Y los matrimonios mixtos son una realidad. El propio Lars Peter convive desde hace años con Sissy, su pareja, una inuit de la costa oeste –que a su vez es hija de madre esquimal y padre danés—.

Josu Iztueta me mandó ayer un mail y me preguntó si creo que ambos habrán votado lo mismo o no. No lo sé. Intento imaginarme dónde estaría el colegio electoral o cómo se habrá desarrollado la jornada del referéndum en el pueblo. Recuerdo a las gentes que conocimos en Groenlandia y creo que esas 57.000 personas que viven allí se merecen de corazón lo mejor, porque vivir en “la Nada” y querer hacerla patria tiene mucho mérito. Y sé que es un día que Frederik celebrará.