Mi madre siempre me dice que soy malo para los números, que siempre lo he sido y siempre lo seré. Razón no le falta, pero me resisto a creer que es una especie de estigma vitalicio. También me resisto a creer que es cierta la dogmática excusa que esgrimen muchos para evadir desengrasar su hemisferio cerebral más desamparado: “Es que yo soy de letras y a mí los números…” o su idéntica versión “de ciencias”. Puede que me cueste más aprender y estudiar física de vectores que literatura, pero lo puedo hacer. Pero no comprendo el afán de mucha gente por asegurar que la complejidad del mundo puede ser reducida siempre a una ecuación o a un número. No digo que la manzana que le cae a Newton desde el árbol no pueda reducirse a la ecuación de la ley de la gravedad, pero si es un gamberro el que tira la manzana desde un árbol vecino, eso no es una ecuación, eso es mala leche.
Toda esta galaxia de clichés del imaginario popular han creado dos tipos de monstruitos sociales: por un lado, aquellos para los que un número es un número, y se jactan además de tener una especial destreza para dominar y someter a su dominio las cifras e incluso recordar mejor un teléfono nuevo que la cara de su nuevo compañero de trabajo; y, por otro lado, los alérgicos a los números que aman expresarse en términos relativos. Estos se jactan de poder recordar mejor la cara del primo-hermano de su nuevo vecino que el código ‘pin’ del móvil.
Últimamente empiezo a desmarcarme más de estos dos bandos enfrentados. Hoy estaba repasando unos apuntes del mundo empresarial. Revisaba un ejemplo de una empresa, que para evitar perder sus clientes e ir al fracaso, debía reducir al máximo sus costes y aceptar sumisa los dictámenes de sus multinacionales clientes e intermediarios. El problema surge cuando la mayoría de esos costes los genera la mano de obra. Un reguero de cifras, porcentajes, datos y tablas; un mareo y baile de números. Me he acordado entonces de otros números, he imaginado que al otro lado de esas ambiguas cifras y porcentajes había una imaginaria empresa, con sus trabajadores, con sus familias, con sus sórdidas naves industriales, incluso con su garita del guardia de seguridad. Para los amantes de los números estas cifras son sólo un ejercicio teórico, y aunque fuesen reales es un numerito no una persona.
No voy a entrar a discutir sobre la economía de mercado, no voy a ser yo quien solucione o alabe las virtudes o vilezas de la divina globalización, tampoco seré yo quien analice y repare la actual deslocalización de las empresas, o estudie al detalle la economía navarra. Pero para los enamoradizos de las cifras, para aquellos a los que se les infecta la boca al hacer operaciones de más de dos dígitos y para aquellos magníficos estudiantes y experimentadores de empresas propondré un par de ejercicios reales de tarea. Este fin de semana leía como volvemos a andar a vueltas con el encargo que tendrá la planta de Volkswagen de Landaben de la que dependen directamente 5.000 familias navarras y otras tantas dependen indirectamente. También reaparecían en los periódicos los conflictos de la vecina TRW, que tiene un futuro incierto. Miles de navarros dependen de estas dos empresas. El adorador de las cantidades disfruta cuando se publican estas grandes cifras, se estimula y disfruta viendo tantos ceros. Es un drama, pero un drama con grandes ceros, que lo hace más atractivo a los ojos de la prensa y los ciudadanos. Ese mismo fin de semana un gran amigo mío me confesaba que su padre había pasado más de dos meses en el paro, a sus 53 años. ¿El motivo? El taller en el que había trabajado durante más de 30 años había colapsado, para más repateamiento de hígado, el dueño del taller había organizado una regulación de empleo a espaldas de los trabajadores, se ha quedado todo el dinero y les ha dejado sin un chavo de euro en la calle. La media de edad del taller superaba los 45 años. Pero estos dramas no aparecen en la prensa, porque sólo era un taller de 15 personas. Tanto para el amante del número, como para el empresario tan “sólo eran 15”. ¿Y para el reticente a los números? Simplemente esas quince caras y familias son desconocidas.
Parece que el drama individual de cada uno de esos quince trabajadores es menos drama que el de cada uno de los 5.000. Para tocarme un poco más los números, hace una escasa semana mi padre fue a una asamblea de su empresa, una pequeña cooperativa dedicada al sector automoción. Hubo sorpresas: hay pérdidas, el porvenir no está asegurado y el único futuro posible es irse a Europa del Este para tener mano de obra más barata y un producto más asequible para los clientes. ¿Y los trabajadores de Pamplona qué harán? No había una respuesta muy clara. De momento, la regulación de empleo está asegurada. Quizás mi padre, con 54 años, corra el mismo destino que el de mi amigo. Pero mientras él sea un número no hay problema.
Caravinagre