Una compañera de mi nuevo trabajo me recitó el dicho popular: “Madrid te mata, pero te ata”. De momento, puedo decir que no ha surtido efecto ni lo uno ni lo otro. Pero, más lo primero.
Para los que no lo sepáis, desde hace un mes vivo en Madrid. Y “a ratos en Pamplona”, como el nuevo eslogan del blog. Me vine a aquí digamos que por motivos de trabajo. Llegué para un día y me tuve quedar una semana. Así comenzó mi aventura madrileña. Una semana con lo puesto y lo que cabía en una ridícula mochila. Por supuesto, sin piso.
Un mes después las cosas han cambiado bastante. Aunque mi vida aquí sigue siendo bastante desordenada. Os escribo ahora después de redescubrir en “la capital del Estado” (como me llegó en un sms hace poco) la placentera sensación de volver a dormir con sábanas y en un colchón. Digo esto porque el mes madrileño se resume en: tres semanas durmiendo en un sofá, una semana durmiendo en colchón, y por fin, un colchón con sábanas. (vale, eh, que ya sé que un mes no tiene cinco semanas).
“Mi vida como un okupa”. Ese sería el título de mis tres primeras semanas en Madrid en una supuesta autobiografía. Supongo que la hospitalidad de Jaione, Leire, Amaia y Alicia que me acogieron aquella primera noche que tenía que pasar en Madrid debe tener algún límite, pero bueno, aquella noche se alargó tres semanas y tan felices. Aunque quizás mi espalda no opine lo mismo, dormir de prestado en el sofá del piso de estas amigas no estuvo mal. Así, los primeros días no fueron muy duros viviendo con gente conocida y a 2 minutos del nuevo trabajo. La cosa se alargó porque buscar piso y trabajar no era tan fácil como parecía.
Ahora por fin tengo cama y piso propio. Y así somos pobres y felices. Vivimos en un barrio que se autodenomina “La prospe”. La prosperidad. Irónicamente se le llamaba así a principios del siglo XX cuando las chabolas de trabajadores se agolpaban alrededor de las casas ya construidas. Barrio de emigrantes del campo en el s. XX, de anarquistas, socialistas y represaliados. Hoy, próximo al epicentro de la ciudad, en el interior de la M-30, es una mezcolanza natural de culturas y nacionalidades. Un barrio muy acogedor, tranquilo, con comercios, vida, casta y populachero. La única pega es el nombre de nuestra calle, un impronunciable galimatías alemán.
El piso estaba como nuevo, pero vacío. La primera semana en nuestro nuevo hogar la dedicamos al bricolaje con nocturnidad y alevosía. Toda nuestra casa está amueblada con Ikea. Y un par de muebles están disimuladamente mal montados. Pero ha quedado elegante. Las habitaciones cayeron en gracia a cada cual con el democrático sistema de cara o cruz. La mía está bien, es la más grande, pero es difícil saber cuándo es de día y cuándo de noche. Creo que entra más luz a través del ojo de la cerradura que por la ventana.
¿Qué conozco de la ciudad? Lo mismo que una persona que la visite un fin de semana. Absolutamente nada. Me muevo como un topo, el mapa de Madrid se me va desvelando poco a poco, a fogonazos, por allí dónde asomo la cabeza. Es decir, a través de las bocas del metro. No me parece un lugar desagradable, pero los que me conocen saben que no es una ciudad que me apasione. Ni que me atrajese lo más mínimo para vivir. No es ningún secreto. Podría estar perfectamente viviendo en Soria, en Qinhuangdao o Lyon y no notaría la diferencia porque básicamente me muevo de casa al trabajo y viceversa.
El trabajo está muy bien, es muy agradable y de momento muy tranquilo porque nuestro proyecto tardará un tiempo en salir a la luz. Públicamente no se puede contar mucho del trabajo. La pega es que al final paso todo el día en el trabajo, como aquí, y no me queda tiempo para muchas cosas. La gente es muy agradable, además hay más navarras por aquí y gente de Bilbao. Aunque hay gente de cada rincón del mundo. Me tratan muy bien. Y tengo la sensación de llevar aquí mucho más tiempo del que llevo gracias a la familiaridad de los compañeros. Además me queda un montón de cosas por aprender.
No obstante, echo mucho de menos la vida en la redacción del periódico. Esto es muy distinto a trabajar en una redacción, principalmente porque aquí paso todo el día frente al ordenador y no salgo. Echo mucho de menos mi Diario de Noticias y nuestras aventuras allí. Y a su gente, sobre todo. Además, tal y cómo está el cotarro político-social en Navarra entran ganas de volver a estar en la primera línea de fuego.
En definitiva, tengo días en los que me despierto y miro a mí alrededor y me pregunto “¿Qué demonios hago yo aquí?”. O “¿quién me ha mandado a mí venir aquí?”.Por otro lado hay días que me siento el rey del mundo, y coqueteo con la idea de que puedo ser quién yo quiera. Caminando por una avenida de 10 carriles me atrae la idea de que mañana podría llevar un florero en la cabeza, enganchar debajo del brazo al tiburón de Tarragona, o ir disfrazado de fallera mayor que nadie se daría cuenta. Puedes ser quién quieras e ir cómo quieras. Pero luego se echan de menos muchas tonterías como los montes, mi gente, o la tranquilidad. En fin, como canta el pasodoble: Madrid, Madrid, Madrid.
Por cierto, disculpas por esta parrafada, pero sobre todo disculpas a todos los que deseabais saber si estaba bien y no os he contestado. Perdón. Mi vida aquí hasta ahora ha sido una locura y apenas tenía tiempo para escribir los mails porque sólo tengo Internet en el curro y no me queda mucho tiempo para contestar. Y el móvil pagué un facturón y debo administrarlo con cuenta gotas este mes.
Un abrazo.