16. 08. 2008

Un vasco ligando en el metro

Le delataba la nariz. Suena a tópico, pero tenía un perfil típicamente vasco. De esas napias que delatan la “vasquituz” de un individuo cuando tiene que ser precavido con la talla de los vasos antes de beber. Porque sino, si la boca del vaso es demasiado estrecha enseguida se encuentra con la nariz y es imposible beber. ¡Por qué creéis que sino los vasos de sidra, txikiteo y demás son tan anchos! Pues bien, el chaval gastaba una nariz así, pero no quise ser prejuicioso desde el principio, supuse que podría ser de Badajoz o Beijing sin problemas. Además, en un vagón del metro de las líneas que pasan por el centro, como esa, uno ya está acostumbrado a ver cualquier cosa.

El tipo entró en el vagón acompañado de una joven (de muy buen ver). Estaban parloteando muy a gusto. Los dos con ropa amplia y vistosa de verano: un bonito vestido estampado, ella; una camisa y sandalias, él. Al parecer habían coincidido en alguna cena o cita de tapeo con otros amigos, ellos no se conocían de antes o quizás sólo de vista, parece ser que se habían conocido ese día por mediación de amigos comunes (vamos, que eran “amigo/a de un amigo/a”). Y a la vuelta, ambos debían ir en la misma dirección en metro. Él le estaba contando lo que hacía, que estaba viviendo allí por trabajo. Dijo: “Sí, Mongradón”. Alargué la antena orejil. “¿Y eso qué es? No tengo ni idea”, dijo ella. “Bueno, pues es un grupo de empresas que…”, le contestó el chaval y continúo con la explicación. No había duda, era vasco.

—“Vamos, que si te contratan ahí muy bien, ¿no?”, le dice ella.

—“Sí, sí, claro”

Ella le cuenta en qué trabaja, lo complicado que está todo, que nunca había estado por el “el norte” y demás.

—“Pues lo hemos pasado muy bien hoy, ¿no?” -– intenta sonsacar él porque se le acaban los temas de conversación.

—“Sí, sí, lo hemos pasado muy bien”. – le contesta ella.

Ella se acerca a la puerta y hace amago de que se bajará en el siguiente andén. Se acerca el metro a la siguiente parada. Él se acerca también a la puerta y en un acto de amabilidad, al parar el metro, se adelanta a ella y presiona el botón para que se abra la puerta.
Ella, sorprendida y con total naturalidad, le dice entusiasta: “¡Vaya, tú también te bajas aquí! No lo sabía”.
Él, más sorprendido aún: “Ehhh… mmmm… Sí, sí, claro, también me bajo aquí”.

Se bajan. Él, desorientado, se va para la derecha. Ella, a la izquierda. Él se vuelve, en esa estación la salida está a la izquierda y no a la derecha. Se van juntos, él todavía un poco despistado, como un paracaidista. No hay duda, era un vasco ligando en el metro.

02. 03. 2008

Terriodista

—¿Estás sacando fotos del metro?

Me incorporo ante la pregunta. Estaba agazapado intentando cazar los pies de los pasajeros saltando al interior de un vagón. La señora que preguntaba era una mujer de melena blanca y alborotada que acababa de descender de ese mismo tren, iba con varias bolsas de plástico colgadas del brazo y rebozaba su delgada figura con una alargada falda negra. Me clavaba sus pequeños y curiosos ojos oscuros con un gesto nervioso esperando la respuesta, que era evidente y obvia.

—Sí, señora.
(Extiendo una bonita sonrisa ingenuamente, sin adivinar lo que se me venía encima).

—Pues muy mal, está prohibido. No se puede.
—Soy periodista.
—A ver, demuéstramelo. Enséñame el permiso. (Mueve la mano asiendo el aire, reclamando)
—Señora, disculpe, pero a usted no le tengo porque demostrar nada.
—Cómo que no, pero es que puedes ser un terrorista. Yo no lo sé.
—Señora, le aseguro que no soy ningún terrorista, soy periodista.
—Pues, a ver, enséñame tu carné.
—Señora, entienda que yo a usted no le debo ninguna explicación. No le pienso enseñar nada. No es usted ninguna autoridad. No puedo enseñárselo a todo el que pasa.
—Pero tienes que tener un permiso.
—Lo tengo. (bueeeno…)
—Enséñamelo.
—Oiga, le repito que no le tengo porqué enseñar a usted nada.
—Pues voy a avisar a seguridad.
—…
—…

Y la mujer sale corriendo (literalmente, a la carrera) andén abajo.

Así empieza la historia de esta foto.

Con semejante mala leche. La señora en cuestión estaba realmente agitada. Y yo desconcertado veía venir que la fotito de marras me iba a salir cara.
La mujer se zambulló en el tren. En esta estación al ser final de trayecto y morir el recorrido aquí se puede vadear la vía a través del tren porque a ambos lados tiene andén, así abre los vagones abren las puertas a ambos laterales y hacen de puente entre dos andenes. En esta estación cambian las agujas de las vías, el tren da marcha atrás y comienza el camino a la inversa reconvirtiéndose la cabina de cola en cabeza y viceversa.
Otra de las peculiaridades de esta estación términal es que hay una garitilla con unos cuantos responsables del metro de Madrid, a los que la buena mujer, ciudadana concienzada con cazar a un periodista o terrorista indocumentado, fue directa. Y de hecho, vadeó la vía atravesando el tren, que era el camino más rápido. Ante semejante imprevisto, existen dos posibilidades: enfrentarse de cara a los problemas o escurrirse y escaquearse. Yo elegí el orden inverso a estas posibilidades, así que lo primero que hice fue deslizarme dentro del metro, que es lo que tenía previsto, y esperé (impaciente) a que cerrasen las puertas y el cacharro se pusiese en marcha con el habitual traqueteo. No quería quebraderos de cabeza, estaba cansado y era tarde. Lo cierto era que hasta el propio maquinista me había visto sacar las fotos, de hecho las saqué delante de él, porque retraté a parte de la locomotora y nadie me había puesto ninguna pega. ¿Por qué demonios esta señora tenía que ser tan tenaz y empecinarse en buscarme problemas?

La señora se montó en el tren justo a tiempo, a instantes de que echase a andar. Se montó para seguirme.
Yo estaba en el fondo, en una esquina. Le vi a lo lejos y ella me vio también desde la mitad del tren. Dio unos pasos al frente. Yo pasé a la opción dos, a la de enfrentarse al tema. Me dirigí con paso firme hacia ella. Ella también se acercaba a mí, pero dudosa. Ya estaba frente a ella, pronuncié un “disculpe” y ella, mirándome fijamente, me reprochó un “me han dicho los de seguridad que a ellos no les has pedido ningún permiso” y en vez de avanzar, retrocedió. Volvió sobre sus pasos, sin dejar de mirarme. Yo me acerqué y ella volvió otra vez a retroceder sin quitarme un ojo de encima. Estaba asustada, se veía acorralada, había perdido gran parte de su coraje. ¡Por Dios! Me hizo sentir como un matón de barrio.

—Disculpe, señora, yo no quería causarle ningún disgusto.

(Balbuceé, acercándome más lentamente e intentando tranquilizarla).
—Pues sí que me has dado un disgusto.
—Mire, escuche, yo no le quería alarmar. Si se queda más tranquila le enseño mi carné de prensa. Mire.
Saqué del bolsillo del pantalón mi tarjeta del trabajo en la que aparece mi foto, mi nombre y el nombre de la empresa. Lo alcé, y se lo mostré a la señora. Al final le rendí cuentas como ella quería desde el principio. Me doblegué.

—Ve,—continúe—soy periodista y trabajo en el grupo “tal y cual”. ¿Se queda usted más tranquila? Yo no quería causarle ningún disgusto, pero entienda que no puedo rendir cuentas a todo el que pasa… Mire estoy haciendo unas fotos para un reportaje digital de… (bla, bla y bla. Rellénalo con una bonita y repentina excusa)
—Pero es que yo… yo… no sé si eres un terrorista o qué… es que ya sabes, en estos tiempos que corren… (erre que erre). Yo también soy periodista.
—Ah, ¿sí?—Le espeté bastante incrédulo—.
—Sí.
—…
—…
—Mire, le entiendo perfectamente, pero yo intento hacer mi trabajo. Y no puedo dar explicaciones a todo el que pasa. Pero tampoco quiero asustarla.
—Pues sí que me has dado un buen disgusto. Y yo tampoco tengo porque volverme a montar en el metro porque tú no..r. ¡¡Ayyyyyyy!! (la señora se agarra subitamente y de sopetón la falda que se le desliza estrepitosamente por su huesuda cintura).

Sí, para colmo la señora casi se queda en ropa interior. Es lo que faltaba. Afortunadamente, se agarró a tiempo la falda y no cayó más debajo de la cintura, aunque con las bolsas que cargaba y el bolso era difícil amarrarse. Y yo tampoco sabía cómo ayudarle, ni de dónde cogerle. Pasó de exasperarme a provocarme compasión.

—Ay, se me caen hasta las faldas del susto.—Añadió.—
—Vaya. Lo siento. (¿?¿? no sabía qué decir)

Llega la siguiente parada. La mujer hace ademán de bajarse. Claro, ella se había montado exclusivamente para seguirme. Me deseó buena suerte con mis fotos. Le dije que no pasaba nada, que se fuese tranquila. Se despidió.

Me senté a descansar. Unas jovenzuelas que habían presenciado toda la escena no paraban de reírse, rojas como un tomate, recordando a la señora y cómo casi pierde la falda. Yo sonreí y meneé la cabeza, pero no recordando lo de la falda sino toda la historia desde el principio. Qué surrealista e irreal. Pero cierto. Guardé la cámara y descabalgué del metro, para pasear tranquilamente y repirar por la superficie.

27. 02. 2008

Cambiazo

Camino uno: Metro de Nuevos Ministerios, (Madrid)
Camino #1.

Camino dos: Puerto de Artesiaga, Navarra. Otoño.
Camino #2.

Cómo dar el cambiazo.

Del camino #1 al camino #2 median unos 500 kilómetros. Y apenas dos días de una misma semana. Y mucho placer, ambos a su manera.

Camino N#1: Estación de metro de los Nuevos Ministerios, Madrid. Invierno.
Camino N#2: Puerto de Artesiaga, Navarra. Otoño.

28. 01. 2008

El afgano

Muy rara es la mañana que no comienza con “1 pollito, 1 euro”.

A esas horas tempranas del día la boca del metro es un pequeño sumidero atorado. Es una parada por lo general tranquila, pero tiene una única salida /entrada. Y eso de par de mañana es un problema: Imagine al gracioso y pequeñín sumidero del lavabo de su baño asumiendo la tarea de ser la única salida para la presa de un pantano. Pues parecido. La locura es querer entrar y no poder, o al revés. En la orilla de este torrente humano, en la repisa de esta boca de metro, está casi todas las mañanas un hombrecillo que saca a desfilar a un puñado de pollos peludos y amarillos fosforito.

Son de juguete y andan hasta borrachos si les das cuerda suficiente. En un cartel de cartón vulgar (un trozo de una caja) y con tinta negra el hombrecillo cuelga el reclamo de su negocio “1 pollito 1 euro”. El hombre tiene la piel rojiza y brillante como el cobre, arrugada, y una barba blanca que se le deshilacha en los extremos y le da un semblante firme y una planta de un diplomático viejo, exótico y extraviado. Al lado de ese cartel, cuelga otro: “País Afganistán”. Suele ir tocado con sombreros, a menudo lleva un gorro cuadrado de pelo de animal, similar al que gastaba el presidente de Afganistán.

Nunca le he visto vender ni una de esas bolas amarillas. Pero sí que he visto a un niño latinoamericano jugar con uno de esos pollitos en las escaleras mecánicas del interior de esa misma parada. No sé de dónde los saca, ni si fue antes el huevo, la gallina o los pollitos en venir desde el lejano oriente. Él apenas abre la boca. Una mañana un hombre de su edad, un madrileño jubilado con esas gorras típicas de chulapo, le dio un toque en el hombro. “Qué, ¿ya has desayunado hoy? Sino te invito”, le dijo. El hombre de los pollitos no medió palabra. Movió la cabeza para asentir a lo primero e hizo un gesto amable para declinar la invitación.

Los pollos comparten parada de metro con unos gitanos que, con mucha gracia, todos los días venden a viva voz “cinco pares de calcetines a dos leuros” e intentan camelar a las señoras del barrio; y también con una boletera de la ONCE negra y rechoncha, bien podría ser cantante de góspel, que se acurruca en una esquina y se fuma un pitillo.

El afgano es un hombre entrañable. Y junto con el primer café del día su presencia es un ritual consagrado por la rutina.

[Para los curiosos, haced clic aquí]

10. 01. 2008

Esto ya no es lo que era

esto ya no es lo que era

La foto, una noche temprana y reciente en Madrid. Sus Majestades, dándose un homenaje. No parece una costumbre ajena.

Al hilo de esto, una selección de las mejores fotos del año a lo largo y ancho del mundo:

En National Geographic
El fotógrafo viajero del año
Las de la agencia Reuters
Las de AFP
La de Unicef

10. 12. 2007

¡Qué rico, mamá!

Me acaba de escupir la última boca de metro por hoy y regreso del trabajo. Me desvio por una bocacalle para ir a comprar el pan para cenar hacia las nueve de la noche. Noche cerrada pero abierta artificialmente todavía por mil luces. Incluso las de Navidad. Como no hay ya cristiano que venda pan a esas horas, sólo los chinos y tiene pinta de que sustituyen la levadura con neumático, los del Corte Inglés tienen un invento que se llama OpenCor (una especie de ultramarinos 24 horas abierto) así que allí voy. De paso: una plaza con unos niños jugando, otros más mayores echan las horas a perder con las hormonas alteradas (fumando, bajando politonos y chismorreando con cosas de cintura), un bar de pierde-hígados al lado, un supermercado Día cerrado, una frutería con la persiana bajada, una cervecería y un restaurante. Al girar la curva, el ultramarinos del ‘triángulo verde’.

Una mujer tira dos bolsas de basura de espaldas a una fruteria cerrada y al supermercado Día. Parece que ha salido del portal de detrás. Va bien abrigada. A su lado una renacuaja también bien abrigada y arreglada, su hija, cotorrea sin parar. Treinta y pico largos años la mujer alta y entre cinco y siete escasos, la diminuta. Paso a su lado. Ya estaba en la manzana de enfrente, unos metros más adelante cerca de un restaurante afranquiciado, cuando distinguí entre las sílabas que farfullaba la pequeña un grito entusiasta: “Mira… ¡Qué rico, mamá!”. Y añadió: “¿Me lo puedo comer ahora?”. Entre medio, el estrépito cómplice de las bolsas. Volví la vista atrás para ver qué estaba “rico”, pero ya no se distinguía bien a ninguna de las dos. Dí cinco pasos más y caí en la cuenta. No estaban tirando la basura.

Tonto. Se me cayó el alma a los pies, y de allí, rebaló a un sumidero de la calle. Ante volver sobre mis pasos o seguir adelante, seguí de frente.

Pensando. A paso más ligero. Giré la esquina. Crucé la puerta del OpenCor, tres calles de supermercado más abajo compré dos barras de pan de leña. Y una bandeja de jamón. Pagué y salí apresurado del comercio. A paso ligero. Regiré la esquina. Estaba nervioso. Y… en esos cubos de basura ya no me esperaba nadie. Ni madre ni niña. Tampoco había tardado más de cinco minutos, pero ya no estaban. Pasé al lado. Miré los cubos, parecían revueltos. Quizás eran conjeturas y desvaríos míos. Quizás la imaginación me había jugado una mala pasada.

Di la vuelta a esa manzana dos veces. Salí a la calle principal. Incluso fui una manzana más a la derecha porque sabía de la existencia de otro supermercado en el que posiblemente había más “¡qué rico mamá!” porque tiran productos frescos que se pasan en el día. Pero ni rastro. Ahora me sobraba una barra de pan y una bandeja de jamón. Dos veces tonto. Tonto, tonto. Así.

Lo cuento no por autocompadecencia, sino por advertir. La capacidad de reacción se agudiza entrenándola, como cualquier otra capacidad. La mía estaba tan atrofiada o fofa ese día que me lesioné para el resto de la temporada.

07. 12. 2007

Phssssssss Phssssss

luces de la ciudad
Luces de la ciudad

Hay una calle en Madrid donde las paredes están casi desnudas. Es la única calle que conozco en la que las paredes sesean. Por mucho que la atravieses a paso ligero, de las sombras de las paredes siempre emerge un seseo, un silbido… Siempre asoma un “psssssssss, phsssssss” desde algún muro, un alarido onomatopéyico, breve y leve para reclamar la atención de cualquiera. Sujetándo el asfalto, las vigas, los portales y ladrillos las paredes buscan compañía. Si los muros de esa calle hablasen nuestro idioma contarían historias trasnochadas, de camastros revueltos, personas torcidas, tabaco y licores baratos. Es la calle Montera.

La calle hace un tajo perpendicular al corazón de la ciudad, Gran Vía. Y del chorro errático, explosivo, incesante y multitudinario de gentes que bombea ese corazón de la ciudad hacia todas las direcciones posibles; Montera se queda esperando a que caíga en su brecha un poquito de ese torrente que se desparrama por todas las arterias. Y cae a cuenta gotas y a diario, el chorro suficiente para irrigar ese derrame urbano, diminuto y capilar llamado calle Montera. La mayoría de los que se dejan caer en el pozo de Montera son los que caminan por el borde. El seseo de las paredes desnudas los hipnotiza, alivia y narcotiza. Pero es suficiente para mantener viva la calle.

Montera es la costa atlántica y africana decimonónica de Madrid. Allí dónde hay aún hoy tratantes de esclavos. Es el mercado dónde los hombres y mujeres se venden al peso y a granel. Es la única calle donde no hace falta que hablen las paredes.

28. 11. 2007

Encuentros

Madrid es un hormiguero muy pequeñito. O eso me parece cada día más.

La primera vez me llamé a mí mismo paranoico. La segunda me convencí de que era totalmente cierto. Y, como bien dicen, “a la tercera va la vencida”. Estaba comprando el billete de metro por la mañana, antes de zambullirme en las entrañas de este minúsculo hormiguero cuando oí otra vez ese familiar sonido desde el piso de abajo. Era el sonido que orquesta el “balofón” una mezcla de xilófono y txalaparta en el que los sonidos revientan en el interior de unas calabazas de paredes maduras y duras como piedras. De las tripas huecas de las calabazas, con tremenda sonoridad, reverberan hacia fuera. Era el tercer día de las últimas dos semanas que oía ese sonido. Estaba en la parada de metro más cercana a mi piso madrileño, que ni está en el centro, ni en las afueras. Está incardinada dentro del primer anillo vial que intentó poner cerco al crecimiento de Madrid, la M30, y como ésta habrá un centenar largo de paradas de metro igual de vulgares de barrios de poco renombre. Pero el azar organiza encuentros como éste. El sonido del balofón me llegaba desde el piso de abajo. Y pensé: “Esta vez no se me escapa, no me voy con la duda”. Descendí las escaleras preparado para encontrarme con el pamplonés más peculiar de los últimos 16 años, Thierno Diallo.

Y allí estaba.


[Un día cualquiera en la calle Chapitela de Pamplona-Iruñea]

El primer día que le vi en el metro me desconcertó, pero me causó una emoción difícil de describir. Una ilusión infantil. Habitualmente siempre paso como el correcaminos por las trampas del coyote, a toda velocidad y sin ver demasiado, suelo ir con el tiempo justo al trabajo y en cuanto se oye chirriar al tren que acaba de llegar un piso aún más abajo hay que esquivar a la muchedumbre y lanzarse a por las siguientes escaleras sin contemplaciones. Pero ese tercer día me tomé mi tiempo. Casualidades como estas hay que celebrarlas regalándonos tiempo.

Le saqué una foto con el móvil, a la captura de su efigie de gigante de la sabana. Me acerqué y supe que jamás me había equivocado. Era él, Thierno Diallo (el nombre se lo consiguió sonsacar el año pasado en Pamplona mi amiga Maite para un fabuloso, pero desesperante reportaje). Para despejar todo tipo de conjeturas, al los pies del balofón mostraba diferentes recortes de prensa, entre ellos un par con similares titulares: “Ritmos africanos por las calles de Pamplona”. Hice la aportación de rigor a su sombrero. Soltó su “muchas gracias” y dejó de tocar el instrumento. Entonces se lo solté. Le saludé con la emoción y la inquietud con la que te encuentras con un paisano que hace tiempo que no ves por tierras lejanas y ajenas. “Tú eres de Pamplona y yo también”, le dije emocionado. Claro, lo dejé de una pieza.

Creo que le ‘acojoné’. Imagínate, estás tocando en el metro de Madrid y te viene un energúmeno emocionado –aunque somnoliento- de par de mañana, y te saluda como si te conociese de toda la vida y te dice que vives en otra ciudad. Pero me contestó muy entero: “Sí”. Y me dijo “¿De dónde eres tú?”. Y, aquí, ya llegó el éxtasis: “De la Txantrea (Chantrea), ¿lo conoces?”. “Claro que sí”. Es parco en palabras, llegó hace 16 años a Pamplona desde Alicante y Valencia. Y hasta allí, hasta el Levante, había llegado desde Senegal. En Pamplona encontró su hogar.

Suele ir ‘entxapelado’. Cuando gana Osasuna una victoria sonada, se viste con la elástica rojilla; y en las fiestas de guardar (San fermines, Navidad, etc…) se trajea con un repertorio de folklore. Lo mismo se claza unas albarcas y se viste de casero, que se cuelga unos cencerros y va de ‘joaldun’. No obstante, pese a la década y media que lleva aclimatado a los Pirineos tiene un hablar escueto y afrancesado. Le pregunté qué tal le iba y qué planes tenía, si se iba a quedar allí. Me dijo que el viernes regresaba a Pamplona y que volvería a estar allí una temporada, como siempre. Y que luego regresaría otra temporada a su “pais” (sin tilde). No conseguí desvelar que hacía en Madrid, y creo que hubiese sido de mal gusto. Pero fue terrible que nos encontrásemos los dos perdidos, ajenos, en ese vulgar agujero de Madrid.

Nos estrechamos la mano con fraternidad, como paisanos. Reconciliados con el mundo. Volvió a golpear uno de los resortes del balofón y a ver pasar gente y más gente. Y más y más gente desconocida.

(Dedico este azaroso y magnífico encuentro a mi amiga Maite)