22. 01. 2009

Retorno a Reykjavik

Este blog tiene una etiqueta que dice “Islandia y Groenlandia 2008”. Muy correcta. No tenía ni la más mínima sospecha ni intención de volver a rozar la imaginaria línea que en los 66 grados norte traza el círculo polar ártico en mucho tiempo. Pues bien, nada más y nada menos que siete meses después y contradiciéndome a mi mismo, regreso a Reykjavik. Estaré allí el viernes mismo, en pleno enero y plena oscuridad. ¿Por qué?

La economía islandesa respira a trompicones, como un enfermo terminal. En octubre la remota isla ártica sufrió el terremoto más desastroso de su historia y no fue geológico. Los tres bancos principales fueron nacionalizados y se declararon en bancarrota, la bolsa de Reykjavik suspendió su actividad cuando sus valores dibujaron el diagrama de un seísmo y se hundió más de un 70%, la corona islandesa perdió más de la mitad de su valor y se convirtió para el resto de naciones en una caricatura de divisa, que dejaron incluso de cambiarla durante casi 20 días porque casi sólo podía hacer paridad con la del Monopoli.

Ahora Islandia es un pozo sin fondo, su deuda es nueve veces su Producto Interior Bruto y ha quedado a merced del Fondo Monetario Internacional. Su economía se ensambla mejor al lado de algunas de estados atravesados por la línea del Ecuador o el Trópico más que por el círculo polar ártico. La periodista islandesa Iris Erlingsdottir bautizó la semana pasada a su país como el “Zimbabwe nórdico”.

Se puede decir que Islandia murió de éxito: pasó de ser una isla habitada por pescadores testarudos que hicieron literalmente del bacalao su bandera (desde el s. XVII hasta 1904 fue la enseña nacional) y que cuando plantaban nabos estos aparecían ya cocidos debido a las calenturas de la negra y tostada tierra volcánica, a ser en 2008 el lugar donde Mercedes-Benz se jactaba de haber vendido más coches de lujo, donde el índice de desarrollo humano era casi extraterrestre y los recién licenciados no querían hacer prácticas en Europa porque en su país ganaban 6.000 euros al mes frente al mileurismo continental. La agresiva liberalización del mercado, inversiones de alto riesgo, la privatización masiva, una inflación que crecía cada año a un ritmo trepidante (un 14% en 2008) fueron algunos de los ingredientes que lanzaron a esta nación pedregosa, geológicamente violenta y vikinga, al éxito y que luego la han hundido.

Y humillado: el pequeño y arruinado país fue incluido por el gobierno británico en la lista de países terroristas para poder de este modo, aplicando la ley antiterrorista, congelar los movimientos de los bancos islandeses e intentar recuperar el billón de libras esterlinas que los británicos y más de 100 entidades inglesas guardaron allí. El dinero simplemente se lo ha tragado la tierra.

Pero a Estrella Björt Rodríguez todo esto le da igual. Ella tiene un año y medio, un puñado de flamantes y nuevos dientes de leche, unos padres que la quieren una barbaridad y amigos con los que jugar. Porque aunque le pese a la periodista islandesa, y por fortuna, Islandia no es Zimbabwe. Estrella Björt no lo sabe pero ella es el emblema del éxito de una nueva generación de islandeses. Unos islandeses del sur de los Pirineos. Forjada y nacida en Reykjavik, Estrella Björt (que en islandés significa “luminosa”) no lleva genes vikingos sino vizcaínos y castellanos.


Sus padres, Miguel y Lorena emigraron hace unos años hasta Islandia buscando un futuro más brillante que en España y allí tuvieron a Estrella. Ahora están en un aprieto. Sus ahorros mermados y sus deudas multiplicadas. La vida nunca ha sido fácil en la isla ártica, ya que sólo las condiciones climáticas hacen que no sea el lugar más amable para vivir. Lorena decía en mayo que si tenían otro niño/a quería que naciese en Islandia, las ayudas a la maternidad y excedencias eran asombrosas. Ahora todas estas ayudas se tambalean. Miguel, Lorena y Estrella comparten suerte con una completa saga hispano-islandesa: el hermano de Miguel, casado con una chica islandesa; Xavi, un abogado catalán; Elvira, una profesora en la Universidad de Reykjavik; Atxón, un curtido biólogo al servicio del gobierno y cazador de ballenas y otros que con sus historias, sus manos y brazos están contribuyendo a la historia de un país forjado en la testarudez por salir adelante.

¿Cómo lo llevarán? ¿Qué está ocurriendo dentro de la isla? ¿A qué mayores dificultades se encaran estas familias que además no son islandesas? ¿Cuál es la suerte de los inmigrantes españoles en este país que antes no conocía el paro y ahora se piensa si entrar en el euro o emigrar al directamente continente?

La mejor forma de contestar a todas estas preguntas parece que es ir a Reykjavik y comprobarlo yo mismo con mis ojos. También es lo que Miguel y Lorena, con su paciencia y generosidad infinita, me recomendaron y a los que me alegrará terriblemente saludar de nuevo. A ellos y a toda la gente que vive allí, que ya vaya el barco viento en popa o haya naufragado, siempre acogen con extrema bondad y generosidad a un polizón como yo. Así que si todo va bien el viernes 23 de enero volveré a pisar la capital más norteña del planeta.

Me voy a hacer un poco más pobre aún yo también y voy a pasar bastante frío. Me dicen que en enero, cuando casi todo el día es ocuridad, es cuando Islandia muestra su carácter más auténtico. No hay apenas turistas, sólo el frío y los islandeses resistiendo. Espero repescar buenas historias en mi regreso a Reykjavik.

P.D.: Algunas fotos del anterior viaje, aquí.

20. 11. 2008

Encuentre las siete diferencias

El paisaje inglés en las cercanías de Lewes, East Sussex.

El paisaje escocés en un día despejado en la Isla de Skye:

Encuentre las siete diferencias.
Entre ambos lugares median 1.098 kilómetros.

18. 11. 2008

Las lindes del imperio

Salir de Londres cuesta una eternidad. A la una de la madrugada la ciudad está a medio gas: papelujos a merced del viento rodando a la deriva, centenares de luces colgadas de todos los sitios y unas cuantas almas vagando y otras vagabundeando por las calles. Quedaban unas nueve horas para cruzar la isla de Gran Bretaña y llegar hasta Glasgow (un trayecto como un Cádiz-Irún en autobús), y casi más de una hora la echamos en intentar salir de la metrópolis londinense. Conforme nos acercamos al borde norte de la ciudad me di cuenta de que Londres es, en sí misma, una metáfora del caduco Imperio Británico.

Desde Victoria Station, en el corazón de Londres y del Imperio (a escasos metros está el Palacio de Buckingham), hacia el exterior de la ciudad el recorrido es el mismo que si saliésemos en barco desde Londres hacia las lindes del Imperio. Gran Bretaña se empieza a desdibujar en cuanto se abandona el centro. Adiós casas victorianas, adiós edificios rococós y palacetes. En los primeros suburbios, las primeras colonias europeas y el resto de la ciudad: bloques de casas grises y trabajadores de media Europa e Inglaterra. Son barrios dormitorio. Pero una vez pasas un par de anillos de carreteras, entradas a autopistas y extrarradios uno dice adiós a Europa y el exotismo de las Indias Orientales y las colonias africanas empieza asomar en calles.

Sigue siendo Londres pero apenas hay carteles en inglés: indio, árabe, chino y otros alfabetos indescifrables son las únicas señas que llevan todas las casas y tiendas. Bienvenidos a la India británica, a Birmania, a Hong Kong, a Kuwait, Palestina, Iraq, Medio Oriente, Rhodesia del Norte y del Sur, Camerún, Sierra Leona, Malawi, Malasia y Singapur. Incluso se nota la diferencia horaria de las antípodas: todos los destartalados comercios están abiertos pese a ser tarde. Unas cuantas farolas amarillentas y la luz azulada de los tubos fosforescentes de las carnicerías musulmanas, de los locutorios centroafricanos y ultramarinos pakistanís iluminan las aceras tenuemente.

En algunas partes alguna gran carretera pasa en altura por encima de alguna de estas casas, como el Congo, el Nilo o el Ganges troceando el barrio en dos. Se ve la carretera con la brea levantada. Se ven algunas factorías cerca, los polígonos industriales de Londres, los centros de producción donde muchos de los colonos de estos barrios van a trabajar. Hasta las casas y las tiendas parecen un decorado de película ajenos al clima inglés: calles con edificios de apenas dos alturas, planos y con la pintura levantada, y con tejados absolutamente llanos, construidos sin tener en cuenta que el agua de las constantes lluvias tendrá que escaparse por algún lado. Suciedad, charcos y basura en las calles. Unos niños juegan a las tantas de la madrugada, correteando, entrando y saliendo de uno de los comercios. Son londinenses. Pero viven en los confines del “Imperio”, a millares de kilómetros de Picadilly, Downing Street o el Palacio de Buckingham.

Cuando uno sale de por fin de Londres por el norte, al rato otra vez vuelve a aparecer Gran Bretaña con sus urbanizaciones de jardines y casitas victorianas.

10. 11. 2008

El Marcoincomparable

Si escribimos “marco incomparable” en Google obtenemos 138.000 resultados que se refieren, por ejemplo, a la Expo de Zaragoza, a un gimnasio con goteras, irse de compras por Yamamoto y Birmingham, sobre Chiapas, un centenar de casas rurales, un millar de hoteles, y por supuesto el “marcoincomparable” de la Bahía de la Concha (con 7.010 resultados en Google sólo para ella).

¿Alguien puede dar una defición exacta de qué es un marco incomparable?

Yo me imaginaba algo como lo de la foto, que lo encontré en la costa norte de la Isla de Skye, en los archipiélagos de las Hébridas interiores de Escocia.

12. 05. 2008

Romper el hielo

icebergs (I)

En Groenlandia es mejor tomarse las relaciones con paciencia, tanto con el entorno como con la gente. Romper el hielo no es algo recomendable. Tanto si ves a uno de los nueve perros del tiro de tu trineo hundir su panza en el mar justo cuando acaba de desquebrajarse la superficie; como si Georg grita muy nervioso “iu iu iu” a los perros para reconducirlos porque cuatro de ellos van a la izquierda y otros cinco a la derecha, y en frente sólo queda grumo de hielo de tres metros de altura contra el que estamparte. En esos momentos sólo queda estrujar la madera del trineo con las manos con todas las fuerzas posibles y asumir con paciencia que lo peor que puede pasar es que se rompa el hielo. Y es en esos momentos cuando uno ve claro, con clarividencia, por qué la mayoría de los inuit de Groenlandia beben en Dios y creen en el alcohol hasta perder la conciencia. Georg Utuaq, nuestro anfitrión (pagando) y piloto de trineo de perros, encauzó la situación en ambos casos a golpe de látigo y gritando a los perros. “Iu, iu, iu” para la izquierda y “ili, ili, ili” para la derecha.

Ocurrió hace dos días, cuando fuimos de caza con Georg y dos trineos más. Dejamos atrás la costa congelada del islote de Kulusuk y atravesamos el mar y el fiordo. Llegamos hasta la isla de enfrente deslizándonos sobre el hielo hasta poder cabalgar sobre un glaciar. Buscábamos focas dormidas junto a respiraderos (agujeros en la superficie helada del mar). Pero sólo vimos un par de focas despistadas y cómo Gio se enfundaba un buzo blanco (como los de recoger chapapote en Galicia) para camuflarse en la nieve. Tomamos té, vimos el mar medio licuado y regresamos. Fue entonces cuando el mar cristalizado rugía bajo el trineo como una baraja de cartas pasadas a toda velocidad con un dedo.

Llevamos siete días en en esta isla ártica y pasaremos dos más debido a “buen” clima y la puntualidad de los vuelos, eso sí, a gastos pagados. Como dice Ander es dificil hacer planes en Groenlandia.

Ahora estamos en Tasiilaq, la capital de la costa este groenlandesa, un pueblo de 1.800 habitantes que después de estos días en Kulusuk (300 habitantes y apenas una docena de kilómetros cuadrados) nos parece Nueva York. En Kulusuk ya nos conocía todo el pueblo, era frencuente oir nuestro nombre desde alguna colina del pueblo. Ahora en Tasiilaq no hay rasacacielos ni metro, pero hay algo de asfalto, dos tiendas y… retretes de nuevo. Todo un placer reencontrarnos con estos viejos conocidos.

De todas formas, nuestros cinco días en Kulusuk fueron muy intensos. Entre narval, la panza de Georg, la escuela, el equipo de fútbol… Ya habrá más. Despacito, mejor no romper el hielo.

Un día de caza (I)

Kulusuk (I)

02. 05. 2008

El iceberg Danés

Dinamarca es un país iceberg. Cuando uno ve la puntita danesa en el mapa de Europa le parece una birria, muy pequeñito. Pero Dinamarca (la marca de los daneses, traducido literalmente), al igual que los iceberg, engaña. Dinamarca esconde la mayor parte de su territorio en los mapas a primera vista. La península es sólo la punta del iceberg danés. El resto de Dinamarca no está sumergido en el océano, pero sí congelado y al otro lado del mar. Este territorio danés escondido es 50 veces más grande que el tamaño de la península europea danesa y está cubierto al 80% por el hielo, es Groenlandia. La tierra de los inuits y la descomunal segunda isla más grande del mundo (la primera es Australia; y Groenlandia tiene más de 2 millones de kilómetros cuadrados, la mayoría por encima del círculo polar), una provincia de 50.000 habitantes daneses. Y además es el confín de la Unión Europa.

Hasta allí me voy unos días. Esta noche mismo parto hacia allí, el domingo comeremos paellada en Islandia invitados por un cocinero de Basauri (Bizkaia), y el lunes partiremos hacia Kulusuk, una remota isla en la despoblada costa este de Groenlandia.

Espero actualizar y traer historias desde allí. Viajo con Ander Izagirre y con Josu Iztueta, éste útlimo estuvo por estas tierras árticas hace 20 años y cruzó Groenlandia a pie.

Saludos a todos/as y hasta pronto.
Os escribo rápido desde un cibercafé barcelonés, la próxima vez contaré más cosas.

Aquí os dejo un mapa de mi viaje.

Quizás a alguien le sorpreda este viaje, este era mi secretillo este mes. Y por eso los mapas inuits.

09. 04. 2008

Hablar de mí mismo

Tengo que hablar de mí mismo; en unas memorias es inevitable. Además de mi apatía e indolencia, exageradas un tanto por mis convecinos los luzarenses para presentarme como un tipo estrambótico, soy un sentimental y un contemplativo.

Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos; me quedaría contemplando horas y horas el pasar una nube o el correr una fuente. Quizá viviendo en tierra se hubiera desarrollado en mí el sentido musical, como en muchos de mis paisanos; en el mar se ha ampliado, se ha alargado mi sentido óptico.

Muchas veces me he figurado ser únicamente dos pupilas, algo como un espejo o una cámara oscura para reflejar la naturaleza.

Soy, además, al decir de mi familia, un tanto novelero, un tanto curioso y amigo de novedades. Pero ¿qué es la curiosidad—digo yo, para defenderme—sino el deseo de saber, de comprender lo que se ignora?

A mí me gusta ver; y si hay una molestia o un peligro para satisfacer mi curiosidad, no tengo inconveniente en afrontarlo.

Soy también patriota a mi modo. No conozco la historia de España, y realmente no me preocupa gran cosa. Si me preguntaran quién fue Wamba o Atanagildo, me vería en un gran aprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mi país, cuando después de un largo viaje he visto desde lejos la costa de España, he sentido siempre una gran impresión.

El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lúzaro, de este rincón de la costa vasca donde he nacido y donde vivo ha estado siempre presente en mi espíritu. No lo considero como un mérito; no tengo esa tendencia exclusivista de las gentes de mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar para el marino. Discutir si esto es mejor que aquello me parece una tontería.

Lúzaro me gusta; pero el haber nacido en él, y el que mi familia haya vivido aquí muchos años, no creo constituya ninguna superioridad.

Pienso lo mismo que un masón a quien conocí en Liverpool. Este masón había llegado al grado treinta y tres, o cuarenta y tres, no sé a cuál; pero al más alto de todos. Los días de fiesta, el hombre se ponía el frac, un mandil y una porción de placas y triángulos, se marchaba a la logia y volvía perfectamente borracho.

En la casa todo el mundo le admiraba, y el buen señor, que era muy ingenuo, me decía:

-Mi padre me hizo ingresar en la logia a los catorce años; tengo sesenta y cinco y he llegado al último grado. La gente le encuentra a esto mucho mérito, pero yo, la verdad, no le encuentro ninguno.

Era un hombre sencillo el honrado masón.

Lo mismo que aquel albañil de la albañilería celeste, me sucede a mí con el mérito de mi familia de haber vivido mucho tiempo en Lúzaro. Esto no es obstáculo para que me encuentre en mi pueblo como en ningún otro.

Muchas veces, en mi camarote, navegando por el Atlántico o por el mar de las Indias, al pensar en Lúzaro sentía el recuerdo intenso de un monte, de una peña, de un hayal. Veía con la imaginación levantarse Lúzaro sobre el mar, con el río que penetra por su flanco, y veía los montes a un lado y a otro llenos de maizales y de robles.

Entonces me gustaba cantar en voz baja, zortzicos y sones de tamboril y, al oírmelos a mí mismo, creía andar por las callejuelas de mi pueblo, oler el olor del heno, contemplar las rocas del Izarra azotadas por el mar, y el cielo azul pálido surcado por nubes blancas.

Se comprende mi entusiasmo por Lúzaro; soy de aquí, y de aquí es toda mi familia. Además, mi vida se puede clasificar en dos períodos: uno el pasado en Lúzaro, en el cual me han ocurrido los hechos más trascendentales y más agradables de mi existencia; otro, el del mar, en el que no me ha sucedido nada, por lo menos nada bueno, y en el que he vivido con el corazón frío y la retina impresionada.

Fragmento de Las inquietudes de Shanti Andía de Pío Baroja.

Sobre uno mismo, las inquietudes, la patria y las emociones. La patria son unas luces centelleantes en un puerto cantábrico o una calle adoquinada en el Pirineo, nada más. Ni banderas ni himnos ni obstáculos y barreras. Y la vida, unas retinas impresionadas.

28. 03. 2008

Muestrario


Ayer pasé por el café Ramutcho. Pero sólo de pasada. Dijo el capitán: “Senores pasajeros, acabamos de sobrevolar Bilbao, Vitoria y ahora mismo estamos sobre la costa francesa”.

Finalmente aparecí aquí. Una ciudad que es un muestrario a escala del resto del mundo. Las calles tienen aromas, sabores, colores, rostros y lenguas de todos los rincones del mundo. Welcome to London.

P.D.: La foto, ayer por la noche sobre el Tamesis.