19. 01. 2009

Encontrarse

“Es una suerte que haya emprendido este viaje, de otra forma no me habría conocido jamás”.

Joseph Roth (1894-1939), durante su periplo por la recién instaurada URSS como periodista y cronista en aquel nuevo e inmenso país.

23. 08. 2008

Shusi Tourmalet con guarnición

Ayer por la noche estaba en la plaza de la Nabarrería tomando una cerveza y hablando con la gente de mi cuadrilla sobre la cobertura informativa del catastrófico accidente aéreo de Barajas. Yo no he visto mucho la tele estos días (casi como de costumbre), pero el resto—que la había ojeado—estaba indignado con la cobertura excesivamente sensacionalista que se le estaba dando. Uno de ellos, Javi, médico en ciernes, no entendía que porqué se tenía que buscar el testimonio de los familiares. Según él no había nada que preguntarles, toda la información que se obtuviese de ellos iba a ser únicamente sensacionalista. Razón no le falta. También es cierto que estos días se han visto algunas buenas informaciones y otras muchas, por desgracia, lamentables.

Pues bien, al hilo de ésto llegué a la conclusión de que la información es como la comida. Todo el mundo sabe que hay que llevar una dieta equilibrada: hay que alimentarse bien para no contraer enfermedades, no tener colesterol, no coger sobrepeso y tener una forma física saludable.
La información que consumimos deberíamos tratarla con el mismo mimo, es complicado porque hay mucho “fast-food-informativo” y mucha franquicia (muchas veces encontramos la misma información en diferentes sitios); pero deberíamos ser los lectores/ciudadanos los primeros en preocuparnos en la calidad de nuestra dieta informativa y exigir más calidad. Al igual que cuando vamos al supermercado o a un restaurante queremos que nos den la calidad y frescor por el que pagamos, deberíamos tener la misma exigencia de gourmet al consumir información. Los primeros implicados en nuestra dieta informativa somos nosotros.

También les prometí a mis amigos suministrarles buenos alimentos informativos. Así que ahí va el menú de hoy, un poco exótico:
SHUSI del TOURMALET con GUARNICIÓN GEORGIANA
.

El menú de hoy se compone de tres colecciones de crónicas con las que he disfrutado mucho y merecen mucho la pena.

1) SHUSI: Por un lado, las crónicas “Anotaciones japonesas” en las que el periodista David Álvarez ha retratado su viaje por tierras niponas, hilando pequeñas anécdotas hasta coser unas crónicas excelentes. Dejan muy buen sabor de boca. También hay fotos.

2) TOURMALET: En la primera etapa del Tour de Francia por los Pirineos, allá por 1910, hubo dos gritos que consagraron la leyenda de las etapas de montaña. En la primera etapa en el Tourmalet (2.114 m) la organización dio la salida y gritó a los corredores una advertencia: “¡Cuidado con los osos!”. Octave Lapize, primer corredor en llegar a la cima, descabalgó de la bici en la cumbre, la tiró al suelo y buscó a uno de los responsables de la carrera. Le enganchó y le gritó a la cara: “¡Asesinos!”.

Éstas y otras crónicas añejas del Tour se pueden encontrar en el blog de Ander Izagirre. Son un placer. También hay algunas remezcladas con historias de la actualidad. Merece la pena conocer el dopaje a base de bacalao que se hacía Bixente Blanco, “el cojo”.

3) GUARNICIÓN:
Muchas veces en el periódico leemos noticias de las secciones de Internacional que son “más de lo mismo”, lo que ya hemos escuchado o visto en la tele. Pero hay un par de periódicos que se molestan en enviar a los lugares donde se revuelve el mundo a gente de su confianza para que nos de cuenta de primera mano de lo que ocurre.

Uno de éstos hombres es Mikel Ayestarán, que nos trae crónicas con rostro, historias de las guerras y las catástrofes (y de alegrías, de vez en cuando) pero con nombres y apellidos. Muchas son historias duras, en otras Mikel rebusca ese atisbo de esperanza que queda después de la desgracia. Ahora mismo Mikel Ayestarán está en Tiflis (Georgia).
Algunas de las crónicas que ha publicado en el Diario Vasco se pueden leer aquí.
Pero desde luego, merece más de una visita y lectura su blog “SALAM, AGUR con crónicas e historias.

Hace tres días Mikel escribía esto desde Georgia: “En un rato vuelvo a la zona ocupada. Las mismas historias cada día. Los mismos ancianos que no han podido o no han querido dejar sus casas. Veo a mi propia abuela en los ojos de cada anciana que me sale al paso para contarme su experiencia. Veo a mi abuela, una de las mujeres que más ha marcado mi vida, y se me parte el alma porque a nosotros no nos ha tocado vivir nada así, somos la generación del ‘dame pan y dime tonto’, que cantaban los gamberros de Tijuana in Blue en la Iruña de los noventa. Que se den un paseo por aquí los sesudos analistas antes de llenar las páginas de los periódicos con teorías macropolíticas”.

¡Que aproveche el menú de hoy!

05. 07. 2008

Un buen relato para no leer

Tras recibir algunas críticas “constructivas” de algunos de mis escasos lectores sobre la extensión excesiva de algunos de mis relatos propongo una solución para los que no quieran leer: escuchar. Requiere menos esfuerzo, pero sólo aparentemente.

Ahí os dejo, a un clic de vuestra mano, la narración del viaje a Islandia y Groenlandia que hizo Ander Izagirre hace unas semanas en el programa de Radio Euskadi (Eitb) Levando anclas de Roge Blasco. Espero que lo disfrutéis: Aquí.
(Tenéis que hacer clic en el dibujito del altavoz de la derecha para escucharlo).
Ahí va también el blog de Roge Blasco hablando del mismo tema.

Y para rematar, ésta sólo para los atrevidos a los que pese a las críticas les sigue gustando leer: una entrevista con Josu Iztueta sobre su regreso a Groenlandia 20 años más tarde.

“La expedición de Groenlandia marcó en mis viajes un antes y un después”

¡Qué aproveche!

P.D.:Siento el lapsus productivo del blog, de por medio tengo Sanfermines y cambios laborales.

02. 03. 2008

Terriodista

—¿Estás sacando fotos del metro?

Me incorporo ante la pregunta. Estaba agazapado intentando cazar los pies de los pasajeros saltando al interior de un vagón. La señora que preguntaba era una mujer de melena blanca y alborotada que acababa de descender de ese mismo tren, iba con varias bolsas de plástico colgadas del brazo y rebozaba su delgada figura con una alargada falda negra. Me clavaba sus pequeños y curiosos ojos oscuros con un gesto nervioso esperando la respuesta, que era evidente y obvia.

—Sí, señora.
(Extiendo una bonita sonrisa ingenuamente, sin adivinar lo que se me venía encima).

—Pues muy mal, está prohibido. No se puede.
—Soy periodista.
—A ver, demuéstramelo. Enséñame el permiso. (Mueve la mano asiendo el aire, reclamando)
—Señora, disculpe, pero a usted no le tengo porque demostrar nada.
—Cómo que no, pero es que puedes ser un terrorista. Yo no lo sé.
—Señora, le aseguro que no soy ningún terrorista, soy periodista.
—Pues, a ver, enséñame tu carné.
—Señora, entienda que yo a usted no le debo ninguna explicación. No le pienso enseñar nada. No es usted ninguna autoridad. No puedo enseñárselo a todo el que pasa.
—Pero tienes que tener un permiso.
—Lo tengo. (bueeeno…)
—Enséñamelo.
—Oiga, le repito que no le tengo porqué enseñar a usted nada.
—Pues voy a avisar a seguridad.
—…
—…

Y la mujer sale corriendo (literalmente, a la carrera) andén abajo.

Así empieza la historia de esta foto.

Con semejante mala leche. La señora en cuestión estaba realmente agitada. Y yo desconcertado veía venir que la fotito de marras me iba a salir cara.
La mujer se zambulló en el tren. En esta estación al ser final de trayecto y morir el recorrido aquí se puede vadear la vía a través del tren porque a ambos lados tiene andén, así abre los vagones abren las puertas a ambos laterales y hacen de puente entre dos andenes. En esta estación cambian las agujas de las vías, el tren da marcha atrás y comienza el camino a la inversa reconvirtiéndose la cabina de cola en cabeza y viceversa.
Otra de las peculiaridades de esta estación términal es que hay una garitilla con unos cuantos responsables del metro de Madrid, a los que la buena mujer, ciudadana concienzada con cazar a un periodista o terrorista indocumentado, fue directa. Y de hecho, vadeó la vía atravesando el tren, que era el camino más rápido. Ante semejante imprevisto, existen dos posibilidades: enfrentarse de cara a los problemas o escurrirse y escaquearse. Yo elegí el orden inverso a estas posibilidades, así que lo primero que hice fue deslizarme dentro del metro, que es lo que tenía previsto, y esperé (impaciente) a que cerrasen las puertas y el cacharro se pusiese en marcha con el habitual traqueteo. No quería quebraderos de cabeza, estaba cansado y era tarde. Lo cierto era que hasta el propio maquinista me había visto sacar las fotos, de hecho las saqué delante de él, porque retraté a parte de la locomotora y nadie me había puesto ninguna pega. ¿Por qué demonios esta señora tenía que ser tan tenaz y empecinarse en buscarme problemas?

La señora se montó en el tren justo a tiempo, a instantes de que echase a andar. Se montó para seguirme.
Yo estaba en el fondo, en una esquina. Le vi a lo lejos y ella me vio también desde la mitad del tren. Dio unos pasos al frente. Yo pasé a la opción dos, a la de enfrentarse al tema. Me dirigí con paso firme hacia ella. Ella también se acercaba a mí, pero dudosa. Ya estaba frente a ella, pronuncié un “disculpe” y ella, mirándome fijamente, me reprochó un “me han dicho los de seguridad que a ellos no les has pedido ningún permiso” y en vez de avanzar, retrocedió. Volvió sobre sus pasos, sin dejar de mirarme. Yo me acerqué y ella volvió otra vez a retroceder sin quitarme un ojo de encima. Estaba asustada, se veía acorralada, había perdido gran parte de su coraje. ¡Por Dios! Me hizo sentir como un matón de barrio.

—Disculpe, señora, yo no quería causarle ningún disgusto.

(Balbuceé, acercándome más lentamente e intentando tranquilizarla).
—Pues sí que me has dado un disgusto.
—Mire, escuche, yo no le quería alarmar. Si se queda más tranquila le enseño mi carné de prensa. Mire.
Saqué del bolsillo del pantalón mi tarjeta del trabajo en la que aparece mi foto, mi nombre y el nombre de la empresa. Lo alcé, y se lo mostré a la señora. Al final le rendí cuentas como ella quería desde el principio. Me doblegué.

—Ve,—continúe—soy periodista y trabajo en el grupo “tal y cual”. ¿Se queda usted más tranquila? Yo no quería causarle ningún disgusto, pero entienda que no puedo rendir cuentas a todo el que pasa… Mire estoy haciendo unas fotos para un reportaje digital de… (bla, bla y bla. Rellénalo con una bonita y repentina excusa)
—Pero es que yo… yo… no sé si eres un terrorista o qué… es que ya sabes, en estos tiempos que corren… (erre que erre). Yo también soy periodista.
—Ah, ¿sí?—Le espeté bastante incrédulo—.
—Sí.
—…
—…
—Mire, le entiendo perfectamente, pero yo intento hacer mi trabajo. Y no puedo dar explicaciones a todo el que pasa. Pero tampoco quiero asustarla.
—Pues sí que me has dado un buen disgusto. Y yo tampoco tengo porque volverme a montar en el metro porque tú no..r. ¡¡Ayyyyyyy!! (la señora se agarra subitamente y de sopetón la falda que se le desliza estrepitosamente por su huesuda cintura).

Sí, para colmo la señora casi se queda en ropa interior. Es lo que faltaba. Afortunadamente, se agarró a tiempo la falda y no cayó más debajo de la cintura, aunque con las bolsas que cargaba y el bolso era difícil amarrarse. Y yo tampoco sabía cómo ayudarle, ni de dónde cogerle. Pasó de exasperarme a provocarme compasión.

—Ay, se me caen hasta las faldas del susto.—Añadió.—
—Vaya. Lo siento. (¿?¿? no sabía qué decir)

Llega la siguiente parada. La mujer hace ademán de bajarse. Claro, ella se había montado exclusivamente para seguirme. Me deseó buena suerte con mis fotos. Le dije que no pasaba nada, que se fuese tranquila. Se despidió.

Me senté a descansar. Unas jovenzuelas que habían presenciado toda la escena no paraban de reírse, rojas como un tomate, recordando a la señora y cómo casi pierde la falda. Yo sonreí y meneé la cabeza, pero no recordando lo de la falda sino toda la historia desde el principio. Qué surrealista e irreal. Pero cierto. Guardé la cámara y descabalgué del metro, para pasear tranquilamente y repirar por la superficie.

15. 02. 2008

Desarmar la infancia

«Aprendí a saquear ciudades, quemarlas y matar a su gente.»
Niño, 12 años

Dibujo y texto extraídos de: http://www.es.amnesty.org/camps/ns/

500.000 menores han sido reclutados por fuerzas armadas de distintos ámbitos (revolucionarias, gubernamentales, de derechas, de izquierdas, fundamentalistas, liberales, etc…) y a lo largo y ancho del mundo. 300.000 combaten ahora mismo en conflictos armados de 35 países. Lástima que sólo son números. Los números no nos impresionan.

Hace dos días escuché la voz de China Keitetsi. Sí, ex-niña soldado, porque más o menos un tercio de los niños soldado son niñas. (Unas 120.000) Además de llevar un subfusil en la pechera, también se dedican a labores de avituallamiento y domésticas y en última instancia alternan los cartuchos de balas y el Brown-brown (una mezcla de cocaína y pólvora) con la esclavitud sexual. También los niños. China Keitetsi vive en Dinamarca con sus dos hijos y durante 11 años estuvo bajo las órdenes de la resistencia ugandesa.

Pero la aberración de crecer bajo los efectos de la droga descargando un mortero o un AK-47 no está sólo en África. La lista de países es larga y se expande como un tumor por todo el mundo. Aparacen en esa lista infectada lugares como Irlanda del Norte, Uganda, Colombia, Kosovo, Filipinas, Congo, Chechenia, Guatemala, Sierra Leona, El Salvador…

No basta con que cese el reclutamiento de niños. Además los niños soldado deben volver a ser niños. Asociaciones como Save the childrens, Coalición Española Para Acabar con la utilización de niños y niñas soldado, Amnistía Internacional, y por supuesto UNICEF, dedican un enorme esfuerzo y todas sus energías por recuperar la vida de esos niños. Son programas de desarme, desmovilización y reintegración de niños/as soldado. Es la parte más difícil de toda esta historia. No se puede hacer borrón y cuenta nueva. Y es imposible restituirles sus vidas.

Ishmael Beah se pregunta muchas veces por qué.

“Por qué he sobrevivido a toda mi familia”, “por qué he sobrevivido a todo esto”. Afortunadamente lo puede contar y lo ha contado: a El País y en este libro. Ayer me terminé su libro, “Un largo camino. Memorias de un niño soldado”.

Al principio, cuando lo tuve entre las manos en la librería, me pareció que sería una historia irreal, que el autor hablaba desde el punto de vista de un privilegiado, que habría falsedad, pero pronto se esfumaron todos estos prejuicios. Es una historia verdadera, sin florituras, honesta y humilde. Es un testimonio de un largo camino. Sincero, brutalmente sincero.

En ocasiones me recordaba al testimonio de Irme Kertész en su periplo agónico por los campos de concentración nazi en Sin Destino. El asidero común de ambas historias es cómo a un niño le arrancan de raíz de su vida y lo empujan una sima pedregosa de sufrimiento y a la que tiene que convertir en su modo de vida. En su rutina. Y es ese escalofriante relato contando con naturalidad el que impresiona. Y mucho. Uno entre 500.000.

La parte más dura, personal y larga del viaje de Ishmael es su proceso de recuperación como niño tras su salida del ejército.

El pasado 12 de febrero fue la efeméride, el día mundial contra la utilización de niños soldados. Está bien acordarse un día de los enamorados, ¿no?

P.D.: Ander y yo cada día estamos un poquito más concienciados con el tema. Para bien aún nos queda mucho por conocer y aprender.

23. 01. 2008

Homenaje: Arin-Arin

Hace tiempo que quería hacer un homenaje a esto:

Impertérrita, añeja y desvencijada, pero simpática y eterna.

La cabecera del minúsculo resumen en euskera de los principales titulares del día que ofrece el informativo de TeleNavarra (desconexión territorial de la RTVE para Navarra). Este espacio se titula simpáticamente y de forma muy folklórica como “arin-arin”, que es un baile-danza del país y también es una expresión que indica brevedad, velocidad, celeridad… que le viene que ni al pelo porque el espacio apenas dura un par de minutos. Así esta cabecera tan peculiar se ha mantenido inalterable durante los últimos 26 o 27 años, desde que cobró vida el centro territorial de RTVE en Navarra.

Y remarco lo de folklórica porque, para los que no la conozcáis, comienza y se desenvuelve como no podía ser de otra manera al ritmo de la música y pasos briosos de un “Arin-arin”. Los rótulos del espacio son de cuando los ordenadores eran del tamaño de una fragata y el mando a distancia un invento todavía en ciernes.

Lo más característico de esta cabecera es que muy fugazmente al ritmo de la música vasca se suceden unas rapídisimas imágenes (alternadas con unas albarcas y pasos de una dantzari) que muestran la realidad de Navarra: levantadores de piedras, una industria del metal al estilo de la chapliniana de Tiempos modernos, una ciudad gris con mujeres de pelo cardado haciendo la compra con carritos de cuadros, jóvenes con chándales de táctel de colores chillones (combinaciones de fucsia y azul preferentemente) , multitudes deambulando por la calle estafeta con gafotas de sol, un encierro de colores carcomidos por el tiempo…

Una lástima que no aparece Miguelico Induráin, pero entonces sólo era una joven promesa del ciclismo. Además, hubiese afeado la caducidad invencible de la pieza audiovisual. Es sublime. Es un “muestrame navarra en treinta segundos”.

¡Qué dure muchos años!
Sí, señor, un brindis por las cosas que jamás cambian.

P.D.: Este mítico “Espaniako telebista” es aquí en el único lugar de todos los centros territoriales que he visto de RTVE donde aparece. Es otra reliquia y extravagancia de este ‘Arin Arin’.

10. 01. 2008

Esto ya no es lo que era

esto ya no es lo que era

La foto, una noche temprana y reciente en Madrid. Sus Majestades, dándose un homenaje. No parece una costumbre ajena.

Al hilo de esto, una selección de las mejores fotos del año a lo largo y ancho del mundo:

En National Geographic
El fotógrafo viajero del año
Las de la agencia Reuters
Las de AFP
La de Unicef

10. 02. 2007

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