Cada septiembre el gobierno de Uzbekistán cancela las clases en todas las provincias de su desordenada y turbia república. El presidente ordena cerrar los colegios. Las clases se suspenden durante estos meses otoñales y los escolares abandonan sus hogares.
“Escolares de quinto grado (once años de edad) son enviados al campo a recoger algodón donde la mayoría permanecerá hasta noviembre. Las órdenes llegan con claridad desde el gobernador provincial a los gobernadores de distrito, y éstos, la transmiten con diligencia desde el distrito a los departamentos de educación, y de allí hasta cada escuela. A cada colegio le es asignada una cuota de algodón que debe completar, y los directores de las escuelas que no completen la cuota son amenazados con el despido. Los escolares, los niños, llevan a cabo este arduo trabajo de la recogida del algodón bajo unas peligrosas condiciones hasta que completan sus días de trabajo, una vez terminado son reconducidos de nuevo desde el campo hasta sus escuelas y por fin pueden volver a dormir en casa. Los niños de 14 años y los que viven muy lejos del campo son hacinados directamente en insanos cobertizos y naves hasta que termine la temporada de recogida. Los días libres no existen”, esta es la traducción de las palabras exactas de un informe del International Labour Rights Forum del año 2008 en el que se relatan, en parte, las condiciones de trabajo de estos chavales y cómo funciona la recogida de algodón en Uzbekistán.
“Sabemos que en otros países también hay gobiernos que promueven el trabajo forzado de su población civil, pero ninguno lo hace de manera similar ni se ceba en los niños de la manera en que lo hacen en Uzbekistán”, reconoce Joanna Ewart-James, portavoz de Anti-Slavery International.
“La más brutal de las rutinas del régimen de Islam Karimov”, así han descrito las organizaciones internacionales a esta forma de organizar la cosecha del algodón por el presidente (¿dictador?) uzbeko. Se estima que cada septiembre más de 200.000 niños son movilizados desde sus hogares hasta los campos. Durante dos o tres meses son depredados por su propio gobierno y se convierten en mano de obra gratuita.
En este periodo, los niños beben aguas de acequias, apenas se alimentan o lo hace de forma desordenada y mala, y duermen en barracones sin luz, ni ventanas. En el mejor de los casos y paradójicamente, pueden llegar a dormir en la propia escuela. Terminan la temporada de cosecha exhaustos y con la salud minada por infecciones intestinales, respiratorias, meningitis o hepatitis. Así como la escuela tiene un cupo total de algodón que recolectar, también cada niño tiene el suyo. No cumplirlo puede acarrear castigos severos o incluso la expulsión del colegio.
Todo este tinglado cruel está montado así porque resulta que la destartalada república de Uzbekistán es el sexto productor de algodón del mundo, pero es la segunda potencia en exportación del mismo. Cada año se ingresan en el país centroasiático mil millones de dólares norteamericanos mediante la exportación de 800.000 toneladas de algodón. Esta delicada materia prima da Uzbekistán el control de su economía y es la principal fuente de sustento del régimen de Karimov, más que el gas o el petróleo. La economía uzbeka es simple y se basa en la explotación. Millones de miserables trabajadores agrícolas cultivan algodón, a cambio de un dinero ridículo o en ocasiones de nada, por orden de su gobierno. Dicen algunos organismos que los agricultores cobran dos tercios menos del precio real del algodón.
Umida Niyazova, periodista uzbeka en el exilio, explica así el funcionamiento de esta economía: “Todos los beneficios del sector algodonero se concentran en las manos del presidente, su familia y allegados. Los granjeros que cultivan el 90% del algodón viven en una situación en la que el cultivo de algodón no es rentable para ellos. El estado fija artificialmente los precios (muy bajos), mientras que los granjeros compran los útiles y herramientas para su cultivo a precios de mercado. Por decreto, es delito vender la cosecha a nadie que no sea el propio Estado. Y los agricultores no pueden negarse a plantar algodón, de otro modo, sería causa suficiente para quitarles sus tierras”.
Paradójicamente en tiempos de la Unión Soviética, cuando Uzbekistán era una porción más del imperio ruso, dos tercios de la producción algodonera era cosechada con máquinas, hoy en día sólo el 10% se recoge con maquinaria agrícola. En contrapartida, la mayoría del algodón uzbeko es recolectado a mano, habitualmente de niños.
Es difícil calcular cuántos niños son obligados a dedicarse a esta tarea. En el año 2000 Unicef estimó que aproximadamente el 22,6% de los escolares entre 5 y 14 años habían trabajado en la temporada anterior, eso sería un millón y medio de niños. En 2004 el ministerio de Educación uzbeko reconoció que habían trabajado unos 44.000, una cantidad demasiado escasa ya que tres años antes sólo en la región de Ferghana se supo que se habían movilizado unos 200.000 escolares. Tampoco se sabe con certeza cuántos de ellos perciben algún dinero por su trabajo, se sabe que algunos chavales han llegado a cobrar cinco dólares por cinco días de trabajo y otros por el mismo trabajo han cobrado 15 céntimos de dólar. Otros, nada. Se sabe que en la ragión de Samarkanda algunos niños han trabajado durante dos años enteros.
La historia de los niños uzbekos trabajando en las algodonerías estuvo oculta hasta que en 2004 algunas organizaciones como Environmental Justice Foundation la sacaron a la luz. Desde entonces llevan trabajando en Uzbekistán. Esta información y éstas citas las he conocido gracias a este reportaje que publica la revista Independent World Report y que ayer me lo enviaron los amigos de la ONG navarra Setem.
El artículo, para el que le interese, analiza también las relaciones de UE con Uzbekistán y cómo ciudadanos han presionado a las instituciones para que tomen cartas en el asunto.
Curiosamente, según cuentan, han sido las grandes compañías textiles y comerciales europeas las que motu proprio han comenzado a vetar ellas mismas el algodón uzbeko. Aunque es un tema “recio”. Algunas empresas como Inditex (Zara y Berskha) pasan del asunto y otras como H&M se comprometen y lo denuncian, aunque admiten que es difícil realizar la trazabilidad de las materias primas.
El cualquier caso, tal y como concluye el reportaje, este septiembre se volvieron a parar las clases en Uzbekistán, un país con 5.000 presos políticos en las cárceles y una dictadura de facto que se mantiene, literalmente, entre algodones.
P.D.: En la imagen, un niño uzbeko trabajando en un campo de algodón. La foto es cortesía de la asociación Environmental Justice Foundation.