13. 10. 2009

Un haiku gabacho y decimonónico

Portal de Francia (o de Zumalacárregui)

“Por la noche me he paseado por las murallas, solo y pensativo. Hay días en la vida que remueven en nosotros todo el pasado. Estaba lleno de ideas inexpresables. La hierba de las contraescarpas agitada por el viento silbaba débilmente a mis pies. Los cañones pasaban sus cuellos entre las almenas como para mirar el campo. Las montañas del horizonte, difuminadas por el crepúsculo, habían cogido unas formas magníficas; el llano estaba oscuro; el Arga, rizado por mil reflejos luminosos, se deslizaba entre los árboles como una culebra de plata.

Al pasar por delante de la entrada de la ciudad, he oído el chirrido de las cadenas del puente levadizo y la sacudida sorda del rastrillo que caía. Acaban de cerrar la puerta; en aquel momento salía la Luna. Entonces, perdonadme el ridículo de citarme a mí mismo, estos versos que escribí hace quince años me volvieron a la mente:

Siempre dispuesta para el combate, la oscura Pamplona
antes de dormirse bajo los rayos de luna,
cierra su cinturón de torres
”.

12 de agosto de 1843.
Los Pirineos, de Víctor Hugo.

P.D.: En la imagen, el portal de Francia o de Zumalacárregui, que tiende de forma perpetua un puente levadizo de madera. Este portón ya no se cierra por las noches y deja abierta, indefensa, por el norte la ciudad. La fotografía la tomé ayer mismo.

26. 12. 2008

De jabalí

La cuesta del Palacio es una microcalle, apenas una pequeña rampa. Una callejuela recóndita poco transitada. Hacia la mitad de la cuesta, dubitativo, con un jersey de punto rojo, y con la mano en la nuca había un hombrico. Rumiaba algo. Intenté no prestarle mucha atención, pero él no quería dejarme pasar de largo. Se acercó rápidamente hacia mí.

“¿Oye, mozo, no me podrás hacer un favor?”. Ya me había enganchado. Me rodeó y me puso la mano tan rápido como pudo en el hombro, mientras con la otra se agarraba la barbilla. “Bueeeeno… Depende de lo que sea…”, le contesté. La verdad es que no me apetecía mucho pararme con este hombre. ¿Por qué tanto ímpetu? “¿O tenías prisa?”, me dijo. “Bueno, un poquillo sí, pero…”. Era mentira. Tenía toda la mañana libre, pero son ese tipo de cosas que dice uno para guardarse las espaldas, por si acaso te piden algo muy raro con la excusa puedas desaparecer en un pispás. “Bueno, entonces nada, nada, vete”. “No, hombre, no, tranquilo, dígame qué quería y a ver si le puedo ayudar…”. “Pues… ¿No me ayudarás a subir un televisor a mi casa? Es que en estas casas no hay ascensor y uno solo…”. “Sí, hombre, sí”, contesté envalentonado.

“Puedes dejar ahí en el portal las cosas y luego las recoges”. Pensé quién me manda a mí ayudar a nadie. ¡Que hoy en día no te puedes fiar ni de tu sombra! ¿Y si me querían robar? ¿Y si era una mafia del este de esas que extorsionan y secuestran gente? ¿Y si era todo mentira? Y si… La verdad que el hombre parecía majete. Dejé la carpeta y la chaqueta en las escaleras del diminuto portal. El hombre abrió el maletero del coche, donde supuestamente estaba el televisor. Deseé que el televisor fuese… ¡Cagüen la leche, qué pedazo de televisor! Pocas veces he visto un televisor tan grande. Hubo que hacer un par de intentos hasta poder amararlo bien entre los dos. Llegamos como pudimos hasta el portal. El hombre llamó al timbre de su casa. “Bien, primer piso”, pensé. No abrían. Volvió a llamar. Otra vez y nada. Alguien abrió el portal por el automático, total que ya estaba abierto. Arremetió a gritos: “¡Cagüen la sota de bastos! Esta mujer… Oyeeee que la puerta ya está abierta, que me abras la de casa, copón. Que subo la tele con un mozo”. “Vale, vale”, contesto una vocecilla por el automático.

Creo que ha sido la vez que más me ha costado subir a un primer piso, el televisor pesaba una barbaridad, se me resbalaba, se me estaba cargando el brazo. Y el hombre también estaba sufriendo. Llegamos a la puerta de casa. Me tranquilizó mucho ver a la mujer, y ver que era una casa típica pamplonesa, ya saben: el salón decorado con la biblioteca de libros del Diario de Navarra, las figuras de los gigantes y los kilikis de Pamplona, y fotos de los nietos, algunos de ellos vestidos de ‘pamplonicas’. No me esperaba ninguna mafia descuartizadora. “¿Quieres beber algo, mozo: vino, cerveza, agua?”, me dijo la anciana. “No, muchas gracias, señora”. Me pregunté dónde estarían los nietos o los hijos en ese momento. Quizás, la mayor compañía durante el día era el televisor y por eso tenían tanta prisa por devolverlo a su sitio. Habíamos subido el aparato hasta la mesa del comedor. “Si quiere lo ponemos ya en su lugar”, les dije. Dicho y hecho. “Muchísimas gracias”, me dijo él. Ella fue corriendo a la cocina me dio algo envuelto en papel de plata: “Mira, majo, aquí tienes una longaniza de jabalí, la descongelas en tu casa y ya verás qué rica. Es casera.” “No, señora de verdad, no hace falta…”

Nunca había probado una longaniza de jabalí, ni la probé. La guardé durante un tiempo como un trofeo. Fue la mejor propina que me habían dado nunca, en esta ciudad ya no se hacen chistorras de jabalí caseras.

P.D.: Acabo de volver a casa por Navidad. Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, una primavera hace un par de años, es real y es un homenaje a esta ciudad, Pamplona (Iruña para los amigos) y sus gentes. Da gusto volver a estar en casa, después de tres meses sin pisar ni un adoquín ni recorrer ni una callejuela de esta ciudad bimilenaria. Gente de acento cantarín, que dentro de lo humanamente posible intentan que todas las palabras acaban en -ico, mezclan palabros en castellano, en euskera y otros inventados y a veces pagan los favores con un pintxo en lo viejo o una longaniza de jabalí.

06. 07. 2007

Vorágine

Ya está. 204 horas de juerga ininterrumpida (para algunos).

de concierto, originalmente publicada porcaravinagre.

Ya estamos sumergidos en la vorágine festiva de San Fermín.
Aunque para algunos como yo será breve y concisa. Apenas un par de días de fiesta, mis fiestas. Mis queridas fiestas, una locura colectiva. Una ciudad esquizofrénica que muestra millones caras y carácteres diferentes, millones de rostros, cuadruplica su población en una semana, miles de culturas, una torre de babel que queda sumergida y uniformada en la marea blaquiroja. Homogenea y hetereogenea al mismo tiempo.

La ciudad ha entrado desde hoy mismo en catársis y sufre una parálisis que durará una semana. Si tenía algo pendiente que hacer en Pamplona estos días y no estaba relacionado con la fiesta, no desespere, no intente nada, simplemente espere y disfrute. La ciudad oficial queda inmóvil hasta el día 15 (y con resaca).

Como decía otros años la víspera excita, pero este año tengo sentimientos encontrados. Estamos en plenos sanfemines y tengo dependencia de escribir en el periódico y no puedo. Este año podía almorzar con la cuadrilla el día 6 y disfrutar desde el minuto 0 y en cambio estaba en casa buscando pisos en Madrid por internet. Sí, me voy.

De formas, tengo muchas más cosas que hacer, que contaros y que reclamar y agradecer, pero… cuando escucho esta vorágine, siento a la gente apretujarme en la calle, la música de las peñas, el agobio, el olor de sangría y orines, los pequeños pamploneses vestidos de rojo y blanco, los gigantes danzando, los kilikis azotando y asustando, los australianos hablando un dialecto del arameo mezclado con kalimotxo, los globos que se escapan al aire, y las ganas de pasarlo bien de millones de personas se me encoge algo dentro. Es algo sobrecogedor.

¡Viva San Fermin! ¡Gora San Fermín! Felices fiestas a todos/as.

Os dejo el himno pseudooficial de estas fiestas, que me pone los pelos de punta:
El Vals de Astrain

14. 03. 2007

La salida

Una última tarde de primavera de ardor y sudores. En una parada de autobús urbano esperaban dos portugueses. Habían terminado su jornada laboral en una obra cercana, una de las muchas urbanizaciones en construcción. Departían a gusto, quizás sobre el calor, sobre su futuro, o sobre los hogares y las historias que dejaron para trabajar aquí. A su lado, una jubilada rechoncha con una chaqueta de punto “por si refrescaba” escuchaba la conversación. Para ella era un galimatías pero lo hacía por costumbre. A juzgar por la tez de estos tipos, tostada como la de un cochinillo al horno y curtida como un cinturón, también había lucido el sol otros días. Uno de ellos se rascó el brazo y dejó ver una piel menos morena más arriba de la manga. Sin duda, el bronceado del “currela”.

Llegó el autobús. Continuaron los obreros hablando, más alto si cabe, una vez dentro. En la siguiente parada: una pareja de ancianos y una joven muy guapa. La chica había desapolillado la ropa de verano del armario para lucir su bronceado de ‘solarium’. Los lusos analizaron de arriba abajo el moreno de la muchacha y siguieron hablando enérgicamente. Sin duda, estaban discutiendo. Delante de ellos, la pareja de ancianos, conversaba en euskera a viva voz, contribuyendo a la algarabía y mezcolanza de idiomas. Pasaron quince minutos hasta que cesó el guirigay de la Torre de Babel rodante, cuando por fin bajó la mayoría de los pasajeros, entre ellos los portugueses. Sin apenas dar un paso sobre el asfalto se volvieron hacia la puerta de salida, entonces uno de ellos pronunció tartamudeante: “irrrteeeeraa”. El otro hizo ademán de quedar conforme, y comenzaron a hablar mucho más sosegadamente.

04. 03. 2007

Casi regalado


Algunos tienen tantas ganas de liquidar el género, que tiran la casa por la ventana. Ya saben a precio “casi regalado” pueden ser ustedes padres y madres. Además elegir el sexo del retoño, esto no lo hace ni la ciencia.

Esta captura es del escaparate de una de las tiendas Alonso de Pamplona. Uno de los muchos comercios que han decidido bajar la persiana para siempre en la capital navarra.

Technorati

28. 02. 2007

A veinte leguas

Se levantó de madrugada. Desvelado. Quiso dar solución a la falta de vivienda, a la demanda de VPO y a los precios desorbitados. De la noche a la mañana encerró a unos tipos durante meses para que lo resolviesen. Y a falta de tres meses para las elecciones presentaron su proyecto. Una ciudad en una burbuja, veinte leguas al sur de Pamplona. En la nada. En medio de un campo de cereal y alrededor de un palacete destartalado. Guenduláin.

50.000 habitantes y 19.000 hogares. Se estrecharon las manos y se felicitaron por su éxito. En un par de años construirán la segunda ciudad más grande de Navarra y dicen que saciarán así toda la demanda de vivienda. Desviarán la autovía que recién habían construido, construirán líneas de tranvía para conectar su ciudad con la capital de Navarra, dicen que casi toda será VPO y que aquello jamás será un gueto alejado de la comarca. A los mercachifles de hogares, los del ladrillo, las grúas y las subcontratas les brillan los ojos y se les estiran los colmillos. Se miran de reojo entre ellos. Edificarán esa ciudad al amparo de su burbuja de negocio. Habrá carnaza para todos. Y mientras unos personajes inútiles llamados los de “la mesa del suelo” son incapaces de replicar con eficacia.

Esto es lo último de ciencia-ficción que he leído.

No soy ni arquitecto ni urbanista, pero estoy curtido en este género. El argumento, flojo; el resultado, terrorífico. Me imagino a los pueblos colgando carteles: Así eran los últimos habitantes de… (Fustiñana, Isaba, Goizueta). Creí que el proyecto era del capitán Nemo, me recordaba a su ciudad submarina, pero es del Gobierno de Navarra. Posiblemente sea más complejo proyectar 200 casas en Fustiñana, 50 en Isaba y 10 en Goizueta y así una tras otra hasta sumar las 19.000, que hacerlas de golpe en un campo de cereal. Pero nuestro territorio y nuestro medio ambiente, ya está bastante desequilibrado en población. Y aunque las cifras encajasen, no se puede embutir a todos en la comarca de Pamplona, como el arroz en la morcilla. Por un lado se construyen centros de energías renovables, molinos y huertas solares y por otro se proyectan ciudades que sirven de ejemplo de crecimiento desequilibrado, desordenado, insostenible e irrespetuoso con el medio.

“Todo lo que de grande se ha realizado ha sido en nombre de esperanzas exageradas”, Julio Verne.
“No necesitamos continentes nuevos, sino personas nuevas”, Capitán Nemo (personaje de Julio Verne).

Technorati

25. 01. 2007

La Blanquita



La Blanquita
es esa insidiosa vecina. Vive un piso por encima del de mis abuelos. A veces se le olvida comer, pero eso no es cosa nueva. Fue de las primeras en estrenar un teléfono inalámbrico por prescripción médica hasta entonces yo sólo los había visto en Corrupción en Miami para poder bajar a los pisos de las vecinas y hablar despreocupada de quien le llamase. Compraba cosas del teletienda. Es un manojo de nervios, cotorra, quisquillosa, chismosa y no tiene límite, no es consciente de cuándo sobra. Baja a casa de mis abuelos y puede estar horas de incómodo palique. Se hace insoportable, pero es entrañable. Tiene buen fondo, es como una niña pequeña. Y dicen que no hace mal a nadie. La Blanquita es como la nieve en Pamplona.

Aunque la nieve la disfruto más. Pero sólo un ratito. Un día. Vivir con ella toda la vida sería un suplicio. Así que admiro la capacidad de mis abuelos para vivir en Groenlandia. Ayer nevó en Pamplona y tardé dos horas en llegar a un examen. Tuve suerte de llegar. En mi barrio una rama de un árbol cedida por el peso de la nieve mandó a un vecino a urgencias. Pese a estar en exámenes, intenté liar a alguien para salir a jugar con la nevisca, nadie quiso. Así, como muchos otros (frikis, según Javi) me di una larga vuelta y saqué fotos de la nieve en Pamplona. Jugué un poco solo y disfruté. La ciudad, pese a los problemas, estaba preciosa.

Sé que no soy el único al que se le ha ocurrido hablar de la nevada de ayer. Incluso fue noticia en la televisión. Pero ahora podéis imaginar con cada copo, como la Blanquita baja un peldaño en busca de horas de colapso.

NOTA: Si queréis podéis echar un vistazo a las fotos de la gélida y nevada Pamplona aquí. Es un espacio que he abierto para ir colgando mis capturas. http://www.flickr.com/photos/caravinagre/

15. 07. 2006

Despedida de los gigantes

Bueno, como la galería no llega porque tengo demasiado material que organizar. Y como yo funciono a ralentí he decidido publicar esta entrada a fecha del 15 de julio para no alejarme virtualmente mucho de los sanfermines para los que nos quedan 352 días, ¡qué horror!. Así que pongo unas fotos de la tradicional despedida de los gigantes.

Para el que no lo sepa todos los sanfermines, el día 14, la muchedumbre infantil y paternal acompaña a los gigantes, cabezudos y kilikis hasta la estación de autobuses habitual hogar de los gigantes donde bailan por última vez y se despiden entre caramelos, lágrimas y risas hasta el año siguiente.
como estos sanfemrines estuve suertudo, me tocó en gracia cubrir este acto para nuestro periódico, así que hice un reportaje y unas fotos para mi colección y no para publicar. Una vez más, ahí van las fotos.


El beso más cariñoso al más temido de los kilikis, Caravinagre.


Últimos bailes de los gigantes en la estación de autobuses


Lluvia de caramelos.


“El Barbas” quiere que la gente aclame su nombre.


El kiliki “Verrugón” emocionado por la despedida se seca las lágrimas.


Un beso comprometido para la reina americana.


Las reinas gigantes se agachan para poder recibir la cariñosa despedida de los más pequeños, en un cara a cara.


Los gigantes americanos al final se quedaron solos en la estación y bailaron girando frenéticamente la canción del Cola-cao, tocada por los gaiteros de Iruña, mientras toda la estación coreaba: “Yo soy aquel negrito del África tropical…”


Así acabó blandiendo la espada el gigante del rey europeo, con un rácimo de chupetes colgado del mango de la espada.

Parece que existe la tradición de que los niños entreguen sus chupetes a los gigantes. En realidad es un préstamo: los padres les dicen a los niños que ya son mayores para llevar chupete, pero estos se niegan a dejarlo, así los padres urden la treta de proponerles a los niños entregar al gigante el chupete durante un año para que se lo guarde, y así lograr destetar del chupete a los pequeños.

Caravinagre