08. 10. 2009

Abigaíl

Esta es Abigaíl Canaviri. El día que la conocimos no había trabajado la noche anterior porque los mineros ese día estaban “muy tomaditos” (borrachos) y le habían avisado de que no se molestase en entrar a la mina porque no había escombro que levantar.

Abigaíl tiene 14 años y cada noche desciende casi dos kilómetros dentro de las profundidades de una mina en el Cerro Rico de Potosí, en el sector de La Plata. Abigaíl camina dos horas hasta el “tope” de las galerías, a través de unos túneles, cavernas casi, muy angostos, estrechos y asfixiantes. Unos pasillos de roca inundados por charcas rojizas, amarillentas y fétidas, y un barrillo nauseabundo producto de la mezcla de minerales y agua filtrada.

Una vez en el fondo recoge los escombros que los mineros han producido por la mañana, los carga en una vagoneta y recorre esos 1.500 o 2.000 metros de galerías que le separan del exterior, sola, a tientas con la luz de su frontal y una vagoneta cargada con 400 kilos de rocas. “Hay que entrar como lagartos, arrastrándonos, porque algunos lugares son muy estrechos no pasa el carrito”, relata. “El carro se hace muy pesado, a veces se sale de la línea y hay riesgo de que se voltee. Algunos lugares están cuesta arriba, al principio se me hacía muy duro, me dolía mucho la espalda pero ahora estoy acostumbrada”. Abigaíl tarda dos horas en conducir un carrito cargado hasta la superficie. Entra a la mina a las 8 de la tarde y sale a las 10 o 11 de la mañana del día siguiente. En una noche puede sacar 5, 6 o 7 carritos. Hace este trabajo desde hace dos años “para ayudar a su mamá y sus hermanitos”.

Las manos las tiene rajadas, agrietadas de raspar las paredes de las galerías y las rocas, como una vieja. Los surcos de las manos los lleva escayolados y subrayados por el polvo blanco de la mina. En el centro de Cepromin (Centro de Promoción Minera), mientras conversa con nosotros, desayuna y pasa con esas yemas ajadas las páginas de un cuento de princesas de Disney. La Bella durmiente, Cenicienta, la Bella y la Bestia desfilan ante nosotros mientras nos cuenta que los mineros de donde trabaja ella a pesar de que beben mucho son “buena gente”. No como en otros lugares. Dos amigas suyas de 12 y 13 años que trabajan en otras minas ya han dado a luz a dos niños fruto de las violaciones de mineros viejos y borrachos en la oscuridad de las galerías.

El padre de Abigaíl murió de silicosis, “el mal de la mina”, cuando ella tenía 8 años. Cuentan en el cerro de Potosí (la mítica montaña que lleva 500 años explotada y agujereada por galerías y mineros como un hormiguero) que a algunos mineros les han llegado a extraer tras su muerte auténticas piedras de los pulmones. Bronquios literamente petrificados. El polvillo de la mina va filtrándose por los bronquios y sedimentándose, impide la respiración y acaba ahogando a los mineros. El mayor miedo de Abigaíl es “tener el mal de la mina” y los derrumbes, constantes en estas galerías destartaladas.

Cuando quedó viuda, su mamá, Doña Margarita, se convirtió en guarda, esto supone la tremenda responsabilidad de guardar dentro de su casa material de mina y asumir cualquier pérdida. “También nos da miedo. Guardamos dinamita al lado de la cocina, da miedo que algún día se prenda”. Viven exactamente a quince pasos de las puertas del infierno, es la distancia desde su casucha de adobe a la boca oscura de la mina. Alrededor de su casa se amontonan varias vagonetas y perros sarnosos. “Es un lugar muy frío, donde no hay agua, ni luz”. Dentro, nos enseña cómo en una misma cama duerme su mamá, ella y sus cuatro hermanitos. Acurrucados, todos juntos, como una camada de cachorros. En la casa, el viento chirría y mueve las planchas de latón del tejado, que está agujereado por mil partes. Es una sola habitación.

Abigaíl trabaja 14 horas para ganar 20 bolivianos (2 euros) al día. Si fuese un adulto por ese mismo trabajo le pagarían 70 bolivianos. Hace un año, una mañana de diciembre salieron de casa para buscar agua. Se ausentaron una hora. Al regresar la puerta, “de lata”, estaba abierta. Les robaron tres máquinas y unos pistones que debían custodiar. Una pérdida de 21.000 dólares, que les ata ahora en un régimen de esclavitud con la cooperativa minera.

Desde ese día, cada pesito que gana Abigaíl se le resta de esa descomunal deuda, que a este ritmo necesitará décadas para pagarla. La asociación Cepromin les ayudó a pagar una de las máquinas (7.000 dólares) ahora mantienen la deuda en 15.000, así que Abigaíl cada noche trabaja gratis. Es una esclava.

“Nosotros no sabemos qué son los derechos”, sentencia Abigail.

Abigaíl termina de trabajar cada noche, duerme unas horas, camina unos metros desde su casa hasta el centro de Cepromin por una colina escarpada, pedregosa y azotada por los vientos, allí desayuna, come, hace las tareas y va a la escuela. Don Carlos, un orondo anciano potosino, les acerca en furgoneta hasta el colegio. Termina las clases a las seis de la tarde. A las ocho, una noche más se calza el casco y vuelve a la mina. Todas las noches. “Yo quiero estudiar, sacar a mi mamá de la mina y que mis hermanitos estudien y sean profesionales. Me gustaría ser médica, sí, y dar medicinas gratis. Y tener un lugar donde vivir que no sea la mina”.

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Hay historias que merece la pena contarlas, aun a sabiendas de que hay gente que ya las ha oído. Aunque sea dos, tres, o quinientas veces. Sin miedo a cansar. En este caso hago de eco de Ander Izagirre, que ya publicó la historia en su blog, y traigo al mío la historia de Abigaíl, a la que ambos conocimos en Potosí.

El segundo día que visité a Abigaíl, llegó tarde al centro, justito para comer. Ese día los mineros no habían tomado y sí tuvo que trabajar la noche anterior. Llegó agotada, adormilada. Comió y se marchó al colegio. Una vez más.

21. 09. 2009

“Las Beckham” de Urundayti

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Mientras piden cambio en el equipo, una gallina cacarea alterada e invade la banda. “Ven, que la niña está llorando”, le dicen a la jugadora saliente. Un bebé de cinco meses no para de chillar y las ancianas que la tienen y las compañeras de equipo no logran calmarla. Así que se se efectúa el cambio, para que la mamá—la fortachona defensa del equipo de Camiri—se retire, dé el relevo a una compañera (el único recambio que tiene el once de Camiri) y calme a la niña. Éste es un buen motivo para que el entrenador pida el cambio en el campo de Urundayti.

Un perro esmirriado persigue a las jugadoras y quiere sacar desde el centro del campo, un anciano con la cara apergaminada y la voz de “tomadito” anda al desquite con indicaciones de técnico y piruetas de manos y brazos confusas para el equipo, unas señoronas sentadas en sillas diminutas y los ojillos convertidos en una rayita negra disfrutan tranquilas del encuentro y una decena de niños se emboba con la coreografía errática que ofrecen las piernas de las jugadoras: chutes, regates y robadas. Entre el público, algunos hombres con los niños en brazos. Estos son los prolegómenos de la previa del partido.

Las cagarrutas de gallina y oveja, desparramadas y desbordantes en el campo, ofrecen un rodamiento especial bajo las botas de las jugadoras. La portería (el arco) levantado con varias tuberías se le hace un poco grande a las arquera del equipo local y los matojillos de hierba se levantan como lechugas. Pero este campo destartalado es para las jugadoras del MOMIN (MOvimiento de Mujeres Indígenas del Mundo) un auténtico estadio de fútbol, en el que se sienten campeonas unos minutos al día.

Los goles son los de menos. La alegría y energía con la que llegan al campo de jugar convierte este patatal en un estadio olímpico, al menos en ilusión. Muchas han de salvar las broncas del marido o novio, incluso las palizas para venir a jugar. Otras son madres solteras con cuatro o cinco hijos (o bastantes más). Otras quieren jugar incluso estando embarazadas. La edad de “las fichas” de estas madres jugadoras es un abanico amplísimo que oscila entre los 15 o 16 años de las más jóvenes hasta los 40 o 50 de algunas otras.

Urundayti es una comunidad guaraní (o chiriguana) del Chaco boliviano. Cae a unos 15 kilómetros de Camiri, ciudad que brotó hace 75 años alrededor de los pozos petrolíferos y donde pasó el Ché en su última cruzada revolucionaria que le condujo a la muerte en las sierras bolivianas. Y es aquí donde un grupo de mujeres y madres indígenas guaraníes han construído una burbujita, su espacio: han formado varios equipos de fútbol y juegan una liguilla. Este año estuvieron a punto de asistir a la Donosti Cup (un campeonato de fútbol que se celebra en la ciudad de San Sebastián-Donostia y en el que cada año participan equipos de todo el mundo, y gracias a este enlace del tío de Ander Izagirre, que participa desde hace años en la organización de este evento, hemos llegado a parar aquí, y también para transmitrirles un poco de ilusión y aliento a estas madres futbolistas. Durante este día fuimos una capsulita de esperanza nosotros también. Esperamos verlas en la Donosti Cup 2010).

Estas madres guraníes entrenan entre semana sacándo tiempo de las tareas del hogar, de los niños y de muchos trabajos que tienen como vendedoras de comida callejeras, lavando ropa ajena en su casa o de sirvientas en otros hogares más acomodados. A muchas no les alcanza para la comida o la ropita de los niños con los recursos que tienen.

Ayer asistimos a un impresionante “torneo” (más bien era el partido que juegan todos los domingo en Urundayti) entre los equipos de mujeres de Boyuibe, Camiri y Urudayti. Fue espectacular. Éstas mujeres, según nos cuenta Margoth —una mujer inagotable y la auténtica artífice y motor de la mayoría de las actividades del MoMIM—han conseguido recuperar su autoestima, su ilusión y quererse un poquito más, olvidar su problemas y sentirse mejor, gracias a algo tan simple y tan sencillo como jugar al fútbol. Tener una actividad donde organizarse, conversar, liberar tensiones y tener complicidad con otras mujeres. “Cuando llegaron, eran muditas, no hablaban nada”, confiesa Carlos, su entrenador.

Hay también mujeres (algunas, muy poquitas) que son profesionales: hay una que le llaman “La Beckham” y estudia Derecho, otra estudia enfermería y ya hay una odontóloga. Aunque la mayoría son madres muy jóvenes. El de Urundayti será uno de los pocos campos de fútbol en los que antes de que empiece el encuentro, en los vestuarios, las jugadoras se remangan la “polera” (camiseta) y dan de mamar. Y al minuto están pateando al campo y regateando.

Margoth nos comenta sobre una chica que hace unos pases excelentes y le gustaría que fuese el año que viene a Donosti: “Ésta es muy buena jugadora, ojalá vaya a la Donosti Cup… si no se queda embrazada dentro de poco”.

Las señoras llegan desde comunidades más lejanas como Boyuibe en una micro (una furgoneta reconvertida en minibus), en el que como en el circo se embute todo el equipo en las escasas plazas de la furgoneta. A Margoth le piden cada equipo, que por favor, las acompañe. Le quieren una barbaridad. “Aquí, muchas mujeres al principio se pensaban que les íbamos a dar algo, que esto era beneficiencia, pero aquí lo que les enseñamos fue construir algo entre todas”, sentencia Margoth sobre la filosofía del movimiento del MoMIM.

Estas son algunas fotografías y esbozos, ideas sueltas, impresiones del partidazo de fútbol al que asistimos ayer. Todas las señoras y jóvenes nos aseguraban que eran solteras cuando hablaban con Ander y conmigo. El entreador Carlos, por su parte, parecía más interesado en fichar a Elena para el equipo.

Estoy seguro de que Ander publicará en breve algunas impresiones y alguna nota más interesante que esta. Yo por si acaso aquí os dejo estas imágenes que por fin he conseguido subir desde un ciber de Santa Cruz. Esta tarde marchamos de nuevo al altiplano, a La Paz, y remataremos la última semana del viaje en el lago Titicaca.

05. 09. 2009

Achicando Bolivia

Desde que llegué el día 2 de madrugada a La Paz, cada vez, a cada pasito que he dado en estos escasos tres días, voy achicando más Bolivia. Lo cual me agrada mucho. Cada vez vamos empequeñeciendo la escala en la que nos movemos en este país (o al menos yo, ya que Ander llevaba ya aquí una semana).

Empecé callejeando por La Paz. Apenas pasé medio día porque debía salir por la tarde para encontrarme con Ander en Oruro. Es imposible pasear, como mucho dejarse llevar, dejarse empujar por estas calles retorcidas que suben y bajan por la capital más alta del mundo. Y que provocan, bajo los efectos del soroche (mal de altura), unos sofocones que le hacen sentirse a uno envejecido de la noche a la mañana. El cuerpo se siente pesado y el aire seco (humedad del 5%) acuchilla la nariz. Duele respirar. A uno, de repente, le gustaría dejarse crecer los pelos de la nariz hasta que fuesen como una escoba, a ver si así desarrollando una buena barba nasal se hacia más “suavecito” el respirar. Parezco un besugo todo el día con la boca abierta y seca.

Por la nariz, por fortuna, entran también los olores paceños, que a ratos son frutas, juguitos que las cholas venden en las plazas, goma quemada, humo de tubo de escape negruzco o cuero viejo. El trasiego del hoyo en el que echa raíces el centro de La Paz es un batiburrillo de voceros anunciando viajes en las “micros”, de bocinas, músicas callejeras y conversaciones a medias (una viejita le dice a una niña que come un helado a la salida de la iglesia que no se manche, “mijita”; otras dos mujeres despotrican sobre otra “a quién le dice fea esa chola de mierda”…). Mientras en un rincón a la sombra un anciano le agarra el antebrazo a otro hombre y le dice “ahora te frotas así y esto se curará”. Un sanador urbano en mitad de la acera. Y conversaciones incomprensibles en lenguas que jamás he oído y a veces suenan relampegueantes como azotes de la lengua en el paladar.

Al tacto (de la mano y del pie) la capital administrativa de Bolivia parece rugosa, agrumada, abultada, abollada casi. A trozos. Socavones y bultos por todos los sitios. No sólo urbanos, también humanos, sociales… Es la única ciudad del mundo en la que los barrios pobres se desparraman por la parte alta de la ciudad y no en la baja. Así, salvo por el prominente Illimani y su cumbre nevada que apuntalan la ciudad al cielo y recuerda que esta desorganizada y terrosa urbe es parte de los Andes, el resto de las colinas de La Paz son inmensas laderas salpicadas por casuchas de adobe, que le da ese tacto de ciudad atrompiconada. El Alto es esa barriada de barro y que por la noche se enciende como una pequeña constelación de farolitas y farolillos. Tanto los limpias (o lustrabotas), obreros, cholas, y todos los buscavidas –que son los que realmente avivan las calles paceñas—se dejan caer en riadas hacia el hoyo de La Paz. A dejarse llevar por su trasiego diario. Es una ciudad que parece que la reconstruyen cada día. “Un día más sigo aquí”, parecen aullar las ruas y grietas paceñas a cada amanecer.

Tras un viaje nocturno en una “flota” que abordé ya en marcha en la estación paceña y que estuvo animado por un charlatán que vendía libros de autoayuda y que pasé “pixando” (mascando) unas hojitas de coca, llegué a Oruro para encontrarme con Ander. Oruro está a medio camino entre La Paz y Potosí. Una ciudad más chica y de tránsito.

Una vez que desperté a Ander y dimos una vuelta por la ciudad de mañana, desde Oruro traqueteamos hacia Llallagua (los viajes en flota, autobuses, merecen un capítulo aparte). Llallagua nació como asentamiento minero y aun hoy es el espíritu de esta ciudad de unos 35.000 habitantes y en la que se forjaron algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de Bolivia en cuanto a luchas mineras y la famosa matanza de San Juan (una masacre contra los mineros cuando el Che estaba guerrilleando en las sierras bolivianas). En tres días aflora una conclusión: no se puede intentar entender, al menos parte de la historia reciente de Bolivia, sin entender la minería.

Con Llallagua achicamos nuestra hasta el punto que llevaba buscando desde hace tiempo. En Llallagua ayer por la noche me reencontré con algo aue había venido a buscar. Somos los únicos blanquitos y gringos por aquí. Anoche había ya mineros con su casco, cara enegrecida y petos sudados paseando en las calles-zoco de este lugar. En Llallagua por fin cogimos el tamaño que en el que nos sentimos cómodos. Aunque me siento todavía como un paracaídista en un país fascinante, en pleno ajetreo, con 36 etnias diferentes, distinto, complejo que vive un proceso de renovación, de invención,y del que desconocemos casi todo.

Este es mi bautismo americano, intentando achicar Bolivia en piecitas pequeñas. E intentando coger el pulso (acelerado por el cogotazo del soroche) a este lugar. En definitiva, emocionado y sobresaltado por este planeta boliviano.