Opá, er mundiá
Lo último entre las gentes de bien es hacer el ‘spinning’. Yo pensaba que esto era el entrenamiento que hacían algunos sicarios del fútbol para efectuar guillotinazos de espinillas y tobillos. Pues, no. Se trata de andar en bici con música. ¡Qué tontería! Si lo que se lleva ahora en la bici es lo de toda la vida: el farlopeo, las autotransfusiones y demás ‘guarredidas’. El padre que hoy le regala una bici a su hijito para que el rapaz entienda con criterio la colección de VHS de las mejores escapadas de Miguelón le está haciendo el peor favor de su vida. ¡Oiga usted! Quiere que su hijo sea poli-toxicómano o ‘dogasdicto’ ¿o qué?
¡Menuda metedura de cuarta!
El PP llevará al Congreso antes del verano una iniciativa para derogar la disposición sobre la anexión de Navarra
UPN y CDN desautorizan una iniciativa del PP para derogar la Transitoria Cuarta
Zaplana anuncia una iniciativa de UPN contra la transitoria 4ª que Sanz niega
Sanz dice que el Gobierno de Navarra no ha adoptado “ninguna decisión” para derogar la disposición transitoria cuarta
Aralar considera “patético” el anuncio de Zaplana, que es “un ataque frontal contra los derechos de Navarra”
Erro (IUN) cree que Sanz “pone a Navarra al servicio del PP para desestabilizar al Gobierno central”
No soy lector del Diario de León, ni de la Voz de Galicia, pero desde luego hay que darles un premio al titular que han redactado, estos meten la cuarta y la quinta si hace falta: “El PP plantea cambiar la Constitución para evitar que Navarra sea vasca”. Y lo mejor de todo, publican la noticia en la sección llamada “País Vasco”. Qué coherencia. Gracias, San Google.

Los no iniciados en la informática de usuario deben saber que “formatear” es un verbo que está estrechamente ligado a otros como: descacharrar, despedazar, destrozar, inutilizar o estropear. Habitualmente hasta que el inocente usuario no ha hecho algún estropicio de estos no descubre qué es y hasta qué punto adquiere relieve y significado. Cuando uno llega al descacharro total, ese es el momento idóneo para formatear. Y esto es aventurarse a desmenuzar y borrar todo el contenido de su ordenador para dejarlo literalmente vacío. Aunque claro, la auténtica aventura es llenarlo y volver a dejarlo como cuando funcionaba bien. No siempre hay garantía de éxito.
Uno con los años adquiere experiencia, y cuando la computadora en cuestión, deja de computar y pasa simplemente a putear, uno le aplica la pena capital: el formateo. Lavado, centrifugado, puesta apunto y vuelta a empezar. En estas estaba yo hace un mes, cuando se me ocurrió meter en el cacharro un nuevo sistema operativo. Un sistema operativo es lo básico, es el traje más elemental para no salir de casa desnudo, para que el ordenador funcione. Ya tenía otra computadora con ese flamante trajecito: el Windows XP del imperio de Microsoft. Por lo que había probado era un traje cómodo y elegante. Como tenía una copia original del programa, – original sí, porque es la forma más ingeniosa de sablearte los ahorros por un disco compacto -, decidí y creí que no tendría ningún problema al alojar el nuevo ingenio de Microsoft en el ordenador. Error.
Después de dedicar un día entero a poner a punto el aparato, inicié por primera vez el nuevo sistema operativo: “Tiene usted 30 días para activar Windows”. Pensé: “Eh, sin problemas, es una copia original”. Pasaron los días y la sugerencia de activarlo se convirtió en una amenaza. “Recuerde que le quedan 10 días para activar su copia de Windows”. Si no se activaba en el plazo dejaría de funcionar. Introduje el código de producto que venía con el disco. “Código de producto inválido” ¿Mande? No pasa nada, aún quedan 10 días. “Recuerde que le queda 1 día para activar su copia de Windows”. Había que hacer algo, era inminente, la máquina anunciaba el día del juicio final. Volví a meter el código. Otra vez “inválido”. Aparecía un número de teléfono gratuito al que llamar para activar el producto. Nunca había llamado a un número de una multinacional, tenía curiosidad. Marqué.
Tras diez minutos hablando con una amable máquina, meter el código de activación y que fuese declarado una vez más “inválido”, decidió la operadora mecánica pasarme con un telefonista de carne y hueso. Sorpresa. Un tipo me saludó y me dio las buenas tardes. El tipo era indio. No navajo o cherokee, sino hindú. Es difícil explicar cómo uno es capaz de reconocer a un tipo que habla castellano con acento indio. Pero es posible. El telefonista tenía el mismo acento que los hindúes en la tele, hablaba como Apu, – el del Badulaque de los Simpson -, o como los indios de turbante que aparecen en las pelis de Indiana Jones. Logré entender que el código era “inválido” porque no era posible tener una misma copia instalada en dos equipos. “Ustet debe atdquirir otra copia de Guaindous”. “Perdón, no lo he entendido”. “Seiñor, debe ustet atdquirir otra copia de Guaindous”. “Haber, me está usted diciendo que no puedo instalar mi copia original de Windows, que me costó un dineral, en mis dos ordenadores”. “Seiñor, le eripito debe atdquirir otra copia de Guaindous”. La conversación se caldeó, el tipo se enfadó conmigo, y yo cada vez le entendía menos: “Buenas tardes. Gracias y Adiós.”
Normal que se enfadase. Yo era un bicho de la peor calaña para Microsoft, lo que hacía era ilegal. Me explicó un amigo que al comprar una copia “original” de Windows uno no adquiere el programa sino una licencia, un permiso, para instalarlo una sola vez. Esa licencia son unas letras chiquitas que vienen en un holograma, esas pegatinas que al ladear se ven colorines. Uno se gasta un dineral y en realidad sólo compra un permiso. El tonto soy yo por comprarlo, y por ver sólo colorines. Me gustaría que apareciese en la cajita del carísimo Windows en vez de un holograma un cartelón, estilo a las cajetillas de tabaco, avisando del peligro de adquirir el producto por tonto para instalarlo más de una vez. También me explicó mi amigo que las oficinas y propio el telefonista podían estar en la India o en algún rincón de Asia, pero eso me sonó a tomadura de pelo, como la de Microsoft.
Caravinagre
Mi madre siempre me dice que soy malo para los números, que siempre lo he sido y siempre lo seré. Razón no le falta, pero me resisto a creer que es una especie de estigma vitalicio. También me resisto a creer que es cierta la dogmática excusa que esgrimen muchos para evadir desengrasar su hemisferio cerebral más desamparado: “Es que yo soy de letras y a mí los números…” o su idéntica versión “de ciencias”. Puede que me cueste más aprender y estudiar física de vectores que literatura, pero lo puedo hacer. Pero no comprendo el afán de mucha gente por asegurar que la complejidad del mundo puede ser reducida siempre a una ecuación o a un número. No digo que la manzana que le cae a Newton desde el árbol no pueda reducirse a la ecuación de la ley de la gravedad, pero si es un gamberro el que tira la manzana desde un árbol vecino, eso no es una ecuación, eso es mala leche.
Toda esta galaxia de clichés del imaginario popular han creado dos tipos de monstruitos sociales: por un lado, aquellos para los que un número es un número, y se jactan además de tener una especial destreza para dominar y someter a su dominio las cifras e incluso recordar mejor un teléfono nuevo que la cara de su nuevo compañero de trabajo; y, por otro lado, los alérgicos a los números que aman expresarse en términos relativos. Estos se jactan de poder recordar mejor la cara del primo-hermano de su nuevo vecino que el código ‘pin’ del móvil.
Últimamente empiezo a desmarcarme más de estos dos bandos enfrentados. Hoy estaba repasando unos apuntes del mundo empresarial. Revisaba un ejemplo de una empresa, que para evitar perder sus clientes e ir al fracaso, debía reducir al máximo sus costes y aceptar sumisa los dictámenes de sus multinacionales clientes e intermediarios. El problema surge cuando la mayoría de esos costes los genera la mano de obra. Un reguero de cifras, porcentajes, datos y tablas; un mareo y baile de números. Me he acordado entonces de otros números, he imaginado que al otro lado de esas ambiguas cifras y porcentajes había una imaginaria empresa, con sus trabajadores, con sus familias, con sus sórdidas naves industriales, incluso con su garita del guardia de seguridad. Para los amantes de los números estas cifras son sólo un ejercicio teórico, y aunque fuesen reales es un numerito no una persona.
No voy a entrar a discutir sobre la economía de mercado, no voy a ser yo quien solucione o alabe las virtudes o vilezas de la divina globalización, tampoco seré yo quien analice y repare la actual deslocalización de las empresas, o estudie al detalle la economía navarra. Pero para los enamoradizos de las cifras, para aquellos a los que se les infecta la boca al hacer operaciones de más de dos dígitos y para aquellos magníficos estudiantes y experimentadores de empresas propondré un par de ejercicios reales de tarea. Este fin de semana leía como volvemos a andar a vueltas con el encargo que tendrá la planta de Volkswagen de Landaben de la que dependen directamente 5.000 familias navarras y otras tantas dependen indirectamente. También reaparecían en los periódicos los conflictos de la vecina TRW, que tiene un futuro incierto. Miles de navarros dependen de estas dos empresas. El adorador de las cantidades disfruta cuando se publican estas grandes cifras, se estimula y disfruta viendo tantos ceros. Es un drama, pero un drama con grandes ceros, que lo hace más atractivo a los ojos de la prensa y los ciudadanos. Ese mismo fin de semana un gran amigo mío me confesaba que su padre había pasado más de dos meses en el paro, a sus 53 años. ¿El motivo? El taller en el que había trabajado durante más de 30 años había colapsado, para más repateamiento de hígado, el dueño del taller había organizado una regulación de empleo a espaldas de los trabajadores, se ha quedado todo el dinero y les ha dejado sin un chavo de euro en la calle. La media de edad del taller superaba los 45 años. Pero estos dramas no aparecen en la prensa, porque sólo era un taller de 15 personas. Tanto para el amante del número, como para el empresario tan “sólo eran 15”. ¿Y para el reticente a los números? Simplemente esas quince caras y familias son desconocidas.
Parece que el drama individual de cada uno de esos quince trabajadores es menos drama que el de cada uno de los 5.000. Para tocarme un poco más los números, hace una escasa semana mi padre fue a una asamblea de su empresa, una pequeña cooperativa dedicada al sector automoción. Hubo sorpresas: hay pérdidas, el porvenir no está asegurado y el único futuro posible es irse a Europa del Este para tener mano de obra más barata y un producto más asequible para los clientes. ¿Y los trabajadores de Pamplona qué harán? No había una respuesta muy clara. De momento, la regulación de empleo está asegurada. Quizás mi padre, con 54 años, corra el mismo destino que el de mi amigo. Pero mientras él sea un número no hay problema.
Caravinagre