06. 10. 2009

El algodón (uzbeko) sí engaña

Cada septiembre el gobierno de Uzbekistán cancela las clases en todas las provincias de su desordenada y turbia república. El presidente ordena cerrar los colegios. Las clases se suspenden durante estos meses otoñales y los escolares abandonan sus hogares.

“Escolares de quinto grado (once años de edad) son enviados al campo a recoger algodón donde la mayoría permanecerá hasta noviembre. Las órdenes llegan con claridad desde el gobernador provincial a los gobernadores de distrito, y éstos, la transmiten con diligencia desde el distrito a los departamentos de educación, y de allí hasta cada escuela. A cada colegio le es asignada una cuota de algodón que debe completar, y los directores de las escuelas que no completen la cuota son amenazados con el despido. Los escolares, los niños, llevan a cabo este arduo trabajo de la recogida del algodón bajo unas peligrosas condiciones hasta que completan sus días de trabajo, una vez terminado son reconducidos de nuevo desde el campo hasta sus escuelas y por fin pueden volver a dormir en casa. Los niños de 14 años y los que viven muy lejos del campo son hacinados directamente en insanos cobertizos y naves hasta que termine la temporada de recogida. Los días libres no existen”, esta es la traducción de las palabras exactas de un informe del International Labour Rights Forum del año 2008 en el que se relatan, en parte, las condiciones de trabajo de estos chavales y cómo funciona la recogida de algodón en Uzbekistán.

“Sabemos que en otros países también hay gobiernos que promueven el trabajo forzado de su población civil, pero ninguno lo hace de manera similar ni se ceba en los niños de la manera en que lo hacen en Uzbekistán”, reconoce Joanna Ewart-James, portavoz de Anti-Slavery International.

“La más brutal de las rutinas del régimen de Islam Karimov”, así han descrito las organizaciones internacionales a esta forma de organizar la cosecha del algodón por el presidente (¿dictador?) uzbeko. Se estima que cada septiembre más de 200.000 niños son movilizados desde sus hogares hasta los campos. Durante dos o tres meses son depredados por su propio gobierno y se convierten en mano de obra gratuita.

En este periodo, los niños beben aguas de acequias, apenas se alimentan o lo hace de forma desordenada y mala, y duermen en barracones sin luz, ni ventanas. En el mejor de los casos y paradójicamente, pueden llegar a dormir en la propia escuela. Terminan la temporada de cosecha exhaustos y con la salud minada por infecciones intestinales, respiratorias, meningitis o hepatitis. Así como la escuela tiene un cupo total de algodón que recolectar, también cada niño tiene el suyo. No cumplirlo puede acarrear castigos severos o incluso la expulsión del colegio.

Todo este tinglado cruel está montado así porque resulta que la destartalada república de Uzbekistán es el sexto productor de algodón del mundo, pero es la segunda potencia en exportación del mismo. Cada año se ingresan en el país centroasiático mil millones de dólares norteamericanos mediante la exportación de 800.000 toneladas de algodón. Esta delicada materia prima da Uzbekistán el control de su economía y es la principal fuente de sustento del régimen de Karimov, más que el gas o el petróleo. La economía uzbeka es simple y se basa en la explotación. Millones de miserables trabajadores agrícolas cultivan algodón, a cambio de un dinero ridículo o en ocasiones de nada, por orden de su gobierno. Dicen algunos organismos que los agricultores cobran dos tercios menos del precio real del algodón.

Umida Niyazova, periodista uzbeka en el exilio, explica así el funcionamiento de esta economía: “Todos los beneficios del sector algodonero se concentran en las manos del presidente, su familia y allegados. Los granjeros que cultivan el 90% del algodón viven en una situación en la que el cultivo de algodón no es rentable para ellos. El estado fija artificialmente los precios (muy bajos), mientras que los granjeros compran los útiles y herramientas para su cultivo a precios de mercado. Por decreto, es delito vender la cosecha a nadie que no sea el propio Estado. Y los agricultores no pueden negarse a plantar algodón, de otro modo, sería causa suficiente para quitarles sus tierras”.

Paradójicamente en tiempos de la Unión Soviética, cuando Uzbekistán era una porción más del imperio ruso, dos tercios de la producción algodonera era cosechada con máquinas, hoy en día sólo el 10% se recoge con maquinaria agrícola. En contrapartida, la mayoría del algodón uzbeko es recolectado a mano, habitualmente de niños.

Es difícil calcular cuántos niños son obligados a dedicarse a esta tarea. En el año 2000 Unicef estimó que aproximadamente el 22,6% de los escolares entre 5 y 14 años habían trabajado en la temporada anterior, eso sería un millón y medio de niños. En 2004 el ministerio de Educación uzbeko reconoció que habían trabajado unos 44.000, una cantidad demasiado escasa ya que tres años antes sólo en la región de Ferghana se supo que se habían movilizado unos 200.000 escolares. Tampoco se sabe con certeza cuántos de ellos perciben algún dinero por su trabajo, se sabe que algunos chavales han llegado a cobrar cinco dólares por cinco días de trabajo y otros por el mismo trabajo han cobrado 15 céntimos de dólar. Otros, nada. Se sabe que en la ragión de Samarkanda algunos niños han trabajado durante dos años enteros.

La historia de los niños uzbekos trabajando en las algodonerías estuvo oculta hasta que en 2004 algunas organizaciones como Environmental Justice Foundation la sacaron a la luz. Desde entonces llevan trabajando en Uzbekistán. Esta información y éstas citas las he conocido gracias a este reportaje que publica la revista Independent World Report y que ayer me lo enviaron los amigos de la ONG navarra Setem.

El artículo, para el que le interese, analiza también las relaciones de UE con Uzbekistán y cómo ciudadanos han presionado a las instituciones para que tomen cartas en el asunto.

Curiosamente, según cuentan, han sido las grandes compañías textiles y comerciales europeas las que motu proprio han comenzado a vetar ellas mismas el algodón uzbeko. Aunque es un tema “recio”. Algunas empresas como Inditex (Zara y Berskha) pasan del asunto y otras como H&M se comprometen y lo denuncian, aunque admiten que es difícil realizar la trazabilidad de las materias primas.

El cualquier caso, tal y como concluye el reportaje, este septiembre se volvieron a parar las clases en Uzbekistán, un país con 5.000 presos políticos en las cárceles y una dictadura de facto que se mantiene, literalmente, entre algodones.

P.D.: En la imagen, un niño uzbeko trabajando en un campo de algodón. La foto es cortesía de la asociación Environmental Justice Foundation.

08. 11. 2008

Monstruos y violinistas

Mediodía en Portree, la escasa capital de la isla de Skye, en la costa oeste de Escocia. “Han puesto una bomba en la Universidad privada”, dice Cristina con el móvil en la mano. “¿Qué ha pasado?”. “No lo sé, hay 14 heridos y que no han avisado de nada, no lo sé, me acaban de enviar un sms”. “¿Por qué ahí?” pregunta otro compañero de viaje. “Creo que es la quinta o la sexta bomba”, le digo. Volvemos a la carretera y no dejo de pensar. Toda la gente que conozco y la que no conozco: más de 9.000 alumnos de todas las partes del mundo y empleados. Unos kilómetros muy largos.

Llegamos por la noche, muy temprana aquí, casi a la mítica hora del té, al Lago Ness. Llamo a casa y aprovecho para preguntar. Me explican todo lo ocurrido. Descubro que a pesar de moverme un par de millares de kilómetros al norte, los únicos monstruos que consigo ver, sentir y que nos estremecen en el Lago Ness son los que ya conocía antes de venir. Los de siempre.

Es inexcusable. El hecho de que sea una universidad invita a imaginar una perversión muy grande, un ensañamiento muy retorcido contra estudiantes de todas las partes del mundo, de investigadores, profesores, trabajadores y obreros. Matar a futuros arquitectos, médicos, abogados, periodistas, historiadores, enfermeras, químicos o físicos. Querer destruir parte de la infraestructura dónde se investigan antiguos legajos de Navarra, curas contra el cáncer y todo tipo de tumores o dónde los economistas hacen trabajos de investigación acerca de cómo crear una economía de mercado más solidaria y justa. O el primer lugar donde se comenzó a estudiar euskera académicamente como una lengua más. Además del deseo manifiesto de matar indiscriminadamente, está el deseo de destruir todo rastro de estos conocimientos. Porque el mayor desactivador de explosivos es la razón.

Por suerte quedan violinistas. Esa mañana Josean les dijo a sus alumnos que ellos seguirían escribiendo y con las prácticas “como los violinistas del Titanic” que siguieron tocando hasta que se hundió el barco. Aunque no creo que nadie tuviese temple para hacerlo, frente a la monstruosidad de 80 kilos de explosivos queda la imagen y la delicadeza de la rutina y del trabajo. Ramón recoge un elenco de colaboraciones e intensa actividad que los estudiantes de periodismo llevaron ese día. La verdad es que impresiona esa movilización y hace que uno se sienta orgulloso.

20. 05. 2008

Viajus interruptus

Un “viajus interruptus”, eso es lo que padezco. Una interrupción brusca y repentina de un viaje excepcional, una marcha atrás.
Regresé el viernes de Islandia, dos días antes habíamos abandonado la costa este de Groenlandia. Ahora ya estoy en Madrid, trabajando. No obstante, tengo la mente en dos islas árticas, en la solitaria, inhóspita y cruel Groenlandia; y en la exuberante, divertida y volcánica Islandia. Allí están ahora dándole vueltas a la isla vikinga Josu y Ander, en el coche de la foto. Y mi cabeza está con ellos que todavía tienen que lamer con el neumático todo el contorno costero de Islandia hasta final de mes.

Estos días venideros publicaré unas cuantas crónicas que desde allí fue imposible enviar.

Pero antes responderé a una pregunta que ya me la han hecho unas cuantas veces estos días: “Y… ¿Qué tal por allí?” “Pues… bien”, contesto yo todavía aturdido y confundido sin saber muy bien qué contestar a eso. Ha sido lo más parecido a estar en otro planeta. Los paisajes, gentes e historias más impresionantes que lo que la imaginación y la lectura es capaz de elaborar. Esta calificación no es gratuita, es fruto de una experiencia increíble.

A Josu y Ander, “ongi ibili”! (¡Buen viaje!)

26. 09. 2007

Sólo fallé una

Sólo fallé en una. Varón, navarro e ingeniero superior.
El martes cogí un diario gratuito, página 14 y titular principal: “Si quieres subirte el sueldo busca trabajo en Navarra”. ¡A buenas horas!

Y aquello seguía así: “El perfil de trabajador con el sueldo más alto se corresponde con el de un varón navarro, ingeniero superior y con una edad comprendida entre los 30 y los 39 años”. Todavía estamos a tiempo de estudiar ingeniería superior si la cosa se pone fea.

De todas formas, además de que el titular era una mamarrachada, ¿seguro que el perfil de “trabajador con el sueldo más alto” no se corresponde con un varón, madrileño, y gerente, banquero, empresario; o con un promotor de construcciones en el levante español, o un varón concejal, o parlamentario; o futbolista… (y más)

En una cosa acertó ese estudio con la lastimosa realidad: que por desgracia para ganar más jornal al mes hay que ser hombre. Una más que dudosa cualidad. Ellos, sólo acertaron una.

A ver si en la siguiente no dan ni una.

28. 02. 2007

A veinte leguas

Se levantó de madrugada. Desvelado. Quiso dar solución a la falta de vivienda, a la demanda de VPO y a los precios desorbitados. De la noche a la mañana encerró a unos tipos durante meses para que lo resolviesen. Y a falta de tres meses para las elecciones presentaron su proyecto. Una ciudad en una burbuja, veinte leguas al sur de Pamplona. En la nada. En medio de un campo de cereal y alrededor de un palacete destartalado. Guenduláin.

50.000 habitantes y 19.000 hogares. Se estrecharon las manos y se felicitaron por su éxito. En un par de años construirán la segunda ciudad más grande de Navarra y dicen que saciarán así toda la demanda de vivienda. Desviarán la autovía que recién habían construido, construirán líneas de tranvía para conectar su ciudad con la capital de Navarra, dicen que casi toda será VPO y que aquello jamás será un gueto alejado de la comarca. A los mercachifles de hogares, los del ladrillo, las grúas y las subcontratas les brillan los ojos y se les estiran los colmillos. Se miran de reojo entre ellos. Edificarán esa ciudad al amparo de su burbuja de negocio. Habrá carnaza para todos. Y mientras unos personajes inútiles llamados los de “la mesa del suelo” son incapaces de replicar con eficacia.

Esto es lo último de ciencia-ficción que he leído.

No soy ni arquitecto ni urbanista, pero estoy curtido en este género. El argumento, flojo; el resultado, terrorífico. Me imagino a los pueblos colgando carteles: Así eran los últimos habitantes de… (Fustiñana, Isaba, Goizueta). Creí que el proyecto era del capitán Nemo, me recordaba a su ciudad submarina, pero es del Gobierno de Navarra. Posiblemente sea más complejo proyectar 200 casas en Fustiñana, 50 en Isaba y 10 en Goizueta y así una tras otra hasta sumar las 19.000, que hacerlas de golpe en un campo de cereal. Pero nuestro territorio y nuestro medio ambiente, ya está bastante desequilibrado en población. Y aunque las cifras encajasen, no se puede embutir a todos en la comarca de Pamplona, como el arroz en la morcilla. Por un lado se construyen centros de energías renovables, molinos y huertas solares y por otro se proyectan ciudades que sirven de ejemplo de crecimiento desequilibrado, desordenado, insostenible e irrespetuoso con el medio.

“Todo lo que de grande se ha realizado ha sido en nombre de esperanzas exageradas”, Julio Verne.
“No necesitamos continentes nuevos, sino personas nuevas”, Capitán Nemo (personaje de Julio Verne).

Technorati

10. 01. 2007

Colores bilbaínos / Bilbokoloreak


Una bilbaína me insistía una y otra vez con el cuento cromático. Que si Bilbao era azul, que si todo estaba teñido de añil metálico, que existía un color que era el “azul Bilbao”, que era precioso, aunque las luces de navidad había que apreciarlas en la delicada frontera que está entre lo hortera azul de pueblo morcillero (cierto, las tripas de cerdo no están reñidas con la decoración) y el elegante azul cobalto de las metrópolis europeas. Conclusión: ‘cachondeo’ con el azul y con la duda más que razonable de la existencia de ese color bilbaíno.

Decidí comprobarlo por mí mismo. Propuse decentemente echarme un café con ella en el centro de la capital de Bizkaia. 28 de diciembre. Debió pensar que era la broma de los Santos Inocentes, pero a veces me asaltan estos planes absurdos de coger solo carretera y manta. Y dos horas de carretera. Y sin manta. Así que cuando aterricé en ‘la capital del mundo’ decidí que tengo que ver menos euskal telebista o que deben cambiar la programación, porque todo me sonaba demasiado. Aunque unos pasos más adelante de San Mamés le llamé para confirmar la cita y me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea de dónde narices estaba, ni tenía un punto de referencia. Paseé por la ría, visité el museo marítimo y sitios que me hicieron sonreír varias veces.

Nos echamos ese café juntos. ¡Y vaya que si me lo eché! Un café comprometido que llevé media tarde tatuado en la ingle del pantalón vaquero y parte de la chaqueta. No achicharré a mis futuras generaciones de milagro. Pero no soy el único experto en eso. Creo.

Era un día espléndido, con esos soles que solo se soportan en invierno y aun calientan demasiado. Pasó un tranvía a mi lado, me avisó tocando la campana, pero no me quitó el susto y brinqué: Soy un poco Paco Martínez Soria, pero en versión navarra. Creo que llamé un poco la atención. Pero el resto del día conseguí pasar desapercibido. Me encanta disfrutar de tonterías como el metro, como un niño cuando le regalan su primer ‘scalestrix’ y es capaz de pasar una eternidad girando con el coche en las vueltas del circuito, yo me pasaría todo la jornada montado esos ferrocarriles subterráneos. Y en el puente colgante. Y en el bote gasolino. Y viendo el mar. Y paseando por lo viejo.

De pequeño creía que sólo existía aquello que yo había visitado. Contradiciendo aquello de que todo lo que tiene nombre existe, yo creía lo contrarío: Sólo aquel lugar que has visitado existe. Y en cierta medida existe sólo para ti, porque ese café derramado o ese lugar tan peculiar donde comer, o donde decir una tontería fabrica un recuerdo exclusivo. Así que fabriqué unos cuantos recuerdos de esos y estoy satisfecho. Hacía mucho tiempo que no me dedicaba sólo a eso. El buen humor y la vizcaína que me guió fueron un acierto.

Por supuesto, no encontré el azul Bilbao en las luces navideñas. Pero sí que tengo que rectificar, retirar los vaciles y confirmar que existe ese color “azul Bilbao” por toda la ciudad. Aunque debo decir a mi favor que la bilbaína se equivoca si piensa que ese es el único color de su ciudad, encontré muchos más. La foto de arriba, azul. La de abajo, unos pocos colores entre muchos otros. Las dos, dedicadas a Leyre.

24. 09. 2006

Pellejos

Ayer me contó un amigo un poco tragón que lo único que no podía pasar por el gaznate era un plato de callos. Que si los comía al comenzar la mañana los vomitaba. Los callos son estómagos de vaca, que se suelen cocer en sus propias viscosidades junto con legumbres y otras vísceras de animales, embutidos, manitas de cerdo o similares. Así de visceral, yo tampoco me lo trago. Y me dan ganas también de vomitar últimamente, pero no por los callos. Si no por otros pellejos. Aunque están íntimamente relacionados.

Hace días que estoy acusando un cabreo importante ante la visceralidad de los que pasan de todos y de todo, y padecen la mala afición de no ponerse jamás en el pellejo del otro. Esos son los que me hacen regurgitar. No soporto más esa falta de consideración diaria. No soporto que nadie, ni los que casi están obligados a ello, no se molesten por un momento en pensar en el pellejudo o fondón que tienen al lado, y si es su amigo con más razón. No sé si empezar a despellejarlos ya, padecer yo la misma pandemia de pasotismo que tiene todo el mundo o arrancarme la piel para regalar mis pellejos, haber si así aprenden qué es ponerse en la piel del otro. Busco una solución y que no sea gastronómica.

Caravinagre

11. 07. 2006

Ánimo


Mucho ánimo para el Diario de Noticias, y todos sus trabajadores. Y mi solidaridad con todos ellos y con su director, Pablo Muñoz.
Que todo lo que ha ocurrido hoy quede en un desagradable susto y se convierta en una anécdota sanferminera.

Primero se filtró el auto de una forma extraña a la prensa, y ahora ha sido detenido Pablo Muñoz sin conocer qué delito se le imputa, y por el momento sólo por ser citado supuestamente en las declaraciones de uno de los acusados. Por un Rumor, por un supuesto, por una injuria. Quizás queda poca gente que recuerda aquello de que hasta que no se demuestre lo contrario todos somos inocentes, y no debemos ser juzagados en la previa, ni mucho menos difamados gratis.

Mañana, a trabajar más, mejor, y con más ilusión.
Y que no deje de girar la rotativa.

COMUNICADO OFICIAL DEL PERIÓDICO
Comunicado del Comité de empresa
Palabras de Pablo Muñoz el día 8 de julio