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“Es una suerte que haya emprendido este viaje, de otra forma no me habría conocido jamás”.
Joseph Roth (1894-1939), durante su periplo por la recién instaurada URSS como periodista y cronista en aquel nuevo e inmenso país.
“Es una suerte que haya emprendido este viaje, de otra forma no me habría conocido jamás”.
Joseph Roth (1894-1939), durante su periplo por la recién instaurada URSS como periodista y cronista en aquel nuevo e inmenso país.
La cuesta del Palacio es una microcalle, apenas una pequeña rampa. Una callejuela recóndita poco transitada. Hacia la mitad de la cuesta, dubitativo, con un jersey de punto rojo, y con la mano en la nuca había un hombrico. Rumiaba algo. Intenté no prestarle mucha atención, pero él no quería dejarme pasar de largo. Se acercó rápidamente hacia mí.
“¿Oye, mozo, no me podrás hacer un favor?”. Ya me había enganchado. Me rodeó y me puso la mano tan rápido como pudo en el hombro, mientras con la otra se agarraba la barbilla. “Bueeeeno… Depende de lo que sea…”, le contesté. La verdad es que no me apetecía mucho pararme con este hombre. ¿Por qué tanto ímpetu? “¿O tenías prisa?”, me dijo. “Bueno, un poquillo sí, pero…”. Era mentira. Tenía toda la mañana libre, pero son ese tipo de cosas que dice uno para guardarse las espaldas, por si acaso te piden algo muy raro con la excusa puedas desaparecer en un pispás. “Bueno, entonces nada, nada, vete”. “No, hombre, no, tranquilo, dígame qué quería y a ver si le puedo ayudar…”. “Pues… ¿No me ayudarás a subir un televisor a mi casa? Es que en estas casas no hay ascensor y uno solo…”. “Sí, hombre, sí”, contesté envalentonado.
“Puedes dejar ahí en el portal las cosas y luego las recoges”. Pensé quién me manda a mí ayudar a nadie. ¡Que hoy en día no te puedes fiar ni de tu sombra! ¿Y si me querían robar? ¿Y si era una mafia del este de esas que extorsionan y secuestran gente? ¿Y si era todo mentira? Y si… La verdad que el hombre parecía majete. Dejé la carpeta y la chaqueta en las escaleras del diminuto portal. El hombre abrió el maletero del coche, donde supuestamente estaba el televisor. Deseé que el televisor fuese… ¡Cagüen la leche, qué pedazo de televisor! Pocas veces he visto un televisor tan grande. Hubo que hacer un par de intentos hasta poder amararlo bien entre los dos. Llegamos como pudimos hasta el portal. El hombre llamó al timbre de su casa. “Bien, primer piso”, pensé. No abrían. Volvió a llamar. Otra vez y nada. Alguien abrió el portal por el automático, total que ya estaba abierto. Arremetió a gritos: “¡Cagüen la sota de bastos! Esta mujer… Oyeeee que la puerta ya está abierta, que me abras la de casa, copón. Que subo la tele con un mozo”. “Vale, vale”, contesto una vocecilla por el automático.
Creo que ha sido la vez que más me ha costado subir a un primer piso, el televisor pesaba una barbaridad, se me resbalaba, se me estaba cargando el brazo. Y el hombre también estaba sufriendo. Llegamos a la puerta de casa. Me tranquilizó mucho ver a la mujer, y ver que era una casa típica pamplonesa, ya saben: el salón decorado con la biblioteca de libros del Diario de Navarra, las figuras de los gigantes y los kilikis de Pamplona, y fotos de los nietos, algunos de ellos vestidos de ‘pamplonicas’. No me esperaba ninguna mafia descuartizadora. “¿Quieres beber algo, mozo: vino, cerveza, agua?”, me dijo la anciana. “No, muchas gracias, señora”. Me pregunté dónde estarían los nietos o los hijos en ese momento. Quizás, la mayor compañía durante el día era el televisor y por eso tenían tanta prisa por devolverlo a su sitio. Habíamos subido el aparato hasta la mesa del comedor. “Si quiere lo ponemos ya en su lugar”, les dije. Dicho y hecho. “Muchísimas gracias”, me dijo él. Ella fue corriendo a la cocina me dio algo envuelto en papel de plata: “Mira, majo, aquí tienes una longaniza de jabalí, la descongelas en tu casa y ya verás qué rica. Es casera.” “No, señora de verdad, no hace falta…”
Nunca había probado una longaniza de jabalí, ni la probé. La guardé durante un tiempo como un trofeo. Fue la mejor propina que me habían dado nunca, en esta ciudad ya no se hacen chistorras de jabalí caseras.
P.D.: Acabo de volver a casa por Navidad. Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, una primavera hace un par de años, es real y es un homenaje a esta ciudad, Pamplona (Iruña para los amigos) y sus gentes. Da gusto volver a estar en casa, después de tres meses sin pisar ni un adoquín ni recorrer ni una callejuela de esta ciudad bimilenaria. Gente de acento cantarín, que dentro de lo humanamente posible intentan que todas las palabras acaban en -ico, mezclan palabros en castellano, en euskera y otros inventados y a veces pagan los favores con un pintxo en lo viejo o una longaniza de jabalí.
Escribo desde Lewes, un diminuto pueblo del sur de Inglaterra. Vuelvo a dar señales de vida después de un mes de inactividad bloguera. Pero es que me ha costado sentar el culo y coger hábito de escribir otra vez.
La verdad que “Luis”, como llamamos cariñosamente a nuestro pueblo de acogida y como se pronuncia, es un sitio idóneo para mejorar el inglés, estudiar y llevar una vida tranquila. “Luis”, abulta más de lo que debería en un mapa, sólo es un puñado de casas victorianas apiñadas alrededor de una colina coronada por un castillo medieval. Está a una hora de Londres y a 20 minutos de la costa inglesa del canal de la Mancha. Una costa cortada con la misma gracia que cuando los ingleses untan su cuchillo en la mantequilla: con unos acantilados completamente blancos, impolutos y perfectamente verticales. Nada que ver con los escarpados, quebrados y caóticos perfiles de la costa cantábrica, por ejemplo.
Aquí el paisaje inglés es un inmenso campo de golf: colinas suaves y absolutamente verdes. Sólo se necesitan palos y banderines. Bueno, y apartar a los millares de ovejas que pastan. Estos días da gusto pasear por la campiña inglesa porque el sol está brillando con fuerza, las temperaturas son agradables y no llueve. Estamos lo que se llama aquí “indian summer”, algo así como nuestro veranillo de San Miguel.
No obstante, cuando llegué aquí hace dos semanas daba la sensación de que el pueblo se iba a ahogar con tanta agua cayendo del cielo. “Flood risk” (riesgo de inundaciones) dijeron por la tele. La gente en Lewes “se rasgó los chubasqueros” de miedo, en el año 2000 el pueblo se hundió entre las aguas de una terrible inundación. El cielo exprimió sobre “Luis” hasta la última gota y la gente fue rescatada con balsas y lanchas zodiacs.
Desde entonces aun soportan algunas consecuencias: numerosos planes del Ayuntamiento y las constructoras quieren levantar caros edificios en aquellas zonas que el diluvio devastó hace ocho años; vecinos y asociaciones advierten del peligro de construir sobre los terrenos que absorben el agua y hacen el drenaje al río cuando éste se desborda.
También desde entonces “Luis” se convirtió en un “Pueblo en Transición”, una red de pueblos a lo largo y ancho del mundo que pretenden hacer una transición tranquila y sosegada hacia un futuro escenario de agotamiento de las energías fósiles, un mundo globalizado y con un clima aceleradamente cambiante. La forma de hacerlo es ser energéticamente suficiente, más verde, más ecológico, más respetuoso. Casi todo el mundo se ha tomado la transición muy en serio en este pueblo.
El carácter de los “luisanos” (¿”luisines”?) está estrechamente relacionado con aventuras como ésta de los Pueblos en Transición. Lewes ha discurrido por los anales de la historia siempre con una actitud asalmonada, a contracorriente. Desde que en 1264 derrotasen a su propio monarca en la llamada Batalla de Lewes siguieron bandeando a su aire en la historia. En el siglo XVII descubrieron un complot de un grupo de fervientes católicos que pretendían matar al rey (protestante) y volar por los aires el Parlamento Inglés con decenas de barriles de dinamita. Ahora todos los años conmemoran aquel intento fallido, y queman una figura del Papa de la época, Paulo V, que martirizó a 17 protestantes en Lewes.
Para colmo, Thomas Paine uno de los precursores de la emancipación de las colonias de América del Norte, padre de la declaración de Independencia de los Estados Unidos de América y de la Declaración de los Derechos del Hombre fraguó todas sus ideas en este apacible pueblo y fundó una sociedad republicana que sigue aun hoy en día funcionando. La última idea que han tenido en Lewes es imprimir su propia moneda, este mismo mes.
Creo que “Luis” y yo nos vamos a llevar muy bien.
P.D.: “Viva Lewes!” es el nombre de una revista local. Podéis ver algunas fotos que he sacado de “Luis” aquí.
“Los italianos tenían los quesos más grandes que he visto en mi vida. Eran redondos y estrechos, grandes como un volante de camión. Se sentaban en la andanada de la plaza de toros en tropel a comérselos bajo el sol del verano. Los descubrían y sacaban de sus macutos y los quesos brillaban. Se los comían alternando con pan. Nos daban mucha envidia. Y pasábamos mucha hambre.
En casa sólo teníamos un cuto (cerdo, en Navarra) y era lo que podíamos comer el resto del año pero nuestra desgracia era que no teníamos nada que echarle para comer al animal. Así que a mi hermana y a mí, junto con otras chiquillas, nos mandaban a la plaza de toros con un cubo a recoger los restos de comida que dejaban los italianos, su reguero de migas, cáscaras, mondas y trozos de queso. A veces les pedíamos que nos echasen directamente algún trozo.
Los italianos eran ruidosos y cantarines. Sus risotadas, gritos y aspavientos resonaban en todo el ruedo. Nosotras pasábamos mucha vergüenza. A veces nos dejaban limpiarles sus descomunales botas militares y a cambio nos daban algún dulce o chuchería. A las chicas más mayores, de trece o quince años, les echaban los ojos, las manos y las piropeaban en italiano. No hacía falta entenderles para saber qué decían. Al tiempo, los italianos se marcharon. Pero más de uno se dejó algo en Tafalla: algunas chicas se vieron igual de pobres que antes, y además con un embarazo a la italiana.
También estuvieron los alemanes, pero eran muy serios y discretos. Además, no se les entendía nada”.
Foto: Niñas en Bilbao durante la Guerra Civil (1936-39), de Robert Capa Más aquí.
De vez en cuando recuerdo sensaciones. Hace un par de días, nada más despertar y deambular por la casa me asomé medio dormido al balcón, me dio un zarpazo el sol mañanero de Madrid y, de golpe, recordé otro despertar: Una mañana de finales de mayo, quizás junio. El sol se escurría entre los ojales de la persiana desde muy temprano, la dejé dormir un rato un más y sigiloso, con aspavientos en penumbra y gestos de una película de cine mudo, me puse en pie, cogí una chaqueta para abrigarme y salí al balcón.
Era una mañana de luz asiática: tenía que achinar mucho los ojos para esquivar al sol. Pero la tibieza y temple con el que iluminaba daba mucho gusto. Recuerdo la luz y ese calor tan agradable. Sólo unas pequeñas trazas de nubes, como el resto de dos líneas mal borradas en una pizarra, emborronaban un cielo despejado. Se oía ya bastante movimiento en la calle para ser temprano. A mis pies, toda la plaza Easo. El corazón de Amara la vieja, en Donosti.
Abajo: los comercios levantando la persiana; en los bares, los primeros tragos; la estación del topo rugiendo con el primer tren; las furgonetas descargando y cargando barcazas de frutas y cajas de alimentos; los viejos dando la primera vuelta del día en la plaza; los niños cruzándola para ir a la escuela y subiéndose al kiosco como ritual… Arriba: los tejados y azoteas de toda la zona, las chimeneas, los banderines de un equipo de primera, las siluetas de los vecinos de enfrente, las coladas ajenas, el Buen Pastor que asomaba a lo lejos por encima de todos los tejados y… el mar que se intuía al fondo a la derecha. Respiré profundamente para guardarme hasta en los tuétanos ese despertar.
Ayer fue San Sebastián. No oí los tambores, pero aquí hace un día espléndido.

Soy del Norte.
Una de las cosas que he descubierto con agrado desde que vivo en la capital de España es que soy del Norte. El Norte es un lugar indeterminado, que empieza en León, en Burgos o en Soria y que termina en los fiordos noruegos. Aunque al principio suena un poco frío, es muy agradable por la cantidad de gente que lo compartimos: vascos, gallegos, aragoneses, cántabros, leoneses, asturianos, suecos, alemanes, daneses, noruegos, escoceses, islandeses, etc.
Así, la abuela de la fabada, Asterix, Eric el Rojo y yo soportamos mejor el frío, cocinamos mejor, tenemos mayor apetito, somos más distantes, bailamos peor, somos más sinceros y, sobre todo, nos importa un bledo que llueva a mares, porque “claro, como somos del Norte”.
Antes de llegar aquí, para mí los del Norte eran los de “la montaña” y después los alemanes o suecos y esas gentes que se les enrojece la piel en cuanto ven una micra de sol y se refrescan a quintales de sangría. Ahora, yo también soy un norteño. Lo que demuestra que de poco sirven las brújulas o las estrellas polares frente a la perspectiva.
Lo cierto es que me encanta ser del Norte.
Así, puedo presumir (entre otras cosas) de ser un “Bonito del Norte”. Y también he entendido por fin qué significa esa lapidaria expresión de “perder el Norte”.
Un mes de ausencia contemplativa. Una tregua. Revisión de los blogs amigos, de los enemigos, de las noticias, del ambiente y de la inactividad bloguera propia.
Un mes de trabajo al completo: un proyecto de fin de carrera de por medio, elecciones, artículos, estudio y currelillos varios. En definitiva, una lucha sin cuartel. Una guerra de desgaste a la que todavía le queda la artillería pesada de los examenes. Pero… regreso a mi cuartelillo de cabezonadas y kilikadas.
Un saludo a todos/as. Y gracias.
Vuelvo al ataque en este humilde blog.