10. 06. 2008

Josu, el Kivigtok

En 1875 en Edimburgo la editorial William Blackwood and sons publicó un libro que llevaba por título “Tales and traditions of the eskimo” (Cuentos y tradiciones de los esquimales), el autor era Henry Rink un hombre que había sido durante un par de décadas antes el gobernador de la Groenlandia danesa y había hecho el esfuerzo de intentar comprender ese inmenso desierto frío y blanco. La obra de Rink fue uno de los primeros estudios antropológicos serios y todavía hoy la obra más importante en cuanto descripción de las formas de vida tradicional esquimal y su cultura oral. Rink recorrió el país buscando historias, cuentos, y tradiciones. Antes que Rink escribiera su libro hubo otras intentonas como la del misionero Hans Egede que en 1745 publicó en danés “A Description of Greenland”, un libro con el que obsequió a la reina de Dinamarca para mostrarle cómo eran los habitantes más desconocidos de su reino, Egede rogaba a la reina ayuda y misericordia para los esquimales “que también son parte de la obra de Dios”. Egede pasó 25 años entre esquimales.

No obstante, Rink vivía en un país incompleto, su libro apareció en 1875 pero no fue hasta 1888 cuando descubrieron la existencia de inuits en la costa este groenlandesa (en la zona de Kulusuk donde nosotros viajamos), se conocía el territorio geográficamente pero en más de mil años de presencia europea en Groenlandia jamás se habían cruzado en esa zona esquimales y europeos. Hasta entonces ni siquiera se tenía noticia de ellos.

En el libro de Rink se recoge buena parte del imaginario inuit, en el que la extrema dureza de la geografía se convierte en la llave de todo: no existen diferencias claras entre lo real y lo mágico, el hombre es un elemento más en un paisaje que lo engulle y lo tiene a su merced. Es un realismo mágico extremo: un hombre puede reventar a otro si le aprieta demasiado fuerte la mano, una cagada de gaviota puede devolver la vista a un ciego, un padre asesina a su hija para aligerar el peso de un kayak, balleneros europeos que secuestran esquimales y se los llevan a un burdel, ogros, elfos, monstruos, brujas, espíritus… Una vez uno ha estado allí ve que no es nada difícil de imaginar un mundo así: en una noche velada por un sol enclenque y pálido se crean sombras inquietantes que acechan, se siente la amenaza constante del frío y uno se pregunta hasta qué punto sería capaz de resistir. De hecho, todo el imaginario inuit se articula entorno a una verdad brutal: el mayor demonio es el clima y nada podemos hacer contra él.

En este universo groenlandés hay un elemento común en todas las leyendas y cuentos del país: el interior. Los groenlandeses son unas gentes que viven en una repisa, sólo habitan al borde de su mapa y el interior es un inmenso vacío que los quiere tragar. Allí habitan seres mágicos, devoradores de hombres que hacen que nadie vuelva con vida… Es un desierto extremo que congela tus pasos a 30 grados bajo cero. Decenas de relatos desvelan que el indlandsis (como lo llamaban los daneses) es el lugar más temido, y cualquier prevención es poca. Pero sin embargo en su cultura aparecen unos personajes impresionantes y magníficos como son los Kivigtoks.

Los Kivigtoks fueron en un tiempo hombres y mujeres normales, pero algo los convirtió en extraordinarios para siempre: el interior del país. A veces eran hombres que huían del resto de la humanidad (forajidos), otras gentes que se despistaron y se perdieron por el interior o simplemente hombres que se internaron hacia las entrañas del país. Es tan brutal el poder transformador del interior que incluso geográficamente ha destrozado Groenlandia para siempre: el peso de la capa de dos kilómetros de hielo que cubre el interior es tan pesada que ha escachado la tierra de forma que si se derritiese veríamos a Groenlandia como una enorme concha, aplastada y raspada por el hielo. Sin embargo, los inuits creen que los hombres y mujeres que logran sobrevivir al interior adquieren capacidades sobrenaturales como clarividencia, una rapidez asombrosa o una longevidad extrema. Cuentan de un hombre que huyó al interior y cuando regresó a su pueblo varios días después no reconocía a nadie: habían transcurrido más de cien años en lo que a él le parecían dos días. Es sólo un ejemplo de las capacidades que obsequia el interior groenlandés a quien sobrevive.

Josu Iztueta cruzó a pie el interior de Groenlandia de este a oeste en 1988, con otros cuatro amigos y amigas. De que Josu era un ser extraordinario no nos quedaba ninguna duda, pero desconocíamos el porqué. Hemos descubierto su secreto, él es un Kivigtok. Su padre que era pastor se preguntaba por dónde era más ancho el mundo, y él se propuso descubrirlo, después de cruzar el Sahara o el casquete groenlandés desarrolló habilidades extraordinarias.
Para mí hay tres pruebas contrastables de que Josu es un Kivigtok. El primero queda reflejado en esta frase que escribió a más de 60 grados bajo cero en una tienda de campaña perdido en Alaska: “Viajar por voluntad propia es una suerte que pocos podemos disfrutar. Y aunque este viaje se tuerza mucho, pongamos que hasta morir, sigue siendo una suerte” (la cita está recogida en el libro que Ander escribió sobre Yibuti).
Otro es que después de haber recorrido más de un millón de kilómetros sigue teniendo una curiosidad incombustible, tanto que este año decidió volver 20 años después a Groenlandia e intentar buscar a unos niños que aparecían en una foto para saber cómo eran hoy en día sus vidas (lo cual supuso el mayor gancho para que yo también acabase en aquel país). Y el definitivo que Ander y yo, le seguíamos sofocados allá por donde nos llevaba. Y aparentemente somos más jóvenes.

P.D.: En la imagen, Josu caminando por Kulusuk (Groenlandia). Un clic y se hará un poquito más grande.

28. 05. 2008

Un país costroso

La carretera que cae desde Reykiavik hacia el suroeste discurre por un paisaje devastado: un pedregal caótico de tierra reseca, negruzca y polvorienta, sin un solo árbol y sólo disimulada por las alfombras de líquenes, musgo y turba. Al fondo, detrás de campos sembrados de pedruscos, sólo se intuye la silueta de un volcán. Las planchas de piedra levantadas, desquebrajadas y movidas que se acumulan a ambos lados de la carretera parecen ser la evidencia de que la noche anterior un violento terremoto ha agitado esta tierra, la ha lanzado por los aires y la ha dejado caer de nuevo. Pero no es así. Pese al desgastado y baldío paisaje de la península de Reykjanes –la zona con mayor actividad volcánica del país-, Islandia es geológicamente el rincón más “nuevo” del planeta. La explicación de la existencia de un paisaje tan joven y tan manoseado al mismo tiempo es que Islandia es una postilla.

Los continentes, que navegan sin rumbo como balsas de roca sobre la mantecosa superficie del magma y las viscosas entrañas incandescentes del mundo desde hace millones de años, en su eterna y lenta deriva, están rasgando ya las costuras de nuestro planeta. Desde la Antártida hasta prácticamente el Ártico, la Tierra se llaga: Europa tira hacia un lado y América se empeña en tirar hacia el contrario. Así se ha abierto una profunda y kilométrica herida que se llama Dorsal del Atlántico. Para nuestra fortuna se encuentra sumergida a cientos de miles de kilómetros bajo el océano, salvo en un punto del planeta en el que emerge la llaga a la superficie, y las vísceras de la Tierra se ventilan al raso: Islandia. Allí, se presenta como lo que es, una descomunal brecha en la corteza terrestre.

La herida abierta entre América y Europa comenzó a sangrar desmedidamente cuando quedó al descubierto: la lava brotó sin límites vertiginosamente bombeada desde el mismísimo centro de la Tierra y voló hacia el cielo abierto. La Tierra se llagó en torrentes de fuego incandescente, vomitó millones de rocas, segregó charcas de pus azufroso, eructó columnas de humo y ceniza, tembló espasmódicamente y sufrió un calor febril. Sólo el frío del ártico supo templar semejante sangría magmática y enfriar la lava y la ceniza, que formó una costra sólida capaz de taponar momentáneamente la herida. Esa costra es Islandia, una postilla porosa, oscura, abrupta y desconcertante. Y así se ve en el mapa, como un parche de lava seca.

Fue el último pedazo del mapa en aparecer sobre la faz de la Tierra, el más nuevo, pero no hay más que darse un paseo por la península de Reykjanes, al sur de la capital, para hacerse una idea de cómo fue. Allí en Sandvik, muy cerca del pueblo de Hafnir, está lo que queda al descubierto de la herida: un risco emerge desde el mar y se adentra hacia el interior de la isla como un desesperado hachazo.
Dos paredes de basalto y lava seca que se deshacen y se desmigan en cientos de rocas, piedras como quesos de grullé (porosas y ligeras), metales y minerales que caen al pasillo que queda entre ambas. Lo más inquietante: una de las paredes es la placa Euroasiática y la otra la norteamericana, cada una un continente. Y lo que queda entre medio: la nada. Es un risco de 20 metros de ancho y es la separación real entre dos continentes, por suerte entre ellos ya no se abre un abismo infinito sino toneladas de ceniza, virutas de metales y rocas pulidas.

No obstante hasta el s. XIII de nuestra era entre medio de las dos paredes tectónicas se asomaba el infierno: un río de lava ardiendo ininterrumpidamente. Los vikingos que vivieron en Islandia conocieron la herida aún templada hasta que se apagó. Y aunque desde entonces han conocido una época de relativa calma, las erupciones marinas y terrestres o los terremotos no se han interrumpido. Las dos veces más aparatosas nacieron dos nuevas islas bastante grandes como aparecer en un mapa y tener nombre propio, en 1783 apareció Nýey y en 1963 la de Surtsey. Los colonos escandinavos intentaron incluso cultivar el campo en esta zona de la isla, pero fue imposible, la temperatura del suelo era tan elevada que en muchos casos en vez de germinar, las hortalizas aparecían recocidas o chamuscadas.

Ha sido esta grieta la que ha condicionado la vida de la isla, ya que es el origen de toda su actividad geológica, donde palpita el planeta: más de cuarenta volcanes en activo, cientos de géisers (palabra del idioma islandés exportada a todo el mundo), terremotos, fumarolas gaseosas, minerales por doquier… Pero a costa de la inseguridad geográfica los islandeses han sabido sacar partido de la energía geotérmica, tanta como para iluminar la isla, de las lagunas subterráneas que proporcionan agua caliente y calefacción gratis a los islandeses o de los minerales para una boyante industria metalúrgica. La fisura continental también a afectado a lo político y lo social obligando a Islandia a bascular siempre entre Europa y Norteamérica, teniendo una extraña identidad vikinga influenciada por EE.UU.

Pero ahora incluso la sima, como maravilla geológica, genera turismo. Recientemente se ha colocado un pequeño puente para peatones que une, como una ridícula grapa, la placa europea y la americana; se llama “El puente entre dos continentes”. Con él es posible cruzar del viejo al nuevo mundo en unos pasos y, como en una frontera de chiste que es, un cartel con la bandera de barras y estrellas saluda al recién llegado al otro lado con un: “Welcome to North America”.

En el lado americano de Islandia, un cartel informativo advierte: “el suelo sobre el que usted se encuentra se está alejando en estos momentos a una velocidad de un centímetro al año hacia el noroeste”. Apartamos la vista del cartel, asomamos la cabeza y echamos un vistazo a nuestro coche de alquiler, alojado en el otro lado, en el europeo, que supuestamente se está alejando de nosotros. Todo parece igual de tranquilo que hace unos segundos.
Pero la sorna y el ácido humor islandés destapa una verdad muy incómoda: la herida no ha cicatrizado y los continentes se siguen alejando dos centímetros cada año, así que la postilla se acabará quebrándose de nuevo. El país más joven del mundo tiene fecha de caducidad.

P.D.: En la imagen, a la izquierda la pared desnuda del continente europeo y a la derecha el americano.

Nota: Tras un aviso de Ander y producto de un apasionamiento excesivo y un despiste nocturno y alevoso (me acabo de dar cuenta de que me hice de la picha un lío con metros y kilómetros) corrijo un error del texto:

El centro de la Tierra se encuentra exactamente a unos 6.371 kilómetros desde la superficie de la Tierra (es un término medio de la NASA porque como sabéis nuestro planeta no es un esfera perfecta sino achatada lo que provoca diferentes distancias desde el pellejo al corazón terrestre bien sea desde los polos o desde el Ecuador). Por lo tanto, para nuestra tranquilidad la Tierra no late magma pastoso a “cientos de miles de kilómetros” como escribí, sino a unos 6.300 kilómetros, que tampoco está mal.
Y la Dorsal Atlántica, se encuentra sólo sumergida a unos 4 o 3 kilómetros de profundad, vamos que podríamos rebañar en el océano al Aneto (el pico más alto de los Pirineos con unos 3.404 m) y apenas asomaría la puntita o nada. Aunque en algunos puntos el Atlántico se zambulle muchos más metros en el fondo (hasta 8.000 y pico cerca de Puerto Rico). A raíz de esto he descubierto cosas curiosas del futuro de Islandia, así que mañana os las cuento.

20. 05. 2008

Viajus interruptus

Un “viajus interruptus”, eso es lo que padezco. Una interrupción brusca y repentina de un viaje excepcional, una marcha atrás.
Regresé el viernes de Islandia, dos días antes habíamos abandonado la costa este de Groenlandia. Ahora ya estoy en Madrid, trabajando. No obstante, tengo la mente en dos islas árticas, en la solitaria, inhóspita y cruel Groenlandia; y en la exuberante, divertida y volcánica Islandia. Allí están ahora dándole vueltas a la isla vikinga Josu y Ander, en el coche de la foto. Y mi cabeza está con ellos que todavía tienen que lamer con el neumático todo el contorno costero de Islandia hasta final de mes.

Estos días venideros publicaré unas cuantas crónicas que desde allí fue imposible enviar.

Pero antes responderé a una pregunta que ya me la han hecho unas cuantas veces estos días: “Y… ¿Qué tal por allí?” “Pues… bien”, contesto yo todavía aturdido y confundido sin saber muy bien qué contestar a eso. Ha sido lo más parecido a estar en otro planeta. Los paisajes, gentes e historias más impresionantes que lo que la imaginación y la lectura es capaz de elaborar. Esta calificación no es gratuita, es fruto de una experiencia increíble.

A Josu y Ander, “ongi ibili”! (¡Buen viaje!)

17. 05. 2008

Balas, compresas y galletas caducadas

La cesta de la compra en el supermercado de Kulusuk es muy rara. En una estantería lo mismo están apiladas juntas las dos únicas marcas de compresas y cervezas, enfrente un traje horterísimo de caballero (americana de cuadros de tela apelusada) colgado de un maniquí y los tarros de mermelada y dos pasillos más al fondo emergen las bocas de seis escopetas que están a la venta. En una vitrina junto a la entrada puedes conseguir tallas de hueso de foca, candados, bombillas, pilas y balas de todos los calibres posibles. Y esto es así porque todo lo que puedas conseguir en Kulusuk está en ese comercio.

Cuando a alguien le hacen la típica pregunta de qué te llevarías a una isla de desierta, hay que dejar de imaginarse un paraíso caribeño y comenzar a pensar en Kulusuk; que aunque no está desierto está colgado en el fin del mundo: Un islote de rocas graníticas de 63 kilómetros cuadrados, el que no crece ninguna especia arbórea, sólo el musgo se atreve a brotar, y en esta época del año está desconectado del resto del mundo (el mar no es navegable porque se está comenzando a descongelar ni es lo suficientemente estable como para correr con trineos). Pues bien, el supermercado de Kulusuk no sólo responde a esa hipotética pregunta sino que la lleva a la práctica.


Pilersuisoq
es el nombre de la cadena de supermercado que opera en Groenlandia y pueden sacar pecho y decir que es la empresa con la logística de abastecimiento más estricta y eficaz del mundo. Un barco llega a Kulusuk en julio y deja todos los alimentos, provisiones y materiales que necesita la aldea hasta julio del año siguiente. Y fin de la logística y el abastecimiento. Salvo una grave emergencia en la que será posible traer algo de Tasiilaq (el pueblo vecino) o en avión desde Islandia o Dinamarca, el almacén del supermercado no vuelve a recibir nuevas cajas. Afortunadamente no crecen las telarañas en las estanterías de su despensa porque en Kulusuk apenas viven insectos.
La señora que despacha la caja del comercio y el hombre que se encarga de la oficina de correos (comparte edificio con la tienda) son los encargados de controlar cómo, cuándo y de qué manera se van dispensando los alimentos, sacando al público y se van gastando. ¡Menudo trabajo el del reponedor o el del que hace el inventario en ese mercado! Tienen la responsabilidad de abastecer a toda la aldea durante todo el año.

Las ofertas comienzan cuando los productos vencen la fecha de caducidad. Hay que saber que los productos alimenticios o de higiene están de oferta en Pilersuisoq cuando empiezan a estar rancios, sólo entonces se les rebaja el precio. Los productos frescos como fruta o huevos llegan con cuentagotas (y supongo que será lo único que aterriza en avión de vez en cuando) y por supuesto son de lo más caro, una pieza de fruta (que no el kilo) vale un poco más de un euro. Sin embargo, la cerveza Tuborg o Calsberg es bastante barata, unos ochenta céntimos de euro, mientras que los yogures valen siete euros. Así que la mayor parte de la bodega de ese barco que abastece la isla una vez al año será propiamente una bodega debido al saque que tienen los esquimales del este de Groenlandia. Todos los días hay pan, apenas una docena de barras de molde que se descongelan y hornean en el día, cuando se acaban no sacan más. Hay que racionar para el día siguiente.

Y si algo podría ser el emblema de la supervivencia de este islote ártico, además de la caza de focas y la pesca en el fiordo, deberían ser las latas de conservas. El invento de la rueda o la revolución industrial no sé cuánta repercusión habrán tenido en esta aldea, pero el meter alimentos en un trozo de latón al vacío cambió sus vidas. A mí siempre me había fascinado ver que hay conservas que caducan diez años más tarde, pero en esta aldea subártica la fascinación se convierte en salvación. Casi todo lo que se vende en esta tienda necesita de un abrelatas previo a su disfrute.

El supermercado sólo tiene cuatro calles muy pequeñitas, un almacén en la buhardilla y otro más grande en la parte trasera. El suelo es de cemento y al entrar da la sensación de estar en un garaje, el recinto no es mucho más grande que seis plazas de párking de cualquiera de nuestros hipermercados.

Así, una típica cesta de la compra de Kulusuk puede ser un paquete de galletas caducadas, una buena pila de latas de conservas, compresas y dos cajas de balas del calibre 22.


Espejo de la tienda, el traje hortera en primer plano y la mermelada al fondo.


La conserva, un invento que revolucionó Kulusuk.

P.D.: A nosotros unas extrañas latas de pescado (¿atún?) con tomate, pan y galletas nos salvaron nuestra estancia en Kulusuk.

12. 05. 2008

Romper el hielo

icebergs (I)

En Groenlandia es mejor tomarse las relaciones con paciencia, tanto con el entorno como con la gente. Romper el hielo no es algo recomendable. Tanto si ves a uno de los nueve perros del tiro de tu trineo hundir su panza en el mar justo cuando acaba de desquebrajarse la superficie; como si Georg grita muy nervioso “iu iu iu” a los perros para reconducirlos porque cuatro de ellos van a la izquierda y otros cinco a la derecha, y en frente sólo queda grumo de hielo de tres metros de altura contra el que estamparte. En esos momentos sólo queda estrujar la madera del trineo con las manos con todas las fuerzas posibles y asumir con paciencia que lo peor que puede pasar es que se rompa el hielo. Y es en esos momentos cuando uno ve claro, con clarividencia, por qué la mayoría de los inuit de Groenlandia beben en Dios y creen en el alcohol hasta perder la conciencia. Georg Utuaq, nuestro anfitrión (pagando) y piloto de trineo de perros, encauzó la situación en ambos casos a golpe de látigo y gritando a los perros. “Iu, iu, iu” para la izquierda y “ili, ili, ili” para la derecha.

Ocurrió hace dos días, cuando fuimos de caza con Georg y dos trineos más. Dejamos atrás la costa congelada del islote de Kulusuk y atravesamos el mar y el fiordo. Llegamos hasta la isla de enfrente deslizándonos sobre el hielo hasta poder cabalgar sobre un glaciar. Buscábamos focas dormidas junto a respiraderos (agujeros en la superficie helada del mar). Pero sólo vimos un par de focas despistadas y cómo Gio se enfundaba un buzo blanco (como los de recoger chapapote en Galicia) para camuflarse en la nieve. Tomamos té, vimos el mar medio licuado y regresamos. Fue entonces cuando el mar cristalizado rugía bajo el trineo como una baraja de cartas pasadas a toda velocidad con un dedo.

Llevamos siete días en en esta isla ártica y pasaremos dos más debido a “buen” clima y la puntualidad de los vuelos, eso sí, a gastos pagados. Como dice Ander es dificil hacer planes en Groenlandia.

Ahora estamos en Tasiilaq, la capital de la costa este groenlandesa, un pueblo de 1.800 habitantes que después de estos días en Kulusuk (300 habitantes y apenas una docena de kilómetros cuadrados) nos parece Nueva York. En Kulusuk ya nos conocía todo el pueblo, era frencuente oir nuestro nombre desde alguna colina del pueblo. Ahora en Tasiilaq no hay rasacacielos ni metro, pero hay algo de asfalto, dos tiendas y… retretes de nuevo. Todo un placer reencontrarnos con estos viejos conocidos.

De todas formas, nuestros cinco días en Kulusuk fueron muy intensos. Entre narval, la panza de Georg, la escuela, el equipo de fútbol… Ya habrá más. Despacito, mejor no romper el hielo.

Un día de caza (I)

Kulusuk (I)

02. 05. 2008

El iceberg Danés

Dinamarca es un país iceberg. Cuando uno ve la puntita danesa en el mapa de Europa le parece una birria, muy pequeñito. Pero Dinamarca (la marca de los daneses, traducido literalmente), al igual que los iceberg, engaña. Dinamarca esconde la mayor parte de su territorio en los mapas a primera vista. La península es sólo la punta del iceberg danés. El resto de Dinamarca no está sumergido en el océano, pero sí congelado y al otro lado del mar. Este territorio danés escondido es 50 veces más grande que el tamaño de la península europea danesa y está cubierto al 80% por el hielo, es Groenlandia. La tierra de los inuits y la descomunal segunda isla más grande del mundo (la primera es Australia; y Groenlandia tiene más de 2 millones de kilómetros cuadrados, la mayoría por encima del círculo polar), una provincia de 50.000 habitantes daneses. Y además es el confín de la Unión Europa.

Hasta allí me voy unos días. Esta noche mismo parto hacia allí, el domingo comeremos paellada en Islandia invitados por un cocinero de Basauri (Bizkaia), y el lunes partiremos hacia Kulusuk, una remota isla en la despoblada costa este de Groenlandia.

Espero actualizar y traer historias desde allí. Viajo con Ander Izagirre y con Josu Iztueta, éste útlimo estuvo por estas tierras árticas hace 20 años y cruzó Groenlandia a pie.

Saludos a todos/as y hasta pronto.
Os escribo rápido desde un cibercafé barcelonés, la próxima vez contaré más cosas.

Aquí os dejo un mapa de mi viaje.

Quizás a alguien le sorpreda este viaje, este era mi secretillo este mes. Y por eso los mapas inuits.