15. 11. 2009

La primavera

Kulusuk siempre me parecía que olía a pescado. Un olor muy fuerte a mar. A putrefacto. A pescadería poco limpia, a tripas de pez de antes de ayer. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio el aire era el más puro de la Tierra. Era el pueblo y la bahía congelada lo que olían a océano caducado. En el resto de la isla soplaba el aire más limpio que había probado (esnifado) nunca. Parecía que de verdad aquel aire que respiraba había sido fabricado en los primeros días de este mundo. Las dos sensaciones me impresionaron muchísimo. De hecho, esos olores a primitivo es lo que más recuerdo de Groenlandia.

El día 5 de mayo de 2008 apenas llevábamos unas horas en la isla de Kulusuk (100 casas, 300 habitantes y 3 tiendas), dimos un paseo y ascendimos hasta una pequeña colina en el centro del pueblo. Un cerro pequeñito sobre el que se encaramaban las casas “más seguras”: en invierno las casitas que están hundidas frente a la costa suelen quedar sepultadas bajo cinco o siete metros de nieve, asomando sólo el tejado, y a menudo los vecinos de “villa arriba” de Kulusuk destapaban a los de “villa abajo”. Aunque los hogares que asoman en esta punta de la isla en contrapartida están más expuestos al Piteraq, un viento endiablado que crece en el corazón congelado del país, en el casquete, y barre a su paso hacia la costa todo lo que encuentra.

Aunque no era el monstruoso Piteraq, el viento me sacudía por la espalda, me zarandeaba la chaqueta plastificada. La tarde estaba fea: un sol un poco impotente, suave, y nubes desperdigadas. Asomaban ya en mayo en esta colinilla las primeras calvas de tierra sobre la nieve. Aquí arriba con una panorámica excelente sobre todo el pueblo, entre chatarra, basura y montones de nieve sucia y rocas hay varios columpios. Al lado, en uno de estos trocitos de tierra recién descongelada, una pareja de niños hurgaba en la tierra.

Ander y Josu bajaron hacia el otro lado del pueblo. Yo me entretuve a ver qué hacían los niños. En seguida se emocionaron. No recuerdo si hablamos en algún idioma en concreto. Supongo que fue todo por gestos. Lo que me iban a mostrar no necesitaba de mucha explicación. Me tiraron de la chaqueta, el más canijo de los dos dio un brinquito y una palmada supongo que porque definitivamente tenían un espectador con el que compartir su descubrimiento. Lo que siguió después fue bastante más ceremonioso.

El más mayor se agachó y escarbó con la mano en la tierra, durísima porque estaba medio congelada. Apenas dos centímetros debajo de la superficie, destapó una piedra y encontró tres o cuatro bichillos negros diminutos (una especie de mariquitas negras, sin estampado). Unos estaban apegados ligeramente a la piedra y otros debajo de ella. Cogió uno con sus deditos, muy suave, el insecto estaba entero. Lo depositó en el centro de sus palmas de la mano.

Me miró como un mago antes de realizar su truco, para advertirme de que no había ni trampa ni cartón. Cerró el cuenco de sus manos con el bicho en el centro y comenzó a soplar. Insufló aire caliente tres veces. Luego abrió las manos y dio un empujoncito muy suave al bicho que torpemente comenzó a andar. Dio unos pasos y se paró. Estaba vivo. Aquel chaval acababa de “dar cuerda” a aquel bicho antes de que despertase de su letargo.

El otro niño, el más pequeño, estaba eufórico. Y yo anonadado con la destreza de este mago infantil de Groenlandia. Repitió la operación y en la segunda vez el bicho camino aún más milímetros sobre la palma del chaval. Me invitó a soplar, pero yo fui bastante torpe. Con la misma delicadeza que lo había cogido, dejó al insecto en la tierra. Otra vez medio aletargado.

Les dejé en la colina después de semejante demostración. Seguían incordiando con un palito de plástico a otros bichos. Así es como empieza la primavera en Kulusuk.

Los días posteriores vi a varios niños embobados en la ventana de nuestra casa a ratos mirándonos a nosotros que sesteábamos dentro (éramos la atracción como en el zoo) y también toquiteando las moscas aún vagas y torpes que aparecían en los cristales de la casa en la que estábamos alojados. Ayer recordé este inicio de estación tan espectacular, en el que la primera señal es volver a la vida.

P.D.: Pocos sitios hay como Kulusuk, donde te puedes entretener con el vuelo de una mosca, actividad que mi madre siempre me ha recriminado como una habilidad que tengo y es inútil. Tras años de observación paciente, he demostrado que servía para algo. En Groenlandia, de acuerdo. Pero servía.


En las fotos: La primera, Josu Iztueta, paseando frente a un glaciar. En la segunda, la vista de Kulusuk desde esta colina. Y en la tercera, Marcus y Jackob, dos niños esquimales un poco rufianes que eran nuestros vecinos y eran muy hábiles tirando bolsas de basura y robando chocolatinas y bastones de monte. Menos mal que los gritos de Josu en euskera pidiendo los bastones se entienden en cualquier parte del mundo.

Ayer tuve un ataque de recuerdos groenlandeses. Estuve revisando viejas fotos y quizás también colabora esta luz rancia que tenemos ya de invierno, que se va apagando poco a poco desde el principio de la tarde. Hoy en Pamplona hay una luz de invierno que casi parece primavera en Groenlandia.

03. 02. 2009

Vanhæf ríkisstjórn!

Me decía Elvira Méndez que al reportaje que estoy escribiendo sobre cómo los islandeses han aprendido a levantar la voz y salir a la calle hasta tumbar a su gobierno a sartenazos le faltaba el ruido de los tambores y las cacerolas. Y el jaleo de la gente al grito de “Vanhæf ríkisstjórn!” (¡Gobierno incompetente! ¡Abajo el Gobierno!). Pues bien, hoy día como todos sabéis esto ya está superado por la técnica y desde que entramos en la facultad algunos maestros ya nos eseñaron que podíamos hacer una cosa llamada “reportajes multimedia”. Este ingenio de la humanidad aplicado al periodismo supone que le puedo añadir a mi reportaje esa música y soniquete de la “revolución de la sartén” islandesa. Así que ahí os dejo un vídeo de las manifestaciones del pasado sábado 24 de enero.

Elvira es una madrileña encantadora doctorada en derecho y que obtuvo una plaza como profesora de Derecho Internacional en la Universidad de Islandia. A ella y a Miguel, Jesús, Xabi, Lore y otras gentes que apesar de que sus apellidos no terminan en Sson ni en dottir viven en Islandia, les debo toda la ayuda que me han prestado estos días pasados y cómo me han ayudado a comprender cómo funciona aquel país. Me han llevado de la mano y me han recibido con un caluroso abrazo y una sonrisa. Muchas gracias a todos, de corazón. “Takk”, en islandés.



Protestas en Reikiavik – 24th of Jan 2009 from Caravinagre on Vimeo.

NOTA: Atención en este vídeo al energúmeno que aparece en el minuto 1’ 36” con una chaqueta verde entre medio del jaleo.

Aquí otro vídeo de los disturbios de la madrugada del día 22 de enero.

El 20 de enero 2.000 personas se encaran a la policía frente al parlamento, al que lanzan pintura, huevos y rompen ventanales. La imagen es insólita: la policía nerviosa no sabe cómo gestionar la situación, en 60 años no habían tenido ninguna carga policial. Veinte personas son arrestadas y otras veinte heridas leves.

Durante la madrugada del día 22, unos jóvenes prenden hogueras la plaza de Austurvöllur y la policía lanza gas lacrimógeno para disuadirlos. En Reikiavik no se recordaba nada así desde 1949, en las manifestaciones anti-OTAN. Para una nación sin ejército y con tantos habitantes como La Rioja (unos 320.000) es un shock. Al día siguiente, los manifestantes regalan flores a la policía en señal de paz. Los agentes terminan los turnos rodeados de ramos.



Disturbios en Reikiavik – NO COMMENT (Euronews) from Caravinagre on Vimeo.

01. 02. 2009

Islandia coge la sartén por el mango

Protestas en Reikiavik el 24 de enero de 2009

Los pacíficos islandeses han recuperado su embroncado carácter vikingo y han echado a sartenazos al gobierno que llevó su país a la bancarrota. Dieciséis intensas semanas de protestas han sacudido Reikiavik. Por primera vez la izquierda llega al poder de la arruinada isla y el Presidente de la República y los ciudadanos piden una nueva constitución, quieren refundar el país.

REIKIAVIK (Islandia). | Daniel Burgui Iguzkiza

“¡Viva la revolución!” decía con una gran sonrisa y en un atragantado español Grétar Eiríksson de 39 años mientras aporreaba una cacerola frente al parlamento islandés el pasado lunes. “He venido aquí a celebrar que por fin el gobierno ha caído” aseguraba. No importaba que estuviera lloviznando. En la plaza tiraban cohetes, petardos y fuegos artificiales. El Gobierno de Islandia se convertía así en el primero en ser tumbado por la crisis. Y las masivas protestas han sido su estocada mortal. Para los patrones políticos del que en 2008 era el país más desarrollado y pacífico del planeta las últimas semanas han sido, de hecho, una revolución: las manifestaciones masivas, los primeros disturbios y cargas policiales desde 1949, un gobierno conservador que dimite en pleno, los anarquistas prenden hogueras y coronan el parlamento con la bandera de una cadena de supermercados, una Primer Ministra abiertamente gay toma las riendas de la nación y por primera vez en la historia de la república la izquierda-verde llega al poder. Los islandeses han descubierto la presión social que pueden ejercer y han decidido coger la sartén por el mango.

Grétar Eiríksson, que ha visto reducida su jornada laboral a tan sólo cuatro horas y vive solo con sus dos hijas de 11 y 15 años, lleva 16 semanas acudiendo con rigurosa devoción a las manifestaciones que se han organizado en el centro de Reikiavik desde que en octubre el país sufriese el peor terremoto de su historia, no geológico sino económico. “Ahora tengo mucho tiempo libre”, comentaba Eiríksson con ironía. “No lo estoy pasando bien, no tenía grandes deudas pero tengo dos niñas que alimentar”. Le acompañaba su madre, una rechoncha jubilada islandesa afectada también por el azote bancario en las pensiones.

Hörður Torfasson recuerda que a las primeras manifestaciones frente al Parlamento apenas acudían 15 personas. Éste artista y escritor islandés es el cabecilla del movimiento ciudadano que organiza las manifestaciones. En aquellos primeros días de octubre la gente se paraba y les preguntaba qué estaban haciendo, cuál era el motivo de las protestas. “Es increíble pero hemos tenido que enseñar a los islandeses a manifestarse. No estaban acostumbrados” relata Hörður que es conocido por su activismo y militancia en el movimiento gay y que ha vivido gran parte de su vida en Dinamarca e Inglaterra. “Crear las primeras asociaciones gay en Islandia me costó más de cuatro años, organizar manifestaciones de verdad con la crisis ha costado un par de meses, no está mal para Islandia”, comenta jocoso.

Conforme pasaban las semanas y llegaban las facturas a las protestas comenzaba a acudir más gente. A los empleados de las sucursales cercanas, al lado del parlamento tiene sus oficinas Landsbankinn –uno de los tres bancos en quiebra-, les repartieron tapones para los oídos para que aguantasen el tipo. Los islandeses llamaron a sus protestas “la revolución de la sartén”. “Me recuerda a las caceroladas que hubo en Buenos Aires” comenta María Eugenia, una argentina que desde el año 2000 un poco antes del colapso de la economía en su país llegó a Islandia a estudiar, conoció a un islandés y se quedó. Estas Navidades ha sido su madre la que se ha acercado hasta Islandia. “Y gracias a sus billetes de avión hemos podido cambiar algunas coronas a dólares, si no muestras un billete de avión no te permiten cambiar la divisa. Es casi como lo que vivimos en Argentina cuando me casé y no pudimos sacar el dinerito que mi familia nos quería regalar”, relata.

El 10 de noviembre marcó el cambio del curso de las manifestaciones en Reikiavik cuando un joven anarquista trepó hasta el tejado del Alþingi (el parlamento islandés) quitó la bandera del país del mástil y la sustituyó por la enseña de la cadena de supermercados Bonus, los más económicos: una bandera amarilla con cerdo-hucha rosado sonriente presidía la fachada del parlamento más antiguo del mundo. La imagen noqueó a los islandeses. “Los políticos nos decían que no ocurría nada, que no era hora de buscar responsables, que era el momento de estar unidos y salir adelante. Al principio la gente les creyó, pero no podían lavarse las manos eternamente. Son los responsables de esto. Me dijeron personalmente que por mucho ruido que hiciésemos, eso no iba a mejorar nada”, cuenta indignado Hörður Torfasson.

Y de momento… hasta aquí puedo leer.

Es un trocito de parte del material que he elaborado y estoy elaborando sobre la crisis islandesa. La foto es de las masivas manifestaciones del sábado 24 de enero de 2009. Aterricé el 23 de enero viernes y me econtré con este panorama. Sin duda, una semana que forma parte ya de la historia de la joven república de Islandia y de la anquitísima colonia vikinga.

28. 01. 2009

Cuatro imágenes para la historia islandesa

Reykjavik en 1912

Foto 1: Bahía de Reykjavik 1912. Un alfombra de lomos de bacalao preparados para ser salados cuando antes. Islandia es una escasa colonia danesa de miserables pescadores y ganaderos.

Foto 2: Islandia se independiza en 1944 de Dinamarca y en 50 años pasa de ser la nación más pobre de Europa a la más rica, pujante y desarrollada. La población de Reykjavik y de todo el país se dispara y comienzan a levantar más y más edificios y a alimentar el negocio del ladrillo.

Foto 3: La corona islandesa se convierte en una de las monedas más fuertes y seguras del planeta. El dinero corre a raudales y los islandeses compran los mejores coches del mundo, se van de compras a Paris, cenan una noche en Viena, pasean por Nueva York cualquier fin de semana y se compran casas en la costa española cuando les viene en gana. El dinero brota de la nada como los géisers, los volcanes, las aguas termales y la energía térmica islandesa. El país se convierte en el emblema de la gloria del capitalismo, todo se liberaliza y desregula. Todo el mundo es feliz. Pero nadie se pregunta de dónde sale el dinero: Islandia ni vende energía, ni se hace rica a costa del bacalao como antaño. Los bancos fabrican literalmente el dinero.

Foto 4: En 2008 la economía de Islandia cae como un castillo de naipes. Tal como vino el dinero, desaparece. Se lo traga la tierra. Deja de existir. El gobierno hace un llamamiento a la traquilidad, el país se va al garete pero se llama a la unidad nacional, dicen que no es hora de buscar responsables. Sin embargo, conforme pasan los días y la situación empeora más y más, la gente comienza tomar conciencia de la magnitud de la situación. El país vuelve a aprender cómo levantar la voz, después de 60 años sin organizar prácticamente ninguna manifestación. A las primeras manifestaciones asisten 15 personas, a la última más de 6.000 y consiguen tumbar el gobierno.

En menos de una semana se pasa de las declaraciones perseverantes y bravuconas del Primer Ministro diciendo que aguantará en el poder hasta 2011 a la completa y total dimisión del Gobierno. El presidente de la nación acepta la dimisión del gobierno y de su Primer Ministro. Charla con todos los partidos previendo un posible gobierno de unidad nacional. El Presidente da un golpe de efecto y asegura que uno de los compromisos que desea para el país es una reforma de la Constitución. Se habla de refundar el país. Ésta era una de las propuestas de los manifestantes y los grupos de oposición. Una semana para la historia de Islandia, que todavía continúa en incógnita.

Este es un simple aperitivo fotográfico. Acabo de llegar a Inglaterra con mucho material y exhausto. Muy cansado. Han sido días duros. Todas las fotos están sacadas o en mayo de 2008 o esta semana. La última foto es de la multitudinaria manifestación del pasado sábado.

22. 01. 2009

Retorno a Reykjavik

Este blog tiene una etiqueta que dice “Islandia y Groenlandia 2008”. Muy correcta. No tenía ni la más mínima sospecha ni intención de volver a rozar la imaginaria línea que en los 66 grados norte traza el círculo polar ártico en mucho tiempo. Pues bien, nada más y nada menos que siete meses después y contradiciéndome a mi mismo, regreso a Reykjavik. Estaré allí el viernes mismo, en pleno enero y plena oscuridad. ¿Por qué?

La economía islandesa respira a trompicones, como un enfermo terminal. En octubre la remota isla ártica sufrió el terremoto más desastroso de su historia y no fue geológico. Los tres bancos principales fueron nacionalizados y se declararon en bancarrota, la bolsa de Reykjavik suspendió su actividad cuando sus valores dibujaron el diagrama de un seísmo y se hundió más de un 70%, la corona islandesa perdió más de la mitad de su valor y se convirtió para el resto de naciones en una caricatura de divisa, que dejaron incluso de cambiarla durante casi 20 días porque casi sólo podía hacer paridad con la del Monopoli.

Ahora Islandia es un pozo sin fondo, su deuda es nueve veces su Producto Interior Bruto y ha quedado a merced del Fondo Monetario Internacional. Su economía se ensambla mejor al lado de algunas de estados atravesados por la línea del Ecuador o el Trópico más que por el círculo polar ártico. La periodista islandesa Iris Erlingsdottir bautizó la semana pasada a su país como el “Zimbabwe nórdico”.

Se puede decir que Islandia murió de éxito: pasó de ser una isla habitada por pescadores testarudos que hicieron literalmente del bacalao su bandera (desde el s. XVII hasta 1904 fue la enseña nacional) y que cuando plantaban nabos estos aparecían ya cocidos debido a las calenturas de la negra y tostada tierra volcánica, a ser en 2008 el lugar donde Mercedes-Benz se jactaba de haber vendido más coches de lujo, donde el índice de desarrollo humano era casi extraterrestre y los recién licenciados no querían hacer prácticas en Europa porque en su país ganaban 6.000 euros al mes frente al mileurismo continental. La agresiva liberalización del mercado, inversiones de alto riesgo, la privatización masiva, una inflación que crecía cada año a un ritmo trepidante (un 14% en 2008) fueron algunos de los ingredientes que lanzaron a esta nación pedregosa, geológicamente violenta y vikinga, al éxito y que luego la han hundido.

Y humillado: el pequeño y arruinado país fue incluido por el gobierno británico en la lista de países terroristas para poder de este modo, aplicando la ley antiterrorista, congelar los movimientos de los bancos islandeses e intentar recuperar el billón de libras esterlinas que los británicos y más de 100 entidades inglesas guardaron allí. El dinero simplemente se lo ha tragado la tierra.

Pero a Estrella Björt Rodríguez todo esto le da igual. Ella tiene un año y medio, un puñado de flamantes y nuevos dientes de leche, unos padres que la quieren una barbaridad y amigos con los que jugar. Porque aunque le pese a la periodista islandesa, y por fortuna, Islandia no es Zimbabwe. Estrella Björt no lo sabe pero ella es el emblema del éxito de una nueva generación de islandeses. Unos islandeses del sur de los Pirineos. Forjada y nacida en Reykjavik, Estrella Björt (que en islandés significa “luminosa”) no lleva genes vikingos sino vizcaínos y castellanos.


Sus padres, Miguel y Lorena emigraron hace unos años hasta Islandia buscando un futuro más brillante que en España y allí tuvieron a Estrella. Ahora están en un aprieto. Sus ahorros mermados y sus deudas multiplicadas. La vida nunca ha sido fácil en la isla ártica, ya que sólo las condiciones climáticas hacen que no sea el lugar más amable para vivir. Lorena decía en mayo que si tenían otro niño/a quería que naciese en Islandia, las ayudas a la maternidad y excedencias eran asombrosas. Ahora todas estas ayudas se tambalean. Miguel, Lorena y Estrella comparten suerte con una completa saga hispano-islandesa: el hermano de Miguel, casado con una chica islandesa; Xavi, un abogado catalán; Elvira, una profesora en la Universidad de Reykjavik; Atxón, un curtido biólogo al servicio del gobierno y cazador de ballenas y otros que con sus historias, sus manos y brazos están contribuyendo a la historia de un país forjado en la testarudez por salir adelante.

¿Cómo lo llevarán? ¿Qué está ocurriendo dentro de la isla? ¿A qué mayores dificultades se encaran estas familias que además no son islandesas? ¿Cuál es la suerte de los inmigrantes españoles en este país que antes no conocía el paro y ahora se piensa si entrar en el euro o emigrar al directamente continente?

La mejor forma de contestar a todas estas preguntas parece que es ir a Reykjavik y comprobarlo yo mismo con mis ojos. También es lo que Miguel y Lorena, con su paciencia y generosidad infinita, me recomendaron y a los que me alegrará terriblemente saludar de nuevo. A ellos y a toda la gente que vive allí, que ya vaya el barco viento en popa o haya naufragado, siempre acogen con extrema bondad y generosidad a un polizón como yo. Así que si todo va bien el viernes 23 de enero volveré a pisar la capital más norteña del planeta.

Me voy a hacer un poco más pobre aún yo también y voy a pasar bastante frío. Me dicen que en enero, cuando casi todo el día es ocuridad, es cuando Islandia muestra su carácter más auténtico. No hay apenas turistas, sólo el frío y los islandeses resistiendo. Espero repescar buenas historias en mi regreso a Reykjavik.

P.D.: Algunas fotos del anterior viaje, aquí.

27. 11. 2008

Un día que Frederik celebrará

Lars Peter, el director de la escuela, nos dijo que nos atendería en un momento, mientras podíamos echar un ojo y merodear por la escuelita de Kulusuk, donde entre los 70 alumnos y los 15 empleados casi se concentra un tercio de la población de la localidad, que tiene 300 habitantes. En este rato tuvimos oportunidad de conocer a Frederik, un enorme esquimal de 45 años que trabaja como profesor. Frederik (el que aparece en la foto) nos recibió como en las películas del Oeste suelen hacer los jefes indios a los “pieles pálidas”. Su hospitalidad, calidez, sinceridad y ganas de explicar su país nos la hizo notar con el primer apretón de manos, que fue fuerte, cálido y contundente. Sus primeras palabras fueron: “Hoy es un día muy importante para mi país, tenemos un papel que nos da más independencia de Dinamarca”. Estaba especialmente risueño con la oportunidad de contarnos esto.

Era el 6 de mayo de 2008, ese mismo día en la capital de la isla ártica, Nuuk, el primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen acababa de pronunciar algo muy similar (“Este es un día histórico para Groenlandia” ) junto al primer ministro groenlandés Hans Enoksen. El líder esquimal había entregado el borrador del nuevo estatuto de autonomía al danés y ambos lo habían firmado. Este borrador de nuevo estatuto contenía un fundamento esencial: reconocía al pueblo Inuit como auténtico dueño, señor y soberano sobre la tierra (y el hielo, que cubre el 85% de esa tierra) de Groenlandia. Reconocía la soberanía del pueblo esquimal, su derecho de autodeterminación y de explotación de recursos. “Nos reconocen como propietarios de nuestra propia patria” decía Frederik aquella mañana levantado el dedo índice como un curtido político. “Kalaalit Nunnat” como llaman los inuit a Groenlandia significa simplemente “Nuestra Tierra”.

Ayer, martes 25 de noviembre de 2008, unos 40.000 groenlandeses de los 57.000 que habitan la isla más grande del mundo fueron a las urnas para votar en referéndum el nuevo estatuto. Un 75% dio el “sí, quiero” a una mayor emancipación de la metrópoli danesa, como penúltimo paso para la independencia. “Es posible, pero muy difícil. No obstante, lo conseguiremos”, nos convencía Frederik emocionado en primavera. “Será duro y difícil ser independientes porque somos muy pocos habitantes en un país enorme y todo es muy caro, pero no estamos solos, con ayuda de EE.UU., Canadá o Islandia lo conseguiremos”. Y añadía: “Es lo más conveniente, tenemos nuestra propia tierra, debemos tener nuestras propias leyes y gobierno”. En cambio Lars Peter el director de la escuela, un danés de 67 años con aires de Santaclaus y jugador de baloncesto retirado, tiene una visión bien distinta y paternalista del asunto. “Los políticos groenlandeses hablan de problemas que no son problemas para ganarse a los votantes, son políticos no instruidos y son los que manejan el sistema. La independencia de Dinamarca no es realista, no tiene fundamento ni futuro”. Lars Peter lleva desde 1993 dedicando su vida, salud y esfuerzos a mejorar la educación en la costa este de Groenlandia. Hay que tener mucha ilusión para pasarse 15 años viendo el mismo paisaje ártico.

Frederik reconoce no obstante que los daneses no lo hacían tan mal “intentan hacer leyes buenas para Groenlandia desde Dinamarca, algunas decisiones se toman en Copenhague, pero muchas se toman aquí”. Ayer mismo el gobierno groenlandés hizo pública una carta agradeciendo al primer ministro danés su compresión, apertura, amistad y reconociendo su lugar en la historia de Groenlandia. Desde 1978 y hasta ayer la congelada patria de los esquimales contaba con un amplio autogobierno y de hecho se convirtió en el primer territorio de un estado miembro de la Unión Europea que permanecía al margen de la UE y sus restricciones de mercado, desde luego por necesidades evidentes: Groenlandia necesitaba mercadear con sus vecinos más cercanos, Canadá e Islandia. El mayor problema de esta tierra es la nada. La ausencia y carencia de absolutamente todo. La imagen de Groenlandia como una enorme mancha blanca en el mapamundi se asemeja bastante a la realidad, si los inuit han sobrevivido milenios en este lugar es por ser—junto con los tuaregs del Sahara—la nación más austera del planeta. La tierra sólo les proporciona caza, pesca y frío. Nada más.

Ni siquiera brota ni un miserable árbol en todo el país. Todo se importa. De hecho, todas las viviendas de madera de colorines y los edificios groenlandeses se importan prefabricados desde Dinamarca y muchos pueblos como la isla de Kulusuk reciben en un barco que abastece al supermercado con todos los alimentos para un año entero. Si una máquina quitanieves se estropea es más fácil comprar otra que repararla. Los otros problemas derivan de la ausencia de todo: hace cien años según nos contó Frederik los inuit “vivían en la edad de piedra” cazaban y vivían con lo que podían en casuchas de piedra y musgo o en iglús. Ahora tres generaciones más tarde los jóvenes comen fast food (en el supermercado en que el reponedor trabaja una vez al año) y ven películas de Hollywood. Se crean nuevas necesidades y la ruptura con las generaciones anteriores es total. La vida tradicional se hunde. Tampoco hay trabajo. Las familias se desestructuran y las horas se matan bebiendo, alcoholizándose. Y los chavales pese a ver películas no conocen más mundo que su pueblo. La profesión de moda en Kulusuk, la que todos los chavales quieren ser de mayor es empleado del aeropuerto. Eso nos cuenta Frederik, también.

La esperanza groenlandesa está bajo tierra, esperan encontrar algo negro debajo de lo blanco: estiman que en el suelo groenlandés, escondidas debajo de tres kilómetros de hielo, hay unas reservas de petróleo similares a la mitad de las de Arabia Saudita. En el nuevo tratado, Dinamarca da carta blanca a los inuit a aprovechar su suelo, eso sí, dejará de ayudarles e invertir los cientos de millones de euros (unos 7.000 u 8.000 euros por cada groenlandés) que envía para facilitar la vida allí. Un dinero que ni siquiera se atreven a decir en Copenhague cuánto es. Pero el dilema es ¿cómo extraer ese petróleo en un país en que ni una sola carretera une un pueblo con otro? Un país en el que uno debe desplazarse en avión, helicóptero, barco o en alguno de los 29.000 trineos de perros que hay, dependiendo siempre del clima.

Frederik no cree que el futuro de su país sean sólo las minas y el petróleo. Su mayor satisfacción confesada es ver a “un alumno completar su educación”, cosa que no muchos hacen. Esa es su mayor esperanza. “Necesitamos más profesionales, más médicos, más profesores… Así iremos a mejor y habrá más trabajo. En el colegio intentamos que los chicos estén preparados para el mundo de afuera”. Lo cierto es que Josu Iztueta, que estuvo hace 20 años allí y regresó este año, apreció que el país había avanzado terriblemente desde 1988. Groenlandia vive más bien su camino hacia la independencia más como un proceso fraternal de emancipación que un divorcio, la realidad es que los daneses han sabido comprender la situación y los groenlandeses saben esperar y leer el tiempo. Muchos de los daneses que viven en el ártico no se irán jamás. Y los matrimonios mixtos son una realidad. El propio Lars Peter convive desde hace años con Sissy, su pareja, una inuit de la costa oeste –que a su vez es hija de madre esquimal y padre danés—.

Josu Iztueta me mandó ayer un mail y me preguntó si creo que ambos habrán votado lo mismo o no. No lo sé. Intento imaginarme dónde estaría el colegio electoral o cómo se habrá desarrollado la jornada del referéndum en el pueblo. Recuerdo a las gentes que conocimos en Groenlandia y creo que esas 57.000 personas que viven allí se merecen de corazón lo mejor, porque vivir en “la Nada” y querer hacerla patria tiene mucho mérito. Y sé que es un día que Frederik celebrará.

05. 07. 2008

Un buen relato para no leer

Tras recibir algunas críticas “constructivas” de algunos de mis escasos lectores sobre la extensión excesiva de algunos de mis relatos propongo una solución para los que no quieran leer: escuchar. Requiere menos esfuerzo, pero sólo aparentemente.

Ahí os dejo, a un clic de vuestra mano, la narración del viaje a Islandia y Groenlandia que hizo Ander Izagirre hace unas semanas en el programa de Radio Euskadi (Eitb) Levando anclas de Roge Blasco. Espero que lo disfrutéis: Aquí.
(Tenéis que hacer clic en el dibujito del altavoz de la derecha para escucharlo).
Ahí va también el blog de Roge Blasco hablando del mismo tema.

Y para rematar, ésta sólo para los atrevidos a los que pese a las críticas les sigue gustando leer: una entrevista con Josu Iztueta sobre su regreso a Groenlandia 20 años más tarde.

“La expedición de Groenlandia marcó en mis viajes un antes y un después”

¡Qué aproveche!

P.D.:Siento el lapsus productivo del blog, de por medio tengo Sanfermines y cambios laborales.

26. 06. 2008

El día que fui Messi

Son las seis menos cuarto de la tarde y está a punto de comenzar el entrenamiento del equipo de fútbol de Kulusuk, el TM-62. Esa misma tarde había visto un balón tirado en la bahía helada del pueblo y semienterrado en la nieve, señal de que el fútbol ártico es ligeramente diferente al nuestro. Y efectivamente, lo es.
En Kulusuk se juega al fútbol pero no hay campos de fútbol: el entrenamiento tiene lugar en una habitación, supuestamente la más grande del pueblo, pero la habitación de una casa al fin y al cabo. Con sus ventanas, su techo, las luces, sus radiadores y su entarimado de madera. Aunque siempre es mejor que tu saque de banda sea desde el calorcito del radiador que desde el mar congelado. Habrá que ver si el equipo se gasta más en ventanas o en balones

El “campo de fútbol” es la sala mayor de una casa que se utiliza como centro social en Kulusuk, de hecho los sábados y viernes por la noche esa cancha es también la discoteca-verbena, donde los jóvenes del pueblo organizan bailes. Fuera del edificio, en la fachada de láminas de madera verde descascarillada, cientos de grapas oxidadas sostienen anuncios, dibujos de los niños del pueblo sobre los males que provoca el tabaco, cartulinas que ilustran el poder destructivo del alcohol en Groenlandia (que no sólo disuelve y derrite la nieve sino también las familias y la vida de miles de inuits) o carteles de educación sexual (prevención de riesgos, utilización de anticonceptivos, alertas sobre el Sida y demás enfermedades…). Esta casa es el lugar donde tiran las horas muchos de los jóvenes del pueblo.
Dentro, el vestíbulo tiene toda la pinta de ser una “casa ocupa” o medio abandonada, un poco roñosa y dejada, con los bordes y las jambas de las puertas roídas y un poco podridas por la humedad. Unos cuantos dibujos y pintadas coloristas en las puertas y paredes dan esa imagen hippie y “okupa” del centro social. Colgando del techo, un escudo diminuto del equipo de fútbol de ganchillo. En la salita previa a la pista, un par de chavales se encargan de vender refrescos a precios razonables, detrás de ellos tienen una estantería llena de copas y trofeos que representan la pericia del TM-62 jugando al fútbol ártico.

Antes de que empiece el entrenamiento tiene lugar el trajín natural de los jugadores que se cambian de ropa y algunos curiosos que empiezan a llegar. De fondo se escucha el clic de una lata de refresco que se abre en el vestíbulo y a continuación retumba un eructo lejano. Tres chavales esperan a que empiece el entrenamiento rondándonos a nosotros y mirándonos, uno de ellos se hurga con pasión la nariz hasta tener que doblegar su falange y redoblar en dedo índice para alcanzar el fondo de su chata nariz esquimal, el otro que nos mira con extrema curiosidad al rato suelta una ligerísima ventosidad, un pedo, sin inmutarse. Nadie dice nada y aquí tampoco ha pasado nada. ¡Con este panorama cualquiera diría que este equipo llegó a ser semifinalista en el campeonato de Groenlandia!

Pero lo son y ser semifinalista supone un auténtico lujo sólo por el hecho de poder salir de su pueblo y poder conocer otras partes del país. Dicen ellos que un fallo del portero y un mal árbitro se conjuraron para apearles del campeonato… Aunque en inuit las palabras tengan dieciséis sílabas y una esquizofrénica combinación de consonantes seguidas hay excusas que suenan igual de universales en todas las partes del mundo.

A los chavales que nos miraban les hacemos gestos Ander, Josu y yo de chutes del balón, imitamos celebraciones de goles y les señalamos, asienten con la cabeza: van a jugar al fútbol. Nos hacen lo mismo y nos preguntan a su manera si vamos a jugar a fútbol con ellos, les decimos que sí. Se alegran.

Llega la hora de comenzar el entrenamiento y tienen que montar las porterías: hueco que queda entre dos pares de bancos largos de madera (no mucho más grande del tamaño de una portería de hockey, en el que ve en la imagen). Por curiosidad medimos el campo de fútbol a zancadas, calculando cada zancada un metro: unos escasísimos 16 metros de largo por 8 de ancho, menos de un área en un campo de fútbito o fútbol sala (de 40m x 20m). Les ayudamos con las porterías. Limpian un poco el entarimado y listo para jugar. La mayoría de los niños llevan camisetas de equipos de fútbol ingleses, aunque también tienen de otros sitios como la selección de Venezuela o de países latinoamericanos. La equipación es ecléctica.

El chaval con ventosidades nos pregunta de dónde somos. Les invitamos a acertarlo y ellos prueban erróneamente con todas las nacionalidades que se les ocurren: daneses, ingleses, alemanes, americanos, noruegos… Situar y dibujar en la mente de un crío de Kulusuk dónde está Pamplona, el mar cantábrico, los Pirineos, Francia, España o el sur de Europa es bastante difícil. Aunque lo dibujemos un mapa en el reverso de un envoltorio, son referencias tan lejanas y vagas para ellos como lo era Groenlandia para nosotros antes de viajar. Probamos con todo lo que se nos ocurre. Madrid, Barcelona…

¡Barcelona! Hay reacción. Les decimos que somos de “cerca de Barcelona”. “Messi, Messi, Messi”, repite el chaval. “Yes, Yes, Messi”, le decimos nosotros. “This is Messi” (“Éste es Messi”) dice Ander señalándome a mí de cachondeo. Pero conseguimos una reacción inesperada: los ojos de chaval cambian por completo, fuerza su achinamiento de ojos inuit y los abre como platos y con un fulgor de profunda impresión. Está visiblemente nervioso y emocionado. Muy emocionado. Conoce a Messi pero está claro jamás en su vida lo ha visto ni jugar, ni una foto suya, ni nada parecido. Cree que soy Messi. “No, no, no, I’m not Messi” intento aclarar. Intento deshacerme del embrollo. “Hombre,—dice Ander—, haberlo dejado estar para una alegría que se iba a llevar el chaval”. ¡¡Menuda responsabilidad, jugar a ser Messi en Groenlandia!!

Pasado el malentendido provocado, comienza en entrenamiento. A nosotros no nos dejan jugar y nos echan del campo. Comienzan a jugar un partidillo en dos equipos y se alinean en el mismo equipo adolescentes con niños pequeños, chicas y chicos, cojos, diestros o zurdos. Da igual. Incluso juegan el que se hurgaba la nariz y el del eructo lejano. Y pese a no haber visto nunca a Messi, ni a Ronaldiño, no lo hacen tan mal. Incluso tienen espectadores y espectadoras. Una de las espectadoras nos enseña un dibujo que ha hecho de un jugador del TM-62 de Kulusuk para regalarlo al final del entrenamiento. Margrethe Mikaela, la que firma el dibujo, es aficionada y fan del mejor equipo de su mundo, el TM-62 de Kulusuk.

P.D.: Siento el silencio de tantos días y el texto tan largo, pero es que por motivos de trabajo he estado hasta arriba y he tenido que robar tiempo al sueño para actualizar el blog. Habrá más historias de fútbol ártico, como un partido en una pista de aeropuerto. Aprovecho así la Eurocopa y el descubrimiento de Ander de que al blog dan visitas el fúrgol y los penes.

P.D.2: La foto es del entrenamiento en un descanso. Para ver más fotos, aquí.