28. 01. 2008

El afgano

Muy rara es la mañana que no comienza con “1 pollito, 1 euro”.

A esas horas tempranas del día la boca del metro es un pequeño sumidero atorado. Es una parada por lo general tranquila, pero tiene una única salida /entrada. Y eso de par de mañana es un problema: Imagine al gracioso y pequeñín sumidero del lavabo de su baño asumiendo la tarea de ser la única salida para la presa de un pantano. Pues parecido. La locura es querer entrar y no poder, o al revés. En la orilla de este torrente humano, en la repisa de esta boca de metro, está casi todas las mañanas un hombrecillo que saca a desfilar a un puñado de pollos peludos y amarillos fosforito.

Son de juguete y andan hasta borrachos si les das cuerda suficiente. En un cartel de cartón vulgar (un trozo de una caja) y con tinta negra el hombrecillo cuelga el reclamo de su negocio “1 pollito 1 euro”. El hombre tiene la piel rojiza y brillante como el cobre, arrugada, y una barba blanca que se le deshilacha en los extremos y le da un semblante firme y una planta de un diplomático viejo, exótico y extraviado. Al lado de ese cartel, cuelga otro: “País Afganistán”. Suele ir tocado con sombreros, a menudo lleva un gorro cuadrado de pelo de animal, similar al que gastaba el presidente de Afganistán.

Nunca le he visto vender ni una de esas bolas amarillas. Pero sí que he visto a un niño latinoamericano jugar con uno de esos pollitos en las escaleras mecánicas del interior de esa misma parada. No sé de dónde los saca, ni si fue antes el huevo, la gallina o los pollitos en venir desde el lejano oriente. Él apenas abre la boca. Una mañana un hombre de su edad, un madrileño jubilado con esas gorras típicas de chulapo, le dio un toque en el hombro. “Qué, ¿ya has desayunado hoy? Sino te invito”, le dijo. El hombre de los pollitos no medió palabra. Movió la cabeza para asentir a lo primero e hizo un gesto amable para declinar la invitación.

Los pollos comparten parada de metro con unos gitanos que, con mucha gracia, todos los días venden a viva voz “cinco pares de calcetines a dos leuros” e intentan camelar a las señoras del barrio; y también con una boletera de la ONCE negra y rechoncha, bien podría ser cantante de góspel, que se acurruca en una esquina y se fuma un pitillo.

El afgano es un hombre entrañable. Y junto con el primer café del día su presencia es un ritual consagrado por la rutina.

[Para los curiosos, haced clic aquí]

08. 10. 2007

Le petit train de la Nive

Le petit train de la Nive., originalmente publicada por Caravinagre.

Manuel Irigoyen Manuel Irigoyen, de 56 años, en la estación de Baiona., originalmente publicada por Caravinagre.

Resopla el silbato con todas sus ansias. Tantas como con las que se agarra al asidero del vagón. ¡piiiiiiiiiiii! Ningún pasajero se apea. Ningún pasajero se monta. Sólo contestan a la señal de Manuel, a ladridos, un par de perros de los caseríos que salpican el monte de enfrente. Manuel Irigoyen, el único revisor de esta línea, retrocede para introducirse de nuevo en el vagón, tenía más de medio cuerpo fuera. Se recoloca discretamente la gorra de la SNCF y se la cala hasta las orejas. Tras su señal, el tren reinicia el traqueteo dejando atrás el cartelón azul de “Uztarritze”, testigo único de la existencia de esa estación. “Quizá dentro de una semana o un mes no volvamos a pasar por aquí jamás”, sentencia Manuel en un lacónico castellano afrancesado. “No sé qué pasará con este tren, ni conmigo ni con los pasajeros. No lo sé, no lo sé”, añade.

Manuel, el maquinista y 18 pasajeros (19 al pasar por Cambó les Bains) completan hoy el pasaje de este tren que une, en hora y cuarto de recorrido, los 57 kilómetros que separan Baiona de San Juan de Pie de Puerto. Dos vagones de hojalata que no pueden circular a más de 50 kilómetros por hora por el peligro que conlleva cabalgar sobre unas vías de hierro centenarias. Cada viaje en el que este tren remonta el río Nive (o Errobi) desde su desembocadura en Baiona hasta su nacimiento en el Pirineo es un logro. Y un desafío. Cada año, esta línea de ferrocarril (la única que no abandona nunca el País Vasco francés y se adentra hacia los Pirineos) recibe una nueva amenaza de desaparición.

Decían que en octubre de 2007 frenaría para siempre, pero sigue adelante. Es el único medio de transporte público que une Baiona y la localidad bajonavarra de San Juan de Pie de Puerto (Donibane Garazi en euskera) y es la única forma de unir entre sí pueblos como Uztarritze, Cambo les Bains, Bidarrai o Arrosa. Todos estos lugares son las vértebras del recorrido de este viejo tren a través del valle de la Nive.

(Y continuará…)

01. 10. 2007

Estación Esperanza

Metro / Subway / mètro [01], originalmente publicada por Caravinagre.

La verdad que siempre me ha hecho gracia. O por lo menos he creído que era evocador. Más que el sitio en sí, el anuncio.

El traqueteo velocísimo del metro amaina y el timbre electrónico suena: “tringlontín, tringlontín”. Es la línea 4 del metro de Madrid.

Dos jubiladas madrileñas llevan una niña en silleta, la nieta de una de ellas: una enana con rasgos chinos. Sentadas en frente, dos mujeres latinoamericanas. Una de ellas dormida, con la sien derecha acostada en la barra amarilla de asidero del vagón. La otra lee un periódico gratuito. Un trajeado, con corbata hortera estrangulándole, está de pie al lado de las dos muchachas. Es un maduro hombre de ‘business’ que requiere traje y maletín, se acaricia la barbilla y ojea como una grulla, en altura por encima del hombro de la muchacha, el diario gratuito. Dos hombres de castellano trabado, farragoso, monosilábico y acento extraño hablan frente al mapa esquemático de las líneas del metro. Uno es cuarentón y otro es bastante más joven. “No. Ésta no bien a ti. La siguiente sí”, le dice el cuarentón con una chaqueta de un chándal de cuando su país aun era parte de la URSS. El otro, el joven, le replica. El viejo le vuelve a explicar qué parada de metro le conviene más.

Son las 8.45 de la mañana. Pasado Arturo Soria y aun con la oscuridad más absoluta del túnel asomando por la ventana del vagón, se oye: “Próxima estación… Esperanza”. Los dos tipos se dan la vuelta, apartan la vista del mapa de estaciones de metro y repiten a coro (y en sincronización perfecta con la megafonía) el anuncio de la estación esperanza. A su manera: “Essperanssa”. Y se retuercen de la risa con su gracieta. Supongo que demasiados días pasando por la misma estación y sin bajarse en ese andén. El cuarentón de pelo revuelto y sin afeitar suelta una sonora carcajada. Le faltan tres dientes.

Todo esto no dejaría de ser una anécdota, pero ese mismo día me enteré que Manu Chao había introducido ese anuncio del metro en su disco homónimo “Próxima estación: Esperanza” y le han hecho pedir disculpas y pagar los derechos de autor a las voces que anuncian andenes en metromadrid.

27. 04. 2007

Espejismo rojo

Nuestro chofer, Lur o Nur –le llamábamos Lur porque nos sonaba más familiar- conducía por aquellas polvorientas carreteras a todo trapo; en su frente, ni una gota de sudor. Vestía traje negro y llevaba atado hasta el último botón de la camisa, durante los 450 kilómetros que nos había costado llegar hasta Matmata no había hecho ni un solo gesto de desahogarse un poco el nudo de la corbata estrecha y negra que le colgaba del cuello como una soga de ahorcado. Yo me asfixiaba de calor con sólo mirarle.

Matmata es la capital de los beréberes. Un pueblo seminómada y semi-extinto. Los que sobrevivieron a árabes y franceses viven en ‘Matmata Nouvelle’ (Nuevo Matmata) una urbe construida hace 40 años a 15 kilómetros de este desierto de coscoja y montañas con la excusa de erradicar el nomadismo y poder escolarizar y dar una vida “más digna” a este pueblo. Hasta entonces vivían en casas excavadas en el interior de la tierra, arcillosa y arenisca, que ocultaba su presencia a los extraños. Miré al horizonte achicharrado y no vi ni una sola casa. Debía haber más de mil, todas ocultas; y la mayoría, deshabitadas y abandonadas. Hoy apenas una docena de estos hogares están habitados, por cuestiones turísticas o por testarudez a abandonar su hogar familiar.

Llegamos a una de esas casas ganadas a las entrañas de las montañas. Vimos pasar a un hombre con un turbante azul justo a nuestra llegada. “Esto es un teatro engaña turistas”, pensé. Pero al lado del portal de esta casa asomó de una puerta contigua un niño. Entreabrió un poco la puerta y se quedó en el umbral de la penumbra observándonos. Vestía un chándal y un anorak de invierno, a pesar de los treinta grados de temperatura. Supongo que era el niño de la casa que se escondía de los turistas.

Franqueamos el portal, dentro nos esperaba la señora de la casa en una especie de salita recibidor arcillosa, nos indicó con el brazo que continuásemos hacia delante, invitándonos a entrar. No dijo ni Pamplona, o ni Salam. Sólo asintió con la cabeza a los saludos de los visitantes. El salón de la casa era un enorme patio excavado en la tierra, desde fuera inapreciable. Desde allí se acedía al resto de estancias. Era impresionante. Visité un dormitorio de matrimonio, la sala de las herramientas del campo, otra habitación… No sabía si aquello era todo mentira o aquella familia realmente vivía allí. ¿Cuánto vale desnudar la intimidad de tu casa y permitir que extraños la visiten y revisen? Nada. La voluntad. Para mí, cinco dinares.

Vi la cocina, con unas habichuelas a remojo para cocer, unos fogones muy sencillitos de gas y un gato huesudo merodeando entre las perolas. En otra salita, una televisión muy antigua con un guardapolvos de encaje por encima. En una pared colgaban unas fotos de la familia, era la madre y sus hijos, parecían fotos sacadas por los turistas. El color de las fotos estaba comido por el sol. Me convencí de que aquella familia vivía allí cuando vi la habitación de los niños: Una pelota de goma sucia y roja en una esquina, la cama revuelta; en la otra esquina, una mochila azulona muy usada y destartalada con la mascota de Danone, Danonino, con un lema en francés; y en una mesita un libro con ejercicios de francés, la tarea de árabe clásico a medio hacer y unas migajas de la goma de borrar esparcidas. Me acordé del niño de la entrada, sonreí, yo de pequeño también también aprovechaba cualquier excusa para evitar la tarea.

Regresé a Pamplona. Le mostré las fotos a mi padre: “Y esta era la mesita del niño que…”. “Oye, ¿qué es eso de ahí en medio?”. “¿Qué es qué?”, le contesté a la gallega a mi padre. “Eso que está entre las hojas de árabe y el libro”, concretó. Amplié la imagen. “¡No puede ser!”, exclamé incrédulo. “¡No puede ser!”, repetí. Entre la tarea de árabe y la de francés colonial, el niño bereber como distracción a sus estudios tenía una chapita roja con un escudo bordeado de cadenas y un león en medio. Era reconocible y además se podía leer: “Al Osasuna”. Al lado, otra chapita con el realista Kovasevich.

14. 03. 2007

La salida

Una última tarde de primavera de ardor y sudores. En una parada de autobús urbano esperaban dos portugueses. Habían terminado su jornada laboral en una obra cercana, una de las muchas urbanizaciones en construcción. Departían a gusto, quizás sobre el calor, sobre su futuro, o sobre los hogares y las historias que dejaron para trabajar aquí. A su lado, una jubilada rechoncha con una chaqueta de punto “por si refrescaba” escuchaba la conversación. Para ella era un galimatías pero lo hacía por costumbre. A juzgar por la tez de estos tipos, tostada como la de un cochinillo al horno y curtida como un cinturón, también había lucido el sol otros días. Uno de ellos se rascó el brazo y dejó ver una piel menos morena más arriba de la manga. Sin duda, el bronceado del “currela”.

Llegó el autobús. Continuaron los obreros hablando, más alto si cabe, una vez dentro. En la siguiente parada: una pareja de ancianos y una joven muy guapa. La chica había desapolillado la ropa de verano del armario para lucir su bronceado de ‘solarium’. Los lusos analizaron de arriba abajo el moreno de la muchacha y siguieron hablando enérgicamente. Sin duda, estaban discutiendo. Delante de ellos, la pareja de ancianos, conversaba en euskera a viva voz, contribuyendo a la algarabía y mezcolanza de idiomas. Pasaron quince minutos hasta que cesó el guirigay de la Torre de Babel rodante, cuando por fin bajó la mayoría de los pasajeros, entre ellos los portugueses. Sin apenas dar un paso sobre el asfalto se volvieron hacia la puerta de salida, entonces uno de ellos pronunció tartamudeante: “irrrteeeeraa”. El otro hizo ademán de quedar conforme, y comenzaron a hablar mucho más sosegadamente.

25. 01. 2007

La Blanquita



La Blanquita
es esa insidiosa vecina. Vive un piso por encima del de mis abuelos. A veces se le olvida comer, pero eso no es cosa nueva. Fue de las primeras en estrenar un teléfono inalámbrico por prescripción médica hasta entonces yo sólo los había visto en Corrupción en Miami para poder bajar a los pisos de las vecinas y hablar despreocupada de quien le llamase. Compraba cosas del teletienda. Es un manojo de nervios, cotorra, quisquillosa, chismosa y no tiene límite, no es consciente de cuándo sobra. Baja a casa de mis abuelos y puede estar horas de incómodo palique. Se hace insoportable, pero es entrañable. Tiene buen fondo, es como una niña pequeña. Y dicen que no hace mal a nadie. La Blanquita es como la nieve en Pamplona.

Aunque la nieve la disfruto más. Pero sólo un ratito. Un día. Vivir con ella toda la vida sería un suplicio. Así que admiro la capacidad de mis abuelos para vivir en Groenlandia. Ayer nevó en Pamplona y tardé dos horas en llegar a un examen. Tuve suerte de llegar. En mi barrio una rama de un árbol cedida por el peso de la nieve mandó a un vecino a urgencias. Pese a estar en exámenes, intenté liar a alguien para salir a jugar con la nevisca, nadie quiso. Así, como muchos otros (frikis, según Javi) me di una larga vuelta y saqué fotos de la nieve en Pamplona. Jugué un poco solo y disfruté. La ciudad, pese a los problemas, estaba preciosa.

Sé que no soy el único al que se le ha ocurrido hablar de la nevada de ayer. Incluso fue noticia en la televisión. Pero ahora podéis imaginar con cada copo, como la Blanquita baja un peldaño en busca de horas de colapso.

NOTA: Si queréis podéis echar un vistazo a las fotos de la gélida y nevada Pamplona aquí. Es un espacio que he abierto para ir colgando mis capturas. http://www.flickr.com/photos/caravinagre/

18. 01. 2007

Uno de esos días

Se acabó. Y con sentimientos encontrados. Navarra 2007 salió a la luz el martes 16 de enero. 5.000 ejemplares en la calle, casi escritos a mano, con el mismo mimo, con sudor y agujetas de tanto reírnos. Sin duda, un día muy feliz. Pocas veces podremos crear desde cero el trabajo que a nosotros nos apetece y nos apasiona. Y verlo, como ese domingo a las 4:30 de la madrugada, dar vueltas en la rotativa. Y olerlo, tinta fresca, ¡cuatricromía bendita! Y tocarlo, macharnos las manos. Intuir que es un momento de esos que quedarán para siempre. Cada una de sus 32 páginas tiene un trocito de nosotros. Provoca excitación y melancolía. Es una etapa que se cierra para siempre.

Una vez me hice una herida, se escapó una gota. Hacía apenas unos segundos estaba dándome aliento, recorriéndome rápido para darme vida, para excitarme, para emocionarme hasta llegar al corazón. Al pecipitarse y sumergírse en el agua del lavabo se hizo infinitamente pequeña, perdió color rojizo, y antes siquiera de llegar al fondo se diluyó. Desapareció.

Un día, dentro de quince años, en una carpeta vieja y azulona de 30 céntimos aparecerán unas páginas amarillentas y roídas. Nuestro suplemento.

Muchas gracias a todos, en esas noches sin día, y los que me habéis tenido que aguantar este tiempo. Incluidos los que habitan en Uharte y la Rotxapea.

Como bien dice nuestro director, hay momentos que no tienen precio, pero más allá de hacer buen periodismo (espero), lo mejor fue compartirlo.

P.D.: Y yo confundí humildad con memez y no aparecí en ‘La Foto’.

10. 01. 2007

Colores bilbaínos / Bilbokoloreak


Una bilbaína me insistía una y otra vez con el cuento cromático. Que si Bilbao era azul, que si todo estaba teñido de añil metálico, que existía un color que era el “azul Bilbao”, que era precioso, aunque las luces de navidad había que apreciarlas en la delicada frontera que está entre lo hortera azul de pueblo morcillero (cierto, las tripas de cerdo no están reñidas con la decoración) y el elegante azul cobalto de las metrópolis europeas. Conclusión: ‘cachondeo’ con el azul y con la duda más que razonable de la existencia de ese color bilbaíno.

Decidí comprobarlo por mí mismo. Propuse decentemente echarme un café con ella en el centro de la capital de Bizkaia. 28 de diciembre. Debió pensar que era la broma de los Santos Inocentes, pero a veces me asaltan estos planes absurdos de coger solo carretera y manta. Y dos horas de carretera. Y sin manta. Así que cuando aterricé en ‘la capital del mundo’ decidí que tengo que ver menos euskal telebista o que deben cambiar la programación, porque todo me sonaba demasiado. Aunque unos pasos más adelante de San Mamés le llamé para confirmar la cita y me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea de dónde narices estaba, ni tenía un punto de referencia. Paseé por la ría, visité el museo marítimo y sitios que me hicieron sonreír varias veces.

Nos echamos ese café juntos. ¡Y vaya que si me lo eché! Un café comprometido que llevé media tarde tatuado en la ingle del pantalón vaquero y parte de la chaqueta. No achicharré a mis futuras generaciones de milagro. Pero no soy el único experto en eso. Creo.

Era un día espléndido, con esos soles que solo se soportan en invierno y aun calientan demasiado. Pasó un tranvía a mi lado, me avisó tocando la campana, pero no me quitó el susto y brinqué: Soy un poco Paco Martínez Soria, pero en versión navarra. Creo que llamé un poco la atención. Pero el resto del día conseguí pasar desapercibido. Me encanta disfrutar de tonterías como el metro, como un niño cuando le regalan su primer ‘scalestrix’ y es capaz de pasar una eternidad girando con el coche en las vueltas del circuito, yo me pasaría todo la jornada montado esos ferrocarriles subterráneos. Y en el puente colgante. Y en el bote gasolino. Y viendo el mar. Y paseando por lo viejo.

De pequeño creía que sólo existía aquello que yo había visitado. Contradiciendo aquello de que todo lo que tiene nombre existe, yo creía lo contrarío: Sólo aquel lugar que has visitado existe. Y en cierta medida existe sólo para ti, porque ese café derramado o ese lugar tan peculiar donde comer, o donde decir una tontería fabrica un recuerdo exclusivo. Así que fabriqué unos cuantos recuerdos de esos y estoy satisfecho. Hacía mucho tiempo que no me dedicaba sólo a eso. El buen humor y la vizcaína que me guió fueron un acierto.

Por supuesto, no encontré el azul Bilbao en las luces navideñas. Pero sí que tengo que rectificar, retirar los vaciles y confirmar que existe ese color “azul Bilbao” por toda la ciudad. Aunque debo decir a mi favor que la bilbaína se equivoca si piensa que ese es el único color de su ciudad, encontré muchos más. La foto de arriba, azul. La de abajo, unos pocos colores entre muchos otros. Las dos, dedicadas a Leyre.