08. 10. 2009

Abigaíl

Esta es Abigaíl Canaviri. El día que la conocimos no había trabajado la noche anterior porque los mineros ese día estaban “muy tomaditos” (borrachos) y le habían avisado de que no se molestase en entrar a la mina porque no había escombro que levantar.

Abigaíl tiene 14 años y cada noche desciende casi dos kilómetros dentro de las profundidades de una mina en el Cerro Rico de Potosí, en el sector de La Plata. Abigaíl camina dos horas hasta el “tope” de las galerías, a través de unos túneles, cavernas casi, muy angostos, estrechos y asfixiantes. Unos pasillos de roca inundados por charcas rojizas, amarillentas y fétidas, y un barrillo nauseabundo producto de la mezcla de minerales y agua filtrada.

Una vez en el fondo recoge los escombros que los mineros han producido por la mañana, los carga en una vagoneta y recorre esos 1.500 o 2.000 metros de galerías que le separan del exterior, sola, a tientas con la luz de su frontal y una vagoneta cargada con 400 kilos de rocas. “Hay que entrar como lagartos, arrastrándonos, porque algunos lugares son muy estrechos no pasa el carrito”, relata. “El carro se hace muy pesado, a veces se sale de la línea y hay riesgo de que se voltee. Algunos lugares están cuesta arriba, al principio se me hacía muy duro, me dolía mucho la espalda pero ahora estoy acostumbrada”. Abigaíl tarda dos horas en conducir un carrito cargado hasta la superficie. Entra a la mina a las 8 de la tarde y sale a las 10 o 11 de la mañana del día siguiente. En una noche puede sacar 5, 6 o 7 carritos. Hace este trabajo desde hace dos años “para ayudar a su mamá y sus hermanitos”.

Las manos las tiene rajadas, agrietadas de raspar las paredes de las galerías y las rocas, como una vieja. Los surcos de las manos los lleva escayolados y subrayados por el polvo blanco de la mina. En el centro de Cepromin (Centro de Promoción Minera), mientras conversa con nosotros, desayuna y pasa con esas yemas ajadas las páginas de un cuento de princesas de Disney. La Bella durmiente, Cenicienta, la Bella y la Bestia desfilan ante nosotros mientras nos cuenta que los mineros de donde trabaja ella a pesar de que beben mucho son “buena gente”. No como en otros lugares. Dos amigas suyas de 12 y 13 años que trabajan en otras minas ya han dado a luz a dos niños fruto de las violaciones de mineros viejos y borrachos en la oscuridad de las galerías.

El padre de Abigaíl murió de silicosis, “el mal de la mina”, cuando ella tenía 8 años. Cuentan en el cerro de Potosí (la mítica montaña que lleva 500 años explotada y agujereada por galerías y mineros como un hormiguero) que a algunos mineros les han llegado a extraer tras su muerte auténticas piedras de los pulmones. Bronquios literamente petrificados. El polvillo de la mina va filtrándose por los bronquios y sedimentándose, impide la respiración y acaba ahogando a los mineros. El mayor miedo de Abigaíl es “tener el mal de la mina” y los derrumbes, constantes en estas galerías destartaladas.

Cuando quedó viuda, su mamá, Doña Margarita, se convirtió en guarda, esto supone la tremenda responsabilidad de guardar dentro de su casa material de mina y asumir cualquier pérdida. “También nos da miedo. Guardamos dinamita al lado de la cocina, da miedo que algún día se prenda”. Viven exactamente a quince pasos de las puertas del infierno, es la distancia desde su casucha de adobe a la boca oscura de la mina. Alrededor de su casa se amontonan varias vagonetas y perros sarnosos. “Es un lugar muy frío, donde no hay agua, ni luz”. Dentro, nos enseña cómo en una misma cama duerme su mamá, ella y sus cuatro hermanitos. Acurrucados, todos juntos, como una camada de cachorros. En la casa, el viento chirría y mueve las planchas de latón del tejado, que está agujereado por mil partes. Es una sola habitación.

Abigaíl trabaja 14 horas para ganar 20 bolivianos (2 euros) al día. Si fuese un adulto por ese mismo trabajo le pagarían 70 bolivianos. Hace un año, una mañana de diciembre salieron de casa para buscar agua. Se ausentaron una hora. Al regresar la puerta, “de lata”, estaba abierta. Les robaron tres máquinas y unos pistones que debían custodiar. Una pérdida de 21.000 dólares, que les ata ahora en un régimen de esclavitud con la cooperativa minera.

Desde ese día, cada pesito que gana Abigaíl se le resta de esa descomunal deuda, que a este ritmo necesitará décadas para pagarla. La asociación Cepromin les ayudó a pagar una de las máquinas (7.000 dólares) ahora mantienen la deuda en 15.000, así que Abigaíl cada noche trabaja gratis. Es una esclava.

“Nosotros no sabemos qué son los derechos”, sentencia Abigail.

Abigaíl termina de trabajar cada noche, duerme unas horas, camina unos metros desde su casa hasta el centro de Cepromin por una colina escarpada, pedregosa y azotada por los vientos, allí desayuna, come, hace las tareas y va a la escuela. Don Carlos, un orondo anciano potosino, les acerca en furgoneta hasta el colegio. Termina las clases a las seis de la tarde. A las ocho, una noche más se calza el casco y vuelve a la mina. Todas las noches. “Yo quiero estudiar, sacar a mi mamá de la mina y que mis hermanitos estudien y sean profesionales. Me gustaría ser médica, sí, y dar medicinas gratis. Y tener un lugar donde vivir que no sea la mina”.

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Hay historias que merece la pena contarlas, aun a sabiendas de que hay gente que ya las ha oído. Aunque sea dos, tres, o quinientas veces. Sin miedo a cansar. En este caso hago de eco de Ander Izagirre, que ya publicó la historia en su blog, y traigo al mío la historia de Abigaíl, a la que ambos conocimos en Potosí.

El segundo día que visité a Abigaíl, llegó tarde al centro, justito para comer. Ese día los mineros no habían tomado y sí tuvo que trabajar la noche anterior. Llegó agotada, adormilada. Comió y se marchó al colegio. Una vez más.

17. 08. 2009

Una novia para el paralelo 38

Jong Duk se presentó como Míster Li el primer día. Así le gusta que le llamen. Míster Li es un adolescente surcoreano extravagante, extrovertido y ruidoso. Apenas le vi un par de veces pero todo el mundo le conoce y sabe de sus andanzas. En todo el pueblo. Siempre lleva alguna gorra, sombrero o algo que le tape la cabeza. Su preferida es una gorra que pone “drunk” (borracho). El otro día llevaba calado un enorme gorro rojo de lana (de marinero) y unas gigantescas y viejísimas gafas –como de hace 30 o 40 años— con una montura y cristales descomunales que hacían que sus estrechos ojillos asiáticos pareciesen desproporcionados al otro lado de las lentes. Calza sobre los labios un bigotillo ligero, un poco más poblado que el de Cantinflas y suele vestir con americanas de colores con extraños escudos bordados en la solapa. Mr. Li es irremplazable.

Pese aparentar ser un tipo distraído y ausente, es suficientemente listo como para conseguir que le envíen desde Corea del Sur paquetes de tabaco (que allí es extremadamente barato comprado con los precios del Reino Unido) y ponerse a venderlos entre los estudiantes de Lewes. Luego el material debe ser infumable. Dicen los que fuman que está rancio, como pasado y tan apretado que es imposible darle caladas. Pero Mr. Li los vende bien baratos, y para el que tiene mono y necesidad, le da un poco igual y él sale ganado.

Estaba Mister Li en el trasiego de llevar varias cajas a su habitación y fumarse un pitillo cuando se sentó a charlar en un banco con sus compañeros de curso. Uno de ellos, otro adolescente alemán. Estaba yo también pasando por allí y me enchufé a la conversación.

—En tu país, que ahora está dividido, algún día pasará como en Alemania y se unificará. Ya lo verás. ¿A ti todo eso qué te parece? ¿Quieres que se unifique o te da igual?

Esperábamos que a Mister Li, pasota por naturaleza, le repampinflase un poco este tema, sin embargo, contestó así:

—Eso espero. Yo sí que quiero que Corea del Norte y del Sur vuelvan a ser la misma nación.

—¿Ah sí? Y, ¿por qué?

—Pues… por que las chicas de Corea del Norte son más guapas que las del Sur. Yo quiero una novia del Norte. Así cuando se reunifique el país, nosotros los del sur, seremos más ricos y seguro que hay muchas chicas del Norte que quieren ser mi novia.– Así. Se despacha a gusto y suelta una enorme carcajada, y cierora sus ojillos asiáticos. Pero lo dice convencido.

Un argumento demoledor. Una novia del Norte para unificar un país. Aunque no es un argumento con mucha talla diplomática, es lo que hay.

Nuestro amigo coreano, SangHo, que es más adulto que Mister Li, más maduro (a veces) y más escéptico, no cree que los dos estados se vayan a unificar. “Lo veo muy difícil y yo mismo no tengo ningún interés”, dice SangHo, que comenzó la carrera de Derecho en Seúl y ahora pretende estudiar Económicas en el Reino Unido. “Además es que a mí me parecen más guapas las chicas surcoreanas, eso de que las del Norte están más buenas es mentira”, sentencia SangHo.

“Pero, ¿has visto muchas norcoreanas?”, pregunto yo. “No muchas, la verdad, hay gente del Norte que consigue pasar la frontera y vive en el Sur. Esos son los norcoreanos que conocemos. Mucha gente tiene familia allí pero no se ven desde hace cincuenta años. A veces yo y mis amigos vamos al monte, cerca de la frontera con el Norte y allí se puede captar su radio y a veces también la señal de televisión norcoreana”, responde mi amigo SangHo. “¿Y qué se ve allí?”. “Bah, nada… ¡desfiles!, pero no son de modelos, militares, ¿eh?”, sonríe.

P.D.: En la imagen, un José Luis López Vázquez de Google con una novia del Norte. Parece sueca.

Actualización: Según publica hoy BBC Mundo —el servicio en español de la BBC británica—, Corea del Norte abrirá su frontera al Sur según un comunicado oficial del régimen de Pyongyang. ¡Quizás sea esta la oportunidad “refinitiva” de ennoviarse con una norcoreana y comprobar cómo está el asunto!

11. 08. 2009

Una pancarta revejida

En algún rincón de la casa de Pauline Smith estaba escondida aquella pancarta.

Llevaba 30 años esperando a sacarla de nuevo. La pancarta estaba revejida: hecha vieja antes de tiempo, porque a Pauline le valía a las mil maravillas. Le dio unos cuantos toques nuevos y como no debió encontrar ningún palo decente antes de salir a la calle le colocó lo primero que tuvo a mano: un plumero. Que le hacía las veces de mango y seguro que se cansaba menos.

Cuando localicé a Pauline estaba en medio de la jaleante y alteradísima multitud, sacándose unas fotos con unas chicas anarquistas. La verdad es que la señora tiene una cara de adorable que no puede con ella. Si estuviese un poco más vigorosa teníamos que haberla puesto frente a los centenares de policías antidisturbios repartiendo galletas y vasos de leche. A ver si se calmaba el asunto.

A pocos metros de Pauline unos jóvenes manifestantes rompían y atacaban una sucursal del Royal Bank of Scotland y los primeros disturbios y cargas policiales brotaron entre la multitud. Era el 1 de abril de 2009 en la city londinense (el centro financiero de la ciudad), estábamos en la esquina del Real Banco de Inglaterra en mitad de la marea humana que protestaba contra la cumbre del g20 y la descomunal crisis que azota a medio mundo (al otro medio no sabemos aún si le azota o no, porque como, total, es de esa otra mitad de la que nunca tenemos noticias… ¡pues plim!).

Pauline Smith tiene 70 años y llamaba la atención verla entre el gentío, eminentemente juvenil, de la manifestación. Mucha gente se sacaba fotos con ella y con su pancarta, que según me contó tenía unos 30 años. La utilizó en eventos contra la guerra de Vietnam, por ejemplo. En el cartel aparecía el dibujo de un globo terráqueo amenazado por diferentes marcas multinacionales (como Mc Donalds, Shell, Disney, Coca-Cola, Pepsi, Esso, Tesco, etc.), también unos cuántos misiles nucleares apuntaban hacia la Tierra, en ellos se podía leer USA, Rusia o India-Pakistán. Adornaban la ilustración unos símbolos de euros, yenes, libras y dólares sangrantes y nombres de conflictos como Afganistán o Irak.

La anciana, que había sido una antigua lollipop (unas señoras que sostienen un cartel en los pasos de cebra y dan o niegan el paso a grupos de peatones, especialmente niños) tenía callo sosteniendo pancartas, revelaba el que era según ella secreto ácido y triste de su pancarta: seguía en vigor. “Las multinacionales que explotaban hace años son las mismas no han cambiado y respecto al resto… sólo ha bastado con hacer algunas modificaciones”, explicaba. Así donde antaño ponía “URSS” plantó con rotulador “Russia”. Puso unas cuantas pegatinas encima para tapar algunas cosas del pasado y sustituirlas por las del presente, en vez de Vietnam, Afganistán o Irak. Y listo.

Me dijo que seguiría sacando la pancarta hasta que las cosas cambiasen un poco. Para recordar a la gente que los problemas siguen siendo los mismo que hace años. ¿Por qué estaba en las manifestaciones? “Pues porque había que protestar contra los bancos, los banqueros y el sistema que nos había traído a esta situación de desigualdad mundial y crisis”, explicaba. “Es cierto que a mi hijo no le hacía mucha gracia que viniese, pero como ni él ni mis nietos podían venir hoy porque tenían que trabajar y estudiar, pues vengo yo en vez de ellos, de parte de los familiares que no pueden venir a protestar. Es un compromiso social”, apuntaba con rotundidad.

Al dorso de su pancarta se leía algo así como: “Erradiquemos la pobreza”. Lo cierto es que antes de hablar con ella yo la había visto asomando la cabecita y agitando la pancarta dentro del cuerpo de la manifestación y estaba sufriendo por ella. “Bueno, la gente ve que soy mayor y me respeta, sí que me da un poco de miedo que me empujen, pero estar aquí rodeada de tanta gente joven me da vigor y energía. Esto es lo que tenía que hacer”, aseguraba.

Charlamos un poco más, me preguntó de dónde venía yo, qué hacía y demás. Se sacó un par de fotos más con algunas muchachas. Era adorable todo el mundo quería hablar con ella, así que enseguida me despachó. ¡Se iba a perder el ritmo de la marcha que seguía avanzando calle abajo!

P.D.: Aquí os dejo un pequeño vídeo que elaboré con diferentes fotografías que saqué en las manifestaciones del G20. ¡Amenizado con el ritmo de los Sex Pistols!


Anarchy in the UK - G20 protests in London from dburgui on Vimeo.

10. 02. 2009

El último viaje de Agustín Egurrola

Nunca llegué a conocer a Agustín Egurrola, pero su historia, su vida y entusiasmo es de las que se contagian muy rápido.

Agustín nació en 1933 en Etxebarría, un localidad de Bizkaia, donde aprendió en un ambiente rural inglés y francés, siendo su lengua materna el euskera. Cuentan que el ansia de ver mundo le llevó con 31 años a vivir en Sheffield (norte de Inglaterra), donde murió muy joven, a los 75 años, el pasado 3 de febrero de 2009.

Lo excepcional fue su humildad en la forma de viajar: cruzó todos los continentes a pie o en bicicleta (alguna vez, haciendo un derroche, en burra) y su extraordinaria energía, la mayoría de los viajes los hizo después de jubilarse.

El día de su 50 cumpleaños emprendió un viaje en bicicleta de punta a punta de Europa, empezó a pedalear en el Cabo Matapán (el punto más al sur de Europa, en el Peloponeso, la Grecia continental) hasta alcanzar Cabo Norte en Noruega. Y según cuenta Ander en su blog, con 66 años, pedaleó por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y Uruguay. A los 70 años cruzó Canadá en bici y al año siguiente atravesó Australia a pedales. Con 72 años viajó desde Sudáfrica hasta Egipto, a pie y en transporte público. A los 73 años montó en bici por Turquía, Irán, Pakistán y China. El año pasado, con 74, atravesó el centro de Europa a pie, del Adriático al Báltico.

Podéis leer más cosas sobre Agustín los próximos días en el blog de Ander Izagirre, él le conoció personalmente y publicará algunas cositas suyas en breve.

De su viaje panamericano Agustín confesaba que ni su bici ni su cuerpo estaban preparados para los caminos que se encontraron, en algunos sitios le recomendaron que comprase un arma para atravesar algunos tramos de su ruta, “como eres un hombre mayor, confía en que te quiten la bici pero no te hagan nada más” ese era el consuelo que le daban otros. Sufrió varias emboscadas y robos. El peor trago fue cuando le saquearon literalmente: le quitaron su saco de dormir y el pasaporte. Finalmente sus documentos aparecieron tirados en un parque y Agustín se puso tan contento que comenzó a tocar la armónica en la calle. Durante su descenso hacia Usuhaia y su discurrir por América Latina fue entrevistado en varios periódicos y radios locales.

Pasó 197 noches bajo las estrellas hasta alcanzar por fin la punta más sureña de América, la Tierra del Fuego. Lo primero que hizo al llegar a casa fue darse una ducha. “Durante casi siete meses de viaje sólo encontré un par de sitios donde darme una ducha caliente”, comentaba jocoso. “Pero ninguna amiga me ha dicho que huelo mal. Lo único que apestó fue la mochila, especialmente, una vez que me dejé un bocadillo de ternera olvidado dentro “, relataba con guasa Agustín.

En los Andes experimentó la falta de oxígeno al cabalgar sobre su mountain bike a 4.700 metros de altitud o el peligroso descenso de 23 kilómetros de pendiente por la costura costera de Chile. Sufrió dos caídas, pero ninguna grave gracias al casco. “En seis meses de viaje, hasta ahora, no he tenido ningún pinchazo ni otras desgracias mecánicas”, contaba. Esto sólo es un pequeño resumen de algunos de los baches que sorteó con su bicicleta en uno de sus viajes. Pero finalmente y por desgracia, Agustín fue derrotado por el único escollo inesperado: un cáncer.

Mi contacto con Agustín Egurrola se reduce a la tarea que encomendó a Ander y a Josu durante mi primer viaje a Islandia en mayo de 2008: subir a la cima de un volcán con un detalladísimo mapa para localizar un mensaje que había dejado escondido en un tarro de cristal en uno de sus primeros viajes en 1968. El mapa era exquisito. Agustín elaboraba sus propios mapas, libros, y notas de sus viajes y los enviaba a sus amigos.

He leído en la página web del club ciclista de Sheffield, la ciudad donde vivía Agustín, que el día de su funeral el próximo 13 de febrero organizarán una marcha cicloturista hasta el crematorio y darán una vuelta a la ciudad en honor de Agustín. “Le echaremos mucho de menos a él y las historietas de sus aventuras en bici y a pie a lo largo y ancho del mundo”, aseguran en la web en la que le califican como uno de los miembros más activos del club ciclista. “Es especialmente cruel que alguien con tanta vitalidad y tantos planes muera tan pronto”, dice una amiga. También tras el funeral en un centro comunitario de su ciudad habrá un acto de recuerdo de su vida y sus hazañas. Parece que hasta el momento de su muerte, va a contagiar y derrochar vitalidad a su alrededor.

Y estoy seguro de que Agustín tardará un tiempo en llegar al cielo (o a donde quieran que vayan los tipos excepcionales como él) porque seguro que no ha desaprovechado semejante ocasión de hacer este viaje con una buena chamarra, un saco de dormir y calzándose unas botas o pedaleando en una bici Orbea para llegar con tranquilidad y disfrutar de éste último viaje. Creo que el mapa de esta travesía lo tenía guardado y dibujado desde hace tiempo pero nunca le preocuparon demasiado los preparativos.

P.D.: En la foto, Agustín en Xingjian, China.

22. 07. 2008

Un pie detrás de otro

Rosie es una jubilada galesa de 61 años que en los últimos cinco años ha desgastado 49 pares de zapatos y ha rechazado 29 propuestas de matrimonio. Demasiados datos extravagantes para una madre de dos hijos y abuela de dos nietos. Rosie llegó el mes pasado a Scrabster, un pueblucho “al norte del norte” de Escocia y exclamó jovial: “¡Es fantástico volver a pisar suelo británico!”. Hacía cinco años que no estaba ni siquiera cerca.

Rosie Swale Pope decidió salir a dar un paseo matutino el día de su 57 cumpleaños, el 2 de octubre de 2003. Salió de su pueblo, Tenby, en el oeste de Gales y cogió literalmente carretera y manta con la pretensión de regresar a casa tras dar la vuelta al mundo a pie para recaudar fondos para la investigación contra el cáncer de próstata. Ésta enfermedad había matado a su segundo marido, Clive, un año antes. Para abril de 2004 ya había llegado a pie a Moscú y en septiembre de 2005 alcanzó el extremo este de Rusia, frente al estrecho de Bering. Pensaba realizar su paseo por el globo en unos 18 meses, mes arriba mes abajo, y estar de vuelta en casa. Pero, para entonces, el infierno blanco de Siberia y Alaska ya la había atrapado y el invierno empezó a retorcer su viaje.

La mayor parte de su periplo transcurrió por Rusia, atravesó el gigante país de cabo a rabo. Arrastró por toda la tundra siberiana su remolque: un artilugio que Rosie lleva enganchado a la cintura, una especie de triciclo-remolque de 13 kilos que hace las veces de tienda de campaña y portavíveres. Durante toda esta odisea siberiana, en la que esquivó gulags abandonados, coqueteó con la muerte: vadeó un río semi-helado, se encaró a un hombre ebrio que le perseguía con un hacha y una botella de vodka en cada mano (resultó ser un leñador, borracho, pero un leñador), fue acosada durante una semana por lobos siberianos y descubrió que sufría una doble neumonía cuando le chequearon en un hospital tras ser arrollada por un autobús. “He tenido la suerte de que me atropellen”, bromeaba en 2005 al descubrir su doble neumonía. Al borde de la desesperación, telefoneó a su casa desde la remota región de Yakutia y se planteó el imposible: abandonar.

El chofer del bus que la atropelló se ofreció a alojarla en su hogar hasta que se recuperase y a devolverla hasta el punto exacto en el que él interrumpió la aventura de la abuela galesa. Para que no perdiese ni un centímetro de itinerario. Rosie tomó la determinación de seguir adelante, aseguró que no por alcanzar una meta personal sino por recaudar dinero para caridad y añadió a su propósito inicial del cáncer, recaudar también fondos para los orfanatos de las regiones orientales de Rusia. Cuando por fin cruzó a América y creyó olvidar toda la pesadilla siberiana, tuvo que padecer en Alaska un invierno con temperaturas de -62º C. En octubre de 2006 llegó a Edmonton (Canadá) y un año más tarde, en octubre de 2007, entraba triunfante en la “Gran Manzana”. Paseaba feliz por Manhattan con su bandera de Gales a la espalda entre neones y anuncios de Mc Donnals y Sony. En EE.UU. padeció una nueva y más sigilosa amenaza, esta vez apareció un bulto en su pecho. Afortunadamente una biopsia reveló que no se trataba de nada grave y continúo su viaje por los caminos y también en diferentes televisiones. Incluso corrió la maratón de Chicago.

En enero de 2008 partió de Terranova, desde St. John, hacia Groenlandia. En Febrero cruzó Islandia de oeste a este y el 29 de mayo rondó las islas Feroe. Así, hasta desembarcar el pasado 18 de junio en la desmigada costa de las highlands escocesas. Rosie espera llegar a su casa de Gales hacia el 25 de agosto de este año. Aunque en los últimos 800 kilómetros que le quedan ha tenido alguna complicación muscular, ayer estaba a punto de cruzar la “muga” entre Escocia e Inglaterra. “Una de las grandes metas” del viaje según dice en la página web que su hijo actualiza todas las semanas (http://www.rosiearoundtheworld.co.uk).

A Rosie le confirmaron el otro día a su llegada que tiene el récord del mundo del viaje más largo alrededor del planeta, más de 32.000 kilómetros a pie en este viaje. A los que se suma su circunnavegación por parte del globo que hizo en los años 70. De hecho, su hijo nació a bordo del velero en el que viajaban. También en aquellos años atravesó parte del Sahara a pie y cabalgó más de 3.000 kilómetros por la costura montañosa de Chile, de norte a sur. También alcanzó fama y estupor cuando en los años 70 navegó desnuda por el Trópico con su primer marido, Colin, y su hija Eve.

Ahora esta abuela galesa espera escribir un libro cuando regrese a casa. De lo mejor del viaje, se queda con la aurora boreal y las propuestas de matrimonio. “Sólo en Polonia tuve una docena, la mayoría no me querían a mi, sino que querían mi carrito”, bromea. “El espíritu de este viaje era subrayar la importancia y el inestimable precio de la vida”, aseguraba al periódico The Times a su llegada. “He hecho una cosa realmente pequeña e insignificante, sólo poner un pie enfrente del otro”. Así resumió su mérito.

P.D.: Sí, Rosie es otra kivigtok.
p.D.2: Yo encontré esta historia leyendo The Times el mes pasado, podéis leer el reportaje aquí o consultar todas las noticias y vídeos que ha publicado la BBC desde que Rosie comenzó el viaje aquí.
Merece un clic (o más) ver el incio del viaje y el regreso en la BBC.

10. 06. 2008

Josu, el Kivigtok

En 1875 en Edimburgo la editorial William Blackwood and sons publicó un libro que llevaba por título “Tales and traditions of the eskimo” (Cuentos y tradiciones de los esquimales), el autor era Henry Rink un hombre que había sido durante un par de décadas antes el gobernador de la Groenlandia danesa y había hecho el esfuerzo de intentar comprender ese inmenso desierto frío y blanco. La obra de Rink fue uno de los primeros estudios antropológicos serios y todavía hoy la obra más importante en cuanto descripción de las formas de vida tradicional esquimal y su cultura oral. Rink recorrió el país buscando historias, cuentos, y tradiciones. Antes que Rink escribiera su libro hubo otras intentonas como la del misionero Hans Egede que en 1745 publicó en danés “A Description of Greenland”, un libro con el que obsequió a la reina de Dinamarca para mostrarle cómo eran los habitantes más desconocidos de su reino, Egede rogaba a la reina ayuda y misericordia para los esquimales “que también son parte de la obra de Dios”. Egede pasó 25 años entre esquimales.

No obstante, Rink vivía en un país incompleto, su libro apareció en 1875 pero no fue hasta 1888 cuando descubrieron la existencia de inuits en la costa este groenlandesa (en la zona de Kulusuk donde nosotros viajamos), se conocía el territorio geográficamente pero en más de mil años de presencia europea en Groenlandia jamás se habían cruzado en esa zona esquimales y europeos. Hasta entonces ni siquiera se tenía noticia de ellos.

En el libro de Rink se recoge buena parte del imaginario inuit, en el que la extrema dureza de la geografía se convierte en la llave de todo: no existen diferencias claras entre lo real y lo mágico, el hombre es un elemento más en un paisaje que lo engulle y lo tiene a su merced. Es un realismo mágico extremo: un hombre puede reventar a otro si le aprieta demasiado fuerte la mano, una cagada de gaviota puede devolver la vista a un ciego, un padre asesina a su hija para aligerar el peso de un kayak, balleneros europeos que secuestran esquimales y se los llevan a un burdel, ogros, elfos, monstruos, brujas, espíritus… Una vez uno ha estado allí ve que no es nada difícil de imaginar un mundo así: en una noche velada por un sol enclenque y pálido se crean sombras inquietantes que acechan, se siente la amenaza constante del frío y uno se pregunta hasta qué punto sería capaz de resistir. De hecho, todo el imaginario inuit se articula entorno a una verdad brutal: el mayor demonio es el clima y nada podemos hacer contra él.

En este universo groenlandés hay un elemento común en todas las leyendas y cuentos del país: el interior. Los groenlandeses son unas gentes que viven en una repisa, sólo habitan al borde de su mapa y el interior es un inmenso vacío que los quiere tragar. Allí habitan seres mágicos, devoradores de hombres que hacen que nadie vuelva con vida… Es un desierto extremo que congela tus pasos a 30 grados bajo cero. Decenas de relatos desvelan que el indlandsis (como lo llamaban los daneses) es el lugar más temido, y cualquier prevención es poca. Pero sin embargo en su cultura aparecen unos personajes impresionantes y magníficos como son los Kivigtoks.

Los Kivigtoks fueron en un tiempo hombres y mujeres normales, pero algo los convirtió en extraordinarios para siempre: el interior del país. A veces eran hombres que huían del resto de la humanidad (forajidos), otras gentes que se despistaron y se perdieron por el interior o simplemente hombres que se internaron hacia las entrañas del país. Es tan brutal el poder transformador del interior que incluso geográficamente ha destrozado Groenlandia para siempre: el peso de la capa de dos kilómetros de hielo que cubre el interior es tan pesada que ha escachado la tierra de forma que si se derritiese veríamos a Groenlandia como una enorme concha, aplastada y raspada por el hielo. Sin embargo, los inuits creen que los hombres y mujeres que logran sobrevivir al interior adquieren capacidades sobrenaturales como clarividencia, una rapidez asombrosa o una longevidad extrema. Cuentan de un hombre que huyó al interior y cuando regresó a su pueblo varios días después no reconocía a nadie: habían transcurrido más de cien años en lo que a él le parecían dos días. Es sólo un ejemplo de las capacidades que obsequia el interior groenlandés a quien sobrevive.

Josu Iztueta cruzó a pie el interior de Groenlandia de este a oeste en 1988, con otros cuatro amigos y amigas. De que Josu era un ser extraordinario no nos quedaba ninguna duda, pero desconocíamos el porqué. Hemos descubierto su secreto, él es un Kivigtok. Su padre que era pastor se preguntaba por dónde era más ancho el mundo, y él se propuso descubrirlo, después de cruzar el Sahara o el casquete groenlandés desarrolló habilidades extraordinarias.
Para mí hay tres pruebas contrastables de que Josu es un Kivigtok. El primero queda reflejado en esta frase que escribió a más de 60 grados bajo cero en una tienda de campaña perdido en Alaska: “Viajar por voluntad propia es una suerte que pocos podemos disfrutar. Y aunque este viaje se tuerza mucho, pongamos que hasta morir, sigue siendo una suerte” (la cita está recogida en el libro que Ander escribió sobre Yibuti).
Otro es que después de haber recorrido más de un millón de kilómetros sigue teniendo una curiosidad incombustible, tanto que este año decidió volver 20 años después a Groenlandia e intentar buscar a unos niños que aparecían en una foto para saber cómo eran hoy en día sus vidas (lo cual supuso el mayor gancho para que yo también acabase en aquel país). Y el definitivo que Ander y yo, le seguíamos sofocados allá por donde nos llevaba. Y aparentemente somos más jóvenes.

P.D.: En la imagen, Josu caminando por Kulusuk (Groenlandia). Un clic y se hará un poquito más grande.

27. 05. 2008

7.400

A 7.400 metros, rozando el cielo, se quedó para siempre Iñaki Ochoa de Olza.

Nunca me quedará lo suficientemente claro si fue el Annapurna el que se quedó con él para siempre o si fue al revés, si fue Iñaki el que se quedó para siempre en el monte.

Recuerdo que una vez dijo: “¿14 ochomiles? Claro, es uno de los mayores retos del alpinismo, pero… ¿qué pasa, si un monte tuviese 7.900 metros ya no sería interesante? Por supuesto que sí, que tengan ochomil es una excusa, sin duda su gancho es ser las montañas más altas del planeta y las más hermosas. Amo la montaña, sin medidas”.

Lo más grande de Iñaki no fueron sus vertiginosas ascensiones a los lugares más altos de nuestro mundo, sino su inconmensurable presencia, su bondad y su carácter. Esta semana, tuvo en vilo, volcado con él, a todo un pueblo, a toda una ciudad. Y eso fue increíble. El mundo de la montaña preparó en poco tiempo el mayor operativo voluntario de rescate en la historia del himalayismo. ¿Por qué? Porque si uno en la vida recoge lo que siembra, Iñaki sólo cosechó cosas buenas. Y la muestra fue la reacción que tuvo su ciudad, su pueblo y todos los que le conocían o habían coincidido con él alguna vez. Iñaki es un hombre como sus montes, sin medidas.

P.D.: He leído en “cosas de cumbres” que uno de sus proverbios nepalíes preferidos era “es mejor vivir un día como un tigre que cien días como un cordero”. El jueves 29 cumpliría 41 años viviendo como un tigre.
Agur, tigre, agur.

11. 02. 2008

Migajas (el 2008 será un buen año, I)

Niñas en Bilbao durante la guerra civil, Robert Capa “Los italianos tenían los quesos más grandes que he visto en mi vida. Eran redondos y estrechos, grandes como un volante de camión. Se sentaban en la andanada de la plaza de toros en tropel a comérselos bajo el sol del verano. Los descubrían y sacaban de sus macutos y los quesos brillaban. Se los comían alternando con pan. Nos daban mucha envidia. Y pasábamos mucha hambre.

En casa sólo teníamos un cuto (cerdo, en Navarra) y era lo que podíamos comer el resto del año pero nuestra desgracia era que no teníamos nada que echarle para comer al animal. Así que a mi hermana y a mí, junto con otras chiquillas, nos mandaban a la plaza de toros con un cubo a recoger los restos de comida que dejaban los italianos, su reguero de migas, cáscaras, mondas y trozos de queso. A veces les pedíamos que nos echasen directamente algún trozo.

Los italianos eran ruidosos y cantarines. Sus risotadas, gritos y aspavientos resonaban en todo el ruedo. Nosotras pasábamos mucha vergüenza. A veces nos dejaban limpiarles sus descomunales botas militares y a cambio nos daban algún dulce o chuchería. A las chicas más mayores, de trece o quince años, les echaban los ojos, las manos y las piropeaban en italiano. No hacía falta entenderles para saber qué decían. Al tiempo, los italianos se marcharon. Pero más de uno se dejó algo en Tafalla: algunas chicas se vieron igual de pobres que antes, y además con un embarazo a la italiana.

También estuvieron los alemanes, pero eran muy serios y discretos. Además, no se les entendía nada”.

Foto: Niñas en Bilbao durante la Guerra Civil (1936-39), de Robert Capa Más aquí.