08. 10. 2007

Le petit train de la Nive

Le petit train de la Nive., originalmente publicada por Caravinagre.

Manuel Irigoyen Manuel Irigoyen, de 56 años, en la estación de Baiona., originalmente publicada por Caravinagre.

Resopla el silbato con todas sus ansias. Tantas como con las que se agarra al asidero del vagón. ¡piiiiiiiiiiii! Ningún pasajero se apea. Ningún pasajero se monta. Sólo contestan a la señal de Manuel, a ladridos, un par de perros de los caseríos que salpican el monte de enfrente. Manuel Irigoyen, el único revisor de esta línea, retrocede para introducirse de nuevo en el vagón, tenía más de medio cuerpo fuera. Se recoloca discretamente la gorra de la SNCF y se la cala hasta las orejas. Tras su señal, el tren reinicia el traqueteo dejando atrás el cartelón azul de “Uztarritze”, testigo único de la existencia de esa estación. “Quizá dentro de una semana o un mes no volvamos a pasar por aquí jamás”, sentencia Manuel en un lacónico castellano afrancesado. “No sé qué pasará con este tren, ni conmigo ni con los pasajeros. No lo sé, no lo sé”, añade.

Manuel, el maquinista y 18 pasajeros (19 al pasar por Cambó les Bains) completan hoy el pasaje de este tren que une, en hora y cuarto de recorrido, los 57 kilómetros que separan Baiona de San Juan de Pie de Puerto. Dos vagones de hojalata que no pueden circular a más de 50 kilómetros por hora por el peligro que conlleva cabalgar sobre unas vías de hierro centenarias. Cada viaje en el que este tren remonta el río Nive (o Errobi) desde su desembocadura en Baiona hasta su nacimiento en el Pirineo es un logro. Y un desafío. Cada año, esta línea de ferrocarril (la única que no abandona nunca el País Vasco francés y se adentra hacia los Pirineos) recibe una nueva amenaza de desaparición.

Decían que en octubre de 2007 frenaría para siempre, pero sigue adelante. Es el único medio de transporte público que une Baiona y la localidad bajonavarra de San Juan de Pie de Puerto (Donibane Garazi en euskera) y es la única forma de unir entre sí pueblos como Uztarritze, Cambo les Bains, Bidarrai o Arrosa. Todos estos lugares son las vértebras del recorrido de este viejo tren a través del valle de la Nive.

(Y continuará…)

27. 04. 2007

Espejismo rojo

Nuestro chofer, Lur o Nur –le llamábamos Lur porque nos sonaba más familiar- conducía por aquellas polvorientas carreteras a todo trapo; en su frente, ni una gota de sudor. Vestía traje negro y llevaba atado hasta el último botón de la camisa, durante los 450 kilómetros que nos había costado llegar hasta Matmata no había hecho ni un solo gesto de desahogarse un poco el nudo de la corbata estrecha y negra que le colgaba del cuello como una soga de ahorcado. Yo me asfixiaba de calor con sólo mirarle.

Matmata es la capital de los beréberes. Un pueblo seminómada y semi-extinto. Los que sobrevivieron a árabes y franceses viven en ‘Matmata Nouvelle’ (Nuevo Matmata) una urbe construida hace 40 años a 15 kilómetros de este desierto de coscoja y montañas con la excusa de erradicar el nomadismo y poder escolarizar y dar una vida “más digna” a este pueblo. Hasta entonces vivían en casas excavadas en el interior de la tierra, arcillosa y arenisca, que ocultaba su presencia a los extraños. Miré al horizonte achicharrado y no vi ni una sola casa. Debía haber más de mil, todas ocultas; y la mayoría, deshabitadas y abandonadas. Hoy apenas una docena de estos hogares están habitados, por cuestiones turísticas o por testarudez a abandonar su hogar familiar.

Llegamos a una de esas casas ganadas a las entrañas de las montañas. Vimos pasar a un hombre con un turbante azul justo a nuestra llegada. “Esto es un teatro engaña turistas”, pensé. Pero al lado del portal de esta casa asomó de una puerta contigua un niño. Entreabrió un poco la puerta y se quedó en el umbral de la penumbra observándonos. Vestía un chándal y un anorak de invierno, a pesar de los treinta grados de temperatura. Supongo que era el niño de la casa que se escondía de los turistas.

Franqueamos el portal, dentro nos esperaba la señora de la casa en una especie de salita recibidor arcillosa, nos indicó con el brazo que continuásemos hacia delante, invitándonos a entrar. No dijo ni Pamplona, o ni Salam. Sólo asintió con la cabeza a los saludos de los visitantes. El salón de la casa era un enorme patio excavado en la tierra, desde fuera inapreciable. Desde allí se acedía al resto de estancias. Era impresionante. Visité un dormitorio de matrimonio, la sala de las herramientas del campo, otra habitación… No sabía si aquello era todo mentira o aquella familia realmente vivía allí. ¿Cuánto vale desnudar la intimidad de tu casa y permitir que extraños la visiten y revisen? Nada. La voluntad. Para mí, cinco dinares.

Vi la cocina, con unas habichuelas a remojo para cocer, unos fogones muy sencillitos de gas y un gato huesudo merodeando entre las perolas. En otra salita, una televisión muy antigua con un guardapolvos de encaje por encima. En una pared colgaban unas fotos de la familia, era la madre y sus hijos, parecían fotos sacadas por los turistas. El color de las fotos estaba comido por el sol. Me convencí de que aquella familia vivía allí cuando vi la habitación de los niños: Una pelota de goma sucia y roja en una esquina, la cama revuelta; en la otra esquina, una mochila azulona muy usada y destartalada con la mascota de Danone, Danonino, con un lema en francés; y en una mesita un libro con ejercicios de francés, la tarea de árabe clásico a medio hacer y unas migajas de la goma de borrar esparcidas. Me acordé del niño de la entrada, sonreí, yo de pequeño también también aprovechaba cualquier excusa para evitar la tarea.

Regresé a Pamplona. Le mostré las fotos a mi padre: “Y esta era la mesita del niño que…”. “Oye, ¿qué es eso de ahí en medio?”. “¿Qué es qué?”, le contesté a la gallega a mi padre. “Eso que está entre las hojas de árabe y el libro”, concretó. Amplié la imagen. “¡No puede ser!”, exclamé incrédulo. “¡No puede ser!”, repetí. Entre la tarea de árabe y la de francés colonial, el niño bereber como distracción a sus estudios tenía una chapita roja con un escudo bordeado de cadenas y un león en medio. Era reconocible y además se podía leer: “Al Osasuna”. Al lado, otra chapita con el realista Kovasevich.

04. 03. 2007

Casi regalado


Algunos tienen tantas ganas de liquidar el género, que tiran la casa por la ventana. Ya saben a precio “casi regalado” pueden ser ustedes padres y madres. Además elegir el sexo del retoño, esto no lo hace ni la ciencia.

Esta captura es del escaparate de una de las tiendas Alonso de Pamplona. Uno de los muchos comercios que han decidido bajar la persiana para siempre en la capital navarra.

Technorati

11. 09. 2006

Arrizabala

Cuando Arrizabala estaba en pie, ya fuese invierno, otoño o verano, es normal que pastores y viajeros se detuviesen ante ella. Para sentir un escalofrío, o para honrar a los que la levantaron allí. Desde hace años, Arrizabala se jubiló, se retiro de la faena y decidió rendirse a la gravedad. Hoy descansa sobre la loma de una de las cimas de Abodi. Después de besar el cielo durante miles de años, ahora duerme recostada en el suelo. Arrizabala (Harrizabala o la piedra ancha) es un menhir de 5 metros de altura. Uno de los más grandes del Pirineo y de la familia de los ‘pesos pesados’ de Europa, pero que desgraciadamente hoy se encuentra tumbado. Se desplomó sobre sí mismo posiblemente por el peso, y por eso debajo suya está la que otrora fue su base, sus pies que ahora están tronzados de cuajo.

El pasado sábado hice una escapada al monte y visité casi fortuitamente a Arrizabala. Fue un paseo montañero que se las prometía de “breve”, ya que yo por ejemplo debía estar pronto en Pamplona para ir a trabajar por la tarde, al final acabó con muchos contratiempos, y quemándonos al menos yo por dentro y por fuera. Ahora luzco un bonito moreno con la marca blanca del reloj, los calcetines y la camiseta.

El menhir es una de las maravillas que pude ver antes de llegar a la segunda cima de Abodi, en el paso de las Alforjas. Me desvié del camino de ascenso y de mis compañeros para acercarme hasta esta enorme piedra. Al principio me pareció un dólmen al estar tumbada y ligeramente alzada, pero era imposible que fuese tan largo. Me resultaba familiar, la había visto antes en libros y guías, creí que era ella, pero me pareció tan impresionantemente gigantesca que creí que era imposible que el hombre neolítico hubiese podido alzar este pedrusco. Así que pensé que era un piedra cualquiera, en absoluto relacionada con el alma humana y sus creencias.

Sin embargo, al día siguiente revisé libros y guías… y ahí estaba, tal y como yo la había fotografíado, era Arrizabala. Es impresionante imaginar que esta piedra pudo estar eregida como una torre desafiando la gravedad, y cómo aquellos hombres hace miles de años la levantaron por desconocidos motivos. Y durante los años que estuvo en pie es fácil entender los escalofríos que debió causar a todos aquellos que atravesaban la sierra de Abodi, y a los pastores supersticiosos que echában pequeñas cuentas o guijarros sobre estos monumentos megalíticos para honrar a los que los levantaron, a los gentiles (seres gigantes) o los espíritus. Arrizabala se ganó ser una piedra con nombre propio con mucho mérito. Y aquellos hombres y mujeres que las levantaron espero que no sea lo único que nos dejaron. Espero que nos hayan dejado también como legado su empeño, su valor, su sacrificio en el trabajo y su compañerismo para levantar semejante monumento.

26. 08. 2006

El ‘praticante’

Ayer recordé al practicante o ‘praticante’, como muchos siguen diciendo sin esa dichosa ce. Lo recuerdo como un hombre sesentón de pómulos caídos, labios grandes y con la sonrisa forzada de ‘esto no te va a doler’. Lleva bata blanca, un fonendoscopio colgado al cuello y la jeringa en la mano.

El ‘praticante’ pone inyecciones, hace análisis, toma la tensión y hace las veces de médico de cabecera si se tercia. Aunque apenas hay ‘praticantes’, Pamplona que es un pueblo, pero grande, sigue teniendo el suyo. Está en la Plaza del Castillo en un pequeño portal de los porches, fácil de reconocer por la placa en la que pone: Practicante.

Algunas de mis primeras inyecciones me las pusieron allí, a medias entre él y el centro de salud. La consulta parece un recuerdo de otro tiempo, de fotografías en color sepia, descamadas y roídas por las décadas. En un edificio del siglo XIX, con unas escaleras muy estrechas que crujen al subir al segundo piso, con un pasamanos de madera blanca lacada, la salita de espera con un banco de madera y baldosas de rombos verdes y negros, la madera en la pared, los carteles antiguos, el olor a formol y a alcohol, los botes de cristal que se alternan con las medicinas modernas. Es un médico de los que miden la tensión con ese brazalete negro, hinchándolo a mano con una pera de aire mientras las agujas que marcan la presión bailan en la esfera del reloj, sin artilugios digitales. Sigue la tradición de muchos otros que le precedieron, un tipo afable y entregado, incluso humorista y dicharachero para evitarte el mal trago del pinchazo, que te distrae lo mismo hablando de desamores, de otros tiempos, o de Osasuna. Pero que también se acerca a los tiempos modernos, ahora en su decimonónica consulta también se ponen piercings y vacunas internacionales para viajes exóticos. Es el torero y banderillero de la jeringuilla, pero que tanto bien ha hecho.

El otro día me acordé de él, porque alguien me pidió que escribiese sobre las prácticas, y porque otro dijo que no actualizo la bitácora. Le recordé pensando en lo horrible de la palabra becario, que ni me estimula ni me sugiere nada, así que llegué a la conclusión de que yo también soy practicante, aprendiz de periodista. Además, pensé en ese médico a punto de jubilarse al que siguen llamando ‘practicante’, como avisando de que hay que estar ojo avizor, aprendiendo constantemente, siempre en aprendizaje, y eso me gustó. Así que ya que estoy en prácticas es justo que yo también sea ‘praticante’.

He aprendido más de lo que esperaba, he escuchado cientos de historias peculiares. Hacer calle, salir de las aulas es lo mejor para hacer callo. Y gratificante. He conocido gente muy peculiar: rockeros, mezzosopranos, pintores, escritores, astrofísicos, parlamentarias, senadoras. También experiencias duras: accidentes, golpes, ingresados, familiares llorando y también… la muerte de un hombre delante de mis narices. He visitado pueblos que desconocía y tradiciones peculiares. Demasiadas cosas que ya forman parte de mí, otras que no recuerdo, y algunas que han desfilado delante de mí que sólo he ejercido de junta letras. Como no, como todo aprendiz, he sido el pardillo de turno o la cabeza de turco en muchas ocasiones. También he tenido fallos de poner los pelos de punta. Ha sido divertido. Algunos dicen que estar de practicante es estar explotado, pero yo estoy más bien exprimiendo estas prácticas, para aprender todo lo que pueda, para conocer todas las historias y gentes que me sea posible. Por supuesto el equipo de profesionales y del resto de praticantes es excepcional. Ya contaré anecdotillas, algún día. Mientras tanto seguiré practicando un poco más.

De lo único que me puedo quejar de alguna manera es de no tener tiempo libre, de estar en una constante contrarreloj, de darme cuenta de que es imposible hacer planes con antelación, nunca sabes a qué hora empezarás o acabarás tu jornada.


Caravinagre

P.D.1: Ahí está mi antigua cámara de fotos soviética, Zenit, que funcionaba a ojímetro. ¡Qué bien hacían los rusos estos cachibaches! Y al lado un mensaje para no eludir responsabilidades.

03. 08. 2006

La reconquista de Albania

Hace escasos días un buen amigo, al que dedico estas letras, ha partido, por segundo año consecutivo, en un extenso viaje por carretera y mar hacia las tierras de Albania. Un desconocido país del que poco sabemos salvo que está próximo a las convulsas montañas de los Balcanes, que fue república soviética, y que en algunas películas aparecen comandos albano-kosovares. Este grupo de navarros ha sido invitado para llevar hasta allí nuestras músicas y bailes, hacer sonar al txistu y la txirula para conmemorar la independencia de Albania en un festival folklórico que se celebra todos los años. Aunque quizás no sepan los albaneses que invitar navarros a celebrar su independencia puede que no haya sido lo más acertado, o quizás sí.

La historia de los navarros y albaneses se ha entrecruzado en otras ocasiones dando lugar a episodios exóticos para la historia de ambos países. El más renombrado fue en el s. XIV, cuando una expedición navarra se encargó de la reconquista de Albania.

Reinaba por entonces en Navarra, Carlos II (1349-1387), apodado por algunos ‘el malo’,que llevó a cabo una política internacional convulsa y de múltiples peripecias. Un hombre de carácter iracundo e impulsivo que sin embargo se dejó querer y amar por sus amigos y súbditos, pero que cosechó enemigos en muchos y diversos lugares. Carlos II de Evreux era yerno del rey de Francia, pero eso no impidió que viviese enfrentado con galos e ingleses en guerras interminables, tampoco impidió que fuese amenazado de muerte por su suegro, el rey de Francia, o que tuviese que ser rescatado de unas mazmorras francesas por nobles navarros disfrazados de carboneros. Fue sin duda un personaje impulsivo.

Como el resto de príncipes europeos, y ante la ausencia de ejércitos regulares en aquella época, Carlos II poseía también su propia Compañía. Un numeroso grupo de caballeros y soldados navarros y algunos extranjeros que hacían las veces de ejército. El origen de la Gran Compañía navarra está en los navarros que D. Carlos II llevó en diferentes ocasiones a guerrear a Francia. Estos hombres estaban capitaneados por el hermano del rey navarro, el infante D. Luis, hombre de ingenio despejado y pericia militar. Una vez que Inglaterra y Navarra firmaron la paz con Francia dejaron sin destino a las “Grandes Compañías” que les habían servido en estas guerras. Los capitanes de las Compañías reacios a licenciarlas porque este era su modo de vida obligaron a los príncipes a buscarles otros objetivos. Los navarros que sentían un gran afecto y le lealtad por su cabo, el infante D. Luis, le propusieron acompañarle a cualquier parte.

El infante se acababa de casar con Doña Juana de Sicilia, duquesa de Durazzo, y cuya familia ostentaba el poder en el reino de Albania. La dinastía de Juana de Durazzo, los Anjou-Tarento, se mantuvieron en Albania hasta 1368 cuando el albanés Carlos Topia conquistó Durazzo. El infante D. Luis tomó con mano fuerte las riendas del débil gobierno de su mujer y comenzó a madurar la idea de reconquistar Albania. Para ello recompuso su antigua compañía, reorganizó a sus hombres, y se trajo a otros nuevos. Pidió dineros y armas a su hermano, el rey de Navarra, que gustoso contribuyó a la causa, con 100 navarros de armas. Que se sumaron a los que ya estaban alistados. También se alistaron en Gascuña y tierras de ultrapuertos 500 lanceros, arqueros y jinetes. Hasta la primavera de 1376 no cesaron los preparativos. En junio de ese año los navarros partieron desde Tortosa hacia Albania, donde D. Luis ya se encontraba empeñado en la lucha. Poco se sabe de estas luchas, pero el caudillo de la Gran Compañía navarra, el infante D. Luis falleció en tierras albanesas intentando recuperar su principado de manos de Carlos Topia y Jorge Balsic. No obstante, los navarros consiquieron arrancar de manos de los albenses la capital de aquel reino, Durazzo, y allí permanecieron hasta tres años.

Con la muerte de su capitán, D. Luis, y viendo que su soberana la viuda duquesa de Durazzo, D. Juana de Durazzo, ya había contraído segundas nupcias con el duque de Artois, la compañía Navarra se vio desamparada y sin ningún compromiso con la señora de Durazzo. Así que se gobernaron de forma republicana alternando el poder de la Compañía y los terrenos que dominaban entre los grandes hombres de la compañía: Pedro de Laxaga, Juanco de Urtubia, Mahiot de Conquerell, Garro, y Miguel de Galdiano y Ochoa. Desamparados y sin recursos para regresar a su tierra, pensaron que para emprender el regreso a su hogar en los Pirineos, debían ofrecer sus servicios al mejor postor. Y así lo hicieron, previa autorización del rey navarro, con Pedro IV de Aragón, Jaime de Baux, o Pedro de San Supremo.

Así se convirtieron en una Compañía aventurera de navarros y gascones que vendían sus servicios. Durante esta odisea por oriente y el Peloponeso guerrearon y se aliaron con, y contra, catalanes, venecianos, griegos, servios, angevinos, turcos y albaneses. En ese tiempo conquistaron Grecia, con gestas como la conquista de Tebas, Atenas, y Neopatria. Y también la Morea, Corfú, Rodas, y dominaron el principado de Acaya. Los navarros fueron reconocidos por sus banderas y hierros por estas tierras exóticas y sirvieron a muchos pueblos y caudillos, pero desgraciadamente la gran mayoría de ellos jamás regresaron a su hogar en los tranquilos valles y caserones del reino de Navarra.

Así que Javi disfuta mucho y bien, y haz que el atabal resuene en Albania, pero no te entretengas demasiado…


Caravinagre

26. 03. 2006

Guiris: liberales e isabelinos

tipical troop of guiris in San Fermin

Empiezan a brotar la semana previa a las fiestas de San Fermín. Su presencia es progresiva hasta alcanzar su máximo volumen el 6 de julio, cuando no, el fin de semana de las fiestas. Lo progresivo de su llegada a pensiones, hoteles, pisos y campigns cercanos hace que al principio pasen inadvertidos para convertirse más tarde en una plaga. Se les reconoce a primera vista por sus características sandalias con calcetines, los pantalones de tropecientos bolsillos, las mochilas y las gorras beisboleras y, por supuesto, por el desmadre, jolgorio y la alegría vital (o vinícola) de estos pelirrubios. Aunque también en plenos festejos son reconocidos por su recién comprada bota de las tres zetas, su extraña manera de ponerse el atuendo sanferminero, o por intentar abrirse una brecha tectónica en la cabeza desde la fuente de la Navarrería. Son los guiris. Unos auténticos fenómenos sociales. Los más entrañables son los australianos, yanquis, neozelandeses, ingleses, alemanes, belgas y suecos, por este orden. E incluso tienen su propio día: el día del guiri. Pero, ¿Por qué demontre los llamamos así?

El término ‘guiri’ parece estar bastante difundido, lo mismo hay ‘guiris’ en Benidorm que en Ibiza, Valladolid o en el islote de Perejil. No obstante, es curioso el origen de este término. Según recoge el diccionario de la RAE es una especie de apócope (una palabra recortada) de la expresión vasca de “guiristino” que era como llamaban los carlistas vasconavarros a los cristinos, más tarde a todos los liberales y a los soldados del gobierno e incluso a la guardia civil. Esto queda constatado por Don Federico Baráibar en su Vocabulario de palabras utilizadas en Álava (1903): “Guiristino se abrevió en guiri, como carlista se abrevió en carca.” Pero, aún hay más. Parece que la etimología correcta no es ésta.

Según Perez Galdós en su Episodio Nacional Zumalacárregui dice que la palabra “guiri” procede de la Guardia Real, unidad del ejército cristino, a cuyos componentes derrotó Zumalacárregui en la batalla de Alsasua. Vestían estas tropas liberales casaca azul, correaje blanco en cruz, y unas gorras de pelo con una chapa en la que estaba inscrito “G.R.I.” (Guardia Real de Infantería). Así, a los de la Guardia se les llamó “guiris” por las siglas que llevaban en la gorra y la cartuchera. D. José María Iribarren, en su Vocabulario navarro (magnifico, magistral y divertidísimo diccionario del habla popular navarra), asegura que esta explicación le convence. Además de “guiris”, los guerrilleros carlistas designaban a los liberales como ‘cuscos’ y ‘pirujos’ (tipos de baja estatura). También les llamaban ‘orzayos’, niñeros en euskera (‘haur’ niño/a y ‘zaindu’ –cuidar-), porque defendían a Isabel II que tan sólo era una niña.

Sin duda una historia peculiar para un palabro peculiar. Así, los guiris han pasado de disparar cañonazos y bayonetazos a los boinas rojas, a llevarla puesta, junto con el pañuelico, una bota de vino y una cogorza del quince.

Caravinagre


Fuente Bibliográfica: Vocabulario navarro, de José María Iribarren.

30. 01. 2006

Quiénes son los kilikis?

Representan al cortejo de ediles y su misión es asustar y divertir al pueblo. Estas seis figuras, de cabeza más pequeña que los cabezudos, y armadas con unas vergas de espuma, persiguen y golpean cariñosamente a los niños, que los temen. Sus nombres son: “Coletas”, “Patata”, “Barbas”, “Verrugas”, “Napoleón” y “Caravinagre”. Fueron construidos a comienzos del siglo XX. “Coletas” y “Barbas” son los más antiguos. “Caravinagre” es el capitán y el que más fuerte golpea.