13. 10. 2009

Un haiku gabacho y decimonónico

Portal de Francia (o de Zumalacárregui)

“Por la noche me he paseado por las murallas, solo y pensativo. Hay días en la vida que remueven en nosotros todo el pasado. Estaba lleno de ideas inexpresables. La hierba de las contraescarpas agitada por el viento silbaba débilmente a mis pies. Los cañones pasaban sus cuellos entre las almenas como para mirar el campo. Las montañas del horizonte, difuminadas por el crepúsculo, habían cogido unas formas magníficas; el llano estaba oscuro; el Arga, rizado por mil reflejos luminosos, se deslizaba entre los árboles como una culebra de plata.

Al pasar por delante de la entrada de la ciudad, he oído el chirrido de las cadenas del puente levadizo y la sacudida sorda del rastrillo que caía. Acaban de cerrar la puerta; en aquel momento salía la Luna. Entonces, perdonadme el ridículo de citarme a mí mismo, estos versos que escribí hace quince años me volvieron a la mente:

Siempre dispuesta para el combate, la oscura Pamplona
antes de dormirse bajo los rayos de luna,
cierra su cinturón de torres
”.

12 de agosto de 1843.
Los Pirineos, de Víctor Hugo.

P.D.: En la imagen, el portal de Francia o de Zumalacárregui, que tiende de forma perpetua un puente levadizo de madera. Este portón ya no se cierra por las noches y deja abierta, indefensa, por el norte la ciudad. La fotografía la tomé ayer mismo.

11. 10. 2009

Pirineo Express

Han pasado 200 años desde que el primer ferrocarril de pasajeros unió Manchester con Liverpool. Desde entonces hemos embreado carreteras en desiertos de arena y de hielo, cruzamos el mundo en una tarde, catapultamos a hombres al espacio y los paseamos por la Luna, incluso nos hemos asomado al abismo de nuestras entrañas. Sin embargo, viajar por los Pirineos en tren hoy sigue siendo épico.

Ni en 150 años y ni con la fuerza de mil kilómetros de vías hemos conseguido domar a la bestia pirenaica. Arquitectos e ingenieros se han afanado en doblegar estas montañas con latigazos de hierro, pero ha sido inútil. Las vías, catenarias y puentes se levantan como si estuviesen sobre el lomo de un gran saurio, a sabiendas de que en una sacudida del animal desaparecerán. Apenas hay trenes aquí.

El paisaje quebrado, abrupto y salvaje impone su ley y las líneas nunca trazan un recorrido claro, sino que siguen los retorcidos cursos de los ríos o se alejan de las montañas. La línea imaginaria que intenta hilvanar los Pirineos de Oeste a Este se inauguró entre 1855 y 1870. En 1855 un tren procedente de Burdeos estrenaba la estación de Baiona y se acercaba a la muga. Allí, pisándole los talones a los Pirineos empecé un viaje en abril de 2009 que me llevó desde el Atlántico hasta el Mediterráneo subiendo y bajando esas vías añejas. Este mes se publicó en la revista El Mundo de los Pirineos. Y el otro día, Roge Blasco en su programa de Radio Euskadi me invitó a contarlo.

Estaciones míticas como la de Canfranc, el edificio abandonado más grande de España. Una obra que pretendió desafiar a los Pirineos y que el rey Alfonos XII inauguró al bravucón grito de “¡Ya no hay Pirineos!”. Allí donde Jonathan Diaz encontró entre ratas y escombros unas cartas que certificaban la entrada por los Pirineos de 86 toneladas de oro de los nazis. Junto al oro, llegaban convoyes rebosantes de relojes, trajes o instrumentos de música de los judíos acosados y exterminados en Alemania. Los empleados que ganaban sólo 200 pesetas al mes coqueteaban con el contrabando. “Muchos abuelos que lo hicieron me lo han contado, pero aún les da miedo y vergüenza hablar. Todos sabemos de dónde salían esas baratijas”, cuenta Jonathan, el francés que halló las pruebas. O el pequeño andén de San Juan de Pie de Puerto donde comienza el camino de Santiago. Los paisajes bearneses, el funicular de Pau y su espectacular balconada del boulevard que presenta como un coro a nada menos que 83 cumbres de un simple vistazo.

El traqueo en un ferrocarril decadente hacia Lourdes. Un glamur rancio encantador, asientos de cuero amarillo como de consulta de dentista de hace 40 años en los que uno se queda pegado al sudar. Las cortinillas carcomidas por el sol y los vagones que rechinan. Unos chavales con sotana y alzacuellos, unas señoras con unas enormes medallas de la virgen (monjas), una pareja de ancianas hindúes con sus respectivos ‘bindis’ (punto rojo en la frente), y una madre que toquetea su PDA mientras su hijo de cinco años juega con una videoconsola. Cada uno ensimismado en su credo. Campos de rugby, prados con vacas y ovejas, y nieve y brumas en las montañas.

El frenesí urbano de Tolouse, los emblemáticos torreones almenados de Foix, raperos y graffiteros que bajan hacia Pamiers, afrofrancesas orondas de pelo rizadísimo que dan pecho a nenes durante el trayecto, ciudades de paso rebosadas por balnearios y jubilados, escaladores, ciclistas y montañeros, el borde de Andorra (no hay ni un centímetro de vía férrea en ese país), la Cataluña francesa, Occitania y la costa bermeja. Un trenecillo de 1910 que trepa hasta los 1.500 metros de altitud y tarda dos horas y media en recorrer 63 kilómetros. Historias de ingenieros como el comandante Giscard que murió en un descarrilamiento sin ver terminada la obra de su vida, el descomunal puente de 80 metros que lleva su nombre y cuelga sobre una de las culebreantes gargantas de la Cerdanya. Al final, el sabor del Mediterráneo en Perpinyá y una vía desde Coillure hacia el sur en la que en tren más bien navega colgado al borde de un mar manso y turquesa.

Estas y otras historias de este Pirineo Express, en el Nº 71 de El Mundo de los Pirineos.

08. 10. 2009

Abigaíl

Esta es Abigaíl Canaviri. El día que la conocimos no había trabajado la noche anterior porque los mineros ese día estaban “muy tomaditos” (borrachos) y le habían avisado de que no se molestase en entrar a la mina porque no había escombro que levantar.

Abigaíl tiene 14 años y cada noche desciende casi dos kilómetros dentro de las profundidades de una mina en el Cerro Rico de Potosí, en el sector de La Plata. Abigaíl camina dos horas hasta el “tope” de las galerías, a través de unos túneles, cavernas casi, muy angostos, estrechos y asfixiantes. Unos pasillos de roca inundados por charcas rojizas, amarillentas y fétidas, y un barrillo nauseabundo producto de la mezcla de minerales y agua filtrada.

Una vez en el fondo recoge los escombros que los mineros han producido por la mañana, los carga en una vagoneta y recorre esos 1.500 o 2.000 metros de galerías que le separan del exterior, sola, a tientas con la luz de su frontal y una vagoneta cargada con 400 kilos de rocas. “Hay que entrar como lagartos, arrastrándonos, porque algunos lugares son muy estrechos no pasa el carrito”, relata. “El carro se hace muy pesado, a veces se sale de la línea y hay riesgo de que se voltee. Algunos lugares están cuesta arriba, al principio se me hacía muy duro, me dolía mucho la espalda pero ahora estoy acostumbrada”. Abigaíl tarda dos horas en conducir un carrito cargado hasta la superficie. Entra a la mina a las 8 de la tarde y sale a las 10 o 11 de la mañana del día siguiente. En una noche puede sacar 5, 6 o 7 carritos. Hace este trabajo desde hace dos años “para ayudar a su mamá y sus hermanitos”.

Las manos las tiene rajadas, agrietadas de raspar las paredes de las galerías y las rocas, como una vieja. Los surcos de las manos los lleva escayolados y subrayados por el polvo blanco de la mina. En el centro de Cepromin (Centro de Promoción Minera), mientras conversa con nosotros, desayuna y pasa con esas yemas ajadas las páginas de un cuento de princesas de Disney. La Bella durmiente, Cenicienta, la Bella y la Bestia desfilan ante nosotros mientras nos cuenta que los mineros de donde trabaja ella a pesar de que beben mucho son “buena gente”. No como en otros lugares. Dos amigas suyas de 12 y 13 años que trabajan en otras minas ya han dado a luz a dos niños fruto de las violaciones de mineros viejos y borrachos en la oscuridad de las galerías.

El padre de Abigaíl murió de silicosis, “el mal de la mina”, cuando ella tenía 8 años. Cuentan en el cerro de Potosí (la mítica montaña que lleva 500 años explotada y agujereada por galerías y mineros como un hormiguero) que a algunos mineros les han llegado a extraer tras su muerte auténticas piedras de los pulmones. Bronquios literamente petrificados. El polvillo de la mina va filtrándose por los bronquios y sedimentándose, impide la respiración y acaba ahogando a los mineros. El mayor miedo de Abigaíl es “tener el mal de la mina” y los derrumbes, constantes en estas galerías destartaladas.

Cuando quedó viuda, su mamá, Doña Margarita, se convirtió en guarda, esto supone la tremenda responsabilidad de guardar dentro de su casa material de mina y asumir cualquier pérdida. “También nos da miedo. Guardamos dinamita al lado de la cocina, da miedo que algún día se prenda”. Viven exactamente a quince pasos de las puertas del infierno, es la distancia desde su casucha de adobe a la boca oscura de la mina. Alrededor de su casa se amontonan varias vagonetas y perros sarnosos. “Es un lugar muy frío, donde no hay agua, ni luz”. Dentro, nos enseña cómo en una misma cama duerme su mamá, ella y sus cuatro hermanitos. Acurrucados, todos juntos, como una camada de cachorros. En la casa, el viento chirría y mueve las planchas de latón del tejado, que está agujereado por mil partes. Es una sola habitación.

Abigaíl trabaja 14 horas para ganar 20 bolivianos (2 euros) al día. Si fuese un adulto por ese mismo trabajo le pagarían 70 bolivianos. Hace un año, una mañana de diciembre salieron de casa para buscar agua. Se ausentaron una hora. Al regresar la puerta, “de lata”, estaba abierta. Les robaron tres máquinas y unos pistones que debían custodiar. Una pérdida de 21.000 dólares, que les ata ahora en un régimen de esclavitud con la cooperativa minera.

Desde ese día, cada pesito que gana Abigaíl se le resta de esa descomunal deuda, que a este ritmo necesitará décadas para pagarla. La asociación Cepromin les ayudó a pagar una de las máquinas (7.000 dólares) ahora mantienen la deuda en 15.000, así que Abigaíl cada noche trabaja gratis. Es una esclava.

“Nosotros no sabemos qué son los derechos”, sentencia Abigail.

Abigaíl termina de trabajar cada noche, duerme unas horas, camina unos metros desde su casa hasta el centro de Cepromin por una colina escarpada, pedregosa y azotada por los vientos, allí desayuna, come, hace las tareas y va a la escuela. Don Carlos, un orondo anciano potosino, les acerca en furgoneta hasta el colegio. Termina las clases a las seis de la tarde. A las ocho, una noche más se calza el casco y vuelve a la mina. Todas las noches. “Yo quiero estudiar, sacar a mi mamá de la mina y que mis hermanitos estudien y sean profesionales. Me gustaría ser médica, sí, y dar medicinas gratis. Y tener un lugar donde vivir que no sea la mina”.

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Hay historias que merece la pena contarlas, aun a sabiendas de que hay gente que ya las ha oído. Aunque sea dos, tres, o quinientas veces. Sin miedo a cansar. En este caso hago de eco de Ander Izagirre, que ya publicó la historia en su blog, y traigo al mío la historia de Abigaíl, a la que ambos conocimos en Potosí.

El segundo día que visité a Abigaíl, llegó tarde al centro, justito para comer. Ese día los mineros no habían tomado y sí tuvo que trabajar la noche anterior. Llegó agotada, adormilada. Comió y se marchó al colegio. Una vez más.

06. 10. 2009

El algodón (uzbeko) sí engaña

Cada septiembre el gobierno de Uzbekistán cancela las clases en todas las provincias de su desordenada y turbia república. El presidente ordena cerrar los colegios. Las clases se suspenden durante estos meses otoñales y los escolares abandonan sus hogares.

“Escolares de quinto grado (once años de edad) son enviados al campo a recoger algodón donde la mayoría permanecerá hasta noviembre. Las órdenes llegan con claridad desde el gobernador provincial a los gobernadores de distrito, y éstos, la transmiten con diligencia desde el distrito a los departamentos de educación, y de allí hasta cada escuela. A cada colegio le es asignada una cuota de algodón que debe completar, y los directores de las escuelas que no completen la cuota son amenazados con el despido. Los escolares, los niños, llevan a cabo este arduo trabajo de la recogida del algodón bajo unas peligrosas condiciones hasta que completan sus días de trabajo, una vez terminado son reconducidos de nuevo desde el campo hasta sus escuelas y por fin pueden volver a dormir en casa. Los niños de 14 años y los que viven muy lejos del campo son hacinados directamente en insanos cobertizos y naves hasta que termine la temporada de recogida. Los días libres no existen”, esta es la traducción de las palabras exactas de un informe del International Labour Rights Forum del año 2008 en el que se relatan, en parte, las condiciones de trabajo de estos chavales y cómo funciona la recogida de algodón en Uzbekistán.

“Sabemos que en otros países también hay gobiernos que promueven el trabajo forzado de su población civil, pero ninguno lo hace de manera similar ni se ceba en los niños de la manera en que lo hacen en Uzbekistán”, reconoce Joanna Ewart-James, portavoz de Anti-Slavery International.

“La más brutal de las rutinas del régimen de Islam Karimov”, así han descrito las organizaciones internacionales a esta forma de organizar la cosecha del algodón por el presidente (¿dictador?) uzbeko. Se estima que cada septiembre más de 200.000 niños son movilizados desde sus hogares hasta los campos. Durante dos o tres meses son depredados por su propio gobierno y se convierten en mano de obra gratuita.

En este periodo, los niños beben aguas de acequias, apenas se alimentan o lo hace de forma desordenada y mala, y duermen en barracones sin luz, ni ventanas. En el mejor de los casos y paradójicamente, pueden llegar a dormir en la propia escuela. Terminan la temporada de cosecha exhaustos y con la salud minada por infecciones intestinales, respiratorias, meningitis o hepatitis. Así como la escuela tiene un cupo total de algodón que recolectar, también cada niño tiene el suyo. No cumplirlo puede acarrear castigos severos o incluso la expulsión del colegio.

Todo este tinglado cruel está montado así porque resulta que la destartalada república de Uzbekistán es el sexto productor de algodón del mundo, pero es la segunda potencia en exportación del mismo. Cada año se ingresan en el país centroasiático mil millones de dólares norteamericanos mediante la exportación de 800.000 toneladas de algodón. Esta delicada materia prima da Uzbekistán el control de su economía y es la principal fuente de sustento del régimen de Karimov, más que el gas o el petróleo. La economía uzbeka es simple y se basa en la explotación. Millones de miserables trabajadores agrícolas cultivan algodón, a cambio de un dinero ridículo o en ocasiones de nada, por orden de su gobierno. Dicen algunos organismos que los agricultores cobran dos tercios menos del precio real del algodón.

Umida Niyazova, periodista uzbeka en el exilio, explica así el funcionamiento de esta economía: “Todos los beneficios del sector algodonero se concentran en las manos del presidente, su familia y allegados. Los granjeros que cultivan el 90% del algodón viven en una situación en la que el cultivo de algodón no es rentable para ellos. El estado fija artificialmente los precios (muy bajos), mientras que los granjeros compran los útiles y herramientas para su cultivo a precios de mercado. Por decreto, es delito vender la cosecha a nadie que no sea el propio Estado. Y los agricultores no pueden negarse a plantar algodón, de otro modo, sería causa suficiente para quitarles sus tierras”.

Paradójicamente en tiempos de la Unión Soviética, cuando Uzbekistán era una porción más del imperio ruso, dos tercios de la producción algodonera era cosechada con máquinas, hoy en día sólo el 10% se recoge con maquinaria agrícola. En contrapartida, la mayoría del algodón uzbeko es recolectado a mano, habitualmente de niños.

Es difícil calcular cuántos niños son obligados a dedicarse a esta tarea. En el año 2000 Unicef estimó que aproximadamente el 22,6% de los escolares entre 5 y 14 años habían trabajado en la temporada anterior, eso sería un millón y medio de niños. En 2004 el ministerio de Educación uzbeko reconoció que habían trabajado unos 44.000, una cantidad demasiado escasa ya que tres años antes sólo en la región de Ferghana se supo que se habían movilizado unos 200.000 escolares. Tampoco se sabe con certeza cuántos de ellos perciben algún dinero por su trabajo, se sabe que algunos chavales han llegado a cobrar cinco dólares por cinco días de trabajo y otros por el mismo trabajo han cobrado 15 céntimos de dólar. Otros, nada. Se sabe que en la ragión de Samarkanda algunos niños han trabajado durante dos años enteros.

La historia de los niños uzbekos trabajando en las algodonerías estuvo oculta hasta que en 2004 algunas organizaciones como Environmental Justice Foundation la sacaron a la luz. Desde entonces llevan trabajando en Uzbekistán. Esta información y éstas citas las he conocido gracias a este reportaje que publica la revista Independent World Report y que ayer me lo enviaron los amigos de la ONG navarra Setem.

El artículo, para el que le interese, analiza también las relaciones de UE con Uzbekistán y cómo ciudadanos han presionado a las instituciones para que tomen cartas en el asunto.

Curiosamente, según cuentan, han sido las grandes compañías textiles y comerciales europeas las que motu proprio han comenzado a vetar ellas mismas el algodón uzbeko. Aunque es un tema “recio”. Algunas empresas como Inditex (Zara y Berskha) pasan del asunto y otras como H&M se comprometen y lo denuncian, aunque admiten que es difícil realizar la trazabilidad de las materias primas.

El cualquier caso, tal y como concluye el reportaje, este septiembre se volvieron a parar las clases en Uzbekistán, un país con 5.000 presos políticos en las cárceles y una dictadura de facto que se mantiene, literalmente, entre algodones.

P.D.: En la imagen, un niño uzbeko trabajando en un campo de algodón. La foto es cortesía de la asociación Environmental Justice Foundation.