21. 09. 2009

“Las Beckham” de Urundayti

Imagen 010

Imagen 011

Imagen 016

Imagen 022

Imagen 021

Imagen 023

Imagen 002

Imagen 001

Mientras piden cambio en el equipo, una gallina cacarea alterada e invade la banda. “Ven, que la niña está llorando”, le dicen a la jugadora saliente. Un bebé de cinco meses no para de chillar y las ancianas que la tienen y las compañeras de equipo no logran calmarla. Así que se se efectúa el cambio, para que la mamá—la fortachona defensa del equipo de Camiri—se retire, dé el relevo a una compañera (el único recambio que tiene el once de Camiri) y calme a la niña. Éste es un buen motivo para que el entrenador pida el cambio en el campo de Urundayti.

Un perro esmirriado persigue a las jugadoras y quiere sacar desde el centro del campo, un anciano con la cara apergaminada y la voz de “tomadito” anda al desquite con indicaciones de técnico y piruetas de manos y brazos confusas para el equipo, unas señoronas sentadas en sillas diminutas y los ojillos convertidos en una rayita negra disfrutan tranquilas del encuentro y una decena de niños se emboba con la coreografía errática que ofrecen las piernas de las jugadoras: chutes, regates y robadas. Entre el público, algunos hombres con los niños en brazos. Estos son los prolegómenos de la previa del partido.

Las cagarrutas de gallina y oveja, desparramadas y desbordantes en el campo, ofrecen un rodamiento especial bajo las botas de las jugadoras. La portería (el arco) levantado con varias tuberías se le hace un poco grande a las arquera del equipo local y los matojillos de hierba se levantan como lechugas. Pero este campo destartalado es para las jugadoras del MOMIN (MOvimiento de Mujeres Indígenas del Mundo) un auténtico estadio de fútbol, en el que se sienten campeonas unos minutos al día.

Los goles son los de menos. La alegría y energía con la que llegan al campo de jugar convierte este patatal en un estadio olímpico, al menos en ilusión. Muchas han de salvar las broncas del marido o novio, incluso las palizas para venir a jugar. Otras son madres solteras con cuatro o cinco hijos (o bastantes más). Otras quieren jugar incluso estando embarazadas. La edad de “las fichas” de estas madres jugadoras es un abanico amplísimo que oscila entre los 15 o 16 años de las más jóvenes hasta los 40 o 50 de algunas otras.

Urundayti es una comunidad guaraní (o chiriguana) del Chaco boliviano. Cae a unos 15 kilómetros de Camiri, ciudad que brotó hace 75 años alrededor de los pozos petrolíferos y donde pasó el Ché en su última cruzada revolucionaria que le condujo a la muerte en las sierras bolivianas. Y es aquí donde un grupo de mujeres y madres indígenas guaraníes han construído una burbujita, su espacio: han formado varios equipos de fútbol y juegan una liguilla. Este año estuvieron a punto de asistir a la Donosti Cup (un campeonato de fútbol que se celebra en la ciudad de San Sebastián-Donostia y en el que cada año participan equipos de todo el mundo, y gracias a este enlace del tío de Ander Izagirre, que participa desde hace años en la organización de este evento, hemos llegado a parar aquí, y también para transmitrirles un poco de ilusión y aliento a estas madres futbolistas. Durante este día fuimos una capsulita de esperanza nosotros también. Esperamos verlas en la Donosti Cup 2010).

Estas madres guraníes entrenan entre semana sacándo tiempo de las tareas del hogar, de los niños y de muchos trabajos que tienen como vendedoras de comida callejeras, lavando ropa ajena en su casa o de sirvientas en otros hogares más acomodados. A muchas no les alcanza para la comida o la ropita de los niños con los recursos que tienen.

Ayer asistimos a un impresionante “torneo” (más bien era el partido que juegan todos los domingo en Urundayti) entre los equipos de mujeres de Boyuibe, Camiri y Urudayti. Fue espectacular. Éstas mujeres, según nos cuenta Margoth —una mujer inagotable y la auténtica artífice y motor de la mayoría de las actividades del MoMIM—han conseguido recuperar su autoestima, su ilusión y quererse un poquito más, olvidar su problemas y sentirse mejor, gracias a algo tan simple y tan sencillo como jugar al fútbol. Tener una actividad donde organizarse, conversar, liberar tensiones y tener complicidad con otras mujeres. “Cuando llegaron, eran muditas, no hablaban nada”, confiesa Carlos, su entrenador.

Hay también mujeres (algunas, muy poquitas) que son profesionales: hay una que le llaman “La Beckham” y estudia Derecho, otra estudia enfermería y ya hay una odontóloga. Aunque la mayoría son madres muy jóvenes. El de Urundayti será uno de los pocos campos de fútbol en los que antes de que empiece el encuentro, en los vestuarios, las jugadoras se remangan la “polera” (camiseta) y dan de mamar. Y al minuto están pateando al campo y regateando.

Margoth nos comenta sobre una chica que hace unos pases excelentes y le gustaría que fuese el año que viene a Donosti: “Ésta es muy buena jugadora, ojalá vaya a la Donosti Cup… si no se queda embrazada dentro de poco”.

Las señoras llegan desde comunidades más lejanas como Boyuibe en una micro (una furgoneta reconvertida en minibus), en el que como en el circo se embute todo el equipo en las escasas plazas de la furgoneta. A Margoth le piden cada equipo, que por favor, las acompañe. Le quieren una barbaridad. “Aquí, muchas mujeres al principio se pensaban que les íbamos a dar algo, que esto era beneficiencia, pero aquí lo que les enseñamos fue construir algo entre todas”, sentencia Margoth sobre la filosofía del movimiento del MoMIM.

Estas son algunas fotografías y esbozos, ideas sueltas, impresiones del partidazo de fútbol al que asistimos ayer. Todas las señoras y jóvenes nos aseguraban que eran solteras cuando hablaban con Ander y conmigo. El entreador Carlos, por su parte, parecía más interesado en fichar a Elena para el equipo.

Estoy seguro de que Ander publicará en breve algunas impresiones y alguna nota más interesante que esta. Yo por si acaso aquí os dejo estas imágenes que por fin he conseguido subir desde un ciber de Santa Cruz. Esta tarde marchamos de nuevo al altiplano, a La Paz, y remataremos la última semana del viaje en el lago Titicaca.

05. 09. 2009

Achicando Bolivia

Desde que llegué el día 2 de madrugada a La Paz, cada vez, a cada pasito que he dado en estos escasos tres días, voy achicando más Bolivia. Lo cual me agrada mucho. Cada vez vamos empequeñeciendo la escala en la que nos movemos en este país (o al menos yo, ya que Ander llevaba ya aquí una semana).

Empecé callejeando por La Paz. Apenas pasé medio día porque debía salir por la tarde para encontrarme con Ander en Oruro. Es imposible pasear, como mucho dejarse llevar, dejarse empujar por estas calles retorcidas que suben y bajan por la capital más alta del mundo. Y que provocan, bajo los efectos del soroche (mal de altura), unos sofocones que le hacen sentirse a uno envejecido de la noche a la mañana. El cuerpo se siente pesado y el aire seco (humedad del 5%) acuchilla la nariz. Duele respirar. A uno, de repente, le gustaría dejarse crecer los pelos de la nariz hasta que fuesen como una escoba, a ver si así desarrollando una buena barba nasal se hacia más “suavecito” el respirar. Parezco un besugo todo el día con la boca abierta y seca.

Por la nariz, por fortuna, entran también los olores paceños, que a ratos son frutas, juguitos que las cholas venden en las plazas, goma quemada, humo de tubo de escape negruzco o cuero viejo. El trasiego del hoyo en el que echa raíces el centro de La Paz es un batiburrillo de voceros anunciando viajes en las “micros”, de bocinas, músicas callejeras y conversaciones a medias (una viejita le dice a una niña que come un helado a la salida de la iglesia que no se manche, “mijita”; otras dos mujeres despotrican sobre otra “a quién le dice fea esa chola de mierda”…). Mientras en un rincón a la sombra un anciano le agarra el antebrazo a otro hombre y le dice “ahora te frotas así y esto se curará”. Un sanador urbano en mitad de la acera. Y conversaciones incomprensibles en lenguas que jamás he oído y a veces suenan relampegueantes como azotes de la lengua en el paladar.

Al tacto (de la mano y del pie) la capital administrativa de Bolivia parece rugosa, agrumada, abultada, abollada casi. A trozos. Socavones y bultos por todos los sitios. No sólo urbanos, también humanos, sociales… Es la única ciudad del mundo en la que los barrios pobres se desparraman por la parte alta de la ciudad y no en la baja. Así, salvo por el prominente Illimani y su cumbre nevada que apuntalan la ciudad al cielo y recuerda que esta desorganizada y terrosa urbe es parte de los Andes, el resto de las colinas de La Paz son inmensas laderas salpicadas por casuchas de adobe, que le da ese tacto de ciudad atrompiconada. El Alto es esa barriada de barro y que por la noche se enciende como una pequeña constelación de farolitas y farolillos. Tanto los limpias (o lustrabotas), obreros, cholas, y todos los buscavidas –que son los que realmente avivan las calles paceñas—se dejan caer en riadas hacia el hoyo de La Paz. A dejarse llevar por su trasiego diario. Es una ciudad que parece que la reconstruyen cada día. “Un día más sigo aquí”, parecen aullar las ruas y grietas paceñas a cada amanecer.

Tras un viaje nocturno en una “flota” que abordé ya en marcha en la estación paceña y que estuvo animado por un charlatán que vendía libros de autoayuda y que pasé “pixando” (mascando) unas hojitas de coca, llegué a Oruro para encontrarme con Ander. Oruro está a medio camino entre La Paz y Potosí. Una ciudad más chica y de tránsito.

Una vez que desperté a Ander y dimos una vuelta por la ciudad de mañana, desde Oruro traqueteamos hacia Llallagua (los viajes en flota, autobuses, merecen un capítulo aparte). Llallagua nació como asentamiento minero y aun hoy es el espíritu de esta ciudad de unos 35.000 habitantes y en la que se forjaron algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de Bolivia en cuanto a luchas mineras y la famosa matanza de San Juan (una masacre contra los mineros cuando el Che estaba guerrilleando en las sierras bolivianas). En tres días aflora una conclusión: no se puede intentar entender, al menos parte de la historia reciente de Bolivia, sin entender la minería.

Con Llallagua achicamos nuestra hasta el punto que llevaba buscando desde hace tiempo. En Llallagua ayer por la noche me reencontré con algo aue había venido a buscar. Somos los únicos blanquitos y gringos por aquí. Anoche había ya mineros con su casco, cara enegrecida y petos sudados paseando en las calles-zoco de este lugar. En Llallagua por fin cogimos el tamaño que en el que nos sentimos cómodos. Aunque me siento todavía como un paracaídista en un país fascinante, en pleno ajetreo, con 36 etnias diferentes, distinto, complejo que vive un proceso de renovación, de invención,y del que desconocemos casi todo.

Este es mi bautismo americano, intentando achicar Bolivia en piecitas pequeñas. E intentando coger el pulso (acelerado por el cogotazo del soroche) a este lugar. En definitiva, emocionado y sobresaltado por este planeta boliviano.