26. 12. 2008

De jabalí

La cuesta del Palacio es una microcalle, apenas una pequeña rampa. Una callejuela recóndita poco transitada. Hacia la mitad de la cuesta, dubitativo, con un jersey de punto rojo, y con la mano en la nuca había un hombrico. Rumiaba algo. Intenté no prestarle mucha atención, pero él no quería dejarme pasar de largo. Se acercó rápidamente hacia mí.

“¿Oye, mozo, no me podrás hacer un favor?”. Ya me había enganchado. Me rodeó y me puso la mano tan rápido como pudo en el hombro, mientras con la otra se agarraba la barbilla. “Bueeeeno… Depende de lo que sea…”, le contesté. La verdad es que no me apetecía mucho pararme con este hombre. ¿Por qué tanto ímpetu? “¿O tenías prisa?”, me dijo. “Bueno, un poquillo sí, pero…”. Era mentira. Tenía toda la mañana libre, pero son ese tipo de cosas que dice uno para guardarse las espaldas, por si acaso te piden algo muy raro con la excusa puedas desaparecer en un pispás. “Bueno, entonces nada, nada, vete”. “No, hombre, no, tranquilo, dígame qué quería y a ver si le puedo ayudar…”. “Pues… ¿No me ayudarás a subir un televisor a mi casa? Es que en estas casas no hay ascensor y uno solo…”. “Sí, hombre, sí”, contesté envalentonado.

“Puedes dejar ahí en el portal las cosas y luego las recoges”. Pensé quién me manda a mí ayudar a nadie. ¡Que hoy en día no te puedes fiar ni de tu sombra! ¿Y si me querían robar? ¿Y si era una mafia del este de esas que extorsionan y secuestran gente? ¿Y si era todo mentira? Y si… La verdad que el hombre parecía majete. Dejé la carpeta y la chaqueta en las escaleras del diminuto portal. El hombre abrió el maletero del coche, donde supuestamente estaba el televisor. Deseé que el televisor fuese… ¡Cagüen la leche, qué pedazo de televisor! Pocas veces he visto un televisor tan grande. Hubo que hacer un par de intentos hasta poder amararlo bien entre los dos. Llegamos como pudimos hasta el portal. El hombre llamó al timbre de su casa. “Bien, primer piso”, pensé. No abrían. Volvió a llamar. Otra vez y nada. Alguien abrió el portal por el automático, total que ya estaba abierto. Arremetió a gritos: “¡Cagüen la sota de bastos! Esta mujer… Oyeeee que la puerta ya está abierta, que me abras la de casa, copón. Que subo la tele con un mozo”. “Vale, vale”, contesto una vocecilla por el automático.

Creo que ha sido la vez que más me ha costado subir a un primer piso, el televisor pesaba una barbaridad, se me resbalaba, se me estaba cargando el brazo. Y el hombre también estaba sufriendo. Llegamos a la puerta de casa. Me tranquilizó mucho ver a la mujer, y ver que era una casa típica pamplonesa, ya saben: el salón decorado con la biblioteca de libros del Diario de Navarra, las figuras de los gigantes y los kilikis de Pamplona, y fotos de los nietos, algunos de ellos vestidos de ‘pamplonicas’. No me esperaba ninguna mafia descuartizadora. “¿Quieres beber algo, mozo: vino, cerveza, agua?”, me dijo la anciana. “No, muchas gracias, señora”. Me pregunté dónde estarían los nietos o los hijos en ese momento. Quizás, la mayor compañía durante el día era el televisor y por eso tenían tanta prisa por devolverlo a su sitio. Habíamos subido el aparato hasta la mesa del comedor. “Si quiere lo ponemos ya en su lugar”, les dije. Dicho y hecho. “Muchísimas gracias”, me dijo él. Ella fue corriendo a la cocina me dio algo envuelto en papel de plata: “Mira, majo, aquí tienes una longaniza de jabalí, la descongelas en tu casa y ya verás qué rica. Es casera.” “No, señora de verdad, no hace falta…”

Nunca había probado una longaniza de jabalí, ni la probé. La guardé durante un tiempo como un trofeo. Fue la mejor propina que me habían dado nunca, en esta ciudad ya no se hacen chistorras de jabalí caseras.

P.D.: Acabo de volver a casa por Navidad. Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, una primavera hace un par de años, es real y es un homenaje a esta ciudad, Pamplona (Iruña para los amigos) y sus gentes. Da gusto volver a estar en casa, después de tres meses sin pisar ni un adoquín ni recorrer ni una callejuela de esta ciudad bimilenaria. Gente de acento cantarín, que dentro de lo humanamente posible intentan que todas las palabras acaban en -ico, mezclan palabros en castellano, en euskera y otros inventados y a veces pagan los favores con un pintxo en lo viejo o una longaniza de jabalí.

6 zartakos »

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  1. Ander dice:
  2. Conocí esta historia por medio de Antonio antes de conocerte a ti, Dani. Digamos que fue tu tarjeta de presentación.

  3. Dios mío, ¿en serio? Muchas gracias, Ander. Es una historia a la que le tengo mucho cariño. Hay algo entrañable en ella. Una longaniza de jabalí me hace pensar que queda bondad en el mundo. No la mía, sino la del anciano y la ancina. Cuando la releo de vez en cuando me acuerdo de Antonio y Josean, también es un homenaje a ellos.

  4. JoCaN dice:
  5. si es que siempre lo he dicho: eres un mozarrón del norte! y encima más majo que las pesetas. ;)

  6. leitzaran dice:
  7. ¡Ay, mi antepasado jabalí, qué le ha pasado!

  8. eresfea dice:
  9. Volver. Dos primaveras no es nada, qué febril la mirada (y que siga el tango, sin la frente marchita…).
    Abrazo.

  10. Sergio dice:
  11. Lo que nos perdemos a veces por desconfiar…

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