27. 11. 2008

Un día que Frederik celebrará

Lars Peter, el director de la escuela, nos dijo que nos atendería en un momento, mientras podíamos echar un ojo y merodear por la escuelita de Kulusuk, donde entre los 70 alumnos y los 15 empleados casi se concentra un tercio de la población de la localidad, que tiene 300 habitantes. En este rato tuvimos oportunidad de conocer a Frederik, un enorme esquimal de 45 años que trabaja como profesor. Frederik (el que aparece en la foto) nos recibió como en las películas del Oeste suelen hacer los jefes indios a los “pieles pálidas”. Su hospitalidad, calidez, sinceridad y ganas de explicar su país nos la hizo notar con el primer apretón de manos, que fue fuerte, cálido y contundente. Sus primeras palabras fueron: “Hoy es un día muy importante para mi país, tenemos un papel que nos da más independencia de Dinamarca”. Estaba especialmente risueño con la oportunidad de contarnos esto.

Era el 6 de mayo de 2008, ese mismo día en la capital de la isla ártica, Nuuk, el primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen acababa de pronunciar algo muy similar (“Este es un día histórico para Groenlandia” ) junto al primer ministro groenlandés Hans Enoksen. El líder esquimal había entregado el borrador del nuevo estatuto de autonomía al danés y ambos lo habían firmado. Este borrador de nuevo estatuto contenía un fundamento esencial: reconocía al pueblo Inuit como auténtico dueño, señor y soberano sobre la tierra (y el hielo, que cubre el 85% de esa tierra) de Groenlandia. Reconocía la soberanía del pueblo esquimal, su derecho de autodeterminación y de explotación de recursos. “Nos reconocen como propietarios de nuestra propia patria” decía Frederik aquella mañana levantado el dedo índice como un curtido político. “Kalaalit Nunnat” como llaman los inuit a Groenlandia significa simplemente “Nuestra Tierra”.

Ayer, martes 25 de noviembre de 2008, unos 40.000 groenlandeses de los 57.000 que habitan la isla más grande del mundo fueron a las urnas para votar en referéndum el nuevo estatuto. Un 75% dio el “sí, quiero” a una mayor emancipación de la metrópoli danesa, como penúltimo paso para la independencia. “Es posible, pero muy difícil. No obstante, lo conseguiremos”, nos convencía Frederik emocionado en primavera. “Será duro y difícil ser independientes porque somos muy pocos habitantes en un país enorme y todo es muy caro, pero no estamos solos, con ayuda de EE.UU., Canadá o Islandia lo conseguiremos”. Y añadía: “Es lo más conveniente, tenemos nuestra propia tierra, debemos tener nuestras propias leyes y gobierno”. En cambio Lars Peter el director de la escuela, un danés de 67 años con aires de Santaclaus y jugador de baloncesto retirado, tiene una visión bien distinta y paternalista del asunto. “Los políticos groenlandeses hablan de problemas que no son problemas para ganarse a los votantes, son políticos no instruidos y son los que manejan el sistema. La independencia de Dinamarca no es realista, no tiene fundamento ni futuro”. Lars Peter lleva desde 1993 dedicando su vida, salud y esfuerzos a mejorar la educación en la costa este de Groenlandia. Hay que tener mucha ilusión para pasarse 15 años viendo el mismo paisaje ártico.

Frederik reconoce no obstante que los daneses no lo hacían tan mal “intentan hacer leyes buenas para Groenlandia desde Dinamarca, algunas decisiones se toman en Copenhague, pero muchas se toman aquí”. Ayer mismo el gobierno groenlandés hizo pública una carta agradeciendo al primer ministro danés su compresión, apertura, amistad y reconociendo su lugar en la historia de Groenlandia. Desde 1978 y hasta ayer la congelada patria de los esquimales contaba con un amplio autogobierno y de hecho se convirtió en el primer territorio de un estado miembro de la Unión Europea que permanecía al margen de la UE y sus restricciones de mercado, desde luego por necesidades evidentes: Groenlandia necesitaba mercadear con sus vecinos más cercanos, Canadá e Islandia. El mayor problema de esta tierra es la nada. La ausencia y carencia de absolutamente todo. La imagen de Groenlandia como una enorme mancha blanca en el mapamundi se asemeja bastante a la realidad, si los inuit han sobrevivido milenios en este lugar es por ser—junto con los tuaregs del Sahara—la nación más austera del planeta. La tierra sólo les proporciona caza, pesca y frío. Nada más.

Ni siquiera brota ni un miserable árbol en todo el país. Todo se importa. De hecho, todas las viviendas de madera de colorines y los edificios groenlandeses se importan prefabricados desde Dinamarca y muchos pueblos como la isla de Kulusuk reciben en un barco que abastece al supermercado con todos los alimentos para un año entero. Si una máquina quitanieves se estropea es más fácil comprar otra que repararla. Los otros problemas derivan de la ausencia de todo: hace cien años según nos contó Frederik los inuit “vivían en la edad de piedra” cazaban y vivían con lo que podían en casuchas de piedra y musgo o en iglús. Ahora tres generaciones más tarde los jóvenes comen fast food (en el supermercado en que el reponedor trabaja una vez al año) y ven películas de Hollywood. Se crean nuevas necesidades y la ruptura con las generaciones anteriores es total. La vida tradicional se hunde. Tampoco hay trabajo. Las familias se desestructuran y las horas se matan bebiendo, alcoholizándose. Y los chavales pese a ver películas no conocen más mundo que su pueblo. La profesión de moda en Kulusuk, la que todos los chavales quieren ser de mayor es empleado del aeropuerto. Eso nos cuenta Frederik, también.

La esperanza groenlandesa está bajo tierra, esperan encontrar algo negro debajo de lo blanco: estiman que en el suelo groenlandés, escondidas debajo de tres kilómetros de hielo, hay unas reservas de petróleo similares a la mitad de las de Arabia Saudita. En el nuevo tratado, Dinamarca da carta blanca a los inuit a aprovechar su suelo, eso sí, dejará de ayudarles e invertir los cientos de millones de euros (unos 7.000 u 8.000 euros por cada groenlandés) que envía para facilitar la vida allí. Un dinero que ni siquiera se atreven a decir en Copenhague cuánto es. Pero el dilema es ¿cómo extraer ese petróleo en un país en que ni una sola carretera une un pueblo con otro? Un país en el que uno debe desplazarse en avión, helicóptero, barco o en alguno de los 29.000 trineos de perros que hay, dependiendo siempre del clima.

Frederik no cree que el futuro de su país sean sólo las minas y el petróleo. Su mayor satisfacción confesada es ver a “un alumno completar su educación”, cosa que no muchos hacen. Esa es su mayor esperanza. “Necesitamos más profesionales, más médicos, más profesores… Así iremos a mejor y habrá más trabajo. En el colegio intentamos que los chicos estén preparados para el mundo de afuera”. Lo cierto es que Josu Iztueta, que estuvo hace 20 años allí y regresó este año, apreció que el país había avanzado terriblemente desde 1988. Groenlandia vive más bien su camino hacia la independencia más como un proceso fraternal de emancipación que un divorcio, la realidad es que los daneses han sabido comprender la situación y los groenlandeses saben esperar y leer el tiempo. Muchos de los daneses que viven en el ártico no se irán jamás. Y los matrimonios mixtos son una realidad. El propio Lars Peter convive desde hace años con Sissy, su pareja, una inuit de la costa oeste –que a su vez es hija de madre esquimal y padre danés—.

Josu Iztueta me mandó ayer un mail y me preguntó si creo que ambos habrán votado lo mismo o no. No lo sé. Intento imaginarme dónde estaría el colegio electoral o cómo se habrá desarrollado la jornada del referéndum en el pueblo. Recuerdo a las gentes que conocimos en Groenlandia y creo que esas 57.000 personas que viven allí se merecen de corazón lo mejor, porque vivir en “la Nada” y querer hacerla patria tiene mucho mérito. Y sé que es un día que Frederik celebrará.

20. 11. 2008

Encuentre las siete diferencias

El paisaje inglés en las cercanías de Lewes, East Sussex.

El paisaje escocés en un día despejado en la Isla de Skye:

Encuentre las siete diferencias.
Entre ambos lugares median 1.098 kilómetros.

18. 11. 2008

Las lindes del imperio

Salir de Londres cuesta una eternidad. A la una de la madrugada la ciudad está a medio gas: papelujos a merced del viento rodando a la deriva, centenares de luces colgadas de todos los sitios y unas cuantas almas vagando y otras vagabundeando por las calles. Quedaban unas nueve horas para cruzar la isla de Gran Bretaña y llegar hasta Glasgow (un trayecto como un Cádiz-Irún en autobús), y casi más de una hora la echamos en intentar salir de la metrópolis londinense. Conforme nos acercamos al borde norte de la ciudad me di cuenta de que Londres es, en sí misma, una metáfora del caduco Imperio Británico.

Desde Victoria Station, en el corazón de Londres y del Imperio (a escasos metros está el Palacio de Buckingham), hacia el exterior de la ciudad el recorrido es el mismo que si saliésemos en barco desde Londres hacia las lindes del Imperio. Gran Bretaña se empieza a desdibujar en cuanto se abandona el centro. Adiós casas victorianas, adiós edificios rococós y palacetes. En los primeros suburbios, las primeras colonias europeas y el resto de la ciudad: bloques de casas grises y trabajadores de media Europa e Inglaterra. Son barrios dormitorio. Pero una vez pasas un par de anillos de carreteras, entradas a autopistas y extrarradios uno dice adiós a Europa y el exotismo de las Indias Orientales y las colonias africanas empieza asomar en calles.

Sigue siendo Londres pero apenas hay carteles en inglés: indio, árabe, chino y otros alfabetos indescifrables son las únicas señas que llevan todas las casas y tiendas. Bienvenidos a la India británica, a Birmania, a Hong Kong, a Kuwait, Palestina, Iraq, Medio Oriente, Rhodesia del Norte y del Sur, Camerún, Sierra Leona, Malawi, Malasia y Singapur. Incluso se nota la diferencia horaria de las antípodas: todos los destartalados comercios están abiertos pese a ser tarde. Unas cuantas farolas amarillentas y la luz azulada de los tubos fosforescentes de las carnicerías musulmanas, de los locutorios centroafricanos y ultramarinos pakistanís iluminan las aceras tenuemente.

En algunas partes alguna gran carretera pasa en altura por encima de alguna de estas casas, como el Congo, el Nilo o el Ganges troceando el barrio en dos. Se ve la carretera con la brea levantada. Se ven algunas factorías cerca, los polígonos industriales de Londres, los centros de producción donde muchos de los colonos de estos barrios van a trabajar. Hasta las casas y las tiendas parecen un decorado de película ajenos al clima inglés: calles con edificios de apenas dos alturas, planos y con la pintura levantada, y con tejados absolutamente llanos, construidos sin tener en cuenta que el agua de las constantes lluvias tendrá que escaparse por algún lado. Suciedad, charcos y basura en las calles. Unos niños juegan a las tantas de la madrugada, correteando, entrando y saliendo de uno de los comercios. Son londinenses. Pero viven en los confines del “Imperio”, a millares de kilómetros de Picadilly, Downing Street o el Palacio de Buckingham.

Cuando uno sale de por fin de Londres por el norte, al rato otra vez vuelve a aparecer Gran Bretaña con sus urbanizaciones de jardines y casitas victorianas.

10. 11. 2008

El Marcoincomparable

Si escribimos “marco incomparable” en Google obtenemos 138.000 resultados que se refieren, por ejemplo, a la Expo de Zaragoza, a un gimnasio con goteras, irse de compras por Yamamoto y Birmingham, sobre Chiapas, un centenar de casas rurales, un millar de hoteles, y por supuesto el “marcoincomparable” de la Bahía de la Concha (con 7.010 resultados en Google sólo para ella).

¿Alguien puede dar una defición exacta de qué es un marco incomparable?

Yo me imaginaba algo como lo de la foto, que lo encontré en la costa norte de la Isla de Skye, en los archipiélagos de las Hébridas interiores de Escocia.

08. 11. 2008

Monstruos y violinistas

Mediodía en Portree, la escasa capital de la isla de Skye, en la costa oeste de Escocia. “Han puesto una bomba en la Universidad privada”, dice Cristina con el móvil en la mano. “¿Qué ha pasado?”. “No lo sé, hay 14 heridos y que no han avisado de nada, no lo sé, me acaban de enviar un sms”. “¿Por qué ahí?” pregunta otro compañero de viaje. “Creo que es la quinta o la sexta bomba”, le digo. Volvemos a la carretera y no dejo de pensar. Toda la gente que conozco y la que no conozco: más de 9.000 alumnos de todas las partes del mundo y empleados. Unos kilómetros muy largos.

Llegamos por la noche, muy temprana aquí, casi a la mítica hora del té, al Lago Ness. Llamo a casa y aprovecho para preguntar. Me explican todo lo ocurrido. Descubro que a pesar de moverme un par de millares de kilómetros al norte, los únicos monstruos que consigo ver, sentir y que nos estremecen en el Lago Ness son los que ya conocía antes de venir. Los de siempre.

Es inexcusable. El hecho de que sea una universidad invita a imaginar una perversión muy grande, un ensañamiento muy retorcido contra estudiantes de todas las partes del mundo, de investigadores, profesores, trabajadores y obreros. Matar a futuros arquitectos, médicos, abogados, periodistas, historiadores, enfermeras, químicos o físicos. Querer destruir parte de la infraestructura dónde se investigan antiguos legajos de Navarra, curas contra el cáncer y todo tipo de tumores o dónde los economistas hacen trabajos de investigación acerca de cómo crear una economía de mercado más solidaria y justa. O el primer lugar donde se comenzó a estudiar euskera académicamente como una lengua más. Además del deseo manifiesto de matar indiscriminadamente, está el deseo de destruir todo rastro de estos conocimientos. Porque el mayor desactivador de explosivos es la razón.

Por suerte quedan violinistas. Esa mañana Josean les dijo a sus alumnos que ellos seguirían escribiendo y con las prácticas “como los violinistas del Titanic” que siguieron tocando hasta que se hundió el barco. Aunque no creo que nadie tuviese temple para hacerlo, frente a la monstruosidad de 80 kilos de explosivos queda la imagen y la delicadeza de la rutina y del trabajo. Ramón recoge un elenco de colaboraciones e intensa actividad que los estudiantes de periodismo llevaron ese día. La verdad es que impresiona esa movilización y hace que uno se sienta orgulloso.