Un día que Frederik celebrará
Lars Peter, el director de la escuela, nos dijo que nos atendería en un momento, mientras podíamos echar un ojo y merodear por la escuelita de Kulusuk, donde entre los 70 alumnos y los 15 empleados casi se concentra un tercio de la población de la localidad, que tiene 300 habitantes. En este rato tuvimos oportunidad de conocer a Frederik, un enorme esquimal de 45 años que trabaja como profesor. Frederik (el que aparece en la foto) nos recibió como en las películas del Oeste suelen hacer los jefes indios a los “pieles pálidas”. Su hospitalidad, calidez, sinceridad y ganas de explicar su país nos la hizo notar con el primer apretón de manos, que fue fuerte, cálido y contundente. Sus primeras palabras fueron: “Hoy es un día muy importante para mi país, tenemos un papel que nos da más independencia de Dinamarca”. Estaba especialmente risueño con la oportunidad de contarnos esto.
Era el 6 de mayo de 2008, ese mismo día en la capital de la isla ártica, Nuuk, el primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen acababa de pronunciar algo muy similar (“Este es un día histórico para Groenlandia” ) junto al primer ministro groenlandés Hans Enoksen. El líder esquimal había entregado el borrador del nuevo estatuto de autonomía al danés y ambos lo habían firmado. Este borrador de nuevo estatuto contenía un fundamento esencial: reconocía al pueblo Inuit como auténtico dueño, señor y soberano sobre la tierra (y el hielo, que cubre el 85% de esa tierra) de Groenlandia. Reconocía la soberanía del pueblo esquimal, su derecho de autodeterminación y de explotación de recursos. “Nos reconocen como propietarios de nuestra propia patria” decía Frederik aquella mañana levantado el dedo índice como un curtido político. “Kalaalit Nunnat” como llaman los inuit a Groenlandia significa simplemente “Nuestra Tierra”.
Ayer, martes 25 de noviembre de 2008, unos 40.000 groenlandeses de los 57.000 que habitan la isla más grande del mundo fueron a las urnas para votar en referéndum el nuevo estatuto. Un 75% dio el “sí, quiero” a una mayor emancipación de la metrópoli danesa, como penúltimo paso para la independencia. “Es posible, pero muy difícil. No obstante, lo conseguiremos”, nos convencía Frederik emocionado en primavera. “Será duro y difícil ser independientes porque somos muy pocos habitantes en un país enorme y todo es muy caro, pero no estamos solos, con ayuda de EE.UU., Canadá o Islandia lo conseguiremos”. Y añadía: “Es lo más conveniente, tenemos nuestra propia tierra, debemos tener nuestras propias leyes y gobierno”. En cambio Lars Peter el director de la escuela, un danés de 67 años con aires de Santaclaus y jugador de baloncesto retirado, tiene una visión bien distinta y paternalista del asunto. “Los políticos groenlandeses hablan de problemas que no son problemas para ganarse a los votantes, son políticos no instruidos y son los que manejan el sistema. La independencia de Dinamarca no es realista, no tiene fundamento ni futuro”. Lars Peter lleva desde 1993 dedicando su vida, salud y esfuerzos a mejorar la educación en la costa este de Groenlandia. Hay que tener mucha ilusión para pasarse 15 años viendo el mismo paisaje ártico.
Frederik reconoce no obstante que los daneses no lo hacían tan mal “intentan hacer leyes buenas para Groenlandia desde Dinamarca, algunas decisiones se toman en Copenhague, pero muchas se toman aquí”. Ayer mismo el gobierno groenlandés hizo pública una carta agradeciendo al primer ministro danés su compresión, apertura, amistad y reconociendo su lugar en la historia de Groenlandia. Desde 1978 y hasta ayer la congelada patria de los esquimales contaba con un amplio autogobierno y de hecho se convirtió en el primer territorio de un estado miembro de la Unión Europea que permanecía al margen de la UE y sus restricciones de mercado, desde luego por necesidades evidentes: Groenlandia necesitaba mercadear con sus vecinos más cercanos, Canadá e Islandia. El mayor problema de esta tierra es la nada. La ausencia y carencia de absolutamente todo. La imagen de Groenlandia como una enorme mancha blanca en el mapamundi se asemeja bastante a la realidad, si los inuit han sobrevivido milenios en este lugar es por ser—junto con los tuaregs del Sahara—la nación más austera del planeta. La tierra sólo les proporciona caza, pesca y frío. Nada más.
Ni siquiera brota ni un miserable árbol en todo el país. Todo se importa. De hecho, todas las viviendas de madera de colorines y los edificios groenlandeses se importan prefabricados desde Dinamarca y muchos pueblos como la isla de Kulusuk reciben en un barco que abastece al supermercado con todos los alimentos para un año entero. Si una máquina quitanieves se estropea es más fácil comprar otra que repararla. Los otros problemas derivan de la ausencia de todo: hace cien años según nos contó Frederik los inuit “vivían en la edad de piedra” cazaban y vivían con lo que podían en casuchas de piedra y musgo o en iglús. Ahora tres generaciones más tarde los jóvenes comen fast food (en el supermercado en que el reponedor trabaja una vez al año) y ven películas de Hollywood. Se crean nuevas necesidades y la ruptura con las generaciones anteriores es total. La vida tradicional se hunde. Tampoco hay trabajo. Las familias se desestructuran y las horas se matan bebiendo, alcoholizándose. Y los chavales pese a ver películas no conocen más mundo que su pueblo. La profesión de moda en Kulusuk, la que todos los chavales quieren ser de mayor es empleado del aeropuerto. Eso nos cuenta Frederik, también.
La esperanza groenlandesa está bajo tierra, esperan encontrar algo negro debajo de lo blanco: estiman que en el suelo groenlandés, escondidas debajo de tres kilómetros de hielo, hay unas reservas de petróleo similares a la mitad de las de Arabia Saudita. En el nuevo tratado, Dinamarca da carta blanca a los inuit a aprovechar su suelo, eso sí, dejará de ayudarles e invertir los cientos de millones de euros (unos 7.000 u 8.000 euros por cada groenlandés) que envía para facilitar la vida allí. Un dinero que ni siquiera se atreven a decir en Copenhague cuánto es. Pero el dilema es ¿cómo extraer ese petróleo en un país en que ni una sola carretera une un pueblo con otro? Un país en el que uno debe desplazarse en avión, helicóptero, barco o en alguno de los 29.000 trineos de perros que hay, dependiendo siempre del clima.
Frederik no cree que el futuro de su país sean sólo las minas y el petróleo. Su mayor satisfacción confesada es ver a “un alumno completar su educación”, cosa que no muchos hacen. Esa es su mayor esperanza. “Necesitamos más profesionales, más médicos, más profesores… Así iremos a mejor y habrá más trabajo. En el colegio intentamos que los chicos estén preparados para el mundo de afuera”. Lo cierto es que Josu Iztueta, que estuvo hace 20 años allí y regresó este año, apreció que el país había avanzado terriblemente desde 1988. Groenlandia vive más bien su camino hacia la independencia más como un proceso fraternal de emancipación que un divorcio, la realidad es que los daneses han sabido comprender la situación y los groenlandeses saben esperar y leer el tiempo. Muchos de los daneses que viven en el ártico no se irán jamás. Y los matrimonios mixtos son una realidad. El propio Lars Peter convive desde hace años con Sissy, su pareja, una inuit de la costa oeste –que a su vez es hija de madre esquimal y padre danés—.
Josu Iztueta me mandó ayer un mail y me preguntó si creo que ambos habrán votado lo mismo o no. No lo sé. Intento imaginarme dónde estaría el colegio electoral o cómo se habrá desarrollado la jornada del referéndum en el pueblo. Recuerdo a las gentes que conocimos en Groenlandia y creo que esas 57.000 personas que viven allí se merecen de corazón lo mejor, porque vivir en “la Nada” y querer hacerla patria tiene mucho mérito. Y sé que es un día que Frederik celebrará.














