23. 08. 2008

Shusi Tourmalet con guarnición

Ayer por la noche estaba en la plaza de la Nabarrería tomando una cerveza y hablando con la gente de mi cuadrilla sobre la cobertura informativa del catastrófico accidente aéreo de Barajas. Yo no he visto mucho la tele estos días (casi como de costumbre), pero el resto—que la había ojeado—estaba indignado con la cobertura excesivamente sensacionalista que se le estaba dando. Uno de ellos, Javi, médico en ciernes, no entendía que porqué se tenía que buscar el testimonio de los familiares. Según él no había nada que preguntarles, toda la información que se obtuviese de ellos iba a ser únicamente sensacionalista. Razón no le falta. También es cierto que estos días se han visto algunas buenas informaciones y otras muchas, por desgracia, lamentables.

Pues bien, al hilo de ésto llegué a la conclusión de que la información es como la comida. Todo el mundo sabe que hay que llevar una dieta equilibrada: hay que alimentarse bien para no contraer enfermedades, no tener colesterol, no coger sobrepeso y tener una forma física saludable.
La información que consumimos deberíamos tratarla con el mismo mimo, es complicado porque hay mucho “fast-food-informativo” y mucha franquicia (muchas veces encontramos la misma información en diferentes sitios); pero deberíamos ser los lectores/ciudadanos los primeros en preocuparnos en la calidad de nuestra dieta informativa y exigir más calidad. Al igual que cuando vamos al supermercado o a un restaurante queremos que nos den la calidad y frescor por el que pagamos, deberíamos tener la misma exigencia de gourmet al consumir información. Los primeros implicados en nuestra dieta informativa somos nosotros.

También les prometí a mis amigos suministrarles buenos alimentos informativos. Así que ahí va el menú de hoy, un poco exótico:
SHUSI del TOURMALET con GUARNICIÓN GEORGIANA
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El menú de hoy se compone de tres colecciones de crónicas con las que he disfrutado mucho y merecen mucho la pena.

1) SHUSI: Por un lado, las crónicas “Anotaciones japonesas” en las que el periodista David Álvarez ha retratado su viaje por tierras niponas, hilando pequeñas anécdotas hasta coser unas crónicas excelentes. Dejan muy buen sabor de boca. También hay fotos.

2) TOURMALET: En la primera etapa del Tour de Francia por los Pirineos, allá por 1910, hubo dos gritos que consagraron la leyenda de las etapas de montaña. En la primera etapa en el Tourmalet (2.114 m) la organización dio la salida y gritó a los corredores una advertencia: “¡Cuidado con los osos!”. Octave Lapize, primer corredor en llegar a la cima, descabalgó de la bici en la cumbre, la tiró al suelo y buscó a uno de los responsables de la carrera. Le enganchó y le gritó a la cara: “¡Asesinos!”.

Éstas y otras crónicas añejas del Tour se pueden encontrar en el blog de Ander Izagirre. Son un placer. También hay algunas remezcladas con historias de la actualidad. Merece la pena conocer el dopaje a base de bacalao que se hacía Bixente Blanco, “el cojo”.

3) GUARNICIÓN:
Muchas veces en el periódico leemos noticias de las secciones de Internacional que son “más de lo mismo”, lo que ya hemos escuchado o visto en la tele. Pero hay un par de periódicos que se molestan en enviar a los lugares donde se revuelve el mundo a gente de su confianza para que nos de cuenta de primera mano de lo que ocurre.

Uno de éstos hombres es Mikel Ayestarán, que nos trae crónicas con rostro, historias de las guerras y las catástrofes (y de alegrías, de vez en cuando) pero con nombres y apellidos. Muchas son historias duras, en otras Mikel rebusca ese atisbo de esperanza que queda después de la desgracia. Ahora mismo Mikel Ayestarán está en Tiflis (Georgia).
Algunas de las crónicas que ha publicado en el Diario Vasco se pueden leer aquí.
Pero desde luego, merece más de una visita y lectura su blog “SALAM, AGUR con crónicas e historias.

Hace tres días Mikel escribía esto desde Georgia: “En un rato vuelvo a la zona ocupada. Las mismas historias cada día. Los mismos ancianos que no han podido o no han querido dejar sus casas. Veo a mi propia abuela en los ojos de cada anciana que me sale al paso para contarme su experiencia. Veo a mi abuela, una de las mujeres que más ha marcado mi vida, y se me parte el alma porque a nosotros no nos ha tocado vivir nada así, somos la generación del ‘dame pan y dime tonto’, que cantaban los gamberros de Tijuana in Blue en la Iruña de los noventa. Que se den un paseo por aquí los sesudos analistas antes de llenar las páginas de los periódicos con teorías macropolíticas”.

¡Que aproveche el menú de hoy!

16. 08. 2008

Un vasco ligando en el metro

Le delataba la nariz. Suena a tópico, pero tenía un perfil típicamente vasco. De esas napias que delatan la “vasquituz” de un individuo cuando tiene que ser precavido con la talla de los vasos antes de beber. Porque sino, si la boca del vaso es demasiado estrecha enseguida se encuentra con la nariz y es imposible beber. ¡Por qué creéis que sino los vasos de sidra, txikiteo y demás son tan anchos! Pues bien, el chaval gastaba una nariz así, pero no quise ser prejuicioso desde el principio, supuse que podría ser de Badajoz o Beijing sin problemas. Además, en un vagón del metro de las líneas que pasan por el centro, como esa, uno ya está acostumbrado a ver cualquier cosa.

El tipo entró en el vagón acompañado de una joven (de muy buen ver). Estaban parloteando muy a gusto. Los dos con ropa amplia y vistosa de verano: un bonito vestido estampado, ella; una camisa y sandalias, él. Al parecer habían coincidido en alguna cena o cita de tapeo con otros amigos, ellos no se conocían de antes o quizás sólo de vista, parece ser que se habían conocido ese día por mediación de amigos comunes (vamos, que eran “amigo/a de un amigo/a”). Y a la vuelta, ambos debían ir en la misma dirección en metro. Él le estaba contando lo que hacía, que estaba viviendo allí por trabajo. Dijo: “Sí, Mongradón”. Alargué la antena orejil. “¿Y eso qué es? No tengo ni idea”, dijo ella. “Bueno, pues es un grupo de empresas que…”, le contestó el chaval y continúo con la explicación. No había duda, era vasco.

—“Vamos, que si te contratan ahí muy bien, ¿no?”, le dice ella.

—“Sí, sí, claro”

Ella le cuenta en qué trabaja, lo complicado que está todo, que nunca había estado por el “el norte” y demás.

—“Pues lo hemos pasado muy bien hoy, ¿no?” -– intenta sonsacar él porque se le acaban los temas de conversación.

—“Sí, sí, lo hemos pasado muy bien”. – le contesta ella.

Ella se acerca a la puerta y hace amago de que se bajará en el siguiente andén. Se acerca el metro a la siguiente parada. Él se acerca también a la puerta y en un acto de amabilidad, al parar el metro, se adelanta a ella y presiona el botón para que se abra la puerta.
Ella, sorprendida y con total naturalidad, le dice entusiasta: “¡Vaya, tú también te bajas aquí! No lo sabía”.
Él, más sorprendido aún: “Ehhh… mmmm… Sí, sí, claro, también me bajo aquí”.

Se bajan. Él, desorientado, se va para la derecha. Ella, a la izquierda. Él se vuelve, en esa estación la salida está a la izquierda y no a la derecha. Se van juntos, él todavía un poco despistado, como un paracaidista. No hay duda, era un vasco ligando en el metro.