26. 06. 2008

El día que fui Messi

Son las seis menos cuarto de la tarde y está a punto de comenzar el entrenamiento del equipo de fútbol de Kulusuk, el TM-62. Esa misma tarde había visto un balón tirado en la bahía helada del pueblo y semienterrado en la nieve, señal de que el fútbol ártico es ligeramente diferente al nuestro. Y efectivamente, lo es.
En Kulusuk se juega al fútbol pero no hay campos de fútbol: el entrenamiento tiene lugar en una habitación, supuestamente la más grande del pueblo, pero la habitación de una casa al fin y al cabo. Con sus ventanas, su techo, las luces, sus radiadores y su entarimado de madera. Aunque siempre es mejor que tu saque de banda sea desde el calorcito del radiador que desde el mar congelado. Habrá que ver si el equipo se gasta más en ventanas o en balones

El “campo de fútbol” es la sala mayor de una casa que se utiliza como centro social en Kulusuk, de hecho los sábados y viernes por la noche esa cancha es también la discoteca-verbena, donde los jóvenes del pueblo organizan bailes. Fuera del edificio, en la fachada de láminas de madera verde descascarillada, cientos de grapas oxidadas sostienen anuncios, dibujos de los niños del pueblo sobre los males que provoca el tabaco, cartulinas que ilustran el poder destructivo del alcohol en Groenlandia (que no sólo disuelve y derrite la nieve sino también las familias y la vida de miles de inuits) o carteles de educación sexual (prevención de riesgos, utilización de anticonceptivos, alertas sobre el Sida y demás enfermedades…). Esta casa es el lugar donde tiran las horas muchos de los jóvenes del pueblo.
Dentro, el vestíbulo tiene toda la pinta de ser una “casa ocupa” o medio abandonada, un poco roñosa y dejada, con los bordes y las jambas de las puertas roídas y un poco podridas por la humedad. Unos cuantos dibujos y pintadas coloristas en las puertas y paredes dan esa imagen hippie y “okupa” del centro social. Colgando del techo, un escudo diminuto del equipo de fútbol de ganchillo. En la salita previa a la pista, un par de chavales se encargan de vender refrescos a precios razonables, detrás de ellos tienen una estantería llena de copas y trofeos que representan la pericia del TM-62 jugando al fútbol ártico.

Antes de que empiece el entrenamiento tiene lugar el trajín natural de los jugadores que se cambian de ropa y algunos curiosos que empiezan a llegar. De fondo se escucha el clic de una lata de refresco que se abre en el vestíbulo y a continuación retumba un eructo lejano. Tres chavales esperan a que empiece el entrenamiento rondándonos a nosotros y mirándonos, uno de ellos se hurga con pasión la nariz hasta tener que doblegar su falange y redoblar en dedo índice para alcanzar el fondo de su chata nariz esquimal, el otro que nos mira con extrema curiosidad al rato suelta una ligerísima ventosidad, un pedo, sin inmutarse. Nadie dice nada y aquí tampoco ha pasado nada. ¡Con este panorama cualquiera diría que este equipo llegó a ser semifinalista en el campeonato de Groenlandia!

Pero lo son y ser semifinalista supone un auténtico lujo sólo por el hecho de poder salir de su pueblo y poder conocer otras partes del país. Dicen ellos que un fallo del portero y un mal árbitro se conjuraron para apearles del campeonato… Aunque en inuit las palabras tengan dieciséis sílabas y una esquizofrénica combinación de consonantes seguidas hay excusas que suenan igual de universales en todas las partes del mundo.

A los chavales que nos miraban les hacemos gestos Ander, Josu y yo de chutes del balón, imitamos celebraciones de goles y les señalamos, asienten con la cabeza: van a jugar al fútbol. Nos hacen lo mismo y nos preguntan a su manera si vamos a jugar a fútbol con ellos, les decimos que sí. Se alegran.

Llega la hora de comenzar el entrenamiento y tienen que montar las porterías: hueco que queda entre dos pares de bancos largos de madera (no mucho más grande del tamaño de una portería de hockey, en el que ve en la imagen). Por curiosidad medimos el campo de fútbol a zancadas, calculando cada zancada un metro: unos escasísimos 16 metros de largo por 8 de ancho, menos de un área en un campo de fútbito o fútbol sala (de 40m x 20m). Les ayudamos con las porterías. Limpian un poco el entarimado y listo para jugar. La mayoría de los niños llevan camisetas de equipos de fútbol ingleses, aunque también tienen de otros sitios como la selección de Venezuela o de países latinoamericanos. La equipación es ecléctica.

El chaval con ventosidades nos pregunta de dónde somos. Les invitamos a acertarlo y ellos prueban erróneamente con todas las nacionalidades que se les ocurren: daneses, ingleses, alemanes, americanos, noruegos… Situar y dibujar en la mente de un crío de Kulusuk dónde está Pamplona, el mar cantábrico, los Pirineos, Francia, España o el sur de Europa es bastante difícil. Aunque lo dibujemos un mapa en el reverso de un envoltorio, son referencias tan lejanas y vagas para ellos como lo era Groenlandia para nosotros antes de viajar. Probamos con todo lo que se nos ocurre. Madrid, Barcelona…

¡Barcelona! Hay reacción. Les decimos que somos de “cerca de Barcelona”. “Messi, Messi, Messi”, repite el chaval. “Yes, Yes, Messi”, le decimos nosotros. “This is Messi” (“Éste es Messi”) dice Ander señalándome a mí de cachondeo. Pero conseguimos una reacción inesperada: los ojos de chaval cambian por completo, fuerza su achinamiento de ojos inuit y los abre como platos y con un fulgor de profunda impresión. Está visiblemente nervioso y emocionado. Muy emocionado. Conoce a Messi pero está claro jamás en su vida lo ha visto ni jugar, ni una foto suya, ni nada parecido. Cree que soy Messi. “No, no, no, I’m not Messi” intento aclarar. Intento deshacerme del embrollo. “Hombre,—dice Ander—, haberlo dejado estar para una alegría que se iba a llevar el chaval”. ¡¡Menuda responsabilidad, jugar a ser Messi en Groenlandia!!

Pasado el malentendido provocado, comienza en entrenamiento. A nosotros no nos dejan jugar y nos echan del campo. Comienzan a jugar un partidillo en dos equipos y se alinean en el mismo equipo adolescentes con niños pequeños, chicas y chicos, cojos, diestros o zurdos. Da igual. Incluso juegan el que se hurgaba la nariz y el del eructo lejano. Y pese a no haber visto nunca a Messi, ni a Ronaldiño, no lo hacen tan mal. Incluso tienen espectadores y espectadoras. Una de las espectadoras nos enseña un dibujo que ha hecho de un jugador del TM-62 de Kulusuk para regalarlo al final del entrenamiento. Margrethe Mikaela, la que firma el dibujo, es aficionada y fan del mejor equipo de su mundo, el TM-62 de Kulusuk.

P.D.: Siento el silencio de tantos días y el texto tan largo, pero es que por motivos de trabajo he estado hasta arriba y he tenido que robar tiempo al sueño para actualizar el blog. Habrá más historias de fútbol ártico, como un partido en una pista de aeropuerto. Aprovecho así la Eurocopa y el descubrimiento de Ander de que al blog dan visitas el fúrgol y los penes.

P.D.2: La foto es del entrenamiento en un descanso. Para ver más fotos, aquí.

10. 06. 2008

Josu, el Kivigtok

En 1875 en Edimburgo la editorial William Blackwood and sons publicó un libro que llevaba por título “Tales and traditions of the eskimo” (Cuentos y tradiciones de los esquimales), el autor era Henry Rink un hombre que había sido durante un par de décadas antes el gobernador de la Groenlandia danesa y había hecho el esfuerzo de intentar comprender ese inmenso desierto frío y blanco. La obra de Rink fue uno de los primeros estudios antropológicos serios y todavía hoy la obra más importante en cuanto descripción de las formas de vida tradicional esquimal y su cultura oral. Rink recorrió el país buscando historias, cuentos, y tradiciones. Antes que Rink escribiera su libro hubo otras intentonas como la del misionero Hans Egede que en 1745 publicó en danés “A Description of Greenland”, un libro con el que obsequió a la reina de Dinamarca para mostrarle cómo eran los habitantes más desconocidos de su reino, Egede rogaba a la reina ayuda y misericordia para los esquimales “que también son parte de la obra de Dios”. Egede pasó 25 años entre esquimales.

No obstante, Rink vivía en un país incompleto, su libro apareció en 1875 pero no fue hasta 1888 cuando descubrieron la existencia de inuits en la costa este groenlandesa (en la zona de Kulusuk donde nosotros viajamos), se conocía el territorio geográficamente pero en más de mil años de presencia europea en Groenlandia jamás se habían cruzado en esa zona esquimales y europeos. Hasta entonces ni siquiera se tenía noticia de ellos.

En el libro de Rink se recoge buena parte del imaginario inuit, en el que la extrema dureza de la geografía se convierte en la llave de todo: no existen diferencias claras entre lo real y lo mágico, el hombre es un elemento más en un paisaje que lo engulle y lo tiene a su merced. Es un realismo mágico extremo: un hombre puede reventar a otro si le aprieta demasiado fuerte la mano, una cagada de gaviota puede devolver la vista a un ciego, un padre asesina a su hija para aligerar el peso de un kayak, balleneros europeos que secuestran esquimales y se los llevan a un burdel, ogros, elfos, monstruos, brujas, espíritus… Una vez uno ha estado allí ve que no es nada difícil de imaginar un mundo así: en una noche velada por un sol enclenque y pálido se crean sombras inquietantes que acechan, se siente la amenaza constante del frío y uno se pregunta hasta qué punto sería capaz de resistir. De hecho, todo el imaginario inuit se articula entorno a una verdad brutal: el mayor demonio es el clima y nada podemos hacer contra él.

En este universo groenlandés hay un elemento común en todas las leyendas y cuentos del país: el interior. Los groenlandeses son unas gentes que viven en una repisa, sólo habitan al borde de su mapa y el interior es un inmenso vacío que los quiere tragar. Allí habitan seres mágicos, devoradores de hombres que hacen que nadie vuelva con vida… Es un desierto extremo que congela tus pasos a 30 grados bajo cero. Decenas de relatos desvelan que el indlandsis (como lo llamaban los daneses) es el lugar más temido, y cualquier prevención es poca. Pero sin embargo en su cultura aparecen unos personajes impresionantes y magníficos como son los Kivigtoks.

Los Kivigtoks fueron en un tiempo hombres y mujeres normales, pero algo los convirtió en extraordinarios para siempre: el interior del país. A veces eran hombres que huían del resto de la humanidad (forajidos), otras gentes que se despistaron y se perdieron por el interior o simplemente hombres que se internaron hacia las entrañas del país. Es tan brutal el poder transformador del interior que incluso geográficamente ha destrozado Groenlandia para siempre: el peso de la capa de dos kilómetros de hielo que cubre el interior es tan pesada que ha escachado la tierra de forma que si se derritiese veríamos a Groenlandia como una enorme concha, aplastada y raspada por el hielo. Sin embargo, los inuits creen que los hombres y mujeres que logran sobrevivir al interior adquieren capacidades sobrenaturales como clarividencia, una rapidez asombrosa o una longevidad extrema. Cuentan de un hombre que huyó al interior y cuando regresó a su pueblo varios días después no reconocía a nadie: habían transcurrido más de cien años en lo que a él le parecían dos días. Es sólo un ejemplo de las capacidades que obsequia el interior groenlandés a quien sobrevive.

Josu Iztueta cruzó a pie el interior de Groenlandia de este a oeste en 1988, con otros cuatro amigos y amigas. De que Josu era un ser extraordinario no nos quedaba ninguna duda, pero desconocíamos el porqué. Hemos descubierto su secreto, él es un Kivigtok. Su padre que era pastor se preguntaba por dónde era más ancho el mundo, y él se propuso descubrirlo, después de cruzar el Sahara o el casquete groenlandés desarrolló habilidades extraordinarias.
Para mí hay tres pruebas contrastables de que Josu es un Kivigtok. El primero queda reflejado en esta frase que escribió a más de 60 grados bajo cero en una tienda de campaña perdido en Alaska: “Viajar por voluntad propia es una suerte que pocos podemos disfrutar. Y aunque este viaje se tuerza mucho, pongamos que hasta morir, sigue siendo una suerte” (la cita está recogida en el libro que Ander escribió sobre Yibuti).
Otro es que después de haber recorrido más de un millón de kilómetros sigue teniendo una curiosidad incombustible, tanto que este año decidió volver 20 años después a Groenlandia e intentar buscar a unos niños que aparecían en una foto para saber cómo eran hoy en día sus vidas (lo cual supuso el mayor gancho para que yo también acabase en aquel país). Y el definitivo que Ander y yo, le seguíamos sofocados allá por donde nos llevaba. Y aparentemente somos más jóvenes.

P.D.: En la imagen, Josu caminando por Kulusuk (Groenlandia). Un clic y se hará un poquito más grande.