Un país costroso

La carretera que cae desde Reykiavik hacia el suroeste discurre por un paisaje devastado: un pedregal caótico de tierra reseca, negruzca y polvorienta, sin un solo árbol y sólo disimulada por las alfombras de líquenes, musgo y turba. Al fondo, detrás de campos sembrados de pedruscos, sólo se intuye la silueta de un volcán. Las planchas de piedra levantadas, desquebrajadas y movidas que se acumulan a ambos lados de la carretera parecen ser la evidencia de que la noche anterior un violento terremoto ha agitado esta tierra, la ha lanzado por los aires y la ha dejado caer de nuevo. Pero no es así. Pese al desgastado y baldío paisaje de la península de Reykjanes –la zona con mayor actividad volcánica del país-, Islandia es geológicamente el rincón más “nuevo” del planeta. La explicación de la existencia de un paisaje tan joven y tan manoseado al mismo tiempo es que Islandia es una postilla.
Los continentes, que navegan sin rumbo como balsas de roca sobre la mantecosa superficie del magma y las viscosas entrañas incandescentes del mundo desde hace millones de años, en su eterna y lenta deriva, están rasgando ya las costuras de nuestro planeta. Desde la Antártida hasta prácticamente el Ártico, la Tierra se llaga: Europa tira hacia un lado y América se empeña en tirar hacia el contrario. Así se ha abierto una profunda y kilométrica herida que se llama Dorsal del Atlántico. Para nuestra fortuna se encuentra sumergida a cientos de miles de kilómetros bajo el océano, salvo en un punto del planeta en el que emerge la llaga a la superficie, y las vísceras de la Tierra se ventilan al raso: Islandia. Allí, se presenta como lo que es, una descomunal brecha en la corteza terrestre.
La herida abierta entre América y Europa comenzó a sangrar desmedidamente cuando quedó al descubierto: la lava brotó sin límites vertiginosamente bombeada desde el mismísimo centro de la Tierra y voló hacia el cielo abierto. La Tierra se llagó en torrentes de fuego incandescente, vomitó millones de rocas, segregó charcas de pus azufroso, eructó columnas de humo y ceniza, tembló espasmódicamente y sufrió un calor febril. Sólo el frío del ártico supo templar semejante sangría magmática y enfriar la lava y la ceniza, que formó una costra sólida capaz de taponar momentáneamente la herida. Esa costra es Islandia, una postilla porosa, oscura, abrupta y desconcertante. Y así se ve en el mapa, como un parche de lava seca.
Fue el último pedazo del mapa en aparecer sobre la faz de la Tierra, el más nuevo, pero no hay más que darse un paseo por la península de Reykjanes, al sur de la capital, para hacerse una idea de cómo fue. Allí en Sandvik, muy cerca del pueblo de Hafnir, está lo que queda al descubierto de la herida: un risco emerge desde el mar y se adentra hacia el interior de la isla como un desesperado hachazo.
Dos paredes de basalto y lava seca que se deshacen y se desmigan en cientos de rocas, piedras como quesos de grullé (porosas y ligeras), metales y minerales que caen al pasillo que queda entre ambas. Lo más inquietante: una de las paredes es la placa Euroasiática y la otra la norteamericana, cada una un continente. Y lo que queda entre medio: la nada. Es un risco de 20 metros de ancho y es la separación real entre dos continentes, por suerte entre ellos ya no se abre un abismo infinito sino toneladas de ceniza, virutas de metales y rocas pulidas.
No obstante hasta el s. XIII de nuestra era entre medio de las dos paredes tectónicas se asomaba el infierno: un río de lava ardiendo ininterrumpidamente. Los vikingos que vivieron en Islandia conocieron la herida aún templada hasta que se apagó. Y aunque desde entonces han conocido una época de relativa calma, las erupciones marinas y terrestres o los terremotos no se han interrumpido. Las dos veces más aparatosas nacieron dos nuevas islas bastante grandes como aparecer en un mapa y tener nombre propio, en 1783 apareció Nýey y en 1963 la de Surtsey. Los colonos escandinavos intentaron incluso cultivar el campo en esta zona de la isla, pero fue imposible, la temperatura del suelo era tan elevada que en muchos casos en vez de germinar, las hortalizas aparecían recocidas o chamuscadas.
Ha sido esta grieta la que ha condicionado la vida de la isla, ya que es el origen de toda su actividad geológica, donde palpita el planeta: más de cuarenta volcanes en activo, cientos de géisers (palabra del idioma islandés exportada a todo el mundo), terremotos, fumarolas gaseosas, minerales por doquier… Pero a costa de la inseguridad geográfica los islandeses han sabido sacar partido de la energía geotérmica, tanta como para iluminar la isla, de las lagunas subterráneas que proporcionan agua caliente y calefacción gratis a los islandeses o de los minerales para una boyante industria metalúrgica. La fisura continental también a afectado a lo político y lo social obligando a Islandia a bascular siempre entre Europa y Norteamérica, teniendo una extraña identidad vikinga influenciada por EE.UU.
Pero ahora incluso la sima, como maravilla geológica, genera turismo. Recientemente se ha colocado un pequeño puente para peatones que une, como una ridícula grapa, la placa europea y la americana; se llama “El puente entre dos continentes”. Con él es posible cruzar del viejo al nuevo mundo en unos pasos y, como en una frontera de chiste que es, un cartel con la bandera de barras y estrellas saluda al recién llegado al otro lado con un: “Welcome to North America”.
En el lado americano de Islandia, un cartel informativo advierte: “el suelo sobre el que usted se encuentra se está alejando en estos momentos a una velocidad de un centímetro al año hacia el noroeste”. Apartamos la vista del cartel, asomamos la cabeza y echamos un vistazo a nuestro coche de alquiler, alojado en el otro lado, en el europeo, que supuestamente se está alejando de nosotros. Todo parece igual de tranquilo que hace unos segundos.
Pero la sorna y el ácido humor islandés destapa una verdad muy incómoda: la herida no ha cicatrizado y los continentes se siguen alejando dos centímetros cada año, así que la postilla se acabará quebrándose de nuevo. El país más joven del mundo tiene fecha de caducidad.
P.D.: En la imagen, a la izquierda la pared desnuda del continente europeo y a la derecha el americano.
Nota: Tras un aviso de Ander y producto de un apasionamiento excesivo y un despiste nocturno y alevoso (me acabo de dar cuenta de que me hice de la picha un lío con metros y kilómetros) corrijo un error del texto:
El centro de la Tierra se encuentra exactamente a unos 6.371 kilómetros desde la superficie de la Tierra (es un término medio de la NASA porque como sabéis nuestro planeta no es un esfera perfecta sino achatada lo que provoca diferentes distancias desde el pellejo al corazón terrestre bien sea desde los polos o desde el Ecuador). Por lo tanto, para nuestra tranquilidad la Tierra no late magma pastoso a “cientos de miles de kilómetros” como escribí, sino a unos 6.300 kilómetros, que tampoco está mal.
Y la Dorsal Atlántica, se encuentra sólo sumergida a unos 4 o 3 kilómetros de profundad, vamos que podríamos rebañar en el océano al Aneto (el pico más alto de los Pirineos con unos 3.404 m) y apenas asomaría la puntita o nada. Aunque en algunos puntos el Atlántico se zambulle muchos más metros en el fondo (hasta 8.000 y pico cerca de Puerto Rico). A raíz de esto he descubierto cosas curiosas del futuro de Islandia, así que mañana os las cuento.

















