Unas gafas
Unas gafas sobre el asfalto. Frío e inquebrantable. La lente de uno de los ojos estrellada, con decenas de rayos troceando el cristal desde el centro, las patillas desbarajustadas y abandonadas para siempre. La última imagen nítida de la desesperanza, de la desesperación, de la despedida, de la destrucción. Del terror. Del desastre. Y lo peor, crónico y endémico.
Detrás de las gafas, la descomunal tragedia humana. Sin adjetivos ni aditivos. Arrancar de cuajo, de raíz, la vida.
En el fondo de ese profundo valle guipuzcoano se han rasgado de nuevo las entrañas del averno y nos asomamos a él, como viene siendo desdichada costumbre, con renovada desolación. Un infierno tan conocido para nosotros que podíamos ponerle Denominación de Origen. Y que se nos manifiesta siempre con brutalidad extrema.
No se puede eludir, esquivar, maquillar o disimular un dolor tan abrupto, inadmisible y evidente.
Con unas gafas quebradas, las de Isaías, se intuye el infierno, pero también se puede ver más allá.
P.D.: Hablando de ver… “tuertos o ciegos”.












Unas gafas rotas, unas gafas que no tienen recambio. Unas gafas destrozadas porque alguien no quiere ver porque no sabe ver. Alguien que es, encima, un cobarde.
Caravinagre, con todo mi afecto: luchemos para que nunca esta basura que se odia a sí misma tenga derecho a ninguna Denominación de Origen, que es sinónimo de calidad, de alegría, de belleza; sin ir más lejos, todo lo que le adorna al pueblo vasco. Y a borbotones.
“No se puede eludir, esquivar, maquillar o disimular un dolor tan abrupto, inadmisible y evidente”. Me asombra y me desmoraliza la capacidad que tiene mucha gente de eludirlo, esquivarlo, maquillarlo, disimularlo. Y no me refiero a la piara de descerebrados que ríen las gracias del pistolero, sino a tantas personas indiferentes, que no se plantean ningún dolor que quede dos centímetros más allá de su nariz.
Pacotto, sí. Ander, dos centímetros, la distancia de unas gafas sobre la nariz.