28. 03. 2008

Muestrario


Ayer pasé por el café Ramutcho. Pero sólo de pasada. Dijo el capitán: “Senores pasajeros, acabamos de sobrevolar Bilbao, Vitoria y ahora mismo estamos sobre la costa francesa”.

Finalmente aparecí aquí. Una ciudad que es un muestrario a escala del resto del mundo. Las calles tienen aromas, sabores, colores, rostros y lenguas de todos los rincones del mundo. Welcome to London.

P.D.: La foto, ayer por la noche sobre el Tamesis.

12. 03. 2008

Café Ramuntcho

Café Ramuntcho

Lo reconozco, soy cafeinómano.
Pero no sólo es una dependencia de la sustancia, sino de la calidad del brebaje del grano de café. Un buen café tiene que tener presencia (que tenga peso), aroma intenso (que no sea un olorcillo vago, no), sabor, personalidad… pero lo más importante es que esté acompañado por una buena cafetería, un buen ambiente, una interesante conversación, una buena lectura, un clima. Una atmosfera, en definitiva. Ahí estoy enganchado. Los cafés no son sólo una pócima excitante y el combustible que mi cuerpo reclama todas las mañanas, sino muchas veces un chute de placer sensorial por esa atmosfera.

Por eso para paciguar y relajar un poco la tensión de todos estos días, me permito recomendaros o rememorar algunos de los cafés que más placer me han causado.

Uno de ellos, el Café Ramuntcho en Baiona.

El Ramuntcho está apuntalado en una calle, la Rue du Pilori, que cae literalmente hacia el Nive (o Errobi), el riachuelo pequeño que riega la capital labortana y trocea en desigual proporción la ciudad: a un lado queda la Grand Bayonne y al otro la Petit Bayonne. La Rue de Pilori se desliza y cae en pendiente hacia el río, como un afluente empedrado, como muchas de las calles de la ciudad que resbalan en fuertes pendientes hasta terminar en la orilla del río. Un río, el Nive-Errobi, que huele ya a salitre a esas alturas, pierde el curso y se amansa, y pega un último retorcijón para revolcarse con el Adour, fundirse, y perder juntos el nombre en beneficio del Océano Atlántico. La Rue de Pilori parece que quiere tirar a los paisanos al río, si uno relajase el cuerpo y se dejase llevar por la corriente que le marcan los adoquines acabaría entre salmonetes y porquerías reflotando en la ría.

El Ramutcho está bien apuntalado, pero tan bien que si su terraza, mesas y sillas se pusiesen fuera de la Rue de Pilori en otra calle, hecha a nivel y sin caída, se representarían como una colección de sillas paticojas y torcidas. No obstante, el café en la mesa también se abalanza hacia el río desde la taza. El Ramuntcho se inauguró allá por el año 1920 y hace honor a la novela del escritor Pierre Loti (seudónimo de Louis Marie Julien Viaud, Rochefort, 1850 – Hendaya, 1923) que con ese mismo título relató las andanzas de Ramuntcho, pelotari y cazador de Ascáin. Loti fue oficial de la marina francesa y un viajero incansable que tras recorrer Asia, la Micronesia, el Pacífico, Índico, Islandia, Turquía y el Oriente deselpolvo la arena de medio mundo de sus botas, se descalzó y se quedó a descansar en la tierra vasca. Pasó de ser militar a quedar consagrado a las letras francesas como académico de la lengua gala.

El café novelesco conserva su aspecto añejo y el caserón estrecho en el que se aloja conserva sus vigas y estructura de madera. Hayas o robles inmortales, tintadas de rojo en la fachada y de brillante barnizado en el interior, que recogen el aroma de los más de 100 cafés y tes que no sólo se pueden disfrutar en el Ramutcho sino también llevar a casa. Para disfrutar a domicilio en tacita y una humeante infusión o café de la esencia de Baiona. ¡Una dosis del Ramutcho, por favor! Así soy, cafeinómano.

P.D.: Estas son la clase de cosas que hago en un fin de semana: Madrid-Soria-Pamplona-Baiona (Francia) y vuelta pa’ abajo.

07. 03. 2008

Unas gafas

Unas gafas sobre el asfalto. Frío e inquebrantable. La lente de uno de los ojos estrellada, con decenas de rayos troceando el cristal desde el centro, las patillas desbarajustadas y abandonadas para siempre. La última imagen nítida de la desesperanza, de la desesperación, de la despedida, de la destrucción. Del terror. Del desastre. Y lo peor, crónico y endémico.

Detrás de las gafas, la descomunal tragedia humana. Sin adjetivos ni aditivos. Arrancar de cuajo, de raíz, la vida.

En el fondo de ese profundo valle guipuzcoano se han rasgado de nuevo las entrañas del averno y nos asomamos a él, como viene siendo desdichada costumbre, con renovada desolación. Un infierno tan conocido para nosotros que podíamos ponerle Denominación de Origen. Y que se nos manifiesta siempre con brutalidad extrema.

No se puede eludir, esquivar, maquillar o disimular un dolor tan abrupto, inadmisible y evidente.

Con unas gafas quebradas, las de Isaías, se intuye el infierno, pero también se puede ver más allá.

P.D.: Hablando de ver… “tuertos o ciegos”.

02. 03. 2008

Terriodista

—¿Estás sacando fotos del metro?

Me incorporo ante la pregunta. Estaba agazapado intentando cazar los pies de los pasajeros saltando al interior de un vagón. La señora que preguntaba era una mujer de melena blanca y alborotada que acababa de descender de ese mismo tren, iba con varias bolsas de plástico colgadas del brazo y rebozaba su delgada figura con una alargada falda negra. Me clavaba sus pequeños y curiosos ojos oscuros con un gesto nervioso esperando la respuesta, que era evidente y obvia.

—Sí, señora.
(Extiendo una bonita sonrisa ingenuamente, sin adivinar lo que se me venía encima).

—Pues muy mal, está prohibido. No se puede.
—Soy periodista.
—A ver, demuéstramelo. Enséñame el permiso. (Mueve la mano asiendo el aire, reclamando)
—Señora, disculpe, pero a usted no le tengo porque demostrar nada.
—Cómo que no, pero es que puedes ser un terrorista. Yo no lo sé.
—Señora, le aseguro que no soy ningún terrorista, soy periodista.
—Pues, a ver, enséñame tu carné.
—Señora, entienda que yo a usted no le debo ninguna explicación. No le pienso enseñar nada. No es usted ninguna autoridad. No puedo enseñárselo a todo el que pasa.
—Pero tienes que tener un permiso.
—Lo tengo. (bueeeno…)
—Enséñamelo.
—Oiga, le repito que no le tengo porqué enseñar a usted nada.
—Pues voy a avisar a seguridad.
—…
—…

Y la mujer sale corriendo (literalmente, a la carrera) andén abajo.

Así empieza la historia de esta foto.

Con semejante mala leche. La señora en cuestión estaba realmente agitada. Y yo desconcertado veía venir que la fotito de marras me iba a salir cara.
La mujer se zambulló en el tren. En esta estación al ser final de trayecto y morir el recorrido aquí se puede vadear la vía a través del tren porque a ambos lados tiene andén, así abre los vagones abren las puertas a ambos laterales y hacen de puente entre dos andenes. En esta estación cambian las agujas de las vías, el tren da marcha atrás y comienza el camino a la inversa reconvirtiéndose la cabina de cola en cabeza y viceversa.
Otra de las peculiaridades de esta estación términal es que hay una garitilla con unos cuantos responsables del metro de Madrid, a los que la buena mujer, ciudadana concienzada con cazar a un periodista o terrorista indocumentado, fue directa. Y de hecho, vadeó la vía atravesando el tren, que era el camino más rápido. Ante semejante imprevisto, existen dos posibilidades: enfrentarse de cara a los problemas o escurrirse y escaquearse. Yo elegí el orden inverso a estas posibilidades, así que lo primero que hice fue deslizarme dentro del metro, que es lo que tenía previsto, y esperé (impaciente) a que cerrasen las puertas y el cacharro se pusiese en marcha con el habitual traqueteo. No quería quebraderos de cabeza, estaba cansado y era tarde. Lo cierto era que hasta el propio maquinista me había visto sacar las fotos, de hecho las saqué delante de él, porque retraté a parte de la locomotora y nadie me había puesto ninguna pega. ¿Por qué demonios esta señora tenía que ser tan tenaz y empecinarse en buscarme problemas?

La señora se montó en el tren justo a tiempo, a instantes de que echase a andar. Se montó para seguirme.
Yo estaba en el fondo, en una esquina. Le vi a lo lejos y ella me vio también desde la mitad del tren. Dio unos pasos al frente. Yo pasé a la opción dos, a la de enfrentarse al tema. Me dirigí con paso firme hacia ella. Ella también se acercaba a mí, pero dudosa. Ya estaba frente a ella, pronuncié un “disculpe” y ella, mirándome fijamente, me reprochó un “me han dicho los de seguridad que a ellos no les has pedido ningún permiso” y en vez de avanzar, retrocedió. Volvió sobre sus pasos, sin dejar de mirarme. Yo me acerqué y ella volvió otra vez a retroceder sin quitarme un ojo de encima. Estaba asustada, se veía acorralada, había perdido gran parte de su coraje. ¡Por Dios! Me hizo sentir como un matón de barrio.

—Disculpe, señora, yo no quería causarle ningún disgusto.

(Balbuceé, acercándome más lentamente e intentando tranquilizarla).
—Pues sí que me has dado un disgusto.
—Mire, escuche, yo no le quería alarmar. Si se queda más tranquila le enseño mi carné de prensa. Mire.
Saqué del bolsillo del pantalón mi tarjeta del trabajo en la que aparece mi foto, mi nombre y el nombre de la empresa. Lo alcé, y se lo mostré a la señora. Al final le rendí cuentas como ella quería desde el principio. Me doblegué.

—Ve,—continúe—soy periodista y trabajo en el grupo “tal y cual”. ¿Se queda usted más tranquila? Yo no quería causarle ningún disgusto, pero entienda que no puedo rendir cuentas a todo el que pasa… Mire estoy haciendo unas fotos para un reportaje digital de… (bla, bla y bla. Rellénalo con una bonita y repentina excusa)
—Pero es que yo… yo… no sé si eres un terrorista o qué… es que ya sabes, en estos tiempos que corren… (erre que erre). Yo también soy periodista.
—Ah, ¿sí?—Le espeté bastante incrédulo—.
—Sí.
—…
—…
—Mire, le entiendo perfectamente, pero yo intento hacer mi trabajo. Y no puedo dar explicaciones a todo el que pasa. Pero tampoco quiero asustarla.
—Pues sí que me has dado un buen disgusto. Y yo tampoco tengo porque volverme a montar en el metro porque tú no..r. ¡¡Ayyyyyyy!! (la señora se agarra subitamente y de sopetón la falda que se le desliza estrepitosamente por su huesuda cintura).

Sí, para colmo la señora casi se queda en ropa interior. Es lo que faltaba. Afortunadamente, se agarró a tiempo la falda y no cayó más debajo de la cintura, aunque con las bolsas que cargaba y el bolso era difícil amarrarse. Y yo tampoco sabía cómo ayudarle, ni de dónde cogerle. Pasó de exasperarme a provocarme compasión.

—Ay, se me caen hasta las faldas del susto.—Añadió.—
—Vaya. Lo siento. (¿?¿? no sabía qué decir)

Llega la siguiente parada. La mujer hace ademán de bajarse. Claro, ella se había montado exclusivamente para seguirme. Me deseó buena suerte con mis fotos. Le dije que no pasaba nada, que se fuese tranquila. Se despidió.

Me senté a descansar. Unas jovenzuelas que habían presenciado toda la escena no paraban de reírse, rojas como un tomate, recordando a la señora y cómo casi pierde la falda. Yo sonreí y meneé la cabeza, pero no recordando lo de la falda sino toda la historia desde el principio. Qué surrealista e irreal. Pero cierto. Guardé la cámara y descabalgué del metro, para pasear tranquilamente y repirar por la superficie.