El afgano
Muy rara es la mañana que no comienza con “1 pollito, 1 euro”.
A esas horas tempranas del día la boca del metro es un pequeño sumidero atorado. Es una parada por lo general tranquila, pero tiene una única salida /entrada. Y eso de par de mañana es un problema: Imagine al gracioso y pequeñín sumidero del lavabo de su baño asumiendo la tarea de ser la única salida para la presa de un pantano. Pues parecido. La locura es querer entrar y no poder, o al revés. En la orilla de este torrente humano, en la repisa de esta boca de metro, está casi todas las mañanas un hombrecillo que saca a desfilar a un puñado de pollos peludos y amarillos fosforito.
Son de juguete y andan hasta borrachos si les das cuerda suficiente. En un cartel de cartón vulgar (un trozo de una caja) y con tinta negra el hombrecillo cuelga el reclamo de su negocio “1 pollito 1 euro”. El hombre tiene la piel rojiza y brillante como el cobre, arrugada, y una barba blanca que se le deshilacha en los extremos y le da un semblante firme y una planta de un diplomático viejo, exótico y extraviado. Al lado de ese cartel, cuelga otro: “País Afganistán”. Suele ir tocado con sombreros, a menudo lleva un gorro cuadrado de pelo de animal, similar al que gastaba el presidente de Afganistán.
Nunca le he visto vender ni una de esas bolas amarillas. Pero sí que he visto a un niño latinoamericano jugar con uno de esos pollitos en las escaleras mecánicas del interior de esa misma parada. No sé de dónde los saca, ni si fue antes el huevo, la gallina o los pollitos en venir desde el lejano oriente. Él apenas abre la boca. Una mañana un hombre de su edad, un madrileño jubilado con esas gorras típicas de chulapo, le dio un toque en el hombro. “Qué, ¿ya has desayunado hoy? Sino te invito”, le dijo. El hombre de los pollitos no medió palabra. Movió la cabeza para asentir a lo primero e hizo un gesto amable para declinar la invitación.
Los pollos comparten parada de metro con unos gitanos que, con mucha gracia, todos los días venden a viva voz “cinco pares de calcetines a dos leuros” e intentan camelar a las señoras del barrio; y también con una boletera de la ONCE negra y rechoncha, bien podría ser cantante de góspel, que se acurruca en una esquina y se fuma un pitillo.
El afgano es un hombre entrañable. Y junto con el primer café del día su presencia es un ritual consagrado por la rutina.













