10. 12. 2007

¡Qué rico, mamá!

Me acaba de escupir la última boca de metro por hoy y regreso del trabajo. Me desvio por una bocacalle para ir a comprar el pan para cenar hacia las nueve de la noche. Noche cerrada pero abierta artificialmente todavía por mil luces. Incluso las de Navidad. Como no hay ya cristiano que venda pan a esas horas, sólo los chinos y tiene pinta de que sustituyen la levadura con neumático, los del Corte Inglés tienen un invento que se llama OpenCor (una especie de ultramarinos 24 horas abierto) así que allí voy. De paso: una plaza con unos niños jugando, otros más mayores echan las horas a perder con las hormonas alteradas (fumando, bajando politonos y chismorreando con cosas de cintura), un bar de pierde-hígados al lado, un supermercado Día cerrado, una frutería con la persiana bajada, una cervecería y un restaurante. Al girar la curva, el ultramarinos del ‘triángulo verde’.

Una mujer tira dos bolsas de basura de espaldas a una fruteria cerrada y al supermercado Día. Parece que ha salido del portal de detrás. Va bien abrigada. A su lado una renacuaja también bien abrigada y arreglada, su hija, cotorrea sin parar. Treinta y pico largos años la mujer alta y entre cinco y siete escasos, la diminuta. Paso a su lado. Ya estaba en la manzana de enfrente, unos metros más adelante cerca de un restaurante afranquiciado, cuando distinguí entre las sílabas que farfullaba la pequeña un grito entusiasta: “Mira… ¡Qué rico, mamá!”. Y añadió: “¿Me lo puedo comer ahora?”. Entre medio, el estrépito cómplice de las bolsas. Volví la vista atrás para ver qué estaba “rico”, pero ya no se distinguía bien a ninguna de las dos. Dí cinco pasos más y caí en la cuenta. No estaban tirando la basura.

Tonto. Se me cayó el alma a los pies, y de allí, rebaló a un sumidero de la calle. Ante volver sobre mis pasos o seguir adelante, seguí de frente.

Pensando. A paso más ligero. Giré la esquina. Crucé la puerta del OpenCor, tres calles de supermercado más abajo compré dos barras de pan de leña. Y una bandeja de jamón. Pagué y salí apresurado del comercio. A paso ligero. Regiré la esquina. Estaba nervioso. Y… en esos cubos de basura ya no me esperaba nadie. Ni madre ni niña. Tampoco había tardado más de cinco minutos, pero ya no estaban. Pasé al lado. Miré los cubos, parecían revueltos. Quizás eran conjeturas y desvaríos míos. Quizás la imaginación me había jugado una mala pasada.

Di la vuelta a esa manzana dos veces. Salí a la calle principal. Incluso fui una manzana más a la derecha porque sabía de la existencia de otro supermercado en el que posiblemente había más “¡qué rico mamá!” porque tiran productos frescos que se pasan en el día. Pero ni rastro. Ahora me sobraba una barra de pan y una bandeja de jamón. Dos veces tonto. Tonto, tonto. Así.

Lo cuento no por autocompadecencia, sino por advertir. La capacidad de reacción se agudiza entrenándola, como cualquier otra capacidad. La mía estaba tan atrofiada o fofa ese día que me lesioné para el resto de la temporada.

4 zartakos »

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  1. Carol dice:
  2. Jo! casi se me caen las lagrimas, me ha parecido muy triste y muy bonito a la vez. Un beso

  3. mire dice:
  4. Me acuerdo de ese día. Cuando llegaste y lo contaste en el piso.
    No te preocupes. Tú actuaste, pensaste en qué poder hacer y no pasaste de largo. Hay gente que nunca hará eso. Muchos perdieron la vocecita de la conciencia (la que martillea la cabeza), y otros nunca la han oído.
    Un besico

  5. Ander dice:
  6. Bueno, ahora tienes agujetas. Pero eso quiere decir que para la próxima tendrás la musculatura a tono. Ya lo verás.

  7. Gracias a vosotros. No es nada del otro mundo, es otra historieta rescatada más. Pero “jode”. Así tal cual.

    Y sí, Ander, para la siguiente con las agujetas se hará músculo y callo. Es lo que digo, la capacidad de reacción hay que entrenarla. También cuando un bruto borracho juguetea con tus pasaportes en el Cáucaso. jaja.

    Carol, es triste. Pero es una realidad que está ahí. Es tan dura que no pasamos por placer, sino porque no nos queremos creer que eso ocurra en nuestro mismo barrio. Simplemente. A Mire le mando un besazo.

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