28. 11. 2007

Encuentros

Madrid es un hormiguero muy pequeñito. O eso me parece cada día más.

La primera vez me llamé a mí mismo paranoico. La segunda me convencí de que era totalmente cierto. Y, como bien dicen, “a la tercera va la vencida”. Estaba comprando el billete de metro por la mañana, antes de zambullirme en las entrañas de este minúsculo hormiguero cuando oí otra vez ese familiar sonido desde el piso de abajo. Era el sonido que orquesta el “balofón” una mezcla de xilófono y txalaparta en el que los sonidos revientan en el interior de unas calabazas de paredes maduras y duras como piedras. De las tripas huecas de las calabazas, con tremenda sonoridad, reverberan hacia fuera. Era el tercer día de las últimas dos semanas que oía ese sonido. Estaba en la parada de metro más cercana a mi piso madrileño, que ni está en el centro, ni en las afueras. Está incardinada dentro del primer anillo vial que intentó poner cerco al crecimiento de Madrid, la M30, y como ésta habrá un centenar largo de paradas de metro igual de vulgares de barrios de poco renombre. Pero el azar organiza encuentros como éste. El sonido del balofón me llegaba desde el piso de abajo. Y pensé: “Esta vez no se me escapa, no me voy con la duda”. Descendí las escaleras preparado para encontrarme con el pamplonés más peculiar de los últimos 16 años, Thierno Diallo.

Y allí estaba.


[Un día cualquiera en la calle Chapitela de Pamplona-Iruñea]

El primer día que le vi en el metro me desconcertó, pero me causó una emoción difícil de describir. Una ilusión infantil. Habitualmente siempre paso como el correcaminos por las trampas del coyote, a toda velocidad y sin ver demasiado, suelo ir con el tiempo justo al trabajo y en cuanto se oye chirriar al tren que acaba de llegar un piso aún más abajo hay que esquivar a la muchedumbre y lanzarse a por las siguientes escaleras sin contemplaciones. Pero ese tercer día me tomé mi tiempo. Casualidades como estas hay que celebrarlas regalándonos tiempo.

Le saqué una foto con el móvil, a la captura de su efigie de gigante de la sabana. Me acerqué y supe que jamás me había equivocado. Era él, Thierno Diallo (el nombre se lo consiguió sonsacar el año pasado en Pamplona mi amiga Maite para un fabuloso, pero desesperante reportaje). Para despejar todo tipo de conjeturas, al los pies del balofón mostraba diferentes recortes de prensa, entre ellos un par con similares titulares: “Ritmos africanos por las calles de Pamplona”. Hice la aportación de rigor a su sombrero. Soltó su “muchas gracias” y dejó de tocar el instrumento. Entonces se lo solté. Le saludé con la emoción y la inquietud con la que te encuentras con un paisano que hace tiempo que no ves por tierras lejanas y ajenas. “Tú eres de Pamplona y yo también”, le dije emocionado. Claro, lo dejé de una pieza.

Creo que le ‘acojoné’. Imagínate, estás tocando en el metro de Madrid y te viene un energúmeno emocionado –aunque somnoliento- de par de mañana, y te saluda como si te conociese de toda la vida y te dice que vives en otra ciudad. Pero me contestó muy entero: “Sí”. Y me dijo “¿De dónde eres tú?”. Y, aquí, ya llegó el éxtasis: “De la Txantrea (Chantrea), ¿lo conoces?”. “Claro que sí”. Es parco en palabras, llegó hace 16 años a Pamplona desde Alicante y Valencia. Y hasta allí, hasta el Levante, había llegado desde Senegal. En Pamplona encontró su hogar.

Suele ir ‘entxapelado’. Cuando gana Osasuna una victoria sonada, se viste con la elástica rojilla; y en las fiestas de guardar (San fermines, Navidad, etc…) se trajea con un repertorio de folklore. Lo mismo se claza unas albarcas y se viste de casero, que se cuelga unos cencerros y va de ‘joaldun’. No obstante, pese a la década y media que lleva aclimatado a los Pirineos tiene un hablar escueto y afrancesado. Le pregunté qué tal le iba y qué planes tenía, si se iba a quedar allí. Me dijo que el viernes regresaba a Pamplona y que volvería a estar allí una temporada, como siempre. Y que luego regresaría otra temporada a su “pais” (sin tilde). No conseguí desvelar que hacía en Madrid, y creo que hubiese sido de mal gusto. Pero fue terrible que nos encontrásemos los dos perdidos, ajenos, en ese vulgar agujero de Madrid.

Nos estrechamos la mano con fraternidad, como paisanos. Reconciliados con el mundo. Volvió a golpear uno de los resortes del balofón y a ver pasar gente y más gente. Y más y más gente desconocida.

(Dedico este azaroso y magnífico encuentro a mi amiga Maite)