24. 10. 2007

Del Norte

Soy del Norte.

Una de las cosas que he descubierto con agrado desde que vivo en la capital de España es que soy del Norte. El Norte es un lugar indeterminado, que empieza en León, en Burgos o en Soria y que termina en los fiordos noruegos. Aunque al principio suena un poco frío, es muy agradable por la cantidad de gente que lo compartimos: vascos, gallegos, aragoneses, cántabros, leoneses, asturianos, suecos, alemanes, daneses, noruegos, escoceses, islandeses, etc.

Así, la abuela de la fabada, Asterix, Eric el Rojo y yo soportamos mejor el frío, cocinamos mejor, tenemos mayor apetito, somos más distantes, bailamos peor, somos más sinceros y, sobre todo, nos importa un bledo que llueva a mares, porque “claro, como somos del Norte”.

Antes de llegar aquí, para mí los del Norte eran los de “la montaña” y después los alemanes o suecos y esas gentes que se les enrojece la piel en cuanto ven una micra de sol y se refrescan a quintales de sangría. Ahora, yo también soy un norteño. Lo que demuestra que de poco sirven las brújulas o las estrellas polares frente a la perspectiva.

Lo cierto es que me encanta ser del Norte.

Así, puedo presumir (entre otras cosas) de ser un “Bonito del Norte”. Y también he entendido por fin qué significa esa lapidaria expresión de “perder el Norte”.

08. 10. 2007

Le petit train de la Nive

Le petit train de la Nive., originalmente publicada por Caravinagre.

Manuel Irigoyen Manuel Irigoyen, de 56 años, en la estación de Baiona., originalmente publicada por Caravinagre.

Resopla el silbato con todas sus ansias. Tantas como con las que se agarra al asidero del vagón. ¡piiiiiiiiiiii! Ningún pasajero se apea. Ningún pasajero se monta. Sólo contestan a la señal de Manuel, a ladridos, un par de perros de los caseríos que salpican el monte de enfrente. Manuel Irigoyen, el único revisor de esta línea, retrocede para introducirse de nuevo en el vagón, tenía más de medio cuerpo fuera. Se recoloca discretamente la gorra de la SNCF y se la cala hasta las orejas. Tras su señal, el tren reinicia el traqueteo dejando atrás el cartelón azul de “Uztarritze”, testigo único de la existencia de esa estación. “Quizá dentro de una semana o un mes no volvamos a pasar por aquí jamás”, sentencia Manuel en un lacónico castellano afrancesado. “No sé qué pasará con este tren, ni conmigo ni con los pasajeros. No lo sé, no lo sé”, añade.

Manuel, el maquinista y 18 pasajeros (19 al pasar por Cambó les Bains) completan hoy el pasaje de este tren que une, en hora y cuarto de recorrido, los 57 kilómetros que separan Baiona de San Juan de Pie de Puerto. Dos vagones de hojalata que no pueden circular a más de 50 kilómetros por hora por el peligro que conlleva cabalgar sobre unas vías de hierro centenarias. Cada viaje en el que este tren remonta el río Nive (o Errobi) desde su desembocadura en Baiona hasta su nacimiento en el Pirineo es un logro. Y un desafío. Cada año, esta línea de ferrocarril (la única que no abandona nunca el País Vasco francés y se adentra hacia los Pirineos) recibe una nueva amenaza de desaparición.

Decían que en octubre de 2007 frenaría para siempre, pero sigue adelante. Es el único medio de transporte público que une Baiona y la localidad bajonavarra de San Juan de Pie de Puerto (Donibane Garazi en euskera) y es la única forma de unir entre sí pueblos como Uztarritze, Cambo les Bains, Bidarrai o Arrosa. Todos estos lugares son las vértebras del recorrido de este viejo tren a través del valle de la Nive.

(Y continuará…)

01. 10. 2007

Estación Esperanza

Metro / Subway / mètro [01], originalmente publicada por Caravinagre.

La verdad que siempre me ha hecho gracia. O por lo menos he creído que era evocador. Más que el sitio en sí, el anuncio.

El traqueteo velocísimo del metro amaina y el timbre electrónico suena: “tringlontín, tringlontín”. Es la línea 4 del metro de Madrid.

Dos jubiladas madrileñas llevan una niña en silleta, la nieta de una de ellas: una enana con rasgos chinos. Sentadas en frente, dos mujeres latinoamericanas. Una de ellas dormida, con la sien derecha acostada en la barra amarilla de asidero del vagón. La otra lee un periódico gratuito. Un trajeado, con corbata hortera estrangulándole, está de pie al lado de las dos muchachas. Es un maduro hombre de ‘business’ que requiere traje y maletín, se acaricia la barbilla y ojea como una grulla, en altura por encima del hombro de la muchacha, el diario gratuito. Dos hombres de castellano trabado, farragoso, monosilábico y acento extraño hablan frente al mapa esquemático de las líneas del metro. Uno es cuarentón y otro es bastante más joven. “No. Ésta no bien a ti. La siguiente sí”, le dice el cuarentón con una chaqueta de un chándal de cuando su país aun era parte de la URSS. El otro, el joven, le replica. El viejo le vuelve a explicar qué parada de metro le conviene más.

Son las 8.45 de la mañana. Pasado Arturo Soria y aun con la oscuridad más absoluta del túnel asomando por la ventana del vagón, se oye: “Próxima estación… Esperanza”. Los dos tipos se dan la vuelta, apartan la vista del mapa de estaciones de metro y repiten a coro (y en sincronización perfecta con la megafonía) el anuncio de la estación esperanza. A su manera: “Essperanssa”. Y se retuercen de la risa con su gracieta. Supongo que demasiados días pasando por la misma estación y sin bajarse en ese andén. El cuarentón de pelo revuelto y sin afeitar suelta una sonora carcajada. Le faltan tres dientes.

Todo esto no dejaría de ser una anécdota, pero ese mismo día me enteré que Manu Chao había introducido ese anuncio del metro en su disco homónimo “Próxima estación: Esperanza” y le han hecho pedir disculpas y pagar los derechos de autor a las voces que anuncian andenes en metromadrid.