Del Norte

Soy del Norte.
Una de las cosas que he descubierto con agrado desde que vivo en la capital de España es que soy del Norte. El Norte es un lugar indeterminado, que empieza en León, en Burgos o en Soria y que termina en los fiordos noruegos. Aunque al principio suena un poco frío, es muy agradable por la cantidad de gente que lo compartimos: vascos, gallegos, aragoneses, cántabros, leoneses, asturianos, suecos, alemanes, daneses, noruegos, escoceses, islandeses, etc.
Así, la abuela de la fabada, Asterix, Eric el Rojo y yo soportamos mejor el frío, cocinamos mejor, tenemos mayor apetito, somos más distantes, bailamos peor, somos más sinceros y, sobre todo, nos importa un bledo que llueva a mares, porque “claro, como somos del Norte”.
Antes de llegar aquí, para mí los del Norte eran los de “la montaña” y después los alemanes o suecos y esas gentes que se les enrojece la piel en cuanto ven una micra de sol y se refrescan a quintales de sangría. Ahora, yo también soy un norteño. Lo que demuestra que de poco sirven las brújulas o las estrellas polares frente a la perspectiva.
Lo cierto es que me encanta ser del Norte.
Así, puedo presumir (entre otras cosas) de ser un “Bonito del Norte”. Y también he entendido por fin qué significa esa lapidaria expresión de “perder el Norte”.













