27. 04. 2007

Espejismo rojo

Nuestro chofer, Lur o Nur –le llamábamos Lur porque nos sonaba más familiar- conducía por aquellas polvorientas carreteras a todo trapo; en su frente, ni una gota de sudor. Vestía traje negro y llevaba atado hasta el último botón de la camisa, durante los 450 kilómetros que nos había costado llegar hasta Matmata no había hecho ni un solo gesto de desahogarse un poco el nudo de la corbata estrecha y negra que le colgaba del cuello como una soga de ahorcado. Yo me asfixiaba de calor con sólo mirarle.

Matmata es la capital de los beréberes. Un pueblo seminómada y semi-extinto. Los que sobrevivieron a árabes y franceses viven en ‘Matmata Nouvelle’ (Nuevo Matmata) una urbe construida hace 40 años a 15 kilómetros de este desierto de coscoja y montañas con la excusa de erradicar el nomadismo y poder escolarizar y dar una vida “más digna” a este pueblo. Hasta entonces vivían en casas excavadas en el interior de la tierra, arcillosa y arenisca, que ocultaba su presencia a los extraños. Miré al horizonte achicharrado y no vi ni una sola casa. Debía haber más de mil, todas ocultas; y la mayoría, deshabitadas y abandonadas. Hoy apenas una docena de estos hogares están habitados, por cuestiones turísticas o por testarudez a abandonar su hogar familiar.

Llegamos a una de esas casas ganadas a las entrañas de las montañas. Vimos pasar a un hombre con un turbante azul justo a nuestra llegada. “Esto es un teatro engaña turistas”, pensé. Pero al lado del portal de esta casa asomó de una puerta contigua un niño. Entreabrió un poco la puerta y se quedó en el umbral de la penumbra observándonos. Vestía un chándal y un anorak de invierno, a pesar de los treinta grados de temperatura. Supongo que era el niño de la casa que se escondía de los turistas.

Franqueamos el portal, dentro nos esperaba la señora de la casa en una especie de salita recibidor arcillosa, nos indicó con el brazo que continuásemos hacia delante, invitándonos a entrar. No dijo ni Pamplona, o ni Salam. Sólo asintió con la cabeza a los saludos de los visitantes. El salón de la casa era un enorme patio excavado en la tierra, desde fuera inapreciable. Desde allí se acedía al resto de estancias. Era impresionante. Visité un dormitorio de matrimonio, la sala de las herramientas del campo, otra habitación… No sabía si aquello era todo mentira o aquella familia realmente vivía allí. ¿Cuánto vale desnudar la intimidad de tu casa y permitir que extraños la visiten y revisen? Nada. La voluntad. Para mí, cinco dinares.

Vi la cocina, con unas habichuelas a remojo para cocer, unos fogones muy sencillitos de gas y un gato huesudo merodeando entre las perolas. En otra salita, una televisión muy antigua con un guardapolvos de encaje por encima. En una pared colgaban unas fotos de la familia, era la madre y sus hijos, parecían fotos sacadas por los turistas. El color de las fotos estaba comido por el sol. Me convencí de que aquella familia vivía allí cuando vi la habitación de los niños: Una pelota de goma sucia y roja en una esquina, la cama revuelta; en la otra esquina, una mochila azulona muy usada y destartalada con la mascota de Danone, Danonino, con un lema en francés; y en una mesita un libro con ejercicios de francés, la tarea de árabe clásico a medio hacer y unas migajas de la goma de borrar esparcidas. Me acordé del niño de la entrada, sonreí, yo de pequeño también también aprovechaba cualquier excusa para evitar la tarea.

Regresé a Pamplona. Le mostré las fotos a mi padre: “Y esta era la mesita del niño que…”. “Oye, ¿qué es eso de ahí en medio?”. “¿Qué es qué?”, le contesté a la gallega a mi padre. “Eso que está entre las hojas de árabe y el libro”, concretó. Amplié la imagen. “¡No puede ser!”, exclamé incrédulo. “¡No puede ser!”, repetí. Entre la tarea de árabe y la de francés colonial, el niño bereber como distracción a sus estudios tenía una chapita roja con un escudo bordeado de cadenas y un león en medio. Era reconocible y además se podía leer: “Al Osasuna”. Al lado, otra chapita con el realista Kovasevich.

7 zartakos »

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  1. Matute dice:
  2. Estás obsesionado, buscas Navarra, Pamplona o cualquier sinónimo en cualquier parte del mundo. Lo próximo qué? Encontrar a un paisano de Ochagavía en Ruanda?

    Muy buena historia

  3. Javi dice:
  4. Superamos obstáculos, recorremos kilómetros, sólo por tí ... ¡Osasuna!

  5. carol dice:
  6. Seguro que no fuiste tú el que pusiste eso ahí?
    He tenido que guardar la imagen para poder agrandarla y verlo yo. Son las chapitas que salen en las bolsas de matutano, sería de algún turista, no? Que gracia.
    Será la forma de ganarse la vida de esa gente, te pagan por enseñar tu casa. No sé hasta qué punto me pareció bien pero la verdad es que era muy bonito poderlo ver.
    Te tengo que preguntar cosas de edición en blogs.

  7. Sergio dice:
  8. eiiii ya sabes navarricos around the world!

  9. Es la globalización según Danone, ya ves.
    El texto es sobresaliente, pero la foto de ella, y cómo la has editado, de matrícula (...porque como ya no te tengo que examinar, o casi, te pongo las notas que me da la gana). Eso sí, me extraña que no hayas relacionado el grito del bereber con el irrintzi. Para mí es una misma entraña étnica o humana, que no globalización.

  10. Obsesionado, no. Casualidades.

    Gracias, Paco. Puedes seguir poniéndo notas por afición y sin que repercuta en mi expediente. De hecho, lo agradeceré. Siempre es bueno seguir aprendiendo.

    La verdad, es que lo del irrintzi sí que se me pasó por la cabeza cuando estábamos en una jaima con un festival folklórico. También había un personaje enmascarado y con pieles de carnero que me recordó a un personaje del carnaval navarro, una especie de ‘momotxorro’ de Alsasua. Y un instrumento de viento que sonaba como la gaita navarra.

    También bailamos en la jaima seducidos por las danzantes autóctonas y embriagados por los tintos tunecinos. Un compañero de viaje de Tudela que conocimos allí mismo me aseguró: “Yo no me voy de aquí sin bailar la revoltosa”. Y la guinda fue un caballero tunecino que en un café de la medina de la capital del país nos habló en perfecto castellano, nos dijo que había estudiado filología hispánica y nos recordó esa extraña teoría que relaciona al euskera con las lenguas bereberes. Como ves, un bonito trabajo etnográfico el que llevamos a cabo. Gracias, en parte a Matutano y Danone.

  11. Por cierto, para ver más fotos, como siempre: click aquí.

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