Colores bilbaínos / Bilbokoloreak

Una bilbaína me insistía una y otra vez con el cuento cromático. Que si Bilbao era azul, que si todo estaba teñido de añil metálico, que existía un color que era el “azul Bilbao”, que era precioso, aunque las luces de navidad había que apreciarlas en la delicada frontera que está entre lo hortera azul de pueblo morcillero (cierto, las tripas de cerdo no están reñidas con la decoración) y el elegante azul cobalto de las metrópolis europeas. Conclusión: ‘cachondeo’ con el azul y con la duda más que razonable de la existencia de ese color bilbaíno.
Decidí comprobarlo por mí mismo. Propuse decentemente echarme un café con ella en el centro de la capital de Bizkaia. 28 de diciembre. Debió pensar que era la broma de los Santos Inocentes, pero a veces me asaltan estos planes absurdos de coger solo carretera y manta. Y dos horas de carretera. Y sin manta. Así que cuando aterricé en ‘la capital del mundo’ decidí que tengo que ver menos euskal telebista o que deben cambiar la programación, porque todo me sonaba demasiado. Aunque unos pasos más adelante de San Mamés le llamé para confirmar la cita y me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea de dónde narices estaba, ni tenía un punto de referencia. Paseé por la ría, visité el museo marítimo y sitios que me hicieron sonreír varias veces.
Nos echamos ese café juntos. ¡Y vaya que si me lo eché! Un café comprometido que llevé media tarde tatuado en la ingle del pantalón vaquero y parte de la chaqueta. No achicharré a mis futuras generaciones de milagro. Pero no soy el único experto en eso. Creo.
Era un día espléndido, con esos soles que solo se soportan en invierno y aun calientan demasiado. Pasó un tranvía a mi lado, me avisó tocando la campana, pero no me quitó el susto y brinqué: Soy un poco Paco Martínez Soria, pero en versión navarra. Creo que llamé un poco la atención. Pero el resto del día conseguí pasar desapercibido. Me encanta disfrutar de tonterías como el metro, como un niño cuando le regalan su primer ‘scalestrix’ y es capaz de pasar una eternidad girando con el coche en las vueltas del circuito, yo me pasaría todo la jornada montado esos ferrocarriles subterráneos. Y en el puente colgante. Y en el bote gasolino. Y viendo el mar. Y paseando por lo viejo.
De pequeño creía que sólo existía aquello que yo había visitado. Contradiciendo aquello de que todo lo que tiene nombre existe, yo creía lo contrarío: Sólo aquel lugar que has visitado existe. Y en cierta medida existe sólo para ti, porque ese café derramado o ese lugar tan peculiar donde comer, o donde decir una tontería fabrica un recuerdo exclusivo. Así que fabriqué unos cuantos recuerdos de esos y estoy satisfecho. Hacía mucho tiempo que no me dedicaba sólo a eso. El buen humor y la vizcaína que me guió fueron un acierto.
Por supuesto, no encontré el azul Bilbao en las luces navideñas. Pero sí que tengo que rectificar, retirar los vaciles y confirmar que existe ese color “azul Bilbao” por toda la ciudad. Aunque debo decir a mi favor que la bilbaína se equivoca si piensa que ese es el único color de su ciudad, encontré muchos más. La foto de arriba, azul. La de abajo, unos pocos colores entre muchos otros. Las dos, dedicadas a Leyre.












Bilbo handia!
ni hiruzpalau aldiz egon naiz bertan. Azkenengoz 2005eko abenduan. Eta eguraldi benetan txarra egiten zuen. Baina halere, Guggenheim ingurutik buelta bat emateko aukerarik ez genuen galdu. Itsusia dela diote askok, baina niri ikaragarria iruditzen zait, berezia. Ez dut esango nire bizitzako eraikuntza denik, ezta gutxiagorik ere; kanpoan dituen txakurra eta armiarma erraldoia politago dira eta.
Eguraldiaren erruz, kafetegiren pare bat bixitatu beharrean aurkitu ginen eta mundu erdiak uste duen bezala, oroitzapen hau geratu zait: Bilbo = Guggenheim. Pena bat da, hainbesteko ospea duen hiri hori museo batez oroitzea, ziur polita dela, gauza gehiago dituela ikusteko… hurrengo batean izan beharko du.
Gran Bilbao
Yo he ido unas tres o cuatro vecez. La última vez, fue el diciembre del 2005. Hacia un tiempo de perros. Pero no perdimos la oportunidad de pasear junto al muxeo Guggenheim. Dicen que es feo, pero a mi me parece impresionante, especial. No digo que sea el edificio de mi vida, ni mucho menos; el perro y la araña gigante de fuera son más bonitas.
Tuvimos que visitar un par de cafeterías, llovía a cántaros, y por ello se me ha quedado el recuerdo de Bilbao = Guggenheim, tal y como piensa gran parte de la población mundial. Es pena, que esa ciudad a la que admiran tanto, se quede en un mero recuerdo del museo, seguro que tiene muchas más cosas para visitarlas… tendrá que ser otro día.
No sé si estarán a salvo tus vástagos en potencia, pero el momento valió la pena. Por si acaso, de esto no sacaste foto.
Sí fotografiaste el maravilloso azul bilbao, que, por supuesto, no es más que uno de la infinita gama cromática que viste la capital del mundo (¡sin comillas!).
La doble dedicatoria me ha alegrado el día. Aquel viaje-para-ti/guía-para-mí es un “recuerdo fabricado” genial y, además, no discutimos!! Un beso.
P.D.: Creo que mi crónica bilbaina no podría estar ya a la altura. Dimito.
La memoria, sí. Y los recuerdos de autor. El placer cuando no puedes dejar de crear recuerdos (y dejar que ellos te creen a ti) es incomparable.
La memoria, sí. Y los recuerdos de autor. El placer cuando no puedes dejar de crear recuerdos (y dejar que ellos te creen a ti) es incomparable.
Vaya, Caravinagre: ahora resulta que retumbo.
Por triplicado, Mr. Shy.
No creo que te llevases recuerdo de turista foránea, Itziar. Te quedá el diluvio, el charco que seguramente pisaste por error, las cafeterías en las que os cobijasteis, la conversarión en euskera de la anciana de al lado, la tontería que hizo tu acompañante… eso son recuerdos. A mí también me gustó mucho el Guggenheim.
Leyre, aunque te contesto en la distancia temporal. No sabes cuánto me alegra saber que te alegré ese día. Creo recordar que el día que lo leíste era un tarde sombría de trabajo con Navarra 2007. Tu crónica bilbaína siempre puede estar a la altura, puedes hacer la contracrónica. La impresión que te causo tan sórdida visita. Y compañía. Podemos fabricar más recuerdos geniales. Se me ha olvidado contar la comprobación del precio del menú, me pareció bestial.
De cualquier manera, hacía tanto, tanto tiempo, que no me sentía de aquella manera. Ser conducido por una persona, casi de la mano, hacia algunos de sus escondrijos peferidos. En especial, Artekale, la bahía de Getxo-Las Arenas y el puente. Y echar aquellas risas, necesitaba aquello. Gracias.