25. 01. 2007

La Blanquita



La Blanquita
es esa insidiosa vecina. Vive un piso por encima del de mis abuelos. A veces se le olvida comer, pero eso no es cosa nueva. Fue de las primeras en estrenar un teléfono inalámbrico por prescripción médica hasta entonces yo sólo los había visto en Corrupción en Miami para poder bajar a los pisos de las vecinas y hablar despreocupada de quien le llamase. Compraba cosas del teletienda. Es un manojo de nervios, cotorra, quisquillosa, chismosa y no tiene límite, no es consciente de cuándo sobra. Baja a casa de mis abuelos y puede estar horas de incómodo palique. Se hace insoportable, pero es entrañable. Tiene buen fondo, es como una niña pequeña. Y dicen que no hace mal a nadie. La Blanquita es como la nieve en Pamplona.

Aunque la nieve la disfruto más. Pero sólo un ratito. Un día. Vivir con ella toda la vida sería un suplicio. Así que admiro la capacidad de mis abuelos para vivir en Groenlandia. Ayer nevó en Pamplona y tardé dos horas en llegar a un examen. Tuve suerte de llegar. En mi barrio una rama de un árbol cedida por el peso de la nieve mandó a un vecino a urgencias. Pese a estar en exámenes, intenté liar a alguien para salir a jugar con la nevisca, nadie quiso. Así, como muchos otros (frikis, según Javi) me di una larga vuelta y saqué fotos de la nieve en Pamplona. Jugué un poco solo y disfruté. La ciudad, pese a los problemas, estaba preciosa.

Sé que no soy el único al que se le ha ocurrido hablar de la nevada de ayer. Incluso fue noticia en la televisión. Pero ahora podéis imaginar con cada copo, como la Blanquita baja un peldaño en busca de horas de colapso.

NOTA: Si queréis podéis echar un vistazo a las fotos de la gélida y nevada Pamplona aquí. Es un espacio que he abierto para ir colgando mis capturas. http://www.flickr.com/photos/caravinagre/

18. 01. 2007

Uno de esos días

Se acabó. Y con sentimientos encontrados. Navarra 2007 salió a la luz el martes 16 de enero. 5.000 ejemplares en la calle, casi escritos a mano, con el mismo mimo, con sudor y agujetas de tanto reírnos. Sin duda, un día muy feliz. Pocas veces podremos crear desde cero el trabajo que a nosotros nos apetece y nos apasiona. Y verlo, como ese domingo a las 4:30 de la madrugada, dar vueltas en la rotativa. Y olerlo, tinta fresca, ¡cuatricromía bendita! Y tocarlo, macharnos las manos. Intuir que es un momento de esos que quedarán para siempre. Cada una de sus 32 páginas tiene un trocito de nosotros. Provoca excitación y melancolía. Es una etapa que se cierra para siempre.

Una vez me hice una herida, se escapó una gota. Hacía apenas unos segundos estaba dándome aliento, recorriéndome rápido para darme vida, para excitarme, para emocionarme hasta llegar al corazón. Al pecipitarse y sumergírse en el agua del lavabo se hizo infinitamente pequeña, perdió color rojizo, y antes siquiera de llegar al fondo se diluyó. Desapareció.

Un día, dentro de quince años, en una carpeta vieja y azulona de 30 céntimos aparecerán unas páginas amarillentas y roídas. Nuestro suplemento.

Muchas gracias a todos, en esas noches sin día, y los que me habéis tenido que aguantar este tiempo. Incluidos los que habitan en Uharte y la Rotxapea.

Como bien dice nuestro director, hay momentos que no tienen precio, pero más allá de hacer buen periodismo (espero), lo mejor fue compartirlo.

P.D.: Y yo confundí humildad con memez y no aparecí en ‘La Foto’.

10. 01. 2007

Colores bilbaínos / Bilbokoloreak


Una bilbaína me insistía una y otra vez con el cuento cromático. Que si Bilbao era azul, que si todo estaba teñido de añil metálico, que existía un color que era el “azul Bilbao”, que era precioso, aunque las luces de navidad había que apreciarlas en la delicada frontera que está entre lo hortera azul de pueblo morcillero (cierto, las tripas de cerdo no están reñidas con la decoración) y el elegante azul cobalto de las metrópolis europeas. Conclusión: ‘cachondeo’ con el azul y con la duda más que razonable de la existencia de ese color bilbaíno.

Decidí comprobarlo por mí mismo. Propuse decentemente echarme un café con ella en el centro de la capital de Bizkaia. 28 de diciembre. Debió pensar que era la broma de los Santos Inocentes, pero a veces me asaltan estos planes absurdos de coger solo carretera y manta. Y dos horas de carretera. Y sin manta. Así que cuando aterricé en ‘la capital del mundo’ decidí que tengo que ver menos euskal telebista o que deben cambiar la programación, porque todo me sonaba demasiado. Aunque unos pasos más adelante de San Mamés le llamé para confirmar la cita y me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea de dónde narices estaba, ni tenía un punto de referencia. Paseé por la ría, visité el museo marítimo y sitios que me hicieron sonreír varias veces.

Nos echamos ese café juntos. ¡Y vaya que si me lo eché! Un café comprometido que llevé media tarde tatuado en la ingle del pantalón vaquero y parte de la chaqueta. No achicharré a mis futuras generaciones de milagro. Pero no soy el único experto en eso. Creo.

Era un día espléndido, con esos soles que solo se soportan en invierno y aun calientan demasiado. Pasó un tranvía a mi lado, me avisó tocando la campana, pero no me quitó el susto y brinqué: Soy un poco Paco Martínez Soria, pero en versión navarra. Creo que llamé un poco la atención. Pero el resto del día conseguí pasar desapercibido. Me encanta disfrutar de tonterías como el metro, como un niño cuando le regalan su primer ‘scalestrix’ y es capaz de pasar una eternidad girando con el coche en las vueltas del circuito, yo me pasaría todo la jornada montado esos ferrocarriles subterráneos. Y en el puente colgante. Y en el bote gasolino. Y viendo el mar. Y paseando por lo viejo.

De pequeño creía que sólo existía aquello que yo había visitado. Contradiciendo aquello de que todo lo que tiene nombre existe, yo creía lo contrarío: Sólo aquel lugar que has visitado existe. Y en cierta medida existe sólo para ti, porque ese café derramado o ese lugar tan peculiar donde comer, o donde decir una tontería fabrica un recuerdo exclusivo. Así que fabriqué unos cuantos recuerdos de esos y estoy satisfecho. Hacía mucho tiempo que no me dedicaba sólo a eso. El buen humor y la vizcaína que me guió fueron un acierto.

Por supuesto, no encontré el azul Bilbao en las luces navideñas. Pero sí que tengo que rectificar, retirar los vaciles y confirmar que existe ese color “azul Bilbao” por toda la ciudad. Aunque debo decir a mi favor que la bilbaína se equivoca si piensa que ese es el único color de su ciudad, encontré muchos más. La foto de arriba, azul. La de abajo, unos pocos colores entre muchos otros. Las dos, dedicadas a Leyre.

01. 01. 2007

Bienvenido 2006

Para los amantes de las causas perdidas,
Bienvenido 2006.

Todo lo que trajo de bueno y se ha quedado sea bienvenido, y lo que trajo de malo y se ha instalado también tendrá que ser bien recibido. Todo lo demás, lo que pasó y no dejó huella que corra, limpio, hasta más ver. ¡Adiós! ¡Adiós para siempre!
Bienvenido sea el 2006, ahora que sabemos realmente lo que nos trajo.

Feliz año.

P.D.1: ¡Basta ya de txapelas! En las últimas cuatro entradas en este blog hay una media de 13 txapelas. O me patrocinan o comienzo a censurar los complementos de cabeza.