La Blanquita

La Blanquita es esa insidiosa vecina. Vive un piso por encima del de mis abuelos. A veces se le olvida comer, pero eso no es cosa nueva. Fue de las primeras en estrenar un teléfono inalámbrico por prescripción médica hasta entonces yo sólo los había visto en Corrupción en Miami para poder bajar a los pisos de las vecinas y hablar despreocupada de quien le llamase. Compraba cosas del teletienda. Es un manojo de nervios, cotorra, quisquillosa, chismosa y no tiene límite, no es consciente de cuándo sobra. Baja a casa de mis abuelos y puede estar horas de incómodo palique. Se hace insoportable, pero es entrañable. Tiene buen fondo, es como una niña pequeña. Y dicen que no hace mal a nadie. La Blanquita es como la nieve en Pamplona.
Aunque la nieve la disfruto más. Pero sólo un ratito. Un día. Vivir con ella toda la vida sería un suplicio. Así que admiro la capacidad de mis abuelos para vivir en Groenlandia. Ayer nevó en Pamplona y tardé dos horas en llegar a un examen. Tuve suerte de llegar. En mi barrio una rama de un árbol cedida por el peso de la nieve mandó a un vecino a urgencias. Pese a estar en exámenes, intenté liar a alguien para salir a jugar con la nevisca, nadie quiso. Así, como muchos otros (frikis, según Javi) me di una larga vuelta y saqué fotos de la nieve en Pamplona. Jugué un poco solo y disfruté. La ciudad, pese a los problemas, estaba preciosa.
Sé que no soy el único al que se le ha ocurrido hablar de la nevada de ayer. Incluso fue noticia en la televisión. Pero ahora podéis imaginar con cada copo, como la Blanquita baja un peldaño en busca de horas de colapso.
NOTA: Si queréis podéis echar un vistazo a las fotos de la gélida y nevada Pamplona aquí. Es un espacio que he abierto para ir colgando mis capturas. http://www.flickr.com/photos/caravinagre/














