17. 12. 2006

Nadie es perfecto (I)

Ni siquiera los locos…

Un hombre carraspea, busca en el fondo de su garganta, intenta arrancar con dificultad como el motor viejo y desgastado de un tractor Ebro. El tipo es joven, pero tiene las flemas colgadas en las entrañas desde el pleistoceno. Después de pescar en las carnosidades profundas del gaznate, se pone el proyectil en la punta de la lengua, deja una pequeña abertura con los labios y… ¡zasta plast! Ahí se queda. En medio de la calle, casi al lado de mi pie. Da cuatro pasos contados y su perro, un chucho feo, chato, blancuzo, de orejas de cerdo, ojos pequeños y unas grandes ojeras rojizas se para de repente. Se sienta en medio de la acera y sorpresa. Otro detrito para la vía urbana. Parece que lo tenían programado dueño y mascota. El perro ha sido más sutil y más silencioso pero ha manchado mucho más. Alguno se llevará a casa el regalo.

Un domingo por la mañana cojo el periódico y me encuentro una errata en el subtítulo de mi noticia: ¡felicidades un sustantivo hermafrodita! Recuerdo de repente que hace poco se me olvidó felicitar el cumpleaños a alguien. Ayer a una compañera le llamaron a casa desde la redacción, se le había olvidado ir a trabajar. Yo la semana pasada viví dos jueves: el miércoles y el jueves fueron jueves. Pasé un día entero confundido de día: horarios y citas, todas al carajo.

Paseo cerca de mi hogar, un tipo me mira con cara de júbilo y me saluda. No le conozco de nada. Le devuelvo el saludo sonriendo. Pone cara de sorpresa, ¿una sorpresa desagradable quizás? Me mira frunciendo el ceño y pensando que estoy loco. Miro atrás, una muchacha también me mira así. El saludo efusivo no era para mí. Al poco rato, en el autobús un loco me saluda; a mí, al conductor y a la otra pasajera. Nadie le devuelve el saludo. Lleva una pequeña boina rodeándole el cogote, también una horrible chaqueta fucsia y azul de deporte de hace 20 años. La sonrisa bien grande y un retazo de piel por encima de ese huesudo cuerpo. Cruza la acera y vuelve a entrar al parque del psiquiátrico.

Otra maldita vez llegar tarde. La misma sonrisa forzada de inútil autocomplaciente. Pasan los días y se va hilando una pequeña trastada con otra, las cosas menudas son auténticos problemas. Una conversación, una discusión. Una voz más alta que otra. Una palabra que no debía ser pronunciada así, otra que no querías oír y la última que no debía que decir. Al final del día son demasiadas las ‘cagadas’ esparcidas a lo largo y ancho del recorrido. Lo sé. También es difícil saber cuando saludar a los locos, y quiénes son.

P.D.: Por cierto, a alguien se le olvidó pagar mi boleto de la lotería en el trabajo, así que me quedé sin nada. Sólo espero que no toque y creo que tengo más posibilidades que ellos.

5 zartakos »

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  1. Juventudes dice:
  2. Yo creo que las cagadas verbales, como las de los perros, se recogen, o se evaporan, o sirven de abono…

  3. Juventudes, juventudes, que nos conocemos…
    Las de los canes desgraciadamente no corren esa suerte. Acaban en la suela de alguien.

  4. mr.shy dice:
  5. ¿Lo mejor? El moco “Zasta plast”, marca registrada, reconocida por los principales fabricantes de flemas.

  6. carol dice:
  7. ¡Me ha encantado! La verdad es que si te fijas un poco en el mundo que te rodea te das cuenta de lo coherente e incoherente que es al mismo tiempo. Lo de vivir dos días el mismo pasa mucho, y lo de la calle llena de locos también. Escribes muy bien.

  8. Gracias, Carol, es un halago que proviene de una aventurera con mucho humor.

    A veces creo que la coherencia e incoherencia es sin duda la esencia, la sustancia de la vida. Yo soy un loco más. Y muchas veces se apodera de mí un mal demonio, una inquietud que me empuja a desear vivir siempre en el mismo día. Es lo que deseamos alguna vez todos. Es imposible, pero por intentarlo.

    Un beso, carola.

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