26. 12. 2006

Lo que calienta en invierno

Abro la bandeja de entrada. Más o menos los correos electrónicos de siempre. La publi de siempre y las zarandajas de siempre. Hace unas semanas, me enviaron un mail con una oferta de trabajo, pedían a alguien para hacer de Olentzero en un colegio de la comarca de Pamplona. Un trabajo y un encargo poco habitual. No contesté, aunque esbocé una sonrisa. En la postdata se pedía “cuidar la caracterización” y decían “no es cuestión de traumar a los niños”. Fue la primera pista para enterarme de que se acercaba la Navidad. La verdad, hasta que no llegó Nochebuena no fui totalmente consciente de que era así. Y eso que las señales se multiplican, el frenesí en las tiendas, el enorme árbol que colocó el ayuntamiento y al que le roban día sí y día también los regalos y decoración hasta donde alcanza el brazo más largo del pamplonés más alto.

En la villavesa (léase autobús público urbano) un grupo de jóvenes cincuentones, padres y madres de familia vestidos de caseros, apretujan a todos los pasajeros y comienzan a cantar villancicos. Un anciano hace el gesto feo de taparse las orejas. Mientras, la villavesa convertida en coche escolar desciende al ritmo de la pandereta y el ochote navideño. Estuve en Olentzero, una cabalgata, como la de reyes, emotiva. A los más menudos se les encienden los ojos de ilusión. Me dan envidia. Conozco apenas a una (quizás dos) persona adulta a la que se le incendian los ojos de esa manera cuando está emocionada por algo. Esas miradas fogosas de ilusión son las que calientan en invierno. Estoy tranquilo con el carbonero, porque le reconocí a principios de diciembre, de incógnito entre las calles de la capital navarra. No se lo dije a nadie, pero le fotografié a escondidas:

En realidad, estas fechas cada año se me antojan más melancólicas. El hielo azota al rocío mañanero y lo cristaliza, lo trasforma en un vidrio tajante. Así, con lo gélido todo se agudiza: alegrías y miserias. Así que me avergüenzo de tener ahora un recuerdo fugaz para todas aquellas personas que olvidé durante el año. Un día no remienda a todo un año. Hay que reconocer los errores. Amigos que se merecen un gran abrazo. Es duro pensar en las personas a las que no puedes decir “te quiero” porque ya no están. O más aun, a las que aun si hallar un motivo contundente para no decírselo, jamás se lo diremos. Insufrible.

Por eso, me tranquilizó ver a Olentzero en la calle. Vuelvo a dormir con mariposas en el estómago de inquietud, dando vueltas en la cama, y escribo en un papelito diminuto e íntimo lo que quiero decir y no dije. Esa es la carta que envío al carbonero. Espero que me ayude.

Por lo demás, me gustaría volver a hacer todo más sencillo, más inocente. Me gustaría coger de la mano a las personas que quiero y llevarles hasta ese último lugar del mundo, íntimo, que todos tenemos. Y descubrir allí nuestras miserias, nuestras verdades, bondades, sincerarnos y renacer. Y reír hasta el amanecer del año que viene.

Eguberri on denoi! ¡Feliz Navidad a todos/as!

P.D.: Los pasteles como este prometo no repetirlos. No me gustan. Y aborrezco los blogs así. Pero a todos alguna vez cocinando se nos va la mano con la sal, el azucar o la pimienta.

19. 12. 2006

Un duelo de verdad



Tienen que hablar.
Pasean muy tranquilos por las calles, cada uno por su lado y a la vista de todos con seis mil euros en el bolsillo. Como si nada: Un millón de cucas. Son dos hombres bien entrados en canas y en sus cabales que se citan en un bar. Entran al garito. De madera y donde se fía a los de casa, “hay patxarán casero” y se apuntan las notas a boli, a veces, sin querer con faltas de ortografía. Se sientan en la mesa del fondo con más hombres canosos y calvos alrededor. También fotógrafos. Se hurgan el bolsillo, y despacito billete sobre billete ponen ‘el kilo’ encima del mantel de cuadros azules. Pactan los detalles, se dan la mano muy fuerte y bañan juntos el gaznate con un vino. Ya está firmado el contrato. ‘La apuesta del siglo’ titula la prensa. Es un desafío. Uno tiene 57 primaveras y el otro 48, navarro y guipuzcoano. No se ruborizan, pero enseguida a ambos les prende un fuego rojizo los mofletes: Es hora de no verse las caras hasta el duelo.

Ocurrió hace apenas un mes, pero sería igual si hubiese ocurrido hace un siglo.

Con naturalidad los dos contrincantes fanfarronean y se pican mutuamente. Regresan a casa con 6.000 euros menos, pero es que hay 18.000 en juego y es, en verdad, la mayor apuesta de la historia. Sólo tendrán que cortar toda la madera antes que el otro. 24 troncos en una hora posiblemente. La última vez que ambos se enfrentaron fue hace 14 años y hay ganas de revancha. Los jóvenes les toman como dos abuelos chiflados. El navarro, Mindegia, con sólo 19 años derrotó en su primera apuesta a la mayor gloria de los aizkolaris del momento, a Polipaso. Además, el navarro ha salido victorioso de todos los desafíos con Olasagasti, el guipuzcoano tozudo que ha aceptado la apuesta tres lustros más tarde.

El pasado domingo fue el día. La plaza de Toros de Tolosa se caía: 3.000 almas habían pagado 35 euros por entrar. Algo antiguo y a la vez emocionante aprensaba el ambiente. El espectáculo quizá no era ver cortar leña, sino la tozudez, el duelo entre dos hombres y la irreverencia con la que renuncian a ser jubilados. Dos hombres que se jugaban los cuartos, y entre los 3.000 espectadores otros tantos que habían apostado más de lo que se podían permitir. El ritmo, un ensordecedor murmullo entre el público, y un frenético percusionismo de la afilada hoja del hacha sobre la madera, que en manos de Mindegia y Olasagasti parece mantequilla. Pese a ir perdiendo, el navarro alcanzó a Olasagasti, lo superó y lo hundió. Después de una hora, le sacó tres minutos y un tronco de ventaja.

Tras descabalgarse del tronco se embolsó los 18.000 euros. Y no tardó en lanzar otro desafío a cualquiera que quiera medir sus fuerzas con él: el 22 de diciembre a las ocho de la tarde en el bar Kantabriko Etxea de Tolosa, en la misma mesa y con el mismo mantel de cuadros. Al día siguiente de ganar, ayer lunes, el campeón Mindegia se despertó a las seis de la mañana. Desayunó casi a oscuras, palpando la taza de café negro. Un sorbo. Y con las primeras luces del alba trajo al mundo a diez cabritillas. Ordeñó las vacas y arregló cuatro cacharros. Cortó leña e hizo fuego. “El domingo antes de ir a Tolosa también me levanté a las seis y hice los animales. El trabajo es sagrau”, sentenció.

P.D.: Prometí poner fotos que hubiese hecho yo. Evidentemente no la he sacado yo, pero es mía. Uno de los chavales es mi bisabuelo, trabajaban la madera. Eran una cuadrilla de cuberos, fabricaban barriles.

17. 12. 2006

Nadie es perfecto (I)

Ni siquiera los locos…

Un hombre carraspea, busca en el fondo de su garganta, intenta arrancar con dificultad como el motor viejo y desgastado de un tractor Ebro. El tipo es joven, pero tiene las flemas colgadas en las entrañas desde el pleistoceno. Después de pescar en las carnosidades profundas del gaznate, se pone el proyectil en la punta de la lengua, deja una pequeña abertura con los labios y… ¡zasta plast! Ahí se queda. En medio de la calle, casi al lado de mi pie. Da cuatro pasos contados y su perro, un chucho feo, chato, blancuzo, de orejas de cerdo, ojos pequeños y unas grandes ojeras rojizas se para de repente. Se sienta en medio de la acera y sorpresa. Otro detrito para la vía urbana. Parece que lo tenían programado dueño y mascota. El perro ha sido más sutil y más silencioso pero ha manchado mucho más. Alguno se llevará a casa el regalo.

Un domingo por la mañana cojo el periódico y me encuentro una errata en el subtítulo de mi noticia: ¡felicidades un sustantivo hermafrodita! Recuerdo de repente que hace poco se me olvidó felicitar el cumpleaños a alguien. Ayer a una compañera le llamaron a casa desde la redacción, se le había olvidado ir a trabajar. Yo la semana pasada viví dos jueves: el miércoles y el jueves fueron jueves. Pasé un día entero confundido de día: horarios y citas, todas al carajo.

Paseo cerca de mi hogar, un tipo me mira con cara de júbilo y me saluda. No le conozco de nada. Le devuelvo el saludo sonriendo. Pone cara de sorpresa, ¿una sorpresa desagradable quizás? Me mira frunciendo el ceño y pensando que estoy loco. Miro atrás, una muchacha también me mira así. El saludo efusivo no era para mí. Al poco rato, en el autobús un loco me saluda; a mí, al conductor y a la otra pasajera. Nadie le devuelve el saludo. Lleva una pequeña boina rodeándole el cogote, también una horrible chaqueta fucsia y azul de deporte de hace 20 años. La sonrisa bien grande y un retazo de piel por encima de ese huesudo cuerpo. Cruza la acera y vuelve a entrar al parque del psiquiátrico.

Otra maldita vez llegar tarde. La misma sonrisa forzada de inútil autocomplaciente. Pasan los días y se va hilando una pequeña trastada con otra, las cosas menudas son auténticos problemas. Una conversación, una discusión. Una voz más alta que otra. Una palabra que no debía ser pronunciada así, otra que no querías oír y la última que no debía que decir. Al final del día son demasiadas las ‘cagadas’ esparcidas a lo largo y ancho del recorrido. Lo sé. También es difícil saber cuando saludar a los locos, y quiénes son.

P.D.: Por cierto, a alguien se le olvidó pagar mi boleto de la lotería en el trabajo, así que me quedé sin nada. Sólo espero que no toque y creo que tengo más posibilidades que ellos.

03. 12. 2006

Día de Navarra - Nafarren Biltzarra