Lo que calienta en invierno
Abro la bandeja de entrada. Más o menos los correos electrónicos de siempre. La publi de siempre y las zarandajas de siempre. Hace unas semanas, me enviaron un mail con una oferta de trabajo, pedían a alguien para hacer de Olentzero en un colegio de la comarca de Pamplona. Un trabajo y un encargo poco habitual. No contesté, aunque esbocé una sonrisa. En la postdata se pedía “cuidar la caracterización” y decían “no es cuestión de traumar a los niños”. Fue la primera pista para enterarme de que se acercaba la Navidad. La verdad, hasta que no llegó Nochebuena no fui totalmente consciente de que era así. Y eso que las señales se multiplican, el frenesí en las tiendas, el enorme árbol que colocó el ayuntamiento y al que le roban día sí y día también los regalos y decoración hasta donde alcanza el brazo más largo del pamplonés más alto.
En la villavesa (léase autobús público urbano) un grupo de jóvenes cincuentones, padres y madres de familia vestidos de caseros, apretujan a todos los pasajeros y comienzan a cantar villancicos. Un anciano hace el gesto feo de taparse las orejas. Mientras, la villavesa convertida en coche escolar desciende al ritmo de la pandereta y el ochote navideño. Estuve en Olentzero, una cabalgata, como la de reyes, emotiva. A los más menudos se les encienden los ojos de ilusión. Me dan envidia. Conozco apenas a una (quizás dos) persona adulta a la que se le incendian los ojos de esa manera cuando está emocionada por algo. Esas miradas fogosas de ilusión son las que calientan en invierno. Estoy tranquilo con el carbonero, porque le reconocí a principios de diciembre, de incógnito entre las calles de la capital navarra. No se lo dije a nadie, pero le fotografié a escondidas:
En realidad, estas fechas cada año se me antojan más melancólicas. El hielo azota al rocío mañanero y lo cristaliza, lo trasforma en un vidrio tajante. Así, con lo gélido todo se agudiza: alegrías y miserias. Así que me avergüenzo de tener ahora un recuerdo fugaz para todas aquellas personas que olvidé durante el año. Un día no remienda a todo un año. Hay que reconocer los errores. Amigos que se merecen un gran abrazo. Es duro pensar en las personas a las que no puedes decir “te quiero” porque ya no están. O más aun, a las que aun si hallar un motivo contundente para no decírselo, jamás se lo diremos. Insufrible.
Por eso, me tranquilizó ver a Olentzero en la calle. Vuelvo a dormir con mariposas en el estómago de inquietud, dando vueltas en la cama, y escribo en un papelito diminuto e íntimo lo que quiero decir y no dije. Esa es la carta que envío al carbonero. Espero que me ayude.
Por lo demás, me gustaría volver a hacer todo más sencillo, más inocente. Me gustaría coger de la mano a las personas que quiero y llevarles hasta ese último lugar del mundo, íntimo, que todos tenemos. Y descubrir allí nuestras miserias, nuestras verdades, bondades, sincerarnos y renacer. Y reír hasta el amanecer del año que viene.
Eguberri on denoi! ¡Feliz Navidad a todos/as!
P.D.: Los pasteles como este prometo no repetirlos. No me gustan. Y aborrezco los blogs así. Pero a todos alguna vez cocinando se nos va la mano con la sal, el azucar o la pimienta.
















