
Cuando Arrizabala estaba en pie, ya fuese invierno, otoño o verano, es normal que pastores y viajeros se detuviesen ante ella. Para sentir un escalofrío, o para honrar a los que la levantaron allí. Desde hace años, Arrizabala se jubiló, se retiro de la faena y decidió rendirse a la gravedad. Hoy descansa sobre la loma de una de las cimas de Abodi. Después de besar el cielo durante miles de años, ahora duerme recostada en el suelo. Arrizabala (Harrizabala o la piedra ancha) es un menhir de 5 metros de altura. Uno de los más grandes del Pirineo y de la familia de los ‘pesos pesados’ de Europa, pero que desgraciadamente hoy se encuentra tumbado. Se desplomó sobre sí mismo posiblemente por el peso, y por eso debajo suya está la que otrora fue su base, sus pies que ahora están tronzados de cuajo.
El pasado sábado hice una escapada al monte y visité casi fortuitamente a Arrizabala. Fue un paseo montañero que se las prometía de “breve”, ya que yo por ejemplo debía estar pronto en Pamplona para ir a trabajar por la tarde, al final acabó con muchos contratiempos, y quemándonos al menos yo por dentro y por fuera. Ahora luzco un bonito moreno con la marca blanca del reloj, los calcetines y la camiseta.
El menhir es una de las maravillas que pude ver antes de llegar a la segunda cima de Abodi, en el paso de las Alforjas. Me desvié del camino de ascenso y de mis compañeros para acercarme hasta esta enorme piedra. Al principio me pareció un dólmen al estar tumbada y ligeramente alzada, pero era imposible que fuese tan largo. Me resultaba familiar, la había visto antes en libros y guías, creí que era ella, pero me pareció tan impresionantemente gigantesca que creí que era imposible que el hombre neolítico hubiese podido alzar este pedrusco. Así que pensé que era un piedra cualquiera, en absoluto relacionada con el alma humana y sus creencias.
Sin embargo, al día siguiente revisé libros y guías… y ahí estaba, tal y como yo la había fotografíado, era Arrizabala. Es impresionante imaginar que esta piedra pudo estar eregida como una torre desafiando la gravedad, y cómo aquellos hombres hace miles de años la levantaron por desconocidos motivos. Y durante los años que estuvo en pie es fácil entender los escalofríos que debió causar a todos aquellos que atravesaban la sierra de Abodi, y a los pastores supersticiosos que echában pequeñas cuentas o guijarros sobre estos monumentos megalíticos para honrar a los que los levantaron, a los gentiles (seres gigantes) o los espíritus. Arrizabala se ganó ser una piedra con nombre propio con mucho mérito. Y aquellos hombres y mujeres que las levantaron espero que no sea lo único que nos dejaron. Espero que nos hayan dejado también como legado su empeño, su valor, su sacrificio en el trabajo y su compañerismo para levantar semejante monumento.