26. 08. 2006

El ‘praticante’

Ayer recordé al practicante o ‘praticante’, como muchos siguen diciendo sin esa dichosa ce. Lo recuerdo como un hombre sesentón de pómulos caídos, labios grandes y con la sonrisa forzada de ‘esto no te va a doler’. Lleva bata blanca, un fonendoscopio colgado al cuello y la jeringa en la mano.

El ‘praticante’ pone inyecciones, hace análisis, toma la tensión y hace las veces de médico de cabecera si se tercia. Aunque apenas hay ‘praticantes’, Pamplona que es un pueblo, pero grande, sigue teniendo el suyo. Está en la Plaza del Castillo en un pequeño portal de los porches, fácil de reconocer por la placa en la que pone: Practicante.

Algunas de mis primeras inyecciones me las pusieron allí, a medias entre él y el centro de salud. La consulta parece un recuerdo de otro tiempo, de fotografías en color sepia, descamadas y roídas por las décadas. En un edificio del siglo XIX, con unas escaleras muy estrechas que crujen al subir al segundo piso, con un pasamanos de madera blanca lacada, la salita de espera con un banco de madera y baldosas de rombos verdes y negros, la madera en la pared, los carteles antiguos, el olor a formol y a alcohol, los botes de cristal que se alternan con las medicinas modernas. Es un médico de los que miden la tensión con ese brazalete negro, hinchándolo a mano con una pera de aire mientras las agujas que marcan la presión bailan en la esfera del reloj, sin artilugios digitales. Sigue la tradición de muchos otros que le precedieron, un tipo afable y entregado, incluso humorista y dicharachero para evitarte el mal trago del pinchazo, que te distrae lo mismo hablando de desamores, de otros tiempos, o de Osasuna. Pero que también se acerca a los tiempos modernos, ahora en su decimonónica consulta también se ponen piercings y vacunas internacionales para viajes exóticos. Es el torero y banderillero de la jeringuilla, pero que tanto bien ha hecho.

El otro día me acordé de él, porque alguien me pidió que escribiese sobre las prácticas, y porque otro dijo que no actualizo la bitácora. Le recordé pensando en lo horrible de la palabra becario, que ni me estimula ni me sugiere nada, así que llegué a la conclusión de que yo también soy practicante, aprendiz de periodista. Además, pensé en ese médico a punto de jubilarse al que siguen llamando ‘practicante’, como avisando de que hay que estar ojo avizor, aprendiendo constantemente, siempre en aprendizaje, y eso me gustó. Así que ya que estoy en prácticas es justo que yo también sea ‘praticante’.

He aprendido más de lo que esperaba, he escuchado cientos de historias peculiares. Hacer calle, salir de las aulas es lo mejor para hacer callo. Y gratificante. He conocido gente muy peculiar: rockeros, mezzosopranos, pintores, escritores, astrofísicos, parlamentarias, senadoras. También experiencias duras: accidentes, golpes, ingresados, familiares llorando y también… la muerte de un hombre delante de mis narices. He visitado pueblos que desconocía y tradiciones peculiares. Demasiadas cosas que ya forman parte de mí, otras que no recuerdo, y algunas que han desfilado delante de mí que sólo he ejercido de junta letras. Como no, como todo aprendiz, he sido el pardillo de turno o la cabeza de turco en muchas ocasiones. También he tenido fallos de poner los pelos de punta. Ha sido divertido. Algunos dicen que estar de practicante es estar explotado, pero yo estoy más bien exprimiendo estas prácticas, para aprender todo lo que pueda, para conocer todas las historias y gentes que me sea posible. Por supuesto el equipo de profesionales y del resto de praticantes es excepcional. Ya contaré anecdotillas, algún día. Mientras tanto seguiré practicando un poco más.

De lo único que me puedo quejar de alguna manera es de no tener tiempo libre, de estar en una constante contrarreloj, de darme cuenta de que es imposible hacer planes con antelación, nunca sabes a qué hora empezarás o acabarás tu jornada.


Caravinagre

P.D.1: Ahí está mi antigua cámara de fotos soviética, Zenit, que funcionaba a ojímetro. ¡Qué bien hacían los rusos estos cachibaches! Y al lado un mensaje para no eludir responsabilidades.

03. 08. 2006

La reconquista de Albania

Hace escasos días un buen amigo, al que dedico estas letras, ha partido, por segundo año consecutivo, en un extenso viaje por carretera y mar hacia las tierras de Albania. Un desconocido país del que poco sabemos salvo que está próximo a las convulsas montañas de los Balcanes, que fue república soviética, y que en algunas películas aparecen comandos albano-kosovares. Este grupo de navarros ha sido invitado para llevar hasta allí nuestras músicas y bailes, hacer sonar al txistu y la txirula para conmemorar la independencia de Albania en un festival folklórico que se celebra todos los años. Aunque quizás no sepan los albaneses que invitar navarros a celebrar su independencia puede que no haya sido lo más acertado, o quizás sí.

La historia de los navarros y albaneses se ha entrecruzado en otras ocasiones dando lugar a episodios exóticos para la historia de ambos países. El más renombrado fue en el s. XIV, cuando una expedición navarra se encargó de la reconquista de Albania.

Reinaba por entonces en Navarra, Carlos II (1349-1387), apodado por algunos ‘el malo’,que llevó a cabo una política internacional convulsa y de múltiples peripecias. Un hombre de carácter iracundo e impulsivo que sin embargo se dejó querer y amar por sus amigos y súbditos, pero que cosechó enemigos en muchos y diversos lugares. Carlos II de Evreux era yerno del rey de Francia, pero eso no impidió que viviese enfrentado con galos e ingleses en guerras interminables, tampoco impidió que fuese amenazado de muerte por su suegro, el rey de Francia, o que tuviese que ser rescatado de unas mazmorras francesas por nobles navarros disfrazados de carboneros. Fue sin duda un personaje impulsivo.

Como el resto de príncipes europeos, y ante la ausencia de ejércitos regulares en aquella época, Carlos II poseía también su propia Compañía. Un numeroso grupo de caballeros y soldados navarros y algunos extranjeros que hacían las veces de ejército. El origen de la Gran Compañía navarra está en los navarros que D. Carlos II llevó en diferentes ocasiones a guerrear a Francia. Estos hombres estaban capitaneados por el hermano del rey navarro, el infante D. Luis, hombre de ingenio despejado y pericia militar. Una vez que Inglaterra y Navarra firmaron la paz con Francia dejaron sin destino a las “Grandes Compañías” que les habían servido en estas guerras. Los capitanes de las Compañías reacios a licenciarlas porque este era su modo de vida obligaron a los príncipes a buscarles otros objetivos. Los navarros que sentían un gran afecto y le lealtad por su cabo, el infante D. Luis, le propusieron acompañarle a cualquier parte.

El infante se acababa de casar con Doña Juana de Sicilia, duquesa de Durazzo, y cuya familia ostentaba el poder en el reino de Albania. La dinastía de Juana de Durazzo, los Anjou-Tarento, se mantuvieron en Albania hasta 1368 cuando el albanés Carlos Topia conquistó Durazzo. El infante D. Luis tomó con mano fuerte las riendas del débil gobierno de su mujer y comenzó a madurar la idea de reconquistar Albania. Para ello recompuso su antigua compañía, reorganizó a sus hombres, y se trajo a otros nuevos. Pidió dineros y armas a su hermano, el rey de Navarra, que gustoso contribuyó a la causa, con 100 navarros de armas. Que se sumaron a los que ya estaban alistados. También se alistaron en Gascuña y tierras de ultrapuertos 500 lanceros, arqueros y jinetes. Hasta la primavera de 1376 no cesaron los preparativos. En junio de ese año los navarros partieron desde Tortosa hacia Albania, donde D. Luis ya se encontraba empeñado en la lucha. Poco se sabe de estas luchas, pero el caudillo de la Gran Compañía navarra, el infante D. Luis falleció en tierras albanesas intentando recuperar su principado de manos de Carlos Topia y Jorge Balsic. No obstante, los navarros consiquieron arrancar de manos de los albenses la capital de aquel reino, Durazzo, y allí permanecieron hasta tres años.

Con la muerte de su capitán, D. Luis, y viendo que su soberana la viuda duquesa de Durazzo, D. Juana de Durazzo, ya había contraído segundas nupcias con el duque de Artois, la compañía Navarra se vio desamparada y sin ningún compromiso con la señora de Durazzo. Así que se gobernaron de forma republicana alternando el poder de la Compañía y los terrenos que dominaban entre los grandes hombres de la compañía: Pedro de Laxaga, Juanco de Urtubia, Mahiot de Conquerell, Garro, y Miguel de Galdiano y Ochoa. Desamparados y sin recursos para regresar a su tierra, pensaron que para emprender el regreso a su hogar en los Pirineos, debían ofrecer sus servicios al mejor postor. Y así lo hicieron, previa autorización del rey navarro, con Pedro IV de Aragón, Jaime de Baux, o Pedro de San Supremo.

Así se convirtieron en una Compañía aventurera de navarros y gascones que vendían sus servicios. Durante esta odisea por oriente y el Peloponeso guerrearon y se aliaron con, y contra, catalanes, venecianos, griegos, servios, angevinos, turcos y albaneses. En ese tiempo conquistaron Grecia, con gestas como la conquista de Tebas, Atenas, y Neopatria. Y también la Morea, Corfú, Rodas, y dominaron el principado de Acaya. Los navarros fueron reconocidos por sus banderas y hierros por estas tierras exóticas y sirvieron a muchos pueblos y caudillos, pero desgraciadamente la gran mayoría de ellos jamás regresaron a su hogar en los tranquilos valles y caserones del reino de Navarra.

Así que Javi disfuta mucho y bien, y haz que el atabal resuene en Albania, pero no te entretengas demasiado…


Caravinagre