El ‘praticante’

Ayer recordé al practicante o ‘praticante’, como muchos siguen diciendo sin esa dichosa ce. Lo recuerdo como un hombre sesentón de pómulos caídos, labios grandes y con la sonrisa forzada de ‘esto no te va a doler’. Lleva bata blanca, un fonendoscopio colgado al cuello y la jeringa en la mano.
El ‘praticante’ pone inyecciones, hace análisis, toma la tensión y hace las veces de médico de cabecera si se tercia. Aunque apenas hay ‘praticantes’, Pamplona que es un pueblo, pero grande, sigue teniendo el suyo. Está en la Plaza del Castillo en un pequeño portal de los porches, fácil de reconocer por la placa en la que pone: Practicante.
Algunas de mis primeras inyecciones me las pusieron allí, a medias entre él y el centro de salud. La consulta parece un recuerdo de otro tiempo, de fotografías en color sepia, descamadas y roídas por las décadas. En un edificio del siglo XIX, con unas escaleras muy estrechas que crujen al subir al segundo piso, con un pasamanos de madera blanca lacada, la salita de espera con un banco de madera y baldosas de rombos verdes y negros, la madera en la pared, los carteles antiguos, el olor a formol y a alcohol, los botes de cristal que se alternan con las medicinas modernas. Es un médico de los que miden la tensión con ese brazalete negro, hinchándolo a mano con una pera de aire mientras las agujas que marcan la presión bailan en la esfera del reloj, sin artilugios digitales. Sigue la tradición de muchos otros que le precedieron, un tipo afable y entregado, incluso humorista y dicharachero para evitarte el mal trago del pinchazo, que te distrae lo mismo hablando de desamores, de otros tiempos, o de Osasuna. Pero que también se acerca a los tiempos modernos, ahora en su decimonónica consulta también se ponen piercings y vacunas internacionales para viajes exóticos. Es el torero y banderillero de la jeringuilla, pero que tanto bien ha hecho.
El otro día me acordé de él, porque alguien me pidió que escribiese sobre las prácticas, y porque otro dijo que no actualizo la bitácora. Le recordé pensando en lo horrible de la palabra becario, que ni me estimula ni me sugiere nada, así que llegué a la conclusión de que yo también soy practicante, aprendiz de periodista. Además, pensé en ese médico a punto de jubilarse al que siguen llamando ‘practicante’, como avisando de que hay que estar ojo avizor, aprendiendo constantemente, siempre en aprendizaje, y eso me gustó. Así que ya que estoy en prácticas es justo que yo también sea ‘praticante’.
He aprendido más de lo que esperaba, he escuchado cientos de historias peculiares. Hacer calle, salir de las aulas es lo mejor para hacer callo. Y gratificante. He conocido gente muy peculiar: rockeros, mezzosopranos, pintores, escritores, astrofísicos, parlamentarias, senadoras. También experiencias duras: accidentes, golpes, ingresados, familiares llorando y también… la muerte de un hombre delante de mis narices. He visitado pueblos que desconocía y tradiciones peculiares. Demasiadas cosas que ya forman parte de mí, otras que no recuerdo, y algunas que han desfilado delante de mí que sólo he ejercido de junta letras. Como no, como todo aprendiz, he sido el pardillo de turno o la cabeza de turco en muchas ocasiones. También he tenido fallos de poner los pelos de punta. Ha sido divertido. Algunos dicen que estar de practicante es estar explotado, pero yo estoy más bien exprimiendo estas prácticas, para aprender todo lo que pueda, para conocer todas las historias y gentes que me sea posible. Por supuesto el equipo de profesionales y del resto de praticantes es excepcional. Ya contaré anecdotillas, algún día. Mientras tanto seguiré practicando un poco más.
De lo único que me puedo quejar de alguna manera es de no tener tiempo libre, de estar en una constante contrarreloj, de darme cuenta de que es imposible hacer planes con antelación, nunca sabes a qué hora empezarás o acabarás tu jornada.
Caravinagre
P.D.1: Ahí está mi antigua cámara de fotos soviética, Zenit, que funcionaba a ojímetro. ¡Qué bien hacían los rusos estos cachibaches! Y al lado un mensaje para no eludir responsabilidades.











