Ni un pelo
“¿Y Manuel, qué fue de Manuel?”. Al punto que dijo estas palabras, Josemari se frotó la barbilla en círculos concéntricos. Muy suave y con los ojos cerrados. Mientras, mi peluquero le pegó dos tijeretazos en la nuca blanca, sonrió y le dijo: “¿Pero no te acuerdas qué le pasó a Manuel?”. “¿Qué le pasó pues?”. Sólo estábamos nosotros tres en la peluquería. Yo hojeaba el periódico, mientras escuchaba muy atento la conversación. La peluquería es chiquita, los clientes se conocen por el nombre, y el local tiene rotulado en el exterior el apellido de los peluqueros y no una marca de champú o algún palabro muy ‘chic’ en inglés. Mi peluquero tiene cincuentaitantos años. Junto con su hermano gemelo, y otro hermano jubilado lleva el negocio. Siempre sale algún tema interesante y nadie me arregla las patillas tan bien como ellos. En los cajones del local lo mismo hay tijeras que fichas de monte o recortes de periódico, noticias peculiares. La radio con música. En la pared cuelgan dos fotos de equipos de fútbol: un equipo local de bigotudos futbolistas de los años 70-80 (los tres hermanos barberos y sus amigos) y otro actual (los hijos de los barberos y sus amigos), ambos con la misma camiseta, rayas azules y negras.
“¿No te acuerdas de que Manuel murió ya hace años? Le cayó un trozo de pizarra al pecho en la fábrica en Zuriza”. “¡Qué, pues ya será hora de levantar a ese hermano tuyo, que lleva mucho tiempo sin hacer nada!”; mi peluquero no dijo nada, sólo me hizo una mueca cómplice. “¿Oye, tú, y los túneles esos que han hecho no te dan miedo? Esos de más de un kilómetro de longitud”. “Pues, no sé, no me he parado a pensar eso”, contestó mi peluquero mientras seguía dándole a ratos con la tijera, a ratos con la maquina. “¿Oye y ahora al monte se puede ir pues?”. “¿Y por qué no se va poder ir?”. No contestó. “¿O qué, no se puede ir a ningún sitio?”. “Claro que se puede ir, pero con cuidao”. Josemari seguía pasándose la mano a ciegas por la cara, “¿Y Manuel, qué fue de Manuel?”.
Después de muchos giros y repetición temática, el corte había terminado. Josemari se miró en el espejo, hizo aspavientos, se frotó compulsivo el nuevo rape y la cara. Se puso su ‘txapela’, se despidió y se marchó.
Era mi turno. Me senté en el trono de cortar el pelo. “¿Que pena, no? ¿Tiene Alzheimer este Josemari, no?”. “No, no. Se quedó así de estudiar”. “¿Cómo? Me estas tomando el pelo”. “No, no. Este es mi primo y de chaval era listísimo, iba a ser fraile dominico. Andaba investigando la vida de un fraile del siglo doce. Pasaba casi todo el día en la biblioteca entre legajos. Y entonces, comenzó a comportarse de forma extraña: hablar solo, repetir cosas, perderse… Los dominicos le mandaron a su casa. Aun así, llevó la contabilidad de dos empresas a la vez”. “¿Y así hasta hoy? ¿No se casó?”. “Sí, claro que sí. Lo que no tuvieron fue hijos. Su mujer le cuidaba mucho, pero murió. Ahora vive solo y tiene la cabeza igual de perdida. Lo mismo se va al monte solo y vuelve empapado, de noche o desorientado. Repite las cosas mil veces. Pero no está demente. Sabes, él le echa la culpa a mi hermano, dice que se quedó así por ir a andar en bici con él, que le pegó demasiau el sol.” Mi peluquero me contó más chascarrillos de la vida Josemari. Después de escuchar todo “el corte de pelo” de Josemari, me alegré de haber preguntado un poco, me alegré por mi curiosidad, y no conformarme con mis desacertadas deducciones. Todos sabemos que llueve de arriba abajo, pero puede que haya una buena historia que explique que puede llover de abajo arriba. Nadie sabe a ciencia cierta qué le pasó o qué tiene Josemari, pero la versión oficial y popular es que “Se quedó así de tanto estudiar”. Yo la suscribo.
Caravinagre












Jo, qué bonito!
Esto me alegra después de la rayada del periodismo en el tardofranquismo. Nos perdemos muchas historias interesantes por ir a nuestra bola y no preguntar por las cosas. Sacaste buena nota en el reportaje, no?
Genial. ¡Qué capacidad para captar la esencia de los pequeños detalles! :)
La verdad es que los peluqueros son como una especie de crisol: acudes a ellos, viertes pequeños detalles de tu vida, y sacas a cambio otros muchos fragmentos de los que llegaron antes que tú. Y lo cierto es que parece mentira, pero tu peluquero a veces sabe más de ti que gente que consideras más cercana. Aunque todo depende de lo hermético que seas, claro.
Yo nunca comprendo a los amigos que dicen que van al peluquero y simplemente se sientan y leen algo mientras les atienden. Yo no podría; me sentiría muy incómodo, y a la vez tendría la sensación de estar perdiéndome algo.
Por cierto, ¿tu columna está inspirada en una auténtica visita al peluquero?
PD: Buen blog Me pasaré a menudo a dar y recibir ‘zartakazos’ :)
Ja, ja. Bueno ciertamente el mérito no es del todo mío. Sino que en gran parte es de mi peluquero. Esto es una transcripción cuasi literal de las conversaciones y de lo que averigué en mi última visita al peluquero. Así que, no sólo está inspirado en la realidad sino que además todo es verídico
salvo los nombres. Conocí a Josemarique no se llama asíy su historia. Y el convencimiento de mi peluquero de que Josemari se quedó así de tanto estudiar. (Recordadlo ahora que estamos en exámenes, jeje). A falta de una explicación científica, es lo que convence a todo el mundo. Ah, y ese día también pasaron más cosas peculiares pero no es cuestión de saturar las historias.La verdad, peluquerías como esta quedan pocas, pero es un santuario de las historias íntimas. Y de los chascarrillos peculiares. A menudo las conversaciones comienzan con cualquier tema de índole deportiva, pero suelen acabar con historias como esta, o describiendo una ruta interesante para ir por el monte, sobre política, o íncluso he llegado a tener charlas sobre historia de Navarra con mi peluquero.
Puedo entender a esa gente que al “barbero” o peluquero a leer revistas, ya que depende mucho del peluquero y del lugar. Aunque a mí no me gusta eso de dejarme ahí los pelos sin un poco de conversación. Yo hace tan sólo un par de “cortes” que descubrí que no voy sólo por las tijeras o por que me arreglen las patillas voy por este tipo de historietas o por diversión. Por cierto, dentro de poco me toca ir.
P.D: Carol, sí no me puedo quejar con el reportaje. Estoy más que satisfecho. ¿Y vos, qué tal?
Ah, Xmooth, los kilikis tienen sufiences zartacos y manporrazos para todos.
Menuda historia o_oUU Vete tú a saber, quizás es verdad lo de tanto estudiar… El cerebro humano es muy complejo.
Eres un costumbrista excelente.
Constumbrista o no, es con este tipo de historietas con las que más cómodo me siento escribiendo. Por cierto, pensaba que no te ibas a pasar nunca por aquí. Un placer.
Paso muy a menudo, por la galería de blogs…, pero soy un nómada internauta. No tengo conexión propia y dependo de instituciones como casas de cultura, bibliotecas, nuestra Universidad… Así que leo, pero el tiempo muchas veces no me da para comentar.
Abrazo,
Josean.
P.D.: En el costumbrismo se fraguó lo mejor del periodismo español de la primera mitad del siglo XIX.