La isla de los esclavos felices
Tenerife se ha convertido en la isla de los esclavos felices. Esta semana llegaron novecientos. Vienen desde la Costa de Marfil y Cabo Verde, las mismas costas que hace siglos eran el embarcadero de los tratantes de esclavos. Hoy convertidos en libertos mal avenidos. Esclavizados por la miseria, la desidia, la corrupción, las guerras, las pandemias y los países que no existen. Son libertos en las Naciones Unidas y esclavos en el mercadillo global, en ese el que se practica el truco del almendruco: para ti la cáscara y para mí el fruto. Llegan después de atravesar África en un periplo agónico y asfixiante: desierto, jungla y sabana. Y al final, zozobrar por el océano.
En Cabo Verde cincuenta y ocho náufragos subsaharianos permanecen confinados y custodiados bajo fusil en su embarcación, dentro de unos días serán obligados a retomar su particular crucero. Ante la imposibilidad de identificarlos o que alguno de los diez países a los que pertenecen los acoja, la ex-colonia portuguesa ha decidido en un golpe de ingenio escoltar la embarcación hasta aguas internacionales y abandonarlos a su suerte. Mientras tanto, el Gobierno de Rodríguez Zapatero ante los reproches del Cabildo de Tenerife y el gobierno insular, ha asegurado que utilizará de cara al futuro medios navales y satélites para frenar la oleada de inmigrantes ilegales. Lo de los satélites suena más a ciencia ficción, a película de espías, o al programa aquel de defensa de Bush padre e hijo, el ‘Star Wars’. Por cierto, estos últimos están muy enfrascados en otro ingenio en la frontera con Méjico, al estilo del muro de Cisjordania. Lo que de verdad querrían tanto el gobierno de Cabo Verde como el de España, y de otros muchos lugares, sería enviarlos a todos no a las Islas Canarias, ni siquiera a aguas internacionales, sino a las Islas Bermudas a ver si desaparecen en el triángulo aquel.

Los sueños de esta gente son molestos, una vida mucho mejor para África es insoportable en lo práctico para Europa, y las puertas del viejo continente están en los volcanes, palmerales y negras costas de Tenerife. Los esclavos son felices al llegar al archipiélago español, aunque sea por un instante, creen haber alcanzado su sueño. Inocentes, no saben que luego les espera el área 51, el Triángulo de las Bermudas o la Atlántida. Son conducidos a tierras de nadie, campos de refugiados, campamentos y paralelos 48. Sus países de origen no los quieren, los de destino tampoco. Está claro que Tenerife no puede ser la isla de los esclavos felices siempre, pero tampoco les podemos cerrar de un portazo.
Mientras en Pamplona los africanos dominan la media maratón de la ciudad, colocándose en la carrera en los mejores puestos. Enhorabuena
Caravinagre












Es una pena…
Lo que está muy claro es que van a seguir viniendo (o intentando hacerlo) mientras las condiciones de vida no mejoren donde viven. Creo que es ahí donde habría que esforzarse más, y no tanto en intentar impedir que lleguen y paridas del estilo. Todo lo que se gasta en intentar detenerlos podría servir para hacer que se queden y con una vida mejor. Pero no interesa.
La historia demuestra que levantar muros no es solución a nada, ni cerrar los ojos tampoco, o dejar en la cuneta a la gente.
Creo que da mejores resultados tender la mano.