15. 11. 2009

La primavera

Kulusuk siempre me parecía que olía a pescado. Un olor muy fuerte a mar. A putrefacto. A pescadería poco limpia, a tripas de pez de antes de ayer. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio el aire era el más puro de la Tierra. Era el pueblo y la bahía congelada lo que olían a océano caducado. En el resto de la isla soplaba el aire más limpio que había probado (esnifado) nunca. Parecía que de verdad aquel aire que respiraba había sido fabricado en los primeros días de este mundo. Las dos sensaciones me impresionaron muchísimo. De hecho, esos olores a primitivo es lo que más recuerdo de Groenlandia.

El día 5 de mayo de 2008 apenas llevábamos unas horas en la isla de Kulusuk (100 casas, 300 habitantes y 3 tiendas), dimos un paseo y ascendimos hasta una pequeña colina en el centro del pueblo. Un cerro pequeñito sobre el que se encaramaban las casas “más seguras”: en invierno las casitas que están hundidas frente a la costa suelen quedar sepultadas bajo cinco o siete metros de nieve, asomando sólo el tejado, y a menudo los vecinos de “villa arriba” de Kulusuk destapaban a los de “villa abajo”. Aunque los hogares que asoman en esta punta de la isla en contrapartida están más expuestos al Piteraq, un viento endiablado que crece en el corazón congelado del país, en el casquete, y barre a su paso hacia la costa todo lo que encuentra.

Aunque no era el monstruoso Piteraq, el viento me sacudía por la espalda, me zarandeaba la chaqueta plastificada. La tarde estaba fea: un sol un poco impotente, suave, y nubes desperdigadas. Asomaban ya en mayo en esta colinilla las primeras calvas de tierra sobre la nieve. Aquí arriba con una panorámica excelente sobre todo el pueblo, entre chatarra, basura y montones de nieve sucia y rocas hay varios columpios. Al lado, en uno de estos trocitos de tierra recién descongelada, una pareja de niños hurgaba en la tierra.

Ander y Josu bajaron hacia el otro lado del pueblo. Yo me entretuve a ver qué hacían los niños. En seguida se emocionaron. No recuerdo si hablamos en algún idioma en concreto. Supongo que fue todo por gestos. Lo que me iban a mostrar no necesitaba de mucha explicación. Me tiraron de la chaqueta, el más canijo de los dos dio un brinquito y una palmada supongo que porque definitivamente tenían un espectador con el que compartir su descubrimiento. Lo que siguió después fue bastante más ceremonioso.

El más mayor se agachó y escarbó con la mano en la tierra, durísima porque estaba medio congelada. Apenas dos centímetros debajo de la superficie, destapó una piedra y encontró tres o cuatro bichillos negros diminutos (una especie de mariquitas negras, sin estampado). Unos estaban apegados ligeramente a la piedra y otros debajo de ella. Cogió uno con sus deditos, muy suave, el insecto estaba entero. Lo depositó en el centro de sus palmas de la mano.

Me miró como un mago antes de realizar su truco, para advertirme de que no había ni trampa ni cartón. Cerró el cuenco de sus manos con el bicho en el centro y comenzó a soplar. Insufló aire caliente tres veces. Luego abrió las manos y dio un empujoncito muy suave al bicho que torpemente comenzó a andar. Dio unos pasos y se paró. Estaba vivo. Aquel chaval acababa de “dar cuerda” a aquel bicho antes de que despertase de su letargo.

El otro niño, el más pequeño, estaba eufórico. Y yo anonadado con la destreza de este mago infantil de Groenlandia. Repitió la operación y en la segunda vez el bicho camino aún más milímetros sobre la palma del chaval. Me invitó a soplar, pero yo fui bastante torpe. Con la misma delicadeza que lo había cogido, dejó al insecto en la tierra. Otra vez medio aletargado.

Les dejé en la colina después de semejante demostración. Seguían incordiando con un palito de plástico a otros bichos. Así es como empieza la primavera en Kulusuk.

Los días posteriores vi a varios niños embobados en la ventana de nuestra casa a ratos mirándonos a nosotros que sesteábamos dentro (éramos la atracción como en el zoo) y también toquiteando las moscas aún vagas y torpes que aparecían en los cristales de la casa en la que estábamos alojados. Ayer recordé este inicio de estación tan espectacular, en el que la primera señal es volver a la vida.

P.D.: Pocos sitios hay como Kulusuk, donde te puedes entretener con el vuelo de una mosca, actividad que mi madre siempre me ha recriminado como una habilidad que tengo y es inútil. Tras años de observación paciente, he demostrado que servía para algo. En Groenlandia, de acuerdo. Pero servía.


En las fotos: La primera, Josu Iztueta, paseando frente a un glaciar. En la segunda, la vista de Kulusuk desde esta colina. Y en la tercera, Marcus y Jackob, dos niños esquimales un poco rufianes que eran nuestros vecinos y eran muy hábiles tirando bolsas de basura y robando chocolatinas y bastones de monte. Menos mal que los gritos de Josu en euskera pidiendo los bastones se entienden en cualquier parte del mundo.

Ayer tuve un ataque de recuerdos groenlandeses. Estuve revisando viejas fotos y quizás también colabora esta luz rancia que tenemos ya de invierno, que se va apagando poco a poco desde el principio de la tarde. Hoy en Pamplona hay una luz de invierno que casi parece primavera en Groenlandia.

04. 11. 2009

Un exilio en el infierno

En febrero de 2009 viajé, invitado por el Sahara Maratón, a los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf, al sur de Argelia. Tengo pendiente escribir varias historias de las que allí me encontré, pero mientras no obstante, os muestro en este pequeño vídeo, la mayor parte de las fotografías que tomé en el desierto. Muchas inéditas todavía.

¿Por qué “un exilio en el infierno”? Por que es lo que lleva soportando el pueblo saharaui los últimos 34 años, un exilio, un éxodo en la terrible ‘hamada’ argelina, a la espera de decisiones que nunca llegan. Mientras, la tercera generación de refugiados, hombres, mujeres y niños que han nacido en los campamentos y no han conocido otra patria que el exilio se achicharra en la parte más infernal del desierto sahariano, sin conocer el mar ni la libertad. A pesar de que en las escuelas saharauis se enseña que su patria tiene casi 2.000 km de costa. Viven en una franja del mapa trazada por la ambiguedad y marcada por minas antipersona. Se podrá discutir de política, de autodeterminación y de lo que se quiera, pero la verdad más evidente y limpia es que es un pueblo que ha sido condenado al destierro permanente y la vida en mitad de la nada es una condena muy dura. Humanitariamente cruel.

Ahí queda el vídeo.

13. 10. 2009

Un haiku gabacho y decimonónico

Portal de Francia (o de Zumalacárregui)

“Por la noche me he paseado por las murallas, solo y pensativo. Hay días en la vida que remueven en nosotros todo el pasado. Estaba lleno de ideas inexpresables. La hierba de las contraescarpas agitada por el viento silbaba débilmente a mis pies. Los cañones pasaban sus cuellos entre las almenas como para mirar el campo. Las montañas del horizonte, difuminadas por el crepúsculo, habían cogido unas formas magníficas; el llano estaba oscuro; el Arga, rizado por mil reflejos luminosos, se deslizaba entre los árboles como una culebra de plata.

Al pasar por delante de la entrada de la ciudad, he oído el chirrido de las cadenas del puente levadizo y la sacudida sorda del rastrillo que caía. Acaban de cerrar la puerta; en aquel momento salía la Luna. Entonces, perdonadme el ridículo de citarme a mí mismo, estos versos que escribí hace quince años me volvieron a la mente:

Siempre dispuesta para el combate, la oscura Pamplona
antes de dormirse bajo los rayos de luna,
cierra su cinturón de torres
”.

12 de agosto de 1843.
Los Pirineos, de Víctor Hugo.

P.D.: En la imagen, el portal de Francia o de Zumalacárregui, que tiende de forma perpetua un puente levadizo de madera. Este portón ya no se cierra por las noches y deja abierta, indefensa, por el norte la ciudad. La fotografía la tomé ayer mismo.

11. 10. 2009

Pirineo Express

Han pasado 200 años desde que el primer ferrocarril de pasajeros unió Manchester con Liverpool. Desde entonces hemos embreado carreteras en desiertos de arena y de hielo, cruzamos el mundo en una tarde, catapultamos a hombres al espacio y los paseamos por la Luna, incluso nos hemos asomado al abismo de nuestras entrañas. Sin embargo, viajar por los Pirineos en tren hoy sigue siendo épico.

Ni en 150 años y ni con la fuerza de mil kilómetros de vías hemos conseguido domar a la bestia pirenaica. Arquitectos e ingenieros se han afanado en doblegar estas montañas con latigazos de hierro, pero ha sido inútil. Las vías, catenarias y puentes se levantan como si estuviesen sobre el lomo de un gran saurio, a sabiendas de que en una sacudida del animal desaparecerán. Apenas hay trenes aquí.

El paisaje quebrado, abrupto y salvaje impone su ley y las líneas nunca trazan un recorrido claro, sino que siguen los retorcidos cursos de los ríos o se alejan de las montañas. La línea imaginaria que intenta hilvanar los Pirineos de Oeste a Este se inauguró entre 1855 y 1870. En 1855 un tren procedente de Burdeos estrenaba la estación de Baiona y se acercaba a la muga. Allí, pisándole los talones a los Pirineos empecé un viaje en abril de 2009 que me llevó desde el Atlántico hasta el Mediterráneo subiendo y bajando esas vías añejas. Este mes se publicó en la revista El Mundo de los Pirineos. Y el otro día, Roge Blasco en su programa de Radio Euskadi me invitó a contarlo.

Estaciones míticas como la de Canfranc, el edificio abandonado más grande de España. Una obra que pretendió desafiar a los Pirineos y que el rey Alfonos XII inauguró al bravucón grito de “¡Ya no hay Pirineos!”. Allí donde Jonathan Diaz encontró entre ratas y escombros unas cartas que certificaban la entrada por los Pirineos de 86 toneladas de oro de los nazis. Junto al oro, llegaban convoyes rebosantes de relojes, trajes o instrumentos de música de los judíos acosados y exterminados en Alemania. Los empleados que ganaban sólo 200 pesetas al mes coqueteaban con el contrabando. “Muchos abuelos que lo hicieron me lo han contado, pero aún les da miedo y vergüenza hablar. Todos sabemos de dónde salían esas baratijas”, cuenta Jonathan, el francés que halló las pruebas. O el pequeño andén de San Juan de Pie de Puerto donde comienza el camino de Santiago. Los paisajes bearneses, el funicular de Pau y su espectacular balconada del boulevard que presenta como un coro a nada menos que 83 cumbres de un simple vistazo.

El traqueo en un ferrocarril decadente hacia Lourdes. Un glamur rancio encantador, asientos de cuero amarillo como de consulta de dentista de hace 40 años en los que uno se queda pegado al sudar. Las cortinillas carcomidas por el sol y los vagones que rechinan. Unos chavales con sotana y alzacuellos, unas señoras con unas enormes medallas de la virgen (monjas), una pareja de ancianas hindúes con sus respectivos ‘bindis’ (punto rojo en la frente), y una madre que toquetea su PDA mientras su hijo de cinco años juega con una videoconsola. Cada uno ensimismado en su credo. Campos de rugby, prados con vacas y ovejas, y nieve y brumas en las montañas.

El frenesí urbano de Tolouse, los emblemáticos torreones almenados de Foix, raperos y graffiteros que bajan hacia Pamiers, afrofrancesas orondas de pelo rizadísimo que dan pecho a nenes durante el trayecto, ciudades de paso rebosadas por balnearios y jubilados, escaladores, ciclistas y montañeros, el borde de Andorra (no hay ni un centímetro de vía férrea en ese país), la Cataluña francesa, Occitania y la costa bermeja. Un trenecillo de 1910 que trepa hasta los 1.500 metros de altitud y tarda dos horas y media en recorrer 63 kilómetros. Historias de ingenieros como el comandante Giscard que murió en un descarrilamiento sin ver terminada la obra de su vida, el descomunal puente de 80 metros que lleva su nombre y cuelga sobre una de las culebreantes gargantas de la Cerdanya. Al final, el sabor del Mediterráneo en Perpinyá y una vía desde Coillure hacia el sur en la que en tren más bien navega colgado al borde de un mar manso y turquesa.

Estas y otras historias de este Pirineo Express, en el Nº 71 de El Mundo de los Pirineos.

08. 10. 2009

Abigaíl

Esta es Abigaíl Canaviri. El día que la conocimos no había trabajado la noche anterior porque los mineros ese día estaban “muy tomaditos” (borrachos) y le habían avisado de que no se molestase en entrar a la mina porque no había escombro que levantar.

Abigaíl tiene 14 años y cada noche desciende casi dos kilómetros dentro de las profundidades de una mina en el Cerro Rico de Potosí, en el sector de La Plata. Abigaíl camina dos horas hasta el “tope” de las galerías, a través de unos túneles, cavernas casi, muy angostos, estrechos y asfixiantes. Unos pasillos de roca inundados por charcas rojizas, amarillentas y fétidas, y un barrillo nauseabundo producto de la mezcla de minerales y agua filtrada.

Una vez en el fondo recoge los escombros que los mineros han producido por la mañana, los carga en una vagoneta y recorre esos 1.500 o 2.000 metros de galerías que le separan del exterior, sola, a tientas con la luz de su frontal y una vagoneta cargada con 400 kilos de rocas. “Hay que entrar como lagartos, arrastrándonos, porque algunos lugares son muy estrechos no pasa el carrito”, relata. “El carro se hace muy pesado, a veces se sale de la línea y hay riesgo de que se voltee. Algunos lugares están cuesta arriba, al principio se me hacía muy duro, me dolía mucho la espalda pero ahora estoy acostumbrada”. Abigaíl tarda dos horas en conducir un carrito cargado hasta la superficie. Entra a la mina a las 8 de la tarde y sale a las 10 o 11 de la mañana del día siguiente. En una noche puede sacar 5, 6 o 7 carritos. Hace este trabajo desde hace dos años “para ayudar a su mamá y sus hermanitos”.

Las manos las tiene rajadas, agrietadas de raspar las paredes de las galerías y las rocas, como una vieja. Los surcos de las manos los lleva escayolados y subrayados por el polvo blanco de la mina. En el centro de Cepromin (Centro de Promoción Minera), mientras conversa con nosotros, desayuna y pasa con esas yemas ajadas las páginas de un cuento de princesas de Disney. La Bella durmiente, Cenicienta, la Bella y la Bestia desfilan ante nosotros mientras nos cuenta que los mineros de donde trabaja ella a pesar de que beben mucho son “buena gente”. No como en otros lugares. Dos amigas suyas de 12 y 13 años que trabajan en otras minas ya han dado a luz a dos niños fruto de las violaciones de mineros viejos y borrachos en la oscuridad de las galerías.

El padre de Abigaíl murió de silicosis, “el mal de la mina”, cuando ella tenía 8 años. Cuentan en el cerro de Potosí (la mítica montaña que lleva 500 años explotada y agujereada por galerías y mineros como un hormiguero) que a algunos mineros les han llegado a extraer tras su muerte auténticas piedras de los pulmones. Bronquios literamente petrificados. El polvillo de la mina va filtrándose por los bronquios y sedimentándose, impide la respiración y acaba ahogando a los mineros. El mayor miedo de Abigaíl es “tener el mal de la mina” y los derrumbes, constantes en estas galerías destartaladas.

Cuando quedó viuda, su mamá, Doña Margarita, se convirtió en guarda, esto supone la tremenda responsabilidad de guardar dentro de su casa material de mina y asumir cualquier pérdida. “También nos da miedo. Guardamos dinamita al lado de la cocina, da miedo que algún día se prenda”. Viven exactamente a quince pasos de las puertas del infierno, es la distancia desde su casucha de adobe a la boca oscura de la mina. Alrededor de su casa se amontonan varias vagonetas y perros sarnosos. “Es un lugar muy frío, donde no hay agua, ni luz”. Dentro, nos enseña cómo en una misma cama duerme su mamá, ella y sus cuatro hermanitos. Acurrucados, todos juntos, como una camada de cachorros. En la casa, el viento chirría y mueve las planchas de latón del tejado, que está agujereado por mil partes. Es una sola habitación.

Abigaíl trabaja 14 horas para ganar 20 bolivianos (2 euros) al día. Si fuese un adulto por ese mismo trabajo le pagarían 70 bolivianos. Hace un año, una mañana de diciembre salieron de casa para buscar agua. Se ausentaron una hora. Al regresar la puerta, “de lata”, estaba abierta. Les robaron tres máquinas y unos pistones que debían custodiar. Una pérdida de 21.000 dólares, que les ata ahora en un régimen de esclavitud con la cooperativa minera.

Desde ese día, cada pesito que gana Abigaíl se le resta de esa descomunal deuda, que a este ritmo necesitará décadas para pagarla. La asociación Cepromin les ayudó a pagar una de las máquinas (7.000 dólares) ahora mantienen la deuda en 15.000, así que Abigaíl cada noche trabaja gratis. Es una esclava.

“Nosotros no sabemos qué son los derechos”, sentencia Abigail.

Abigaíl termina de trabajar cada noche, duerme unas horas, camina unos metros desde su casa hasta el centro de Cepromin por una colina escarpada, pedregosa y azotada por los vientos, allí desayuna, come, hace las tareas y va a la escuela. Don Carlos, un orondo anciano potosino, les acerca en furgoneta hasta el colegio. Termina las clases a las seis de la tarde. A las ocho, una noche más se calza el casco y vuelve a la mina. Todas las noches. “Yo quiero estudiar, sacar a mi mamá de la mina y que mis hermanitos estudien y sean profesionales. Me gustaría ser médica, sí, y dar medicinas gratis. Y tener un lugar donde vivir que no sea la mina”.

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Hay historias que merece la pena contarlas, aun a sabiendas de que hay gente que ya las ha oído. Aunque sea dos, tres, o quinientas veces. Sin miedo a cansar. En este caso hago de eco de Ander Izagirre, que ya publicó la historia en su blog, y traigo al mío la historia de Abigaíl, a la que ambos conocimos en Potosí.

El segundo día que visité a Abigaíl, llegó tarde al centro, justito para comer. Ese día los mineros no habían tomado y sí tuvo que trabajar la noche anterior. Llegó agotada, adormilada. Comió y se marchó al colegio. Una vez más.

06. 10. 2009

El algodón (uzbeko) sí engaña

Cada septiembre el gobierno de Uzbekistán cancela las clases en todas las provincias de su desordenada y turbia república. El presidente ordena cerrar los colegios. Las clases se suspenden durante estos meses otoñales y los escolares abandonan sus hogares.

“Escolares de quinto grado (once años de edad) son enviados al campo a recoger algodón donde la mayoría permanecerá hasta noviembre. Las órdenes llegan con claridad desde el gobernador provincial a los gobernadores de distrito, y éstos, la transmiten con diligencia desde el distrito a los departamentos de educación, y de allí hasta cada escuela. A cada colegio le es asignada una cuota de algodón que debe completar, y los directores de las escuelas que no completen la cuota son amenazados con el despido. Los escolares, los niños, llevan a cabo este arduo trabajo de la recogida del algodón bajo unas peligrosas condiciones hasta que completan sus días de trabajo, una vez terminado son reconducidos de nuevo desde el campo hasta sus escuelas y por fin pueden volver a dormir en casa. Los niños de 14 años y los que viven muy lejos del campo son hacinados directamente en insanos cobertizos y naves hasta que termine la temporada de recogida. Los días libres no existen”, esta es la traducción de las palabras exactas de un informe del International Labour Rights Forum del año 2008 en el que se relatan, en parte, las condiciones de trabajo de estos chavales y cómo funciona la recogida de algodón en Uzbekistán.

“Sabemos que en otros países también hay gobiernos que promueven el trabajo forzado de su población civil, pero ninguno lo hace de manera similar ni se ceba en los niños de la manera en que lo hacen en Uzbekistán”, reconoce Joanna Ewart-James, portavoz de Anti-Slavery International.

“La más brutal de las rutinas del régimen de Islam Karimov”, así han descrito las organizaciones internacionales a esta forma de organizar la cosecha del algodón por el presidente (¿dictador?) uzbeko. Se estima que cada septiembre más de 200.000 niños son movilizados desde sus hogares hasta los campos. Durante dos o tres meses son depredados por su propio gobierno y se convierten en mano de obra gratuita.

En este periodo, los niños beben aguas de acequias, apenas se alimentan o lo hace de forma desordenada y mala, y duermen en barracones sin luz, ni ventanas. En el mejor de los casos y paradójicamente, pueden llegar a dormir en la propia escuela. Terminan la temporada de cosecha exhaustos y con la salud minada por infecciones intestinales, respiratorias, meningitis o hepatitis. Así como la escuela tiene un cupo total de algodón que recolectar, también cada niño tiene el suyo. No cumplirlo puede acarrear castigos severos o incluso la expulsión del colegio.

Todo este tinglado cruel está montado así porque resulta que la destartalada república de Uzbekistán es el sexto productor de algodón del mundo, pero es la segunda potencia en exportación del mismo. Cada año se ingresan en el país centroasiático mil millones de dólares norteamericanos mediante la exportación de 800.000 toneladas de algodón. Esta delicada materia prima da Uzbekistán el control de su economía y es la principal fuente de sustento del régimen de Karimov, más que el gas o el petróleo. La economía uzbeka es simple y se basa en la explotación. Millones de miserables trabajadores agrícolas cultivan algodón, a cambio de un dinero ridículo o en ocasiones de nada, por orden de su gobierno. Dicen algunos organismos que los agricultores cobran dos tercios menos del precio real del algodón.

Umida Niyazova, periodista uzbeka en el exilio, explica así el funcionamiento de esta economía: “Todos los beneficios del sector algodonero se concentran en las manos del presidente, su familia y allegados. Los granjeros que cultivan el 90% del algodón viven en una situación en la que el cultivo de algodón no es rentable para ellos. El estado fija artificialmente los precios (muy bajos), mientras que los granjeros compran los útiles y herramientas para su cultivo a precios de mercado. Por decreto, es delito vender la cosecha a nadie que no sea el propio Estado. Y los agricultores no pueden negarse a plantar algodón, de otro modo, sería causa suficiente para quitarles sus tierras”.

Paradójicamente en tiempos de la Unión Soviética, cuando Uzbekistán era una porción más del imperio ruso, dos tercios de la producción algodonera era cosechada con máquinas, hoy en día sólo el 10% se recoge con maquinaria agrícola. En contrapartida, la mayoría del algodón uzbeko es recolectado a mano, habitualmente de niños.

Es difícil calcular cuántos niños son obligados a dedicarse a esta tarea. En el año 2000 Unicef estimó que aproximadamente el 22,6% de los escolares entre 5 y 14 años habían trabajado en la temporada anterior, eso sería un millón y medio de niños. En 2004 el ministerio de Educación uzbeko reconoció que habían trabajado unos 44.000, una cantidad demasiado escasa ya que tres años antes sólo en la región de Ferghana se supo que se habían movilizado unos 200.000 escolares. Tampoco se sabe con certeza cuántos de ellos perciben algún dinero por su trabajo, se sabe que algunos chavales han llegado a cobrar cinco dólares por cinco días de trabajo y otros por el mismo trabajo han cobrado 15 céntimos de dólar. Otros, nada. Se sabe que en la ragión de Samarkanda algunos niños han trabajado durante dos años enteros.

La historia de los niños uzbekos trabajando en las algodonerías estuvo oculta hasta que en 2004 algunas organizaciones como Environmental Justice Foundation la sacaron a la luz. Desde entonces llevan trabajando en Uzbekistán. Esta información y éstas citas las he conocido gracias a este reportaje que publica la revista Independent World Report y que ayer me lo enviaron los amigos de la ONG navarra Setem.

El artículo, para el que le interese, analiza también las relaciones de UE con Uzbekistán y cómo ciudadanos han presionado a las instituciones para que tomen cartas en el asunto.

Curiosamente, según cuentan, han sido las grandes compañías textiles y comerciales europeas las que motu proprio han comenzado a vetar ellas mismas el algodón uzbeko. Aunque es un tema “recio”. Algunas empresas como Inditex (Zara y Berskha) pasan del asunto y otras como H&M se comprometen y lo denuncian, aunque admiten que es difícil realizar la trazabilidad de las materias primas.

El cualquier caso, tal y como concluye el reportaje, este septiembre se volvieron a parar las clases en Uzbekistán, un país con 5.000 presos políticos en las cárceles y una dictadura de facto que se mantiene, literalmente, entre algodones.

P.D.: En la imagen, un niño uzbeko trabajando en un campo de algodón. La foto es cortesía de la asociación Environmental Justice Foundation.

21. 09. 2009

“Las Beckham” de Urundayti

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Mientras piden cambio en el equipo, una gallina cacarea alterada e invade la banda. “Ven, que la niña está llorando”, le dicen a la jugadora saliente. Un bebé de cinco meses no para de chillar y las ancianas que la tienen y las compañeras de equipo no logran calmarla. Así que se se efectúa el cambio, para que la mamá—la fortachona defensa del equipo de Camiri—se retire, dé el relevo a una compañera (el único recambio que tiene el once de Camiri) y calme a la niña. Éste es un buen motivo para que el entrenador pida el cambio en el campo de Urundayti.

Un perro esmirriado persigue a las jugadoras y quiere sacar desde el centro del campo, un anciano con la cara apergaminada y la voz de “tomadito” anda al desquite con indicaciones de técnico y piruetas de manos y brazos confusas para el equipo, unas señoronas sentadas en sillas diminutas y los ojillos convertidos en una rayita negra disfrutan tranquilas del encuentro y una decena de niños se emboba con la coreografía errática que ofrecen las piernas de las jugadoras: chutes, regates y robadas. Entre el público, algunos hombres con los niños en brazos. Estos son los prolegómenos de la previa del partido.

Las cagarrutas de gallina y oveja, desparramadas y desbordantes en el campo, ofrecen un rodamiento especial bajo las botas de las jugadoras. La portería (el arco) levantado con varias tuberías se le hace un poco grande a las arquera del equipo local y los matojillos de hierba se levantan como lechugas. Pero este campo destartalado es para las jugadoras del MOMIN (MOvimiento de Mujeres Indígenas del Mundo) un auténtico estadio de fútbol, en el que se sienten campeonas unos minutos al día.

Los goles son los de menos. La alegría y energía con la que llegan al campo de jugar convierte este patatal en un estadio olímpico, al menos en ilusión. Muchas han de salvar las broncas del marido o novio, incluso las palizas para venir a jugar. Otras son madres solteras con cuatro o cinco hijos (o bastantes más). Otras quieren jugar incluso estando embarazadas. La edad de “las fichas” de estas madres jugadoras es un abanico amplísimo que oscila entre los 15 o 16 años de las más jóvenes hasta los 40 o 50 de algunas otras.

Urundayti es una comunidad guaraní (o chiriguana) del Chaco boliviano. Cae a unos 15 kilómetros de Camiri, ciudad que brotó hace 75 años alrededor de los pozos petrolíferos y donde pasó el Ché en su última cruzada revolucionaria que le condujo a la muerte en las sierras bolivianas. Y es aquí donde un grupo de mujeres y madres indígenas guaraníes han construído una burbujita, su espacio: han formado varios equipos de fútbol y juegan una liguilla. Este año estuvieron a punto de asistir a la Donosti Cup (un campeonato de fútbol que se celebra en la ciudad de San Sebastián-Donostia y en el que cada año participan equipos de todo el mundo, y gracias a este enlace del tío de Ander Izagirre, que participa desde hace años en la organización de este evento, hemos llegado a parar aquí, y también para transmitrirles un poco de ilusión y aliento a estas madres futbolistas. Durante este día fuimos una capsulita de esperanza nosotros también. Esperamos verlas en la Donosti Cup 2010).

Estas madres guraníes entrenan entre semana sacándo tiempo de las tareas del hogar, de los niños y de muchos trabajos que tienen como vendedoras de comida callejeras, lavando ropa ajena en su casa o de sirvientas en otros hogares más acomodados. A muchas no les alcanza para la comida o la ropita de los niños con los recursos que tienen.

Ayer asistimos a un impresionante “torneo” (más bien era el partido que juegan todos los domingo en Urundayti) entre los equipos de mujeres de Boyuibe, Camiri y Urudayti. Fue espectacular. Éstas mujeres, según nos cuenta Margoth —una mujer inagotable y la auténtica artífice y motor de la mayoría de las actividades del MoMIM—han conseguido recuperar su autoestima, su ilusión y quererse un poquito más, olvidar su problemas y sentirse mejor, gracias a algo tan simple y tan sencillo como jugar al fútbol. Tener una actividad donde organizarse, conversar, liberar tensiones y tener complicidad con otras mujeres. “Cuando llegaron, eran muditas, no hablaban nada”, confiesa Carlos, su entrenador.

Hay también mujeres (algunas, muy poquitas) que son profesionales: hay una que le llaman “La Beckham” y estudia Derecho, otra estudia enfermería y ya hay una odontóloga. Aunque la mayoría son madres muy jóvenes. El de Urundayti será uno de los pocos campos de fútbol en los que antes de que empiece el encuentro, en los vestuarios, las jugadoras se remangan la “polera” (camiseta) y dan de mamar. Y al minuto están pateando al campo y regateando.

Margoth nos comenta sobre una chica que hace unos pases excelentes y le gustaría que fuese el año que viene a Donosti: “Ésta es muy buena jugadora, ojalá vaya a la Donosti Cup… si no se queda embrazada dentro de poco”.

Las señoras llegan desde comunidades más lejanas como Boyuibe en una micro (una furgoneta reconvertida en minibus), en el que como en el circo se embute todo el equipo en las escasas plazas de la furgoneta. A Margoth le piden cada equipo, que por favor, las acompañe. Le quieren una barbaridad. “Aquí, muchas mujeres al principio se pensaban que les íbamos a dar algo, que esto era beneficiencia, pero aquí lo que les enseñamos fue construir algo entre todas”, sentencia Margoth sobre la filosofía del movimiento del MoMIM.

Estas son algunas fotografías y esbozos, ideas sueltas, impresiones del partidazo de fútbol al que asistimos ayer. Todas las señoras y jóvenes nos aseguraban que eran solteras cuando hablaban con Ander y conmigo. El entreador Carlos, por su parte, parecía más interesado en fichar a Elena para el equipo.

Estoy seguro de que Ander publicará en breve algunas impresiones y alguna nota más interesante que esta. Yo por si acaso aquí os dejo estas imágenes que por fin he conseguido subir desde un ciber de Santa Cruz. Esta tarde marchamos de nuevo al altiplano, a La Paz, y remataremos la última semana del viaje en el lago Titicaca.

05. 09. 2009

Achicando Bolivia

Desde que llegué el día 2 de madrugada a La Paz, cada vez, a cada pasito que he dado en estos escasos tres días, voy achicando más Bolivia. Lo cual me agrada mucho. Cada vez vamos empequeñeciendo la escala en la que nos movemos en este país (o al menos yo, ya que Ander llevaba ya aquí una semana).

Empecé callejeando por La Paz. Apenas pasé medio día porque debía salir por la tarde para encontrarme con Ander en Oruro. Es imposible pasear, como mucho dejarse llevar, dejarse empujar por estas calles retorcidas que suben y bajan por la capital más alta del mundo. Y que provocan, bajo los efectos del soroche (mal de altura), unos sofocones que le hacen sentirse a uno envejecido de la noche a la mañana. El cuerpo se siente pesado y el aire seco (humedad del 5%) acuchilla la nariz. Duele respirar. A uno, de repente, le gustaría dejarse crecer los pelos de la nariz hasta que fuesen como una escoba, a ver si así desarrollando una buena barba nasal se hacia más “suavecito” el respirar. Parezco un besugo todo el día con la boca abierta y seca.

Por la nariz, por fortuna, entran también los olores paceños, que a ratos son frutas, juguitos que las cholas venden en las plazas, goma quemada, humo de tubo de escape negruzco o cuero viejo. El trasiego del hoyo en el que echa raíces el centro de La Paz es un batiburrillo de voceros anunciando viajes en las “micros”, de bocinas, músicas callejeras y conversaciones a medias (una viejita le dice a una niña que come un helado a la salida de la iglesia que no se manche, “mijita”; otras dos mujeres despotrican sobre otra “a quién le dice fea esa chola de mierda”…). Mientras en un rincón a la sombra un anciano le agarra el antebrazo a otro hombre y le dice “ahora te frotas así y esto se curará”. Un sanador urbano en mitad de la acera. Y conversaciones incomprensibles en lenguas que jamás he oído y a veces suenan relampegueantes como azotes de la lengua en el paladar.

Al tacto (de la mano y del pie) la capital administrativa de Bolivia parece rugosa, agrumada, abultada, abollada casi. A trozos. Socavones y bultos por todos los sitios. No sólo urbanos, también humanos, sociales… Es la única ciudad del mundo en la que los barrios pobres se desparraman por la parte alta de la ciudad y no en la baja. Así, salvo por el prominente Illimani y su cumbre nevada que apuntalan la ciudad al cielo y recuerda que esta desorganizada y terrosa urbe es parte de los Andes, el resto de las colinas de La Paz son inmensas laderas salpicadas por casuchas de adobe, que le da ese tacto de ciudad atrompiconada. El Alto es esa barriada de barro y que por la noche se enciende como una pequeña constelación de farolitas y farolillos. Tanto los limpias (o lustrabotas), obreros, cholas, y todos los buscavidas –que son los que realmente avivan las calles paceñas—se dejan caer en riadas hacia el hoyo de La Paz. A dejarse llevar por su trasiego diario. Es una ciudad que parece que la reconstruyen cada día. “Un día más sigo aquí”, parecen aullar las ruas y grietas paceñas a cada amanecer.

Tras un viaje nocturno en una “flota” que abordé ya en marcha en la estación paceña y que estuvo animado por un charlatán que vendía libros de autoayuda y que pasé “pixando” (mascando) unas hojitas de coca, llegué a Oruro para encontrarme con Ander. Oruro está a medio camino entre La Paz y Potosí. Una ciudad más chica y de tránsito.

Una vez que desperté a Ander y dimos una vuelta por la ciudad de mañana, desde Oruro traqueteamos hacia Llallagua (los viajes en flota, autobuses, merecen un capítulo aparte). Llallagua nació como asentamiento minero y aun hoy es el espíritu de esta ciudad de unos 35.000 habitantes y en la que se forjaron algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de Bolivia en cuanto a luchas mineras y la famosa matanza de San Juan (una masacre contra los mineros cuando el Che estaba guerrilleando en las sierras bolivianas). En tres días aflora una conclusión: no se puede intentar entender, al menos parte de la historia reciente de Bolivia, sin entender la minería.

Con Llallagua achicamos nuestra hasta el punto que llevaba buscando desde hace tiempo. En Llallagua ayer por la noche me reencontré con algo aue había venido a buscar. Somos los únicos blanquitos y gringos por aquí. Anoche había ya mineros con su casco, cara enegrecida y petos sudados paseando en las calles-zoco de este lugar. En Llallagua por fin cogimos el tamaño que en el que nos sentimos cómodos. Aunque me siento todavía como un paracaídista en un país fascinante, en pleno ajetreo, con 36 etnias diferentes, distinto, complejo que vive un proceso de renovación, de invención,y del que desconocemos casi todo.

Este es mi bautismo americano, intentando achicar Bolivia en piecitas pequeñas. E intentando coger el pulso (acelerado por el cogotazo del soroche) a este lugar. En definitiva, emocionado y sobresaltado por este planeta boliviano.