24. 04. 2010

Pescadores de Angmassalik


(RECOMENDACIÓN: Haced ‘clic’ en el icono de la televisión esa para verlo a pantalla completa)

Cada vez que veo estas imágenes todavía se me pone la carne de gallina y me entra un frío terrible por todo el cuerpo. También me provoca un placer enorme recordar aquella mañana.

Fue en mayo de 2008. Desde la parte alta de Tasiilaq se veían unos puntitos blancos en mitad de la bahía congelada, parecían pájaros. “Son pescadores”, nos dijo una mujer.

Nos acercamos a la desaparecida playa y comenzamos a caminar sobre el mar congelado. Paseamos entre barcos atrapados por el hielo, algunos quedarían deshechos como un cascarón de nuez, destartalados y reventados por la presión del hielo que les estrujaba. Las embarcaciones más nuevas y robustas habían quedado sobre la capa de hielo, varadas en seco, torcidas y con la panza al descubierto.

Abandonamos la costa, el pueblo y fuimos paso a paso caminando mar a dentro, dejándonos engullir por la niebla y calándonos por la nieve. Sólo se veía a unos metros de distancia. Se abrió un poco la niebla y allí a lo lejos aparecieron aquellas hormigas en procesión: los pescadores del fiordo de Angmassalik.

La estampa, la postal del esquimal pescando en su agujerito de hielo estaba allí. Tal cual. Creo recordar que Josu trató de comprarles algún capelín (los peces) para cenar esa noche, pero a los pescadores no les interesó vender su escasa mercancía.

Esas fotos estaban en una esquina del ordenador, perdidas y supongo que esperando a algún reportaje que nunca se publicó. Creo que el vídeo –dentro de sus limitaciones- mostrará y explicarán mejor cómo es la pesca en Angmassalik.

Todas las fotografías son mías, excepto la única imagen vertical que aparece que es de Ander Izagirre.

Una vez

Recuerdo que una vez tuve un blog. Me gustaba mucho. Escribía sobre desvaríos míos, historietas y crónicas. Muchas veces eran pequeños retales de reportajes, historias, testimonios que recogía y viajes que hacía (porque por aquel entonces era periodista).

También solía ‘colgar’ y ‘publicar’ fotografías. Lo recuerdo con cariño. Una vez tuve un blog y se parecía mucho a este. Pero bueno, quizás son cosas mías. Hace tanto de aquello.

A mi estimados tres lectores (y uno de ellos sospecho que es mi padre), este chiringuito no cerró, pero casi.

01. 03. 2010

Mineritos

Efrain Espinosa - DanielBurgui

EFRAÍN ESPINOSA, 12 años.
A Efraín todos le conocen en el local que CEPROMIN (Centro de Promoción Minera) tiene en el escarpado y pedregoso sector la Plata del Cerro Rico de Potosí como “el chino”. La última anécdota que cuenta el chino es el mordisco que le dio en la pierna un chucho callejero. “Estuvo varios días con fiebres. Le dio la rabia”, dicen sus compañeros. Él para dar fe notarial del hecho enseña un trozo de carne que le falta cerca del talón, una cicatriz incómoda. Hijo de un minero que murió de “mal del corazón”. Efraín desde este año trabaja en la mina, saca y carga los escombros desde las entrañas de las galerías. “Quería ayudar a mi mamá”, cuenta. “Se hace duro”. Tiene otras cuatro hermanas y cuatro hermanos.

Es uno de los chicos mineros, de los ‘mineritos’, de las entrañas del subsuelo boliviano que conocimos Ander, Elena y yo en nuestro viaje en septiembre de 2009. Desde hace una semana podéis ver más fotografías y leer más historias de estos niños mineros potosinos en la revista digital Frontera D (www.fronterad.com).
Aquí está la galería de retratos y relatos de estos niños. Una mañana les hicimos una sesión de fotos y unas cuantas preguntas sobre sus ilusiones, su familia, su trabajo en la mina o qué es lo que querían ser de mayores. Uno se encoge un poco después de esto.

Y también podéis leer el reportaje completo sobre la minería y los menores que trabajan allí y cómo algunos como Fernando, presidente de la Asociación de Niños Adolescentes Trabajadores, tratan de buscar alternativas a la oscura y asfixiante tarea de rascar minerales o cargar vagonetas. La historia está confeccionada a tres manos: Ander Izagirre, el texto; Iker Armentia, el sonido; y yo mismo, las fotografías.

Y para los que estén en Pamplona-Iruña esta tarde, a las 19.30h en el centro CIVIVOX Iturrama (C/ Esquiroz 24, planta baja), Ander Izagirre dará la charla “mineritos” sobre este mismo asunto que ambos conocimos en Bolivia. Creo que algo de parte de culpa y autoría tengo en esa charla, así que os invito a todos/as a los que os apetezca y podáis a que vayais.

Prometo traer al blog la galería completa de retratos de niños mineros. Ya que en Frontera D hemos tenido que hacer una selección y por desgracia no se han podido contar todas las historias. Y bueno, aunque sea con este anuncio de autobombo, creo que es una buena forma de retomar este abandonadísimo blog.

15. 11. 2009

La primavera

Kulusuk siempre me parecía que olía a pescado. Un olor muy fuerte a mar. A putrefacto. A pescadería poco limpia, a tripas de pez de antes de ayer. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio el aire era el más puro de la Tierra. Era el pueblo y la bahía congelada lo que olían a océano caducado. En el resto de la isla soplaba el aire más limpio que había probado (esnifado) nunca. Parecía que de verdad aquel aire que respiraba había sido fabricado en los primeros días de este mundo. Las dos sensaciones me impresionaron muchísimo. De hecho, esos olores a primitivo es lo que más recuerdo de Groenlandia.

El día 5 de mayo de 2008 apenas llevábamos unas horas en la isla de Kulusuk (100 casas, 300 habitantes y 3 tiendas), dimos un paseo y ascendimos hasta una pequeña colina en el centro del pueblo. Un cerro pequeñito sobre el que se encaramaban las casas “más seguras”: en invierno las casitas que están hundidas frente a la costa suelen quedar sepultadas bajo cinco o siete metros de nieve, asomando sólo el tejado, y a menudo los vecinos de “villa arriba” de Kulusuk destapaban a los de “villa abajo”. Aunque los hogares que asoman en esta punta de la isla en contrapartida están más expuestos al Piteraq, un viento endiablado que crece en el corazón congelado del país, en el casquete, y barre a su paso hacia la costa todo lo que encuentra.

Aunque no era el monstruoso Piteraq, el viento me sacudía por la espalda, me zarandeaba la chaqueta plastificada. La tarde estaba fea: un sol un poco impotente, suave, y nubes desperdigadas. Asomaban ya en mayo en esta colinilla las primeras calvas de tierra sobre la nieve. Aquí arriba con una panorámica excelente sobre todo el pueblo, entre chatarra, basura y montones de nieve sucia y rocas hay varios columpios. Al lado, en uno de estos trocitos de tierra recién descongelada, una pareja de niños hurgaba en la tierra.

Ander y Josu bajaron hacia el otro lado del pueblo. Yo me entretuve a ver qué hacían los niños. En seguida se emocionaron. No recuerdo si hablamos en algún idioma en concreto. Supongo que fue todo por gestos. Lo que me iban a mostrar no necesitaba de mucha explicación. Me tiraron de la chaqueta, el más canijo de los dos dio un brinquito y una palmada supongo que porque definitivamente tenían un espectador con el que compartir su descubrimiento. Lo que siguió después fue bastante más ceremonioso.

El más mayor se agachó y escarbó con la mano en la tierra, durísima porque estaba medio congelada. Apenas dos centímetros debajo de la superficie, destapó una piedra y encontró tres o cuatro bichillos negros diminutos (una especie de mariquitas negras, sin estampado). Unos estaban apegados ligeramente a la piedra y otros debajo de ella. Cogió uno con sus deditos, muy suave, el insecto estaba entero. Lo depositó en el centro de sus palmas de la mano.

Me miró como un mago antes de realizar su truco, para advertirme de que no había ni trampa ni cartón. Cerró el cuenco de sus manos con el bicho en el centro y comenzó a soplar. Insufló aire caliente tres veces. Luego abrió las manos y dio un empujoncito muy suave al bicho que torpemente comenzó a andar. Dio unos pasos y se paró. Estaba vivo. Aquel chaval acababa de “dar cuerda” a aquel bicho antes de que despertase de su letargo.

El otro niño, el más pequeño, estaba eufórico. Y yo anonadado con la destreza de este mago infantil de Groenlandia. Repitió la operación y en la segunda vez el bicho camino aún más milímetros sobre la palma del chaval. Me invitó a soplar, pero yo fui bastante torpe. Con la misma delicadeza que lo había cogido, dejó al insecto en la tierra. Otra vez medio aletargado.

Les dejé en la colina después de semejante demostración. Seguían incordiando con un palito de plástico a otros bichos. Así es como empieza la primavera en Kulusuk.

Los días posteriores vi a varios niños embobados en la ventana de nuestra casa a ratos mirándonos a nosotros que sesteábamos dentro (éramos la atracción como en el zoo) y también toquiteando las moscas aún vagas y torpes que aparecían en los cristales de la casa en la que estábamos alojados. Ayer recordé este inicio de estación tan espectacular, en el que la primera señal es volver a la vida.

P.D.: Pocos sitios hay como Kulusuk, donde te puedes entretener con el vuelo de una mosca, actividad que mi madre siempre me ha recriminado como una habilidad que tengo y es inútil. Tras años de observación paciente, he demostrado que servía para algo. En Groenlandia, de acuerdo. Pero servía.


En las fotos: La primera, Josu Iztueta, paseando frente a un glaciar. En la segunda, la vista de Kulusuk desde esta colina. Y en la tercera, Marcus y Jackob, dos niños esquimales un poco rufianes que eran nuestros vecinos y eran muy hábiles tirando bolsas de basura y robando chocolatinas y bastones de monte. Menos mal que los gritos de Josu en euskera pidiendo los bastones se entienden en cualquier parte del mundo.

Ayer tuve un ataque de recuerdos groenlandeses. Estuve revisando viejas fotos y quizás también colabora esta luz rancia que tenemos ya de invierno, que se va apagando poco a poco desde el principio de la tarde. Hoy en Pamplona hay una luz de invierno que casi parece primavera en Groenlandia.

04. 11. 2009

Un exilio en el infierno

En febrero de 2009 viajé, invitado por el Sahara Maratón, a los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf, al sur de Argelia. Tengo pendiente escribir varias historias de las que allí me encontré, pero mientras no obstante, os muestro en este pequeño vídeo, la mayor parte de las fotografías que tomé en el desierto. Muchas inéditas todavía.

¿Por qué “un exilio en el infierno”? Por que es lo que lleva soportando el pueblo saharaui los últimos 34 años, un exilio, un éxodo en la terrible ‘hamada’ argelina, a la espera de decisiones que nunca llegan. Mientras, la tercera generación de refugiados, hombres, mujeres y niños que han nacido en los campamentos y no han conocido otra patria que el exilio se achicharra en la parte más infernal del desierto sahariano, sin conocer el mar ni la libertad. A pesar de que en las escuelas saharauis se enseña que su patria tiene casi 2.000 km de costa. Viven en una franja del mapa trazada por la ambiguedad y marcada por minas antipersona. Se podrá discutir de política, de autodeterminación y de lo que se quiera, pero la verdad más evidente y limpia es que es un pueblo que ha sido condenado al destierro permanente y la vida en mitad de la nada es una condena muy dura. Humanitariamente cruel.

Ahí queda el vídeo.

13. 10. 2009

Un haiku gabacho y decimonónico

Portal de Francia (o de Zumalacárregui)

“Por la noche me he paseado por las murallas, solo y pensativo. Hay días en la vida que remueven en nosotros todo el pasado. Estaba lleno de ideas inexpresables. La hierba de las contraescarpas agitada por el viento silbaba débilmente a mis pies. Los cañones pasaban sus cuellos entre las almenas como para mirar el campo. Las montañas del horizonte, difuminadas por el crepúsculo, habían cogido unas formas magníficas; el llano estaba oscuro; el Arga, rizado por mil reflejos luminosos, se deslizaba entre los árboles como una culebra de plata.

Al pasar por delante de la entrada de la ciudad, he oído el chirrido de las cadenas del puente levadizo y la sacudida sorda del rastrillo que caía. Acaban de cerrar la puerta; en aquel momento salía la Luna. Entonces, perdonadme el ridículo de citarme a mí mismo, estos versos que escribí hace quince años me volvieron a la mente:

Siempre dispuesta para el combate, la oscura Pamplona
antes de dormirse bajo los rayos de luna,
cierra su cinturón de torres
”.

12 de agosto de 1843.
Los Pirineos, de Víctor Hugo.

P.D.: En la imagen, el portal de Francia o de Zumalacárregui, que tiende de forma perpetua un puente levadizo de madera. Este portón ya no se cierra por las noches y deja abierta, indefensa, por el norte la ciudad. La fotografía la tomé ayer mismo.

11. 10. 2009

Pirineo Express

Han pasado 200 años desde que el primer ferrocarril de pasajeros unió Manchester con Liverpool. Desde entonces hemos embreado carreteras en desiertos de arena y de hielo, cruzamos el mundo en una tarde, catapultamos a hombres al espacio y los paseamos por la Luna, incluso nos hemos asomado al abismo de nuestras entrañas. Sin embargo, viajar por los Pirineos en tren hoy sigue siendo épico.

Ni en 150 años y ni con la fuerza de mil kilómetros de vías hemos conseguido domar a la bestia pirenaica. Arquitectos e ingenieros se han afanado en doblegar estas montañas con latigazos de hierro, pero ha sido inútil. Las vías, catenarias y puentes se levantan como si estuviesen sobre el lomo de un gran saurio, a sabiendas de que en una sacudida del animal desaparecerán. Apenas hay trenes aquí.

El paisaje quebrado, abrupto y salvaje impone su ley y las líneas nunca trazan un recorrido claro, sino que siguen los retorcidos cursos de los ríos o se alejan de las montañas. La línea imaginaria que intenta hilvanar los Pirineos de Oeste a Este se inauguró entre 1855 y 1870. En 1855 un tren procedente de Burdeos estrenaba la estación de Baiona y se acercaba a la muga. Allí, pisándole los talones a los Pirineos empecé un viaje en abril de 2009 que me llevó desde el Atlántico hasta el Mediterráneo subiendo y bajando esas vías añejas. Este mes se publicó en la revista El Mundo de los Pirineos. Y el otro día, Roge Blasco en su programa de Radio Euskadi me invitó a contarlo.

Estaciones míticas como la de Canfranc, el edificio abandonado más grande de España. Una obra que pretendió desafiar a los Pirineos y que el rey Alfonos XII inauguró al bravucón grito de “¡Ya no hay Pirineos!”. Allí donde Jonathan Diaz encontró entre ratas y escombros unas cartas que certificaban la entrada por los Pirineos de 86 toneladas de oro de los nazis. Junto al oro, llegaban convoyes rebosantes de relojes, trajes o instrumentos de música de los judíos acosados y exterminados en Alemania. Los empleados que ganaban sólo 200 pesetas al mes coqueteaban con el contrabando. “Muchos abuelos que lo hicieron me lo han contado, pero aún les da miedo y vergüenza hablar. Todos sabemos de dónde salían esas baratijas”, cuenta Jonathan, el francés que halló las pruebas. O el pequeño andén de San Juan de Pie de Puerto donde comienza el camino de Santiago. Los paisajes bearneses, el funicular de Pau y su espectacular balconada del boulevard que presenta como un coro a nada menos que 83 cumbres de un simple vistazo.

El traqueo en un ferrocarril decadente hacia Lourdes. Un glamur rancio encantador, asientos de cuero amarillo como de consulta de dentista de hace 40 años en los que uno se queda pegado al sudar. Las cortinillas carcomidas por el sol y los vagones que rechinan. Unos chavales con sotana y alzacuellos, unas señoras con unas enormes medallas de la virgen (monjas), una pareja de ancianas hindúes con sus respectivos ‘bindis’ (punto rojo en la frente), y una madre que toquetea su PDA mientras su hijo de cinco años juega con una videoconsola. Cada uno ensimismado en su credo. Campos de rugby, prados con vacas y ovejas, y nieve y brumas en las montañas.

El frenesí urbano de Tolouse, los emblemáticos torreones almenados de Foix, raperos y graffiteros que bajan hacia Pamiers, afrofrancesas orondas de pelo rizadísimo que dan pecho a nenes durante el trayecto, ciudades de paso rebosadas por balnearios y jubilados, escaladores, ciclistas y montañeros, el borde de Andorra (no hay ni un centímetro de vía férrea en ese país), la Cataluña francesa, Occitania y la costa bermeja. Un trenecillo de 1910 que trepa hasta los 1.500 metros de altitud y tarda dos horas y media en recorrer 63 kilómetros. Historias de ingenieros como el comandante Giscard que murió en un descarrilamiento sin ver terminada la obra de su vida, el descomunal puente de 80 metros que lleva su nombre y cuelga sobre una de las culebreantes gargantas de la Cerdanya. Al final, el sabor del Mediterráneo en Perpinyá y una vía desde Coillure hacia el sur en la que en tren más bien navega colgado al borde de un mar manso y turquesa.

Estas y otras historias de este Pirineo Express, en el Nº 71 de El Mundo de los Pirineos.

08. 10. 2009

Abigaíl

Esta es Abigaíl Canaviri. El día que la conocimos no había trabajado la noche anterior porque los mineros ese día estaban “muy tomaditos” (borrachos) y le habían avisado de que no se molestase en entrar a la mina porque no había escombro que levantar.

Abigaíl tiene 14 años y cada noche desciende casi dos kilómetros dentro de las profundidades de una mina en el Cerro Rico de Potosí, en el sector de La Plata. Abigaíl camina dos horas hasta el “tope” de las galerías, a través de unos túneles, cavernas casi, muy angostos, estrechos y asfixiantes. Unos pasillos de roca inundados por charcas rojizas, amarillentas y fétidas, y un barrillo nauseabundo producto de la mezcla de minerales y agua filtrada.

Una vez en el fondo recoge los escombros que los mineros han producido por la mañana, los carga en una vagoneta y recorre esos 1.500 o 2.000 metros de galerías que le separan del exterior, sola, a tientas con la luz de su frontal y una vagoneta cargada con 400 kilos de rocas. “Hay que entrar como lagartos, arrastrándonos, porque algunos lugares son muy estrechos no pasa el carrito”, relata. “El carro se hace muy pesado, a veces se sale de la línea y hay riesgo de que se voltee. Algunos lugares están cuesta arriba, al principio se me hacía muy duro, me dolía mucho la espalda pero ahora estoy acostumbrada”. Abigaíl tarda dos horas en conducir un carrito cargado hasta la superficie. Entra a la mina a las 8 de la tarde y sale a las 10 o 11 de la mañana del día siguiente. En una noche puede sacar 5, 6 o 7 carritos. Hace este trabajo desde hace dos años “para ayudar a su mamá y sus hermanitos”.

Las manos las tiene rajadas, agrietadas de raspar las paredes de las galerías y las rocas, como una vieja. Los surcos de las manos los lleva escayolados y subrayados por el polvo blanco de la mina. En el centro de Cepromin (Centro de Promoción Minera), mientras conversa con nosotros, desayuna y pasa con esas yemas ajadas las páginas de un cuento de princesas de Disney. La Bella durmiente, Cenicienta, la Bella y la Bestia desfilan ante nosotros mientras nos cuenta que los mineros de donde trabaja ella a pesar de que beben mucho son “buena gente”. No como en otros lugares. Dos amigas suyas de 12 y 13 años que trabajan en otras minas ya han dado a luz a dos niños fruto de las violaciones de mineros viejos y borrachos en la oscuridad de las galerías.

El padre de Abigaíl murió de silicosis, “el mal de la mina”, cuando ella tenía 8 años. Cuentan en el cerro de Potosí (la mítica montaña que lleva 500 años explotada y agujereada por galerías y mineros como un hormiguero) que a algunos mineros les han llegado a extraer tras su muerte auténticas piedras de los pulmones. Bronquios literamente petrificados. El polvillo de la mina va filtrándose por los bronquios y sedimentándose, impide la respiración y acaba ahogando a los mineros. El mayor miedo de Abigaíl es “tener el mal de la mina” y los derrumbes, constantes en estas galerías destartaladas.

Cuando quedó viuda, su mamá, Doña Margarita, se convirtió en guarda, esto supone la tremenda responsabilidad de guardar dentro de su casa material de mina y asumir cualquier pérdida. “También nos da miedo. Guardamos dinamita al lado de la cocina, da miedo que algún día se prenda”. Viven exactamente a quince pasos de las puertas del infierno, es la distancia desde su casucha de adobe a la boca oscura de la mina. Alrededor de su casa se amontonan varias vagonetas y perros sarnosos. “Es un lugar muy frío, donde no hay agua, ni luz”. Dentro, nos enseña cómo en una misma cama duerme su mamá, ella y sus cuatro hermanitos. Acurrucados, todos juntos, como una camada de cachorros. En la casa, el viento chirría y mueve las planchas de latón del tejado, que está agujereado por mil partes. Es una sola habitación.

Abigaíl trabaja 14 horas para ganar 20 bolivianos (2 euros) al día. Si fuese un adulto por ese mismo trabajo le pagarían 70 bolivianos. Hace un año, una mañana de diciembre salieron de casa para buscar agua. Se ausentaron una hora. Al regresar la puerta, “de lata”, estaba abierta. Les robaron tres máquinas y unos pistones que debían custodiar. Una pérdida de 21.000 dólares, que les ata ahora en un régimen de esclavitud con la cooperativa minera.

Desde ese día, cada pesito que gana Abigaíl se le resta de esa descomunal deuda, que a este ritmo necesitará décadas para pagarla. La asociación Cepromin les ayudó a pagar una de las máquinas (7.000 dólares) ahora mantienen la deuda en 15.000, así que Abigaíl cada noche trabaja gratis. Es una esclava.

“Nosotros no sabemos qué son los derechos”, sentencia Abigail.

Abigaíl termina de trabajar cada noche, duerme unas horas, camina unos metros desde su casa hasta el centro de Cepromin por una colina escarpada, pedregosa y azotada por los vientos, allí desayuna, come, hace las tareas y va a la escuela. Don Carlos, un orondo anciano potosino, les acerca en furgoneta hasta el colegio. Termina las clases a las seis de la tarde. A las ocho, una noche más se calza el casco y vuelve a la mina. Todas las noches. “Yo quiero estudiar, sacar a mi mamá de la mina y que mis hermanitos estudien y sean profesionales. Me gustaría ser médica, sí, y dar medicinas gratis. Y tener un lugar donde vivir que no sea la mina”.

IMG_6064


Hay historias que merece la pena contarlas, aun a sabiendas de que hay gente que ya las ha oído. Aunque sea dos, tres, o quinientas veces. Sin miedo a cansar. En este caso hago de eco de Ander Izagirre, que ya publicó la historia en su blog, y traigo al mío la historia de Abigaíl, a la que ambos conocimos en Potosí.

El segundo día que visité a Abigaíl, llegó tarde al centro, justito para comer. Ese día los mineros no habían tomado y sí tuvo que trabajar la noche anterior. Llegó agotada, adormilada. Comió y se marchó al colegio. Una vez más.