Lapso festivo

Miércoles, 16 de Julio de 2008


Del 6 al 14 he tenido un lapso festivo, no le he dado tregua al cuerpo ni a la mente, que ahora son entes divergentes.

Si el día 6 de julio en la Plaza del Ayuntamiento la gente se agita, jalea y grita como si empezase una descomunal batalla en la que tienen que participar hasta agotar su existencia y se enfundan el pañuelo como señal de guerra; el día 14 es su antítesis. Los rostros y el ambiente es de derrota, entregamos nuestras armas (pañuelos) y nos rendimos. Agotados y exhaustos, desarmados. Y con una vela recordamos a los que cayeron en los días previos.

El “Pobre de mí” es un bonito acto para reconciliarse con la ciudad, y lamentar (aun sin sentir todos los huesos del cuerpo) que esto se acabó, pero que ya falta menos para el siguiente San Fermín (¡Qué “masocas” somos!). La verdad que es un día tan bonito como el seis, con un semblante radicalmente opuesto, pero emotivo. Parece ser que todo comenzó por casualidad unas décadas atrás, cuando unos nostálgicos espontáneos se juntaron en la Plaza del Ayuntamiento para lamentarse de que se terminaban las fiestas y el alcalde salió al balcón para invitarles a regresar al año siguiente.

Bueno, habrá que regresar. A la realidad y al año siguiente. Fin del lapsus festivo.
Ahí os dejo algunas instantáneas que saqué “a pie de fiesta”.


¿Tú qué opinas? / Zer iruditzen zaizu? »

Un buen relato para no leer

Sábado, 5 de Julio de 2008

Tras recibir algunas críticas “constructivas” de algunos de mis escasos lectores sobre la extensión excesiva de algunos de mis relatos propongo una solución para los que no quieran leer: escuchar. Requiere menos esfuerzo, pero sólo aparentemente.

Ahí os dejo, a un clic de vuestra mano, la narración del viaje a Islandia y Groenlandia que hizo Ander Izagirre hace unas semanas en el programa de Radio Euskadi (Eitb) Levando anclas de Roge Blasco. Espero que lo disfrutéis: Aquí.
(Tenéis que hacer clic en el dibujito del altavoz de la derecha para escucharlo).
Ahí va también el blog de Roge Blasco hablando del mismo tema.

Y para rematar, ésta sólo para los atrevidos a los que pese a las críticas les sigue gustando leer: una entrevista con Josu Iztueta sobre su regreso a Groenlandia 20 años más tarde.

“La expedición de Groenlandia marcó en mis viajes un antes y un después”

¡Qué aproveche!

P.D.:Siento el lapsus productivo del blog, de por medio tengo Sanfermines y cambios laborales.

2 Zartakos

El día que fui Messi

Jueves, 26 de Junio de 2008

Son las seis menos cuarto de la tarde y está apunto de comenzar el entrenamiento del equipo de fútbol de Kulusuk, el TM-62. Esa misma tarde había visto un balón tirado en la bahía helada del pueblo y semienterrado en la nieve, señal de que el fútbol ártico es ligeramente diferente al nuestro. Y efectivamente, lo es.
En Kulusuk se juega al fútbol pero no hay campos de fútbol: el entrenamiento tiene lugar en una habitación, supuestamente la más grande del pueblo, pero la habitación de una casa al fin y al cabo. Con sus ventanas, su techo, las luces, sus radiadores y su entarimado de madera. Aunque siempre es mejor que tu saque de banda sea desde el calorcito del radiador que desde el mar congelado. Habrá que ver si el equipo se gasta más en ventanas o en balones

El “campo de fútbol” es la sala mayor de una casa que se utiliza como centro social en Kulusuk, de hecho los sábados y viernes por la noche esa cancha es también la discoteca-verbena, donde los jóvenes del pueblo organizan bailes. Fuera del edificio, en la fachada de láminas de madera verde descascarillada, cientos de grapas oxidadas sostienen anuncios, dibujos de los niños del pueblo sobre los males que provoca el tabaco, cartulinas que ilustran el poder destructivo del alcohol en Groenlandia (que no sólo disuelve y derrite la nieve sino también las familias y la vida de miles de inuits) o carteles de educación sexual (prevención de riesgos, utilización de anticonceptivos, alertas sobre el Sida y demás enfermedades…). Esta casa es el lugar donde tiran las horas muchos de los jóvenes del pueblo.
Dentro, el vestíbulo tiene toda la pinta de ser una “casa ocupa” o medio abandonada, un poco roñosa y dejada, con los bordes y las jambas de las puertas roídas y un poco podridas por la humedad. Unos cuantos dibujos y pintadas coloristas en las puertas y paredes dan esa imagen hippie y “okupa” del centro social. Colgando del techo, un escudo diminuto del equipo de fútbol de ganchillo. En la salita previa a la pista, un par de chavales se encargan de vender refrescos a precios razonables, detrás de ellos tienen una estantería llena de copas y trofeos que representan la pericia del TM-62 jugando al fútbol ártico.

Antes de que empiece el entrenamiento tiene lugar el trajín natural de los jugadores que se cambian de ropa y algunos curiosos que empiezan a llegar. De fondo se escucha el clic de una lata de refresco que se abre en el vestíbulo y a continuación retumba un eructo lejano. Tres chavales esperan a que empiece el entrenamiento rondándonos a nosotros y mirándonos, uno de ellos se hurga con pasión la nariz hasta tener que doblegar su falange y redoblar en dedo índice para alcanzar el fondo de su chata nariz esquimal, el otro que nos mira con extrema curiosidad al rato suelta una ligerísima ventosidad, un pedo, sin inmutarse. Nadie dice nada y aquí tampoco ha pasado nada. ¡Con este panorama cualquiera diría que este equipo llegó a ser semifinalista en el campeonato de Groenlandia!

Pero lo son y ser semifinalista supone un auténtico lujo sólo por el hecho de poder salir de su pueblo y poder conocer otras partes del país. Dicen ellos que un fallo del portero y un mal árbitro se conjuraron para apearles del campeonato… Aunque en inuit las palabras tengan dieciséis sílabas y una esquizofrénica combinación de consonantes seguidas hay excusas que suenan igual de universales en todas las partes del mundo.

A los chavales que nos miraban les hacemos gestos Ander, Josu y yo de chutes del balón, imitamos celebraciones de goles y les señalamos, asienten con la cabeza: van a jugar al fútbol. Nos hacen lo mismo y nos preguntan a su manera si vamos a jugar a fútbol con ellos, les decimos que sí. Se alegran.

Llega la hora de comenzar el entrenamiento y tienen que montar las porterías: hueco que queda entre dos pares de bancos largos de madera (no mucho más grande del tamaño de una portería de hockey, en el que ve en la imagen). Por curiosidad medimos el campo de fútbol a zancadas, calculando cada zancada un metro: unos escasísimos 16 metros de largo por 8 de ancho, menos de un área en un campo de fútbito o fútbol sala (de 40m x 20m). Les ayudamos con las porterías. Limpian un poco el entarimado y listo para jugar. La mayoría de los niños llevan camisetas de equipos de fútbol ingleses, aunque también tienen de otros sitios como la selección de Venezuela o de países latinoamericanos. La equipación es ecléctica.

El chaval con ventosidades nos pregunta de dónde somos. Les invitamos a acertarlo y ellos prueban erróneamente con todas las nacionalidades que se les ocurren: daneses, ingleses, alemanes, americanos, noruegos… Situar y dibujar en la mente de un crío de Kulusuk dónde esta Pamplona, el mar cantábrico, los Pirineos, Francia, España o el sur de Europa es bastante difícil. Aunque lo dibujemos un mapa en el reverso de un envoltorio, son referencias tan lejanas y vagas para ellos como lo era Groenlandia para nosotros antes de viajar. Probamos con todo lo que se nos ocurre. Madrid, Barcelona…

¡Barcelona! Hay reacción. Les decimos que somos de “cerca de Barcelona”. “Messi, Messi, Messi”, repite el chaval. “Yes, Yes, Messi”, le decimos nosotros. “This is Messi” (“Éste es Messi”) dice Ander señalándome a mí de cachondeo. Pero conseguimos una reacción inesperada: los ojos de chaval cambian por completo, fuerza su achinamiento de ojos inuit y los abre como platos y con un fulgor de profunda impresión. Está visiblemente nervioso y emocionado. Muy emocionado. Conoce a Messi pero está claro jamás en su vida lo ha visto ni jugar, ni una foto suya, ni nada parecido. Cree que soy Messi. “No, no, no, I’m not Messi” intento aclarar. Intento deshacerme del embrollo. “Hombre,—dice Ander—, haberlo dejado estar para una alegría que se iba a llevar el chaval”. ¡¡Menuda responsabilidad, jugar a ser Messi en Groenlandia!!

Pasado el malentendido provocado, comienza en entrenamiento. A nosotros no nos dejan jugar y nos echan del campo. Comienzan a jugar un partidillo en dos equipos y se alinean en el mismo equipo adolescentes con niños pequeños, chicas y chicos, cojos, diestros o zurdos. Da igual. Incluso juegan el que se hurgaba la nariz y el del eructo lejano. Y pese a no haber visto nunca a Messi, ni a Ronaldiño, no lo hacen tan mal. Incluso tienen espectadores y espectadoras. Una de las espectadoras nos enseña un dibujo que ha hecho de un jugador del TM-62 de Kulusuk para regalarlo al final del entrenamiento. Margrethe Mikaela, la que firma el dibujo, es aficionada y fan del mejor equipo de su mundo, el TM-62 de Kulusuk.

P.D.: Siento el silencio de tantos días y el texto tan largo, pero es que por motivos de trabajo he estado hasta arriba y he tenido que robar tiempo al sueño para actualizar el blog. Habrá más historias de fútbol ártico, como un partido en una pista de aeropuerto. Aprovecho así la Eurocopa y el descubrimiento de Ander de que al blog dan visitas el fúrgol y los penes.

P.D.2: La foto es del entrenamiento en un descanso. Para ver más fotos, aquí.

5 Zartakos

Josu, el Kivigtok

Martes, 10 de Junio de 2008

En 1875 en Edimburgo la editorial William Blackwood and sons publicó un libro que llevaba por título “Tales and traditions of the eskimo” (Cuentos y tradiciones de los esquimales), el autor era Henry Rink un hombre que había sido durante un par de décadas antes el gobernador de la Groenlandia danesa y había hecho el esfuerzo de intentar comprender ese inmenso desierto frío y blanco. La obra de Rink fue uno de los primeros estudios antropológicos serios y todavía hoy la obra más importante en cuanto descripción de las formas de vida tradicional esquimal y su cultura oral. Rink recorrió el país buscando historias, cuentos, y tradiciones. Antes que Rink escribiera su libro hubo otras intentonas como la del misionero Hans Egede que en 1745 publicó en danés “A Description of Greenland”, un libro con el que obsequió a la reina de Dinamarca para mostrarle cómo eran los habitantes más desconocidos de su reino, Egede rogaba a la reina ayuda y misericordia para los esquimales “que también son parte de la obra de Dios”. Egede pasó 25 años entre esquimales.

No obstante, Rink vivía en un país incompleto, su libro apareció en 1875 pero no fue hasta 1888 cuando descubrieron la existencia de inuits en la costa este groenlandesa (en la zona de Kulusuk donde nosotros viajamos), se conocía el territorio geográficamente pero en más de mil años de presencia europea en Groenlandia jamás se habían cruzado en esa zona esquimales y europeos. Hasta entonces ni siquiera se tenía noticia de ellos.

En el libro de Rink se recoge buena parte del imaginario inuit, en el que la extrema dureza de la geografía se convierte en la llave de todo: no existen diferencias claras entre lo real y lo mágico, el hombre es un elemento más en un paisaje que lo engulle y lo tiene a su merced. Es un realismo mágico extremo: un hombre puede reventar a otro si le aprieta demasiado fuerte la mano, una cagada de gaviota puede devolver la vista a un ciego, un padre asesina a su hija para aligerar el peso de un kayak, balleneros europeos que secuestran esquimales y se los llevan a un burdel, ogros, elfos, monstruos, brujas, espíritus… Una vez uno ha estado allí ve que no es nada difícil de imaginar un mundo así: en una noche velada por un sol enclenque y pálido se crean sombras inquietantes que acechan, se siente la amenaza constante del frío y uno se pregunta hasta qué punto sería capaz de resistir. De hecho, todo el imaginario inuit se articula entorno a una verdad brutal: el mayor demonio es el clima y nada podemos hacer contra él.

En este universo groenlandés hay un elemento común en todas las leyendas y cuentos del país: el interior. Los groenlandeses son unas gentes que viven en una repisa, sólo habitan al borde de su mapa y el interior es un inmenso vacío que los quiere tragar. Allí habitan seres mágicos, devoradores de hombres que hacen que nadie vuelva con vida… Es un desierto extremo que congela tus pasos a 30 grados bajo cero. Decenas de relatos desvelan que el indlandsis (como lo llamaban los daneses) es el lugar más temido, y cualquier prevención es poca. Pero sin embargo en su cultura aparecen unos personajes impresionantes y magníficos como son los Kivigtoks.

Los Kivigtoks fueron en un tiempo hombres y mujeres normales, pero algo los convirtió en extraordinarios para siempre: el interior del país. A veces eran hombres que huían del resto de la humanidad (forajidos), otras gentes que se despistaron y se perdieron por el interior o simplemente hombres que se internaron hacia las entrañas del país. Es tan brutal el poder transformador del interior que incluso geográficamente ha destrozado Groenlandia para siempre: el peso de la capa de dos kilómetros de hielo que cubre el interior es tan pesada que ha escachado la tierra de forma que si se derritiese veríamos a Groenlandia como una enorme concha, aplastada y raspada por el hielo. Sin embargo, los inuits creen que los hombres y mujeres que logran sobrevivir al interior adquieren capacidades sobrenaturales como clarividencia, una rapidez asombrosa o una longevidad extrema. Cuentan de un hombre que huyó al interior y cuando regresó a su pueblo varios días después no reconocía a nadie: habían transcurrido más de cien años en lo que a él le parecían dos días. Es sólo un ejemplo de las capacidades que obsequia el interior groenlandés a quien sobrevive.

Josu Iztueta cruzó a pie el interior de Groenlandia de este a oeste en 1988, con otros cuatro amigos y amigas. De que Josu era un ser extraordinario no nos quedaba ninguna duda, pero desconocíamos el porqué. Hemos descubierto su secreto, él es un Kivigtok. Su padre que era pastor se preguntaba por dónde era más ancho el mundo, y él se propuso descubrirlo, después de cruzar el Sahara o el casquete groenlandés desarrolló habilidades extraordinarias.
Para mí hay tres pruebas contrastables de que Josu es un Kivigtok. El primero queda reflejado en esta frase que escribió a más de 60 grados bajo cero en una tienda de campaña perdido en Alaska: “Viajar por voluntad propia es una suerte que pocos podemos disfrutar. Y aunque este viaje se tuerza mucho, pongamos que hasta morir, sigue siendo una suerte” (la cita está recogida en el libro que Ander escribió sobre Yibuti).
Otro es que después de haber recorrido más de un millón de kilómetros sigue teniendo una curiosidad incombustible, tanto que este año decidió volver 20 años después a Groenlandia e intentar buscar a unos niños que aparecían en una foto para saber cómo eran hoy en día sus vidas (lo cual supuso el mayor gancho para que yo también acabase en aquel país). Y el definitivo que Ander y yo, le seguíamos sofocados allá por donde nos llevaba. Y aparentemente somos más jóvenes.

P.D.: En la imagen, Josu caminando por Kulusuk (Groenlandia). Un clic y se hará un poquito más grande.

9 Zartakos

Un país costroso

Miércoles, 28 de Mayo de 2008

La carretera que cae desde Reykiavik hacia el suroeste discurre por un paisaje devastado: un pedregal caótico de tierra reseca, negruzca y polvorienta, sin un solo árbol y sólo disimulada por las alfombras de líquenes, musgo y turba. Al fondo, detrás de campos sembrados de pedruscos, sólo se intuye la silueta de un volcán. Las planchas de piedra levantadas, desquebrajadas y movidas que se acumulan a ambos lados de la carretera parecen ser la evidencia de que la noche anterior un violento terremoto ha agitado esta tierra, la ha lanzado por los aires y la ha dejado caer de nuevo. Pero no es así. Pese al desgastado y baldío paisaje de la península de Reykjanes –la zona con mayor actividad volcánica del país-, Islandia es geológicamente el rincón más “nuevo” del planeta. La explicación de la existencia de un paisaje tan joven y tan manoseado al mismo tiempo es que Islandia es una postilla.

Los continentes, que navegan sin rumbo como balsas de roca sobre la mantecosa superficie del magma y las viscosas entrañas incandescentes del mundo desde hace millones de años, en su eterna y lenta deriva, están rasgando ya las costuras de nuestro planeta. Desde la Antártida hasta prácticamente el Ártico, la Tierra se llaga: Europa tira hacia un lado y América se empeña en tirar hacia el contrario. Así se ha abierto una profunda y kilométrica herida que se llama Dorsal del Atlántico. Para nuestra fortuna se encuentra sumergida a cientos de miles de kilómetros bajo el océano, salvo en un punto del planeta en el que emerge la llaga a la superficie, y las vísceras de la Tierra se ventilan al raso: Islandia. Allí, se presenta como lo que es, una descomunal brecha en la corteza terrestre.

La herida abierta entre América y Europa comenzó a sangrar desmedidamente cuando quedó al descubierto: la lava brotó sin límites vertiginosamente bombeada desde el mismísimo centro de la Tierra y voló hacia el cielo abierto. La Tierra se llagó en torrentes de fuego incandescente, vomitó millones de rocas, segregó charcas de pus azufroso, eructó columnas de humo y ceniza, tembló espasmódicamente y sufrió un calor febril. Sólo el frío del ártico supo templar semejante sangría magmática y enfriar la lava y la ceniza, que formó una costra sólida capaz de taponar momentáneamente la herida. Esa costra es Islandia, una postilla porosa, oscura, abrupta y desconcertante. Y así se ve en el mapa, como un parche de lava seca.

Fue el último pedazo del mapa en aparecer sobre la faz de la Tierra, el más nuevo, pero no hay más que darse un paseo por la península de Reykjanes, al sur de la capital, para hacerse una idea de cómo fue. Allí en Sandvik, muy cerca del pueblo de Hafnir, está lo que queda al descubierto de la herida: un risco emerge desde el mar y se adentra hacia el interior de la isla como un desesperado hachazo.
Dos paredes de basalto y lava seca que se deshacen y se desmigan en cientos de rocas, piedras como quesos de grullé (porosas y ligeras), metales y minerales que caen al pasillo que queda entre ambas. Lo más inquietante: una de las paredes es la placa Euroasiática y la otra la norteamericana, cada una un continente. Y lo que queda entre medio: la nada. Es un risco de 20 metros de ancho y es la separación real entre dos continentes, por suerte entre ellos ya no se abre un abismo infinito sino toneladas de ceniza, virutas de metales y rocas pulidas.

No obstante hasta el s. XIII de nuestra era entre medio de las dos paredes tectónicas se asomaba el infierno: un río de lava ardiendo ininterrumpidamente. Los vikingos que vivieron en Islandia conocieron la herida aún templada hasta que se apagó. Y aunque desde entonces han conocido una época de relativa calma, las erupciones marinas y terrestres o los terremotos no se han interrumpido. Las dos veces más aparatosas nacieron dos nuevas islas bastante grandes como aparecer en un mapa y tener nombre propio, en 1783 apareció Nýey y en 1963 la de Surtsey. Los colonos escandinavos intentaron incluso cultivar el campo en esta zona de la isla, pero fue imposible, la temperatura del suelo era tan elevada que en muchos casos en vez de germinar, las hortalizas aparecían recocidas o chamuscadas.

Ha sido esta grieta la que ha condicionado la vida de la isla, ya que es el origen de toda su actividad geológica, donde palpita el planeta: más de cuarenta volcanes en activo, cientos de géisers (palabra del idioma islandés exportada a todo el mundo), terremotos, fumarolas gaseosas, minerales por doquier… Pero a costa de la inseguridad geográfica los islandeses han sabido sacar partido de la energía geotérmica, tanta como para iluminar la isla, de las lagunas subterráneas que proporcionan agua caliente y calefacción gratis a los islandeses o de los minerales para una boyante industria metalúrgica. La fisura continental también a afectado a lo político y lo social obligando a Islandia a bascular siempre entre Europa y Norteamérica, teniendo una extraña identidad vikinga influenciada por EE.UU.

Pero ahora incluso la sima, como maravilla geológica, genera turismo. Recientemente se ha colocado un pequeño puente para peatones que une, como una ridícula grapa, la placa europea y la americana; se llama “El puente entre dos continentes”. Con él es posible cruzar del viejo al nuevo mundo en unos pasos y, como en una frontera de chiste que es, un cartel con la bandera de barras y estrellas saluda al recién llegado al otro lado con un: “Welcome to North America”.

En el lado americano de Islandia, un cartel informativo advierte: “el suelo sobre el que usted se encuentra se está alejando en estos momentos a una velocidad de un centímetro al año hacia el noroeste”. Apartamos la vista del cartel, asomamos la cabeza y echamos un vistazo a nuestro coche de alquiler, alojado en el otro lado, en el europeo, que supuestamente se está alejando de nosotros. Todo parece igual de tranquilo que hace unos segundos.
Pero la sorna y el ácido humor islandés destapa una verdad muy incómoda: la herida no ha cicatrizado y los continentes se siguen alejando dos centímetros cada año, así que la postilla se acabará quebrándose de nuevo. El país más joven del mundo tiene fecha de caducidad.

P.D.: En la imagen, a la izquierda la pared desnuda del continente europeo y a la derecha el americano.

Nota: Tras un aviso de Ander y producto de un apasionamiento excesivo y un despiste nocturno y alevoso (me acabo de dar cuenta de que me hice de la picha un lío con metros y kilómetros) corrijo un error del texto:

El centro de la Tierra se encuentra exactamente a unos 6.371 kilómetros desde la superficie de la Tierra (es un término medio de la NASA porque como sabéis nuestro planeta no es un esfera perfecta sino achatada lo que provoca diferentes distancias desde el pellejo al corazón terrestre bien sea desde los polos o desde el Ecuador). Por lo tanto, para nuestra tranquilidad la Tierra no late magma pastoso a “cientos de miles de kilómetros” como escribí, sino a unos 6.300 kilómetros, que tampoco está mal.
Y la Dorsal Atlántica, se encuentra sólo sumergida a unos 4 o 3 kilómetros de profundad, vamos que podríamos rebañar en el océano al Aneto (el pico más alto de los Pirineos con unos 3.404 m) y apenas asomaría la puntita o nada. Aunque en algunos puntos el Atlántico se zambulle muchos más metros en el fondo (hasta 8.000 y pico cerca de Puerto Rico). A raíz de esto he descubierto cosas curiosas del futuro de Islandia, así que mañana os las cuento.

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7.400

Martes, 27 de Mayo de 2008

A 7.400 metros, rozando el cielo, se quedó para siempre Iñaki Ochoa de Olza.

Nunca me quedará lo suficientemente claro si fue el Annapurna el que se quedó con él para siempre o si fue al revés, si fue Iñaki el que se quedó para siempre en el monte.

Recuerdo que una vez dijo: “¿14 ochomiles? Claro, es uno de los mayores retos del alpinismo, pero… ¿qué pasa, si un monte tuviese 7.900 metros ya no sería interesante? Por supuesto que sí, que tengan ochomil es una excusa, sin duda su gancho es ser las montañas más altas del planeta y las más hermosas. Amo la montaña, sin medidas”.

Lo más grande de Iñaki no fueron sus vertiginosas ascensiones a los lugares más altos de nuestro mundo, sino su inconmensurable presencia, su bondad y su carácter. Esta semana, tuvo en vilo, volcado con él, a todo un pueblo, a toda una ciudad. Y eso fue increíble. El mundo de la montaña preparó en poco tiempo el mayor operativo voluntario de rescate en la historia del himalayismo. ¿Por qué? Porque si uno en la vida recoge lo que siembra, Iñaki sólo cosechó cosas buenas. Y la muestra fue la reacción que tuvo su ciudad, su pueblo y todos los que le conocían o habían coincidido con él alguna vez. Iñaki es un hombre como sus montes, sin medidas.

P.D.: He leído en “cosas de cumbres” que uno de sus proverbios nepalíes preferidos era “es mejor vivir un día como un tigre que cien días como un cordero”. El jueves 29 cumpliría 41 años viviendo como un tigre.
Agur, tigre, agur.

Sólo 1 zartako / Zartako 1 bakarrik

Viajus interruptus

Martes, 20 de Mayo de 2008

Un “viajus interruptus”, eso es lo que padezco. Una interrupción brusca y repentina de un viaje excepcional, una marcha atrás.
Regresé el viernes de Islandia, dos días antes habíamos abandonado la costa este de Groenlandia. Ahora ya estoy en Madrid, trabajando. No obstante, tengo la mente en dos islas árticas, en la solitaria, inhóspita y cruel Groenlandia; y en la exuberante, divertida y volcánica Islandia. Allí están ahora dándole vueltas a la isla vikinga Josu y Ander, en el coche de la foto. Y mi cabeza está con ellos que todavía tienen que lamer con el neumático todo el contorno costero de Islandia hasta final de mes.

Estos días venideros publicaré unas cuantas crónicas que desde allí fue imposible enviar.

Pero antes responderé a una pregunta que ya me la han hecho unas cuantas veces estos días: “Y… ¿Qué tal por allí?” “Pues… bien”, contesto yo todavía aturdido y confundido sin saber muy bien qué contestar a eso. Ha sido lo más parecido a estar en otro planeta. Los paisajes, gentes e historias más impresionantes que lo que la imaginación y la lectura es capaz de elaborar. Esta calificación no es gratuita, es fruto de una experiencia increíble.

A Josu y Ander, “ongi ibili”! (¡Buen viaje!)

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Balas, compresas y galletas caducadas

Sábado, 17 de Mayo de 2008

La cesta de la compra en el supermercado de Kulusuk es muy rara. En una estantería lo mismo están apiladas juntas las dos únicas marcas de compresas y cervezas, enfrente un traje horterísimo de caballero (americana de cuadros de tela apelusada) colgado de un maniquí y los tarros de mermelada y dos pasillos más al fondo emergen las bocas de seis escopetas que están a la venta. En una vitrina junto a la entrada puedes conseguir tallas de hueso de foca, candados, bombillas, pilas y balas de todos los calibres posibles. Y esto es así porque todo lo que puedas conseguir en Kulusuk está en ese comercio.

Cuando a alguien le hacen la típica pregunta de qué te llevarías a una isla de desierta, hay que dejar de imaginarse un paraíso caribeño y comenzar a pensar en Kulusuk; que aunque no está desierto está colgado en el fin del mundo: Un islote de rocas graníticas de 63 kilómetros cuadrados, el que no crece ninguna especia arbórea, sólo el musgo se atreve a brotar, y en esta época del año está desconectado del resto del mundo (el mar no es navegable porque se está comenzando a descongelar ni es lo suficientemente estable como para correr con trineos). Pues bien, el supermercado de Kulusuk no sólo responde a esa hipotética pregunta sino que la lleva a la práctica.


Pilersuisoq
es el nombre de la cadena de supermercado que opera en Groenlandia y pueden sacar pecho y decir que es la empresa con la logística de abastecimiento más estricta y eficaz del mundo. Un barco llega a Kulusuk en julio y deja todos los alimentos, provisiones y materiales que necesita la aldea hasta julio del año siguiente. Y fin de la logística y el abastecimiento. Salvo una grave emergencia en la que será posible traer algo de Tasiilaq (el pueblo vecino) o en avión desde Islandia o Dinamarca, el almacén del supermercado no vuelve a recibir nuevas cajas. Afortunadamente no crecen las telarañas en las estanterías de su despensa porque en Kulusuk apenas viven insectos.
La señora que despacha la caja del comercio y el hombre que se encarga de la oficina de correos (comparte edificio con la tienda) son los encargados de controlar cómo, cuándo y de qué manera se van dispensando los alimentos, sacando al público y se van gastando. ¡Menudo trabajo el del reponedor o el del que hace el inventario en ese mercado! Tienen la responsabilidad de abastecer a toda la aldea durante todo el año.

Las ofertas comienzan cuando los productos vencen la fecha de caducidad. Hay que saber que los productos alimenticios o de higiene están de oferta en Pilersuisoq cuando empiezan a estar rancios, sólo entonces se les rebaja el precio. Los productos frescos como fruta o huevos llegan con cuentagotas (y supongo que será lo único que aterriza en avión de vez en cuando) y por supuesto son de lo más caro, una pieza de fruta (que no el kilo) vale un poco más de un euro. Sin embargo, la cerveza Tuborg o Calsberg es bastante barata, unos ochenta céntimos de euro, mientras que los yogures valen siete euros. Así que la mayor parte de la bodega de ese barco que abastece la isla una vez al año será propiamente una bodega debido al saque que tienen los esquimales del este de Groenlandia. Todos los días hay pan, apenas una docena de barras de molde que se descongelan y hornean en el día, cuando se acaban no sacan más. Hay que racionar para el día siguiente.

Y si algo podría ser el emblema de la supervivencia de este islote ártico, además de la caza de focas y la pesca en el fiordo, deberían ser las latas de conservas. El invento de la rueda o la revolución industrial no sé cuánta repercusión habrán tenido en esta aldea, pero el meter alimentos en un trozo de latón al vacío cambió sus vidas. A mí siempre me había fascinado ver que hay conservas que caducan diez años más tarde, pero en esta aldea subártica la fascinación se convierte en salvación. Casi todo lo que se vende en esta tienda necesita de un abrelatas previo a su disfrute.

El supermercado sólo tiene cuatro calles muy pequeñitas, un almacén en la buhardilla y otro más grande en la parte trasera. El suelo es de cemento y al entrar da la sensación de estar en un garaje, el recinto no es mucho más grande que seis plazas de párking de cualquiera de nuestros hipermercados.

Así, una típica cesta de la compra de Kulusuk puede ser un paquete de galletas caducadas, una buena pila de latas de conservas, compresas y dos cajas de balas del calibre 22.


Espejo de la tienda, el traje hortera en primer plano y la mermelada al fondo.


La conserva, un invento que revolucionó Kulusuk.

P.D.: A nosotros unas extrañas latas de pescado (¿atún?) con tomate, pan y galletas nos salvaron nuestra estancia en Kulusuk.

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Romper el hielo

Lunes, 12 de Mayo de 2008

icebergs (I)

En Groenlandia es mejor tomarse las relaciones con paciencia, tanto con el entorno como con la gente. Romper el hielo no es algo recomendable. Tanto si ves a uno de los nueve perros del tiro de tu trineo hundir su panza en el mar justo cuando acaba de desquebrajarse la superficie; como si Georg grita muy nervioso “iu iu iu” a los perros para reconducirlos porque cuatro de ellos van a la izquierda y otros cinco a la derecha, y en frente sólo queda grumo de hielo de tres metros de altura contra el que estamparte. En esos momentos sólo queda estrujar la madera del trineo con las manos con todas las fuerzas posibles y asumir con paciencia que lo peor que puede pasar es que se rompa el hielo. Y es en esos momentos cuando uno ve claro, con clarividencia, por qué la mayoría de los inuit de Groenlandia beben en Dios y creen en el alcohol hasta perder la conciencia. Georg Utuaq, nuestro anfitrión (pagando) y piloto de trineo de perros, encauzó la situación en ambos casos a golpe de látigo y gritando a los perros. “Iu, iu, iu” para la izquierda y “ili, ili, ili” para la derecha.

Ocurrió hace dos días, cuando fuimos de caza con Georg y dos trineos más. Dejamos atrás la costa congelada del islote de Kulusuk y atravesamos el mar y el fiordo. Llegamos hasta la isla de enfrente deslizándonos sobre el hielo hasta poder cabalgar sobre un glaciar. Buscábamos focas dormidas junto a respiraderos (agujeros en la superficie helada del mar). Pero sólo vimos un par de focas despistadas y cómo Gio se enfundaba un buzo blanco (como los de recoger chapapote en Galicia) para camuflarse en la nieve. Tomamos té, vimos el mar medio licuado y regresamos. Fue entonces cuando el mar cristalizado rugía bajo el trineo como una baraja de cartas pasadas a toda velocidad con un dedo.

Llevamos siete días en en esta isla ártica y pasaremos dos más debido a “buen” clima y la puntualidad de los vuelos, eso sí, a gastos pagados. Como dice Ander es dificil hacer planes en Groenlandia.

Ahora estamos en Tasiilaq, la capital de la costa este groenlandesa, un pueblo de 1.800 habitantes que después de estos días en Kulusuk (300 habitantes y apenas una docena de kilómetros cuadrados) nos parece Nueva York. En Kulusuk ya nos conocía todo el pueblo, era frencuente oir nuestro nombre desde alguna colina del pueblo. Ahora en Tasiilaq no hay rasacacielos ni metro, pero hay algo de asfalto, dos tiendas y… retretes de nuevo. Todo un placer reencontrarnos con estos viejos conocidos.

De todas formas, nuestros cinco días en Kulusuk fueron muy intensos. Entre narval, la panza de Georg, la escuela, el equipo de fútbol… Ya habrá más. Despacito, mejor no romper el hielo.

Un día de caza (I)

Kulusuk (I)

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